TRADICIONES
1.a
SILANG.
Voy á trascribir la referente al hábil político, como valiente caudillo, Silang, tal como se conserva en la leyenda popular, que suministra curiosos datos á las crónicas filipinas[1].
Silang logró inspirar temor á los de Vigan. Su casa se asentaba sobre la cumbre de la colina, situada al SE. de la Ciudad Fernandina, que hoy se conoce con el nombre de Pantok ni Silang.
Éste encerró en las bodegas de su casa[2] á muchos Religiosos Agustinos Calzados y Clérigos, por lo que los españoles querían castigarle; pero se frustraban todas sus tentativas de subir á la colina, porque grandes trozos de piedra, arrojados por los criados de Silang, aplastaban á los que osaban acercarse á sus faldas.
Entonces los españoles encargaron á Vicos, amigo íntimo de Silang, único que podía subir á la colina, que le matase.
Y una tarde en que estaban paseándose amistosamente en la sala de su casa Silang y Vicos, éste dió algunos pasos hácia atrás y disparó contra él algunos tiros de pistola que le dejaron muerto en el suelo.
Silang sólo pudo decir estas palabras:
¡Matáyakon, Bernabela! (Ya me muero, Bernabela.) Así se llamaba su esposa.
Ésta se propuso vengar el asesinato, de su marido y llevó sus riquezas al Abra, para unir un considerable peloton de tinguianes é igorrotes.
Mientras tanto, los españoles se dirigieron á la colina á libertar á los cautivos de Silang y elevaron gracias á Dios, rogando por el mal éxito de las tentativas de aquella.
Ésta, en efecto, logró reunir muchos infieles, capaces de aniquilar á los pocos españoles, que guardaban la Villa Fernandina, como antes se llamaba Vigan.
Pero gracias á un milagro de Dios, los infieles retrocedieron.
Cuando llegaron ellos á la Bocana del Abra, creyeron, por una ilusión óptica, que todos los sotos y cercados de Vigan eran tropas armadas de fusiles, que tanto temían. Por esto regresaron despavoridos á sus respectivas rancherías.
2.a
AMBARISTO
Fielmente voy á reproducir lo que dice el pueblo ilocano acerca del famoso Ambaristo, sin ocuparme de concordarlo con lo que consta en las crónicas filipinas.
A principios del siglo, los naturales de Sarrat, Ilocos Norte, capitaneados por un tal Ambaristo, después de cometer horribles sacrilegios en la iglesia y convento de su pueblo, se dirigieron á Laoag, donde asesinaron á los pocos españoles que allí había, y á todos los naturales que se opusieren á seguirles en sus fechorías.
Recorridos todos los pueblos de Ilocos Norte, donde reclutaron prosélitos, lograron reunir un respetable peloton.
Continuaron su victoriosa correría hácia la vecina provincia de Ilocos Sur.
Sabido esto por el alcalde, llamó á junta general á todos los Gobernadorcillos de la provincia, encargándoles se preparasen á la lucha. Todos los pueblos respondieron al patriótico llamamiento, enviando su contingente de hombres armados.
Frente al camino real de Bantay, pueblo de Ilocos Sur, de donde venían los revoltosos del Norte, se colocaron algunos cañones; siendo uno de los artilleros el viejo mendigo, que me contó todo ésto.
Un peloton de ilocanos del Sur salió al encuentro de los insurrectos del Norte.
Ínterin, los que se quedaron en Vigan se preparaban á rechazar el saqueo en caso de que sus paladines perecieran en la lucha. Todas las mujeres ricas se refugiaron á la única casa particular de piedra, que es la que hoy se conoce con el nombre de Casa de Doña Clemencia. Las mujeres iban vestidas de sus mejores ropas con todas las alhajas de valor. Aquella casa estaba fortificada de una manera especial: en las ventanas, puertas y escaleras había fogones con tamaños sartenes llenos de manteca, aceite y agua en ebullición, para bañar á los asaltadores.
Esto fué en Vigan.
Y en Bantay las mujeres estuvieron en la iglesia rezando delante del altar de Nuestra Señora de la Caridad, que estaba cerrado, porque decían que la Virgen no estaba, puesto que salió al encuentro de los enemigos.
Cuéntase, en efecto, que los enemigos al llegar á la orilla del rio de Bantaoay, que pasa al Sur del pueblo de San Ildefonso, encontraron á una mujer con un cántaro, ofreciéndoles agua potable.
Los enemigos se negaron á tomar agua y comenzaron á atravesar el rio, el cual hirvió y les tragó, porque la mujer referida, que suponen ser la Virgen de la Caridad, echó el agua de su cántaro.
Los ilocanos del Sur, que estaban viendo á sus enemigos ahogarse, se lanzaron sobre ellos con tanta bravura, que en un momento lograron matar á sus enemigos y colgar de un árbol la cabeza de un tal Garrido, general y él alma del peloton de Ambaristo.
Desde entonces los alrededores de Bantaoay pasan por sitios malditos para los ilocanos.
3.a
¿TRADICIÓN MADRILEÑA Ó ILOCANA?
Esta pregunta me dirigí, cuando con gran extrañeza mía encontré una tradición titulada La calle de la cabeza en el Folk-Lore de Madrid, escrita por D. Eugenio de Olavarria y Huarte, como el muy ilustrado autor del trabajo literario titulado «El médico de su honra, ó ¿Tradición filipina ó drama de Calderon?» se preguntara cuando observó que un drama escrito en España desenvolvía un asunto muy parecido á la desgracia de D. Alonso Fajardo, que tuvo lugar en Manila durante su gobierno.
La tradición escrita por Olavarria semeja mucho á una conseja ilocana.
Cuéntase se que un asesino había logrado en un principio ocultar su crimen, sepultando clandestinamente el cadáver de su víctima. Habían trascurrido muchos años sin que el homicidio ni su autor se descubriesen, cuando un desconocido que pasaba frente al tribunal ó casa-gobierno de Bantay, pueblo muy cercano á Vigan, llamó la atención de los agentes de policía, puesto que el incógnito llevaba en sus manos nada menos que una cabeza humana recien-cortada, al parecer de su tronco.
¡Cuáles serían la confusión y el terror del asesino, cuando advirtiera entonces que la carne de vaca, que acababa de comprar en la carnicería de Vigan, se había convertido milagrosamente en la cabeza de su antigua víctima, demostrando que no hay crimen que se pueda ocultar.
[1] Véase mi Historia de Ilocos, publicada en El Diario de Manila. [↑]