CAPÍTULO XIX.
Costumbres y vida civil de los atenienses.
Al cantar el gallo entran en la ciudad los habitantes del campo con sus provisiones cantando canciones antiguas. Al mismo tiempo se abren con estrépito las tiendas y todos los atenienses se ponen en movimiento. Entre el pueblo lo mismo que en el ejército, se hacen dos comidas al día; pero las personas de cierta clase se contentan con una sola, que hacen al medio día o antes de ponerse el sol. Después del medio día duermen un rato o juegan a la taba, a los dados y a varios juegos de comercio. En los intervalos del día, particularmente de mañana y por la tarde antes de comer y cenar, se va a las orillas del Iliso y alrededor de la ciudad a tomar el fresco o respirar el aire puro; pero comúnmente van las gentes a la plaza pública, paraje el más concurrido de la ciudad, porque allí tiene muchas veces sus sesiones la asamblea general, y está también el palacio del senado y el tribunal del primer arconte. Alrededor de esta plaza están las tiendas de los perfumadores, de los plateros, barberos, etc., abiertas para que entre quien guste, y allí se habla con ruido de los intereses del estado, de las anécdotas de las familias y de los vicios y las extravagancias de los particulares. Esto no obstante, se oyen ocurrencias graciosas y chistes agudos, y se ven algunos corrillos donde se oyen conversaciones instructivas y amenas. Estas especies de citas que allí se dan debían multiplicarse entre los atenienses, porque su gusto insaciable por las novedades, consecuencia de su activo genio y de su vida ociosa, les mueve a buscarse unos a otros y reunirse. Esta afición se reanima con frenesí en tiempos de guerra; entonces sus conversaciones públicas y privadas versan sobre expediciones militares; antes de saludarse se preguntan con afán: ¿qué hay de nuevo? Se ven por todas partes enjambres de noveleros trazar en el suelo o la pared el mapa del país donde se halla el ejército, anunciar noticias favorables en voz alta, reveses en secreto, y extender y abultar rumores que alegran en extremo a las gentes o causan temores y sobresaltos.
Suelen invertir las horas ociosas en la caza y los ejercicios del gimnasio. Además de los baños públicos, adonde el pueblo acude en tropel, los particulares pudientes los tienen en su misma casa. Se bañan a veces después del paseo, pero lo más común es antes de comer, y salen del baño perfumados de esencias.
Los más de los atenienses visten solamente encima una túnica que les llega hasta media pierna, un manto que les cubre cuasi enteramente. Muchos de ellos van descalzos; otros, ya estén en la ciudad, ya vayan de viaje, y aun a veces en las procesiones, se ponen un sombrero alicaído.
Las mujeres llevan: 1.º Una túnica blanca, que sujetan por los hombros con botones, y la ciñen bajo el seno con una cinta ancha, y cae plegada y ondeante hasta los pies. 2.º Un vestido más corto, ajustado a la cintura con un ancho listón, que en la parte inferior termina de la misma manera que la túnica, con listas o bandas de varios colores, y a veces llevan mangas cortas hasta medio brazo. 3.º Un manto que unas veces suelen llevar cogido en forma de chal o banda, y que otras, desplegado sobre el cuerpo, parece, según sus bellos contornos, que solo se hizo para dibujarle. También suelen llevar un capotillo ligero, y cuando salen de casa se ponen un velo. Se tiñen de negro las cejas y se pintan el rostro con albayalde y carmín: se echan en el pelo, coronado de flores, unos polvos amarillos, y llevan el calzado más o menos alto según su estatura. Encerradas en sus aposentos, no pueden salir de ellos sino en ciertas circunstancias, y de noche solo en carruaje y con una antorcha que les alumbre. Pero encuentran bastantes y frecuentes motivos para salir a la calle: ciertas fiestas, prohibidas a los hombres, las reúnen muchas veces entre sí; en las fiestas públicas asisten también a los espectáculos, no menos que a las funciones religiosas, pero en general no pueden salir sino acompañadas de eunucos o esclavas suyas o alquiladas para llevar mayor acompañamiento.
Regularmente se va a pie, bien sea en la ciudad o bien en sus cercanías. Los ricos suelen ir en litera o acompañados de un sirviente que lleva una silla de tijera para que pueda sentarse donde se le antoje.
En las calles principales se tropieza continuamente con el gentío, y se ve uno estrechado y atropellado por los que van a caballo, los carreteros, aguadores y voceadores de edictos, mendigos, artesanos y otras varias gentes del pueblo. Un día que estaba yo con Diógenes viendo hacer habilidades a unos perros, pasó un peón de albañil cargado con una viga, le tropezó con mucha fuerza y al mismo tiempo gritó: «¡Cuidado!», a lo cual Diógenes respondió al momento: «¿Quieres acaso darme otra vez?».
El pueblo es sobrio naturalmente, y su alimento más común se reduce a salazones y legumbres. Todos aquellos que no tienen de qué subsistir, ya porque han quedado imposibilitados en la guerra, ya porque sus achaques les impiden trabajar, reciben diariamente por decreto de la asamblea uno o dos óbolos diarios, pagados por el erario. Los pobres encuentran también alivio en su miseria, pues cada luna nueva ponen los ricos en las encrucijadas, en honor de la diosa Hécate, varias cosas de comer a merced del pueblo.
El pueblo es aquí más vocinglero que en ninguna otra parte. En la primera clase de gentes reinan aquella decencia y decoro que da a entender que el hombre se estima a sí mismo, y aquella urbanidad que persuade que estima a los otros. El trato exige decencia en las expresiones y en el exterior, como igualmente cierta docilidad de costumbres, lejana de aquella complacencia que todo lo aprueba y de aquella austeridad fastidiosa que no aprueba cosa alguna. El tono de la buena compañía se ha formado casi en nuestro tiempo, y para convencerse de esto no hay más que comparar el teatro antiguo con el moderno. Hará como un medio siglo que las comedias estaban llenas de injurias groseras y obscenidades escandalosas que no se permiten hoy día en boca de los actores.
Entre las diferentes sociedades de esta ciudad hay una cuyo único objeto es el de recoger toda especie de ridiculeces y divertirse con chanzas y jocosidades. Son sesenta sus individuos, todos gente de buen humor y de talento. Se juntan de cuando en cuando en el templo de Heracles, para dar allí decretos en presencia de una multitud de testigos atraídos por lo raro del espectáculo. Las desgracias o reveses del estado jamás han interrumpido sus juntas.