CAPÍTULO XXI.
Viaje a la Fócida. — Juegos píticos. — Templo y oráculo de Delfos.
(Año 361 antes de J. C.) Salimos de Atenas a la entrada de la primavera del año tercero de la olimpiada ciento y cuatro, con el objeto de asistir a la solemnidad de los Juegos píticos, que se celebran de cuatro en cuatro años en Delfos, en Fócida. Fuimos a embarcarnos cerca del istmo de Corinto, y en breve llegamos a Cirra, pequeña ciudad situada al pie del monte Cirfis, y de allí pasamos a Delfos por un sendero.
Esta ciudad célebre presenta en anfiteatro, a la falda del monte Parnaso, una cadena de montañas que se extiende hacia el norte y que en su parte meridional termina en dos puntas. Delfos solo tiene dieciséis estadios de circuito y la rodean por tres partes unos precipicios. Está bajo la protección de Apolo, y asocian al culto de este dios a Leto, Artemisa y Atenea. Sus templos están a la entrada de la ciudad.
Detuvímonos un instante en el de Atenea, donde vimos un broquel de oro enviado por Creso, rey de Lidia, y a la parte de afuera una grande estatua de bronce, consagrada por los marselleses de las Galias. Pasamos por junto al gimnasio y llegamos a las márgenes de la fuente Castalia, con cuyas aguas purifican a los ministros del culto y a los que van a consultar al oráculo. De allí pasamos al templo de Apolo, situado en la parte superior de la ciudad, el cual está rodeado de un vasto recinto y lleno de ofrendas preciosas hechas a la divinidad.
Los pueblos y los reyes que reciben respuestas favorables, los que ganan victorias, y aquellos que se libran de las desgracias de que se ven amenazados, se creen obligados a erigir monumentos de gratitud en aquellos lugares. Los particulares que han alcanzado coronas en los juegos públicos de la Grecia, los que se hacen útiles a la patria mediante servicios, o que se ilustran por sus talentos, obtienen en este mismo recinto monumentos de gloria. Allí se ve uno rodeado de un pueblo de héroes; todo recuerda allí los acontecimientos más célebres de la historia, y el arte de la escultura brilla con más esplendor que en todos los demás países de la Grecia.
Íbamos ya a recorrer aquella inmensa colección cuando un habitante de Delfos llamado Cleón se ofreció a servirnos de guía y de intérprete. Llamaron nuestra atención sucesivamente una infinidad de monumentos en el primer recinto, de los cuales un gran número son de oro macizo; y si los ojos quedaban encantados de la magnificencia de tantas ofrendas reunidas en Delfos, no lo estaban menos del primor con que todo estaba trabajado. Saliendo del recinto sagrado entramos en el templo que fue construido hace ya cerca de ciento cincuenta años. Habiendo consumido las llamas el que había allí anteriormente, mandaron los anfictiones que fuese reedificado, y el arquitecto corintio Espíntaro se empeñó en concluirle por la suma de trescientos talentos.
El edificio está construido con piedra hermosísima, y el frontispicio es de mármol de Paros. En él han representado dos hábiles escultores de Atenas a Artemisa, Leto, Apolo, las Musas, Dioniso, etc. Los capiteles de las columnas están cargados de armas doradas, y en particular de escudos que ofrecieron los atenienses en memoria de la batalla de Maratón. El vestíbulo está adornado de pinturas que representan el combate de Heracles contra la hidra, el de los gigantes contra los dioses, y el de Belerofonte contra la Quimera. Se ven allí también altares, un busto de Homero, vasos de agua lustral, y otros vasos grandes donde se mezcla el vino y el agua para hacer las libaciones. En aquella pared se ven escritas muchas sentencias, de las cuales algunas fueron trazadas, según se dice, por los siete sabios de Grecia. No me detendré en describir las riquezas de lo interior del templo, pues se puede juzgar de ellas por las de lo exterior. En el santuario se ve una estatua de Apolo de oro y aquel famoso oráculo cuyas respuestas decidieron tantas veces del destino de los imperios. Su descubrimiento fue efecto de una casualidad. Andaban errantes unas cabras por los peñascales del monte Parnaso, y habiéndose acercado a una abertura de donde salían exhalaciones malignas, dicen que fueron agitadas repentinamente de movimientos extraordinarios y convulsivos. El pastor que las guardaba y los habitantes de los lugares cercanos acuden presurosos al ver este prodigio, respiran el mismo vapor, experimentan los mismos efectos y pronuncian en su delirio palabras sin concierto ni consecuencia. Tómanse inmediatamente por predicciones aquellas palabras, y el vapor de la caverna por un soplo divino que revela lo futuro.
Salimos del templo y pasamos al teatro, donde se ejecutan los certámenes de poesía y de música, presididos por los anfictiones. Entraron en competencia muchos poetas: el objeto del premio es un himno a Apolo que canta el mismo autor acompañándose con la cítara. Los poemas que oímos tenían grandes bellezas. El que alcanzó la corona, recibió aplausos tan repetidos que los heraldos se vieron obligados a imponer silencio, e inmediatamente se presentaron los tocadores de flauta. El asunto que se acostumbra proponerles es el combate de Apolo contra la serpiente Pitón. Apenas adjudicaron el premio los anfictiones, cuando pasaron al estadio y allí dieron principio las carreras de a pie, la lucha, el pugilato y otros muchos combates de que hablaré cuando se trate de los juegos olímpicos. El día siguiente fuimos al templo con unos diputados atenienses que iban con el fin de consultar al oráculo. Filotas y yo dimos nuestras preguntas por escrito y esperamos a que la suerte decidiese del momento en que podríamos acercarnos a la Pitia. Apenas se nos hizo saber, cuando la vimos atravesar el templo acompañada de sacerdotes y poetas, triste, abatida, parecía que iba por fuerza, como una víctima que conducen al altar: mascaba laurel, tenía la cabeza coronada y la frente ceñida de una banda.
En otro tiempo solo había una Pitia en Delfos, pero luego que se aumentó el concurso para consultar al oráculo, se establecieron tres, estatuyendo que pasasen de la edad de cincuenta años. Escógenlas entre los habitantes de Delfos y en la clase más oscura, y sirven por turno. Regularmente son doncellas pobres, sin educación ni experiencia; de costumbres muy puras y de un talento muy limitado: deben vestir sencillamente, no perfumarse jamás con esencias y pasar su vida en el ejercicio de las prácticas religiosas.
Luego que nos purificaron con el agua santa, y que hubimos ofrecido un toro y una cabra, entramos en el templo coronados de laurel y llevando en la mano un ramo rodeado de una banda de lana blanca, y en seguida nos introdujeron en una capilla donde se respira de repente un olor suave en extremo. A poco rato vino un sacerdote a buscarnos y nos llevó al santuario, especie de caverna profunda cuyas paredes están adornadas con diferentes ofrendas. En el medio hay un respiradero, del cual sale una exhalación profética. Se va hasta él por una bajada insensible, pero no se puede verlo porque está cubierto con un trípode tan rodeado de coronas y ramas de laurel que no puede difundirse el vapor por afuera. La Pitia, fatigadísima, rehusaba contestar a nuestras preguntas, y los ministros que la rodeaban hacían uso alternativamente de amenazas y violencia. Cediendo en fin a sus esfuerzos se puso en la trípode después de haber bebido una agua que mana del santuario y sirve, según dicen, para descubrir lo futuro. Apenas bastarían los colores más vivos para pintar los arrebatos que se apoderaron de ella repentinamente. Vimos su pecho inflarse, su rostro ponerse encarnado y luego pálido, y agitarse todos sus miembros con movimientos involuntarios; mas a pesar de todo esto, no se le oían más que gritos lamentables y largos gemidos. Centellando en breve sus ojos, echando espuma por la boca y erizándosele el cabello, no pudiendo ya resistir el vapor que la ahogaba ni arrojarse del trípode, donde la tenían sujeta los sacerdotes, desgarró su banda y en medio de terribles y espantosos alaridos pronunció algunas palabras, que los sacerdotes se apresuraron a recoger; las coordinaron luego y nos las dieron por escrito. Había yo preguntado si tendría la desgracia de sobrevivir a mi amigo, y Filotas, sin ponerse de acuerdo conmigo, había hecho igual pregunta; pero la respuesta era tan oscura y equívoca, que la hicimos pedazos al salir del templo.
Al día siguiente bajamos a la llanura para ver las carreras de caballos y carros. El hipódromo, nombre que dan al espacio que se debe recorrer, es tan vasto que en él se ven algunas veces hasta cuarenta carros disputarse la victoria. Vimos partir diez a un tiempo de la barrera, y solo volvieron unos cuantos, porque los demás se estrellaron y rompieron contra la meta o en medio de la carrera. Acabadas las corridas subimos otra vez a Delfos para ser testigos de los honores fúnebres que debían hacer a los manes de Neoptólemo y de la ceremonia que debía precederlos. Después fuimos a un banquete, al cual estaban convidados los sacerdotes, los principales habitantes de Delfos y los diputados de otras ciudades de la Grecia. Este convite fue suntuosísimo y muy largo. Hubo tocadores de flauta; un coro de tesalias cantaron tonadas tiernas, y los tesalios nos presentaron la imagen de los combates en sus danzas ejecutadas diestramente. Algunos días después subimos hasta el manantial de la fuente Castalia, cuyas aguas puras y de una frescura deliciosa forman bellas cascadas por la falda de la montaña. De allí, continuando nuestro camino hacia el norte, llegamos a la cueva de Coricio, llamada también la gruta de las ninfas porque les está consagrada lo mismo que a los dioses Dioniso y Pan. Aunque profunda, está clara toda ella, pues entra bien la luz del día por varias partes. Es tan espaciosa que cuando la expedición de Jerjes, la mayor parte de los habitantes de Delfos tomaron el partido de refugiarse en ella. Enseñáronnos en las cercanías otras varias grutas que excitan la veneración de los pueblos, porque en estos lugares solitarios todo está consagrado y poblado de genios.
Cerca de Panopea, ciudad situada en los confines de la Fócida y la Beocia, alcanzamos a ver unos carros llenos de mujeres que se apeaban y danzaban en corro. Nuestros guías las conocieron y nos dijeron que eran las tíades atenienses, mujeres iniciadas en los misterios de Dioniso. Van todos los años a juntarse con las de Delfos, para subir todas juntas a las cumbres del Parnaso, y celebrar allí con furor las orgías de aquel dios. Continuando nuestro camino entre montañas aglomeradas unas sobre otras, llegamos al pie del monte de Licorea, el más alto de todos los del Parnaso y quizás de los de Grecia. Intentamos subir a él pero, después de dar muchas caídas, conocimos que si bien es fácil de subir hasta ciertas alturas del Parnaso, es dificilísimo llegar a la cumbre. Bajamos pues y fuimos a Elatea, ciudad principal de la Fócida, que defiende aquella reducida provincia de las incursiones de los tesalios.
Al norte y al este del Parnaso se encuentran deliciosas llanuras regadas por el Cefiso, que nace al pie del monte Eta encima de la ciudad de Lilea. Corre sereno dando vueltas y revueltas en su curso, en medio de campiñas pobladas de diversas especies de árboles y cubiertas de granos y pastos diferentes. Parece que, apasionado a sus mismos beneficios, no acierta a salir de los sitios que hermosea. Los demás distritos de la Fócida se distinguen por diversas producciones particulares. Son muy estimados el aceite de Titorea y el eléboro de Anticira, ciudad situada en la costa del mar de Corinto. No lejos de allí, los pescadores de Bulis recogen aquellas conchas preciosas con que se tiñe la púrpura. Más arriba vimos en el valle de Ambriso ricos viñedos y muchos árboles, de los que producen aquellos granitos que dan a la lana un hermoso encarnado.