CAPÍTULO IX.
Viaje a Corinto. — Jenofonte. — Timoleón.
Impaciente estaba Timágenes por ver a Jenofonte, quien habiendo dejado el Peloponeso se había establecido con sus hijos en Corinto.
Partimos con Filotas, cuya familia tenía relaciones de hospitalidad con la de Timodemo, una de las más antiguas de esta ciudad. Así que llegamos, nos condujo Timodemo a casa de Jenofonte, que había salido, y de allí pasamos a un templo inmediato donde se hallaba ofreciendo un sacrificio. Consideraba yo a este hombre con un interés el más vivo. Parecía de edad de setenta y cinco años, y su rostro conservaba aún algunos restos de aquella belleza que le había distinguido cuando joven.
Apenas se acabó la ceremonia arrójase Timágenes al cuello de Jenofonte, y con voz balbuciente le llama su general, su salvador, su amigo, y el anciano le mira con asombro; procura recordar quién es aquel cuyo semblante no le es desconocido, y al fin exclama: «¡Es Timágenes!». A esta exclamación siguieron tiernos y estrechos abrazos, y durante nuestra mansión en Corinto pasaron los días contándose mutuamente los sucesos de su vida.
Jenofonte, nacido en un lugar del Ática y educado en la escuela de Sócrates, sirvió primeramente a su patria con las armas, y después se alistó voluntario en el ejército que reunía el joven Ciro para destronar a su hermano Artajerjes, rey de Persia. Después de la muerte de Ciro, se encargó con otros cuatro oficiales del mando de las tropas griegas, y entonces fue cuando hicieron aquella famosa retirada, tan admirable en su línea como lo es en la suya la relación que de ella nos ha dado él mismo. A su vuelta pasó al servicio de Agesilao, rey de Lacedemonia, de cuya gloria participó mereciendo al mismo tiempo su amistad. Algún tiempo después le condenaron a destierro los atenienses, envidiosos sin duda de la preferencia que concedía a los lacedemonios.
Mientras que permanecimos en Corinto, contraje íntima amistad con Timoleón, hijo segundo de Timodemo, en cuya casa estábamos hospedados. Nadie tuvo tanta semejanza como él con Epaminondas, a quien por un secreto instinto había tomado por modelo.
Gozaba de la estimación pública y de la propia, cuando el exceso de su virtud le enajenó todas las voluntades y le hizo el hombre más desdichado. Su hermano Timófanes, sostenido por cuatrocientos satélites y el populacho ganado con sus larguezas, ejercía una horrible tiranía sobre los más virtuosos ciudadanos. Después de haberle exhortado, aunque en vano, a que abdicase un poder odioso, fue a su casa pasados algunos días con dos amigos, uno de los cuales era cuñado de Timófanes. Habían convenido antes en que si se negase abiertamente a la abdicación pretendida, esto mismo sería como la señal de su pérdida. Negose efectivamente, y los dos amigos de Timoleón clavaron el puñal en el pecho de Timófanes, en tanto que su hermano, cubriéndose la cabeza con la falda de su manto, prorrumpía en lágrimas en un rincón de la estancia.
Entre los corintios, los unos miraban este asesinato como un acto heroico y los otros como un crimen. Intentaron contra el hermano una acusación que no tuvo efecto alguno, pero él mismo se juzgaba con más severidad. Apenas advirtió que su acción era reprobada por la mayoría del público, dudó de su inocencia y salió de Corinto, llevando sobre sí las maldiciones de su madre. Anduvo algunos años errante por lugares solitarios, lamentándose amargamente de los extravíos de su virtud y a veces de la ingratitud de los corintios.
Algún día le veremos comparecer con más brillo, y labrar la felicidad de un grande imperio que le será deudor de su independencia.
Las turbulencias ocasionadas por la muerte de su hermano apresuraron nuestra marcha. Vinieron con nosotros los dos hijos de Jenofonte, que debían servir en un cuerpo de tropas que los atenienses enviaban a los lacedemonios.