CAPÍTULO XX.

De la religión, de los ministros sagrados y de los principales delitos contra la religión.

Solo se trata aquí de la religión dominante. El culto público se funda en esta ley: «Honrad en público y privadamente a los dioses y a los héroes del país, y cada cual les ofrezca anualmente las primicias de las mieses, según sus facultades y los ritos establecidos».

Habíanse multiplicado desde los tiempos más remotos los objetos del culto entre los atenienses. Recibieron de los egipcios las doce principales divinidades, y otras de los libios y diferentes pueblos. Fue también antiguamente una institución muy bella la de consagrar con monumentos y fiestas la memoria de los reyes y de los particulares que habían hecho grandes servicios a la humanidad; tal es el origen de la profunda veneración que se tiene a los héroes. Los atenienses cuentan en el número de estos a Teseo, primer autor de su independencia; a Erecteo, uno de sus antiguos reyes, los que fueron dignos de que se diese su nombre a las doce tribus, y otros muchos, entre los cuales debe contarse a Heracles. El culto de estos últimos se diferencia esencialmente del de los dioses. Los griegos se postran ante la divinidad para reconocer su dependencia, implorar su protección o darle gracias por sus beneficios: consagran templos, altares, bosques, celebran fiestas y juegos en honor de los héroes para eternizar sus glorias y recordar sus ejemplos. Se enseñan dogmas secretos en los misterios de Eleusis, de Dioniso y de algunas otras divinidades, pero la religión dominante consiste toda en lo exterior, sin presentar ningún cuerpo de doctrina ni instrucción alguna pública como debiera.

Los particulares dirigen sus oraciones a los dioses al empezar una obra, por la mañana, por la tarde, al salir y al ponerse el sol y la luna. Algunas veces se presentan en el templo con la vista baja y un aire de recogimiento y modestia que parecen suplicantes; besan el suelo, hacen oración de rodillas, postrados, teniendo ramos en las manos, los cuales levantan hacia el cielo o los tienden hacia la estatua del dios, después de haberlos llevado a la boca. Si el homenaje se dirige al dios de los infiernos, para llamar su atención dan golpes en tierra con los pies y con las manos.

En las solemnidades públicas los atenienses pronuncian en común sus votos por la prosperidad del estado y la de sus aliados; algunas veces por la conservación de los frutos de la tierra, para que llueva o haga buen tiempo; y otras para librarse también de la peste y del hambre.

En otro tiempo solo se presentaba a los dioses frutos de la tierra, y costó mucha repugnancia el introducir los sacrificios sangrientos. Horrorizábase el hombre de clavar el hierro en el seno de un animal destinado a la labranza, y que había llegado a ser como un compañero de sus afanes. Se lo prohibía expresamente una ley bajo pena de muerte, y el uso general le empeñaba a abstenerse de la carne de los animales. Cuando los hombres se alimentaban solamente con frutos de la tierra, tenían cuidado de reservar una porción de ellos para ofrenda a los dioses; esta costumbre fue observada también cuando empezaron a alimentarse con la carne de los animales; de aquí viene quizás los sacrificios sangrientos, que no son en efecto más que convites en obsequio de los dioses, y de los cuales participan los asistentes. La víctima se reparte entre los dioses, los sacerdotes y aquellos que la han presentado: consume el fuego la porción que toca a los dioses; la de los sacerdotes constituye una parte de sus rentas, y la tercera sirve de pretexto a los que la reciben para dar un convite a sus amigos. Como el sacrificio de buey es el más estimado, hacen para los pobres tortitas en figura de aquel animal, y los sacerdotes tienen a bien contentarse con esta ofrenda. Cada particular puede ofrecer sacrificios en un altar situado a la puerta de su casa en una capilla privada. Allí he visto yo muchas veces a un padre virtuoso, rodeado de sus hijos, confundir la ofrenda de estos con la suya y hacer votos dictados por la terneza, dignos de ser oídos. No pudiendo ejercer esta especie de sacerdocio sino en una misma y sola familia, ha sido preciso establecer ministros pura el culto público.

No hay ciudades donde se encuentren tantos sacerdotes y sacerdotisas como en Atenas, porque no hay pueblo donde se hayan erigido tantos templos ni donde se celebren tantas fiestas. En los diferentes lugares del Ática y del resto de la Grecia basta un solo sacerdote para el servicio de un templo; en las ciudades populosas las obligaciones del ministerio se distribuyen entre muchas personas que forman como una comunidad, y tienen diferentes nombres y están bajo la obediencia del ministro del dios, calificado algunas veces con el título de gran sacerdote. Los sacerdotes celebran con ricos ornamentos, en los cuales se ven trazados con letras de oro los nombres de los particulares que los han regalado al templo. Esta magnificencia tiene más realce con la belleza del rostro, la presencia majestuosa, el tono de voz de los ministros y, sobre todo, por los atributos de la divinidad a que corresponden. Así es que la sacerdotisa de Deméter se presenta coronada de adormideras y de espigas, y la de Atenea con la égida, la coraza y el yelmo adornado de garzotas.

Nadie puede llegar al sacerdocio sin un examen relativo a su persona y sus costumbres. Es necesario que el nuevo ministro no tenga deformidad alguna en el cuerpo, y que su conducta haya sido siempre irreprensible; con respecto a la ciencia, basta con que sepa el ritual del templo a que pertenece, que haga con decencia las ceremonias, y sepa distinguir las diversas especies de ofrendas y de oraciones que se deben dirigir a los dioses.

Los sacerdotes no forman un cuerpo particular e independiente. No hay relación alguna de interés entre los ministros de diversos templos; aun las causas que les conciernen personalmente se siguen en los tribunales ordinarios.

La clase inmediata a la de los sacerdotes es la de los adivinos, cuya profesión honra y mantiene el estado en el Pritaneo. Suponen que leen lo futuro en el vuelo de las aves y en las entrañas de las víctimas. Van siempre con los ejércitos, y de sus decisiones, compradas algunas veces a excesivo precio, dependen muchas veces las revoluciones de los gobiernos y las operaciones militares. Hay adivinos por toda la Grecia, pero los más famosos son los de la Élide, donde hace muchos siglos que dos o tres familias se transmiten de padres a hijos el arte de predecir los acontecimientos y suspender las calamidades de los mortales.

La incredulidad de los atenienses ha hecho rápidos progresos de tres siglos a esta parte. Desde que los griegos recibieron las luces de la filosofía, algunos de ellos admirados de las irregularidades y de los escándalos de la naturaleza, no pudieron dejar de sorprenderse también de no encontrar la solución de ello en el sistema informe de la religión que habían seguido hasta entonces. Sucedieron las dudas a la ignorancia y produjeron opiniones licenciosas que la juventud abrazó con ansia, pero sus autores se convirtieron luego en objeto del odio público, y puedo citar muchos juicios en que los tribunales de Atenas han pronunciado sentencias contra el crimen de impiedad, hace cerca de un siglo.

El poeta Esquilo fue denunciado por haber revelado en una de sus tragedias lo vergonzoso de sus misterios, y su hermano Amenias trató de conmover a los jueces mostrando las heridas que había recibido en la batalla de Salamina. Este medio no hubiera quizás bastado si Esquilo no hubiese probado claramente que no estaba iniciado.

El filósofo Diágoras, acusado de haber revelado los misterios y negado la existencia de los dioses, tuvo que huir de su patria. Prometieron recompensa al que le entregase muerto o vivo, y el decreto que le cubría de infamia quedó grabado sobre una columna de bronce.

Protágoras, uno de los más ilustres sofistas de su tiempo, habiendo empezado una de sus obras con estas palabras: No sé si hay dioses o no, fue procesado criminalmente y tuvo que fugarse. Buscáronse sus escritos en las casas particulares y fueron quemados en la plaza pública.

Pródico de Ceos fue condenado a beber la cicuta por haberse atrevido a decir que los hombres habían puesto en la clase de los dioses a aquellos seres de los que sacaban utilidad, tales como el sol, la luna, las fuentes, etc.

La facción opuesta a Pericles, no atreviéndose a atacarle abiertamente, resolvió perderle valiéndose de medios indirectos. Era amigo de Anaxágoras, quien admitía una inteligencia suprema, y en virtud de un decreto expedido contra aquellos que negaban la existencia de los dioses, Anaxágoras fue encerrado en una cárcel. Tuvo a favor suyo algunos votos más que su acusador, debiendo esta dicha a los ruegos y las lágrimas de Pericles, que le hizo salir de Atenas; y a no ser por el crédito de su protector, el más religioso de los filósofos hubiera sido apedreado como ateo.

Ya hemos visto que Alcibíades fue acusado de haber mutilado en una noche las estatuas de Hermes, antes de embarcarse para la expedición de Sicilia; que fue citado en juicio al tiempo de marchar para apoderarse de Mesina, y que habiéndose negado a comparecer le condenaron a muerte. Algún tiempo después ocurrió el juicio de Sócrates, para lo cual sirvió de pretexto la religión, acerca de lo cual hablaré después.

Los atenienses no son más indulgentes en cuanto al sacrilegio. Las leyes imponen la pena de muerte por este crimen y privan al delincuente de los honores de la sepultura. Parece increíble que se hayan visto ciudadanos condenados a perecer, los unos por haber arrancado un arbolito en el bosque sagrado, y los otros por haber muerto no sé qué ave consagrada a Esculapio. Óigase un hecho aún más horroroso. Habiéndose caído una hoja de oro de la corona de Artemisa, la recogió un niño, y, atendida su corta edad, fue preciso hacer prueba de su discernimiento: presentáronle de nuevo la hoja con unos dados, un sonajero y una moneda grande de plata, y habiendo echado mano al instante a la moneda, los jueces declararon que tenía ya bastante entendimiento para ser culpado y le condenaron a muerte.