CAPÍTULO XXII.

Acontecimientos memorables en la Grecia, desde el año 361 hasta el de 357 antes de J. C. — Muerte de Agesilao, rey de Lacedemonia. — Advenimiento de Filipo al trono de Macedonia. — Guerra social.

Mientras estábamos en los juegos olímpicos, oímos hablar varias veces de la última expedición de Agesilao, y cuando regresamos supimos su muerte.

No pudiendo tolerar la idea de una vida quieta y de una muerte oscura, a pesar de sus ochenta años, al frente de mil lacedemonios se fue a servir bajo las órdenes de Teos, rey de Egipto, para hacer la guerra al rey de Persia. Esperábanle con impaciencia los egipcios, y a su llegada los principales de ellos se apresuraron a reunirse a un héroe que hacía muchos años que era famoso en el orbe; pero quedaron sorprendidos cuando vieron en la playa un anciano bajito, de figura despreciable, sentado en el suelo en medio de algunos espartanos, cuyo exterior tan desaliñado como el de su jefe no distinguía los súbditos del soberano. Los oficiales de Teos ostentan a sus ojos los presentes de la hospitalidad, que consistían en diversas provisiones, y Agesilao tomando algunos alimentos groseros distribuyó entre los esclavos los manjares más delicados y los perfumes. Echáronse entonces a reír a carcajadas muchos de los espectadores, pero los más prudentes se contentaron con manifestar su desprecio.

Otros disgustos más sensibles pusieron en breve su paciencia a prueba. Teos se negó a darle el mando de sus tropas y desdeñó sus consejos. Agesilao esperaba, pues, la ocasión de salir del envilecimiento a que estaba reducido, y no tardó en presentársele. Habiéndose sublevado el ejército egipcio, formó dos partidos que querían destronar a Teos y nombrar otro rey. El de Esparta se declaró por Nectanebo, uno de los aspirantes al trono; dirigiole en sus operaciones, y después de haber consolidado su autoridad, salió de Egipto colmado de honores y con una suma de doscientos talentos que el nuevo rey enviaba a los lacedemonios. Obligole a saltar en tierra en la costa desierta de Libia una tempestad violenta, y allí murió de edad de ochenta y cuatro años. Al cabo de dos después de su muerte, sobrevino un suceso del cual no hicieron caso los atenienses, aunque debía mudar el semblante de las cosas de Grecia y de todo el mundo conocido.

Muerto Pérdicas, rey de Macedonia, que pereció con la mayor parte de su ejército en una batalla contra los ilirios, Filipo su hermano, a quien yo vi en rehenes de los tebanos, burló la vigilancia de sus guardias, volvió a Macedonia y, aunque no tenía más de veintidós años, fue nombrado tutor del hijo de este príncipe. Estaba entonces amenazada de próxima ruina la Macedonia, ya por las divisiones y guerras extranjeras, ya por estar agotadas sus rentas, y ya por el desaliento de las tropas. No se espanta Filipo de esta crítica situación del reino, antes bien se propone hacer de su nación lo que había hecho de la suya Epaminondas, su modelo. Algunos triunfos, aunque insignificantes, enseñan al soldado a considerarse capaz de defenderse: la administración se arregla más y más, la falange de Macedonia adquiere nueva forma, los peonios que ocupaban las fronteras son ganados con dádivas y se retiran: el rey de Tracia sacrifica a Pausanias, que aspiraba a la corona, y los atenienses, que habían auxiliado a Argeo, quedan derrotados y sus prisioneros libres, sin rescate.

Persuadidos los macedonios de que solo debía gobernarlos aquel que podía y sabía defenderlos, despojaron de la autoridad soberana al hijo de Pérdicas y diéronsela a Filipo. Animado este príncipe con la elección que en él había recaído, reunió a su reino una parte de la Peonia, derrotó a los ilirios y los redujo a sus antiguos límites. Poco tiempo después se apoderó de Anfípolis, plaza importante para el comercio de Atenas con la alta Tracia, pero nada aumentó más el poder de Filipo que el descubrimiento de algunas minas de oro que hizo explotar y de las que sacó más de mil talentos. En tanto hicieron liga la ciudad de Bizancio y las islas de Quíos, de Cos y de Rodas, para sustraerse a la dependencia de los atenienses, y empezó la guerra por el sitio de Quíos. Comandaba Cabrias la escuadra ateniense y Cares el ejército terrestre. El primero, incapaz de moderar su ardor, entró solo en el puerto y fue inmediatamente embestido por la escuadra enemiga. Al cabo de una defensa obstinada, se echaron a nado sus soldados para alcanzar las otras galeras, y aunque él podía seguir su ejemplo prefirió perecer antes que abandonar su nave.