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Isio y su criado se dirigieron á los montes para buscar un refugio en sus bosques, y al penetrar en la primera ranchería de los igorrotes alzados ó caníbales, disparó algunas bombas y tres cohetes de bengala.
Figuraos el efecto que surtirían entre los salvajes aquel ruido y aquellas luces: los baglanes (sacerdotes) de la ranchería, se reunieron con los ancianos, sumamente admirados todos, para explicar aquellas luces, que mal podían ser de los españoles, porque estos sólo entrarían, para castigar alguna fechoría, que no habían cometido, y en todo caso, como se anuncian con ruido, los espías y centinelas hubieran antes dado aviso de ello; y excusado será decir que no lo esperaban de los demás igorrotes.
Era, pués, aquello muy singular, y seguramente un milagro extraordinario de los Anitos.
Asi debió suponer Isio, ó ese era su propósito, porque se presentó vestido con un lujoso traje de Capitán general de los que se usan en las comedias ilocanas, y á los que se adelantaron á verle, les manifestó ser enviado de los Anitos, y que nada tenían que temer de ellos.
Sabido lo cual, los ancianos y los baglanes acordaron recibirles, después de haberse ellos convencido de que iban solos Isio y Colás (Nicolás) que así se llamaba su criado, también con traje de comediante.
Isio, confiado en su revolver y en que era muy diestro en la esgrima, á indicación de ellos bajó de su caballo y subió sólo, sin miedo alguno, á su tribunal, lo que no pudo menos de admirar á los caníbales.
Ya delante de la atónita principalía, pronunció un discurso procurando imprimir cierto aire profético ó sobrenatural en la pronunciación, en sus acciones, en su mirada vaga y casi siempre fija en lo alto, aunque observando la actitud de su auditorio.
Dijo en su discurso haber sido enviado por los Anitos para advertir á todas aquellas rancherías que eran hermanas, y que por consiguiente, sus diarias luchas intestinas tenían sumamente enojados á los Anitos; pero antes de castigarlos con calamidades, creyeron deber advertirles su error.
Un baglan intentó protestar contra su veracidad, diciendo que para eso está un anito de la guerra; pero Isio le contestó con energía:
—Calla, falaz baglan:—y mostrando su revolver, añadió:—ten entendido que en este divino cañuto llevo encerrado el rayo, y estoy dispuesto á lanzarlo contra tí, sí intentas desobedecer á los anitos.
Era la primera vez que alguien se atreviera á insultar al más venerable baglan, y el atrevimiento de Isio aumentó la sorpresa de los presentes que no podían despegar los lábios.
Y después añadió:—Todas las cosas fueron criadas por el Supremo Dios del Cielo, y si es así, ¿cómo habría hecho las razas, para complacerse después en ver unas á otras destrozarse en constante guerra, en que hoy la victoria os sonríe como mañana os llenará de luto, pero en ambos casos perdiendo siempre vidas? ¿Acaso se haya equivocado el más sábio de todos, al criar á los hombres á quienes creis que desempara en la lucha? Claro es que nó, claro es que es absurdo cuanto has dicho. Dios, sumamente justo y bueno, os crió para gozarse en ver vuestro bienestar, y para todos mandó anitos buenos que os defiendan en los peligros.
Y comprendiendo Isio qué los baglanes podrían ser ó sus temibles enemigos ó sus apóstoles poderosos, añadió:
—Tu, venerable baglán, estás muy equivocado, porque eso sí, los hombres no pueden por sí solos comprender la grandeza, la sabiduría y las bondades de Dios. Dios y los anitos te aprecian en mucho por tus virtudes, y por eso han querido que tu ranchería fuese la primera en recibir directamente de mis labios las sábias revelaciones del Cielo. No desconfieis de mí, que no predico más que la caridad al prójimo, obediencia á los superiores, y consideración á los inferiores. ¿No creeis acaso que el rayo está en mis manos? No quiero probar en ningún hombre los terribles efectos de este divino cañuto (el revolver), porque ya digo, los sacrificios humanos y todo lo que sea matanza ó destrucción, desagradan á nuestros dioses. Venga un toro ó un carabao montés ó un javalí terrible, y si no me reconocen ellos como enviado de Dios, ya lo verán.
A Isio presentaron un cimarron y un javalí de terrible aspecto, y les mató á tiros de revolver.
Figuraos ahora el efecto que hubiera podido producir el milagro entre aquellos monteses.
Cogió mi palito de fósforo y dijo:—Voy á encenderlo en el tinghoy (candil) del sol, y ardió con gran admiración de su auditorio.
Cogió un lente y quemó la mano de un usurero.
Y ayudado de la prestidigitación, de la magia, de la esgrima y de su no poco comun ingénio, logró alucinar á los monteses.