CAPÍTULO X.

Levas, revista, y ejercicios de las tropas de los atenienses.

Dos días después de nuestra vuelta a Atenas, fuimos a una plaza donde se hacía el alistamiento de tropas que se trataba de enviar a los lacedemonios y otros pueblos contra los tebanos y sus aliados. El estratega o general estaba sentado en una silla elevada; cerca de él un tajiarca, oficial general, tenía el registro en que están notados todos los ciudadanos en estado de llevar las armas, los cuales debían presentarse a este tribunal, y él los llamaba en voz alta uno por uno y tomaba nota de aquellos que el general escogía.

Los atenienses están sujetos al servicio militar desde la edad de dieciocho años hasta la de sesenta. Están exentos de servir los arrendadores de impuestos públicos y los que representan en las fiestas de Dioniso. Únicamente en los casos de urgencia grave hacen servir a los esclavos, a los extranjeros establecidos en el Ática y a los ciudadanos pobres de solemnidad. La ley solo impone el honroso cargo de defender la patria a los ciudadanos que poseen alguna hacienda, y los más ricos sirven en clase de soldados.

Algunos días después se hizo la revista de tropas, que constaban de seis mil hombres de infantería y caballería. Fui a verla en compañía de Timágenes, Apolodoro y Filotas, y encontramos allí a Ifícrates, Timoteo, Foción, Cabrias, todos los generales antiguos y los del año corriente. Estos últimos habían sido nombrados por suerte, según costumbre en la asamblea del pueblo, y eran en número de diez, uno por cada tribu.

La infantería estaba compuesta de tres clases de soldados: los hoplitas o armados pesadamente; las tropas ligeras y los peltastas, cuyas armas eran menos pesadas que las de los primeros y no tan ligeras como las de los segundos. Estos se llaman también peltas, nombre de un escudo pequeño que llevan.

En tanto que yo hablaba con Apolodoro y le hacía varias preguntas sobre muchos objetos, vimos un hombre vestido con una túnica que le llegaba a las rodillas, y sobre la cual se conocía que debía haberse puesto una coraza que traía sobre el brazo con las demás armas. Acercose al tajiarca o teniente general de su tribu, junto al cual nos hallábamos, y este le dijo: «¿Camarada, porque no os ponéis la coraza?». «He cumplido el tiempo de mi servicio, respondió al punto; ayer cuando pasaron revista estaba yo labrando mis tierras. Estoy notado en el padrón de la milicia del arcontado de Calias: reconoced la lista de los arcontes, y veréis que desde entonces acá han pasado ya más de cuarenta y dos años. Esto no obstante, por si mi patria me necesita, he traído mis armas». Reconoció el oficial la lista y viendo justificado el hecho, después de hablar con el general, borró el nombre de aquel buen patricio y puso otro en su lugar.

A poco rato indiqué a Apolodoro un hombre que tenía una corona en la cabeza y en la mano un caduceo. «He visto pasar ya», le dije, «otros muchos como ese». «Son los heraldos», me respondió. «Su persona es sagrada, denuncian la guerra, proponen la tregua o la paz, publican las órdenes del general, convocan al ejército, pronuncian los mandatos, anuncian el momento de la marcha, el sitio a donde se ha de ir, para cuantos días se han de hacer provisiones, etc.».

En seguida fuimos al Liceo, donde pasaban revista a la caballería. La mandan por derecho dos generales que tienen bajo sus órdenes jefes particulares: solo consta de mil doscientos hombres, de los cuales cada tribu ha suministrado ciento veinte, con el jefe que debe mandarlos. El número de estos que se ponen en pie de guerra se arregla comúnmente por el número de soldados pesadamente armados; es decir, que se juntan doscientos caballos a dos mil hoplitas. Únicamente los ricos pueden entrar en la caballería, y de aquí nace la consideración que goza este servicio. Nadie puede ser admitido sin el beneplácito de los generales, de los jefes particulares, y sobre todo del senado, que cuida especialmente del mantenimiento y el brillo de un cuerpo tan distinguido. Sus armas son el casco, la coraza, el escudo, la espada, la lanza o el venablo, un manto corto, etc.

Los días siguientes fueron destinados al ejercicio de las tropas. Encontramos cerca del monte Anquesmo un cuerpo de diez mil seiscientos hombres de infantería, pesadamente armados y formados a dieciséis de fondo y ciento de frente. A este cuerpo se juntaba un número determinado de armados a la ligera.

Los mejores soldados estaban en las primeras y últimas filas, y en particular los jefes de fila y los cabos eran todos hombres distinguidos por su bravura y su experiencia. Mandaba los movimientos uno de los oficiales, que decía en voz alta: Tomen las armas. — Criados, salid de la falange. — Pica arriba. — Pica abajo. — Estrechen las filas. — Alinearse. — Tomen distancias. — A derecha. — A izquierda. — Pica tras el escudo. — Marchen. — Alto. — Doblen las filas. — Estrecharse. — Evolución lacedemónica, etc.

A la voz de este oficial se veía la falange obedecer y ejecutar los movimientos. Se la veía presentar unas veces una línea continuada, otras cortada, cuyos espacios ocupaban algunas veces los armados a la ligera, y tomar en fin por medio de las evoluciones prescritas todas las formas de que es susceptible, y marchar formada en columna, en cuadro perfecto, en cuadrilongo ya de centro vacío, ya lleno, etc.

Apenas habían acabado estas maniobras, cuando vimos levantarse a lo lejos una polvareda. Los puestos avanzados anunciaron la proximidad del enemigo, que era otro cuerpo de infantería que acababa de hacer el ejercicio en el Liceo, y se había propuesto llegar a las manos con el primero para ofrecer el simulacro de un combate. Al punto gritan al arma y los soldados corren a sus puestos. Suena luego la trompeta dando la señal, las tropas entonan el himno marcial, el general da la voz del combate, y apenas la oyen repiten todos los soldados: «¡Eleleu! ¡Eleleu!». Después de la acción los vencedores hicieron resonar por todas partes la palabra alalé, que es el grito de la victoria.

Retirámonos a media noche, y la mañana siguiente y durante muchos días consecutivos vimos los de a caballo hacer diferentes ejercicios en el Liceo y cerca de la Academia.

El ejército se preparaba para salir, por cuyo motivo se veían muchas familias consternadas. Mientras que las madres y esposas se entregaban al temor, los embajadores de Lacedemonia nos hablaban del valor que en estas ocasiones manifestaban las espartanas. Un soldado nuevo decía a su madre enseñándole su espada: «Es demasiado corta». «Pues bien», le respondía ella, «darás un paso más». Otra, dando un escudo a su hijo, le dijo: «Vuelve con él o sobre él».

Asistieron las tropas a las fiestas de Dioniso, en cuyo día se hacia una ceremonia propia de las circunstancias, y la presenció el senado, un número infinito de ciudadanos de todas clases y de extranjeros de varios países.