CAPÍTULO XI.
Concurrencia al teatro.
(Año 362 antes de J. C.) El último día de las fiestas de Dioniso vi una tragedia, y tanta fue la confusión de ideas que se agolparon a mi mente que solo puedo hacer de ello una pintura rápida.
El teatro se abre al amanecer, y fui a él con Filotas. No hay a la verdad cosa más imponente al primer golpe de vista. Por una parte la escena adornada de decoraciones hechas por los más hábiles artistas, por la otra un vasto anfiteatro cubierto de gradas que se elevan unas sobre otras hasta una grandísima altura, varias banquetas y escaleras, que se prolongan y cruzan por intervalos, facilitan la comunicación y dividen las gradas en varias particiones, de las cuales hay algunas reservadas para ciertos cuerpos y ciertas clases.
En medio de la multitud fueron llegando los nueve arcontes o primeros magistrados de la república, los tribunales de justicia, el senado de los quinientos, los oficiales generales del ejército y los ministros del culto. Todos estos cuerpos ocuparon las gradas inferiores. Más arriba se pusieron los jóvenes de al menos dieciocho años y las mujeres en otro paraje, separadas de los hombres y de las rameras. El lugar de la orquesta estaba desocupado, porque está reservado para los certámenes de poesía, de música y de danza, que se celebran después de las representaciones dramáticas.
Viéndome Filotas absorto por el numeroso concurso que había, me dijo que cabían en el teatro hasta treinta mil personas, y que la solemnidad de las grandes fiestas de Dioniso atraía muchas gentes de todas partes de la Grecia. «El concurso de las piezas dramáticas solo se ve en otras dos fiestas, pero los autores reservan lo mejor para la presente. Se nos ha prometido unas siete a ocho piezas nuevas, pero algunas veces repetimos las de nuestros autores antiguos, y ahora van a dar principio a la competición con la Antígona de Sófocles. Tendréis mucho gusto de oír a dos excelentes actores, Teodoro y Aristodemo.»
Apenas acababa de hablar Filotas cuando un heraldo, después de haber impuesto silencio, dijo en voz alta: «Salga el coro de Sófocles». Este era el anuncio de la pieza. Conforme se iba desenlazando el argumento, mi sorpresa se aumentaba más y más, y llevado de los prestigios que me cercaban, halleme en medio de Tebas. ¿Qué arte es pues aqueste que me hace experimentar a un mismo tiempo tanto placer y dolor, y me liga tan íntimamente con las desgracias, cuyo aspecto me era intolerable? ¡Oh conjunto maravilloso de ilusiones y realidades! Yo he visto a Antígona hacer los funerales a Polinices, a pesar de la severa prohibición de Creonte, y al tirano hacerlos arrastrar con violencia hacia una caverna oscura que había de ser su sepulcro. Espantado al punto por las amenazas del cielo, se adelanta hacia la caverna, de donde salen unos gritos horrorosos lanzados por Hemón, su hijo, que estrecha entre sus brazos a la infeliz Antígona, a quien un nudo fatal había terminado sus días. La presencia de Creonte irrita su furor, saca la espada contra su padre, traspásase el pecho con ella, y va a caer a los pies de su amante, a quien tiene abrazada hasta que expira.
Treinta mil espectadores derramando lágrimas manifestaban muy al vivo la sensación y enajenamiento que les causaba aquel espectáculo, y yo como uno de ellos, concluida la tragedia de Sófocles, ya no tenía lágrimas que derramar, ni fijaba mi atención en las otra piezas que iban a representar.