CAPÍTULO XLV.

Educación y matrimonio de los espartanos.

Las leyes de Lacedemonia cuidan con sumo esmero de la educación de los niños; mandan que sea pública y común a los pobres y a los ricos.

Apenas nace un niño le presentan a la junta de los más ancianos de la tribu, a que pertenece su familia; llaman a la nodriza, y en lugar de lavarle con agua, le dan lavatorio de vino.

Hecha esta prueba, dañosa a los temperamentos débiles, y practicado además un reconocimiento riguroso, se pronuncia la sentencia del niño. Si no conviene ni para él ni para la república que viva más tiempo, le echan en una profunda sima; pero si parece sano y bien constituido, se le escoge en nombre de la patria para ser algún día uno de sus defensores. Vuelto a casa le ponen sobre un escudo, y al lado de esta especie de cuna le dejan una lanza, a fin de que sus primeras miradas se acostumbren a ver esta arma. Jamás aprietan sus miembros delicados con fajas u otras ligaduras que pudieran embarazar sus movimientos; ni contienen su llanto si se juzga que conviene que le vierta. Le acostumbran insensiblemente a la soledad, a las tinieblas y a la mayor indiferencia acerca de la variedad de alimentos. No se les hace ninguna impresión de terror, ninguna sujeción inútil ni ninguna reprensión; entregado del todo a sus juegos inocentes, goza completamente de las dulzuras de la vida y su dicha apresura el desenvolvimiento de sus fuerzas y de sus cualidades.

La edad de siete años es la época en que acaba comúnmente la educación doméstica. Entonces se pregunta al padre si quiere que su hijo sea educado según las leyes: si se niega a ello el padre, queda este privado del derecho de ciudadano; pero si consiente; el hijo tendrá en lo sucesivo por ayos no solamente a sus padres, sino también las leyes, los magistrados y todos los ciudadanos. Se encarga de los niños uno de los hombres más respetables de la república, que los distribuye en diferentes clases, presidida cada una de ellas por un jefe joven, distinguido por su valor y su prudencia. Los niños deben someterse humildemente a las órdenes que estos les dan y a los castigos que les imponen, infligidos por otros jóvenes que han llegado a la pubertad, los cuales usan de disciplinas. La regla se hace más severa de día en día, les cortan el pelo, andan sin medias ni zapatos para acostumbrarles al rigor de las estaciones, y algunas veces se les hace luchar desnudos.

A la edad de doce años dejan la túnica, y se cubren solamente con un manto que debe durar todo el año. Rara vez se les permite el uso de baños y perfumes. Cada cuadrilla se acuesta reunida sobre puntas suaves de unos juncos que se crían en el Eurotas, y que arrancan sin valerse de instrumento. Los alumnos no pueden sustraerse ni por un momento a la vista de las personas ancianas que tienen obligación de asistir a sus ejercicios y mantener allí el decoro; a la del director general de educación ni a la del irén o jefe particular que manda a cada división. Este irén es un joven de veinte años que en premio de su valor y prudencia recibe el honor de dar lecciones a aquellos que se le confían. Está a su frente cuando lidian, cuando pasan el Eurotas a nado y cuando van a cazar; cuando aprenden a luchar, a correr y a diferentes ejercicios del gimnasio. De vuelta a su casa toman un alimento sano y frugal que ellos mismos se preparan. Los más robustos recogen y traen leña, los más débiles hierbas y otros alimentos que han pillado, introduciéndose furtivamente en los huertos y en las salas de los banquetes públicos. Si son descubiertos, unas veces los azotan y otras se añade a este castigo la prohibición de acercarse a la mesa: hay ocasiones en que los llevan a un altar, alrededor del cual les hacen dar vueltas, cantando versos contra ellos mismos.

No se da a los alumnos más que una ligera tintura de las letras; pero se les enseña a explicarse con pureza, a representar en los coros de danza y de música, a perpetuar en sus versos la memoria de los que han muerto por la patria, y la vergüenza de aquellos que la vendieron. En estas poesías se expresan con sencillez las grandes ideas y con calor los sentimientos elevados. Los éforos van a verlos todos los días, y de tiempo en tiempo van ellos a las casas de los éforos, quienes examinan si está bien dirigida su educación, si se ha introducido alguna delicadeza en sus camas y vestidos, y si están en disposición de engrosar demasiado. Este último punto es muy esencial, tanto que se han visto alguna vez en Esparta magistrados que citaron al tribunal de la nación y amenazaron con el destierro a ciudadanos cuya excesiva grosura parecía ser una prueba de vida desordenada, de debilidad o de afeminación; un rostro afeminado sería capaz de avergonzar a un espartano: es necesario pues que el cuerpo, en su incremento, adquiera agilidad y fuerza, conservando siempre justas proporciones.

He concurrido varias veces a los combates que dan en el Platanisto los jóvenes que han cumplido dieciocho años. Hacen los preparativos en un colegio situado en el barrio de Terapne; divididos en dos cuerpos, uno de los cuales se distingue con el nombre de Heracles y el otro con el de Licurgo, se adelantan en orden y por caminos diferentes hacia el campo de batalla. Al oír la señal, se embisten unos a otros y se empujan y rechazan alternativamente. Aumentose luego su ardor por grados; se les ve lidiar a patadas y cachetes; desgarrarse a bocados y tarascadas, continuar una lucha desventajosa; a pesar de las heridas dolorosas, exponerse a perecer antes que rendirse y aumentar algunas veces la arrogancia, al paso que disminuían las fuerzas. Yo vi a uno de ellos, a punto de echar por tierra a su antagonista, exclamar de repente: «Me muerdes como una mujer». «No», respondió el otro, «te muerdo como un león». Presencian la acción cuatro magistrados que pueden moderar el furor con una sola palabra, y pasa a la vista de una multitud de testigos que unas veces prodigan alabanzas a los vencedores y otras sarcasmos a los vencidos. Termina la lid cuando los de un partido se ven precisados a pasar a nado el Eurotas o un canal que, unido al río, sirve de límite al Platanisto.

He presenciado también otros combates, donde el mayor valor competía con los más agudos dolores. En una fiesta que se celebra anualmente en honor de Artemisa llamada Ortia, se sitúan cerca del altar diez espartanos jóvenes que apenas han salido de la infancia, escogidos entre todas las clases del estado, y los azotan cruelmente hasta que empiezan a derramar sangre. La sacerdotisa está presente teniendo en sus manos una estatuita de Artemisa muy ligera. Si los ejecutores o verdugos se manifiestan piadosos, exclama la sacerdotisa diciendo que no puede sostener el peso de la estatua; y redoblando entonces los golpes, se hace más vivo el interés general. Al mismo tiempo se oyen los gritos frenéticos de los padres que exhortan a aquellas víctimas inocentes a no proferir el menor quejido, y estas mismas provocan y desafían al dolor. La presencia de tantos testigos ocupados en notar hasta los menores movimientos, y la esperanza del triunfo concedido al que sufre con mayor constancia, les endurecen de tal manera que se presentan a estos horribles tormentos con faz serena y una alegría irritante. «Acordaos», me dijo Damonax, «de aquel muchacho que habiendo escondido el otro día una zorrilla en su seno, se dejó despedazar las entrañas antes que confesar el hurto, y con esto tendréis una idea más de la constancia con que sufren el dolor nuestros jóvenes espartanos».

En muchas ciudades de la Grecia, cuando los jóvenes han cumplido dieciocho años, dejan de estar bajo la vigilancia de los institutores. Conocía Licurgo de tal manera el corazón humano, que no podía permitir que se abandonase a sí mismo en aquellos momentos críticos de los cuales depende casi siempre la suerte de un ciudadano y muchas veces la del estado. Opone pues al desenvolvimiento de las pasiones una nueva sucesión de ejercicios y tareas, y ordena a los jóvenes de Esparta a que se diseminen por la provincia con las armas en la mano, descalzos, expuestos a las intemperies de la estación, sin esclavos que los sirvan y sin techo que les preserve del frío por la noche; unas veces toman conocimiento del país y aprenden los medios de preservarle de las incursiones del enemigo; otras corren tras de los jabalíes y demás fieras; y otras en fin, con el objeto de ensayar varias maniobras del arte militar, se ponen en acecho y emboscada de día, y a la noche siguiente acometen y derriban a los ilotas que, aun previendo el peligro, han tenido la imprudencia de salir y de encontrarlos en el camino.

Las niñas de Esparta, educadas bajo diferente método que las de Atenas, no se ven en la precisión de estar encerradas, de hilar lana, abstenerse del vino y de comidas fuertes, pero las enseñan a cantar, danzar y luchar entre ellas, a correr con ligereza por la arena, a lanzar con fuerza el tejo o el venablo, a hacer todos sus ejercicios sin velo y medio desnudas, en presencia de los reyes y de los magistrados y ciudadanos, sin exceptuar ni aun los mancebos, a quienes excitan a la gloria, ya con elogios lisonjeros o con ironías picantes.

En Lacedemonia no se casan hasta que el cuerpo ha adquirido todo su incremento, y que la razón puede iluminar la elección que se hace. Ambos esposos deben reunir a las prendas del alma una hermosura varonil, una estatura ventajosa y una salud robusta. Licurgo, y después de él los filósofos ilustrados, han mirado con extrañeza que se pusiese tanto cuidado en mejorar las razas de los animales domésticos y se descuidase absolutamente la de los hombres. Cumpliéronse sus deseos, y con el acierto en la unión de ambos sexos, parece haberse añadido a la naturaleza del hombre un nuevo grado de fuerza y majestad. En efecto, no hay cosa más bella ni más pura que la sangre de los espartanos.

Hay razones muy poderosas que pueden autorizar a un espartano a no casarse, pero cuando llega a la vejez no debe esperar las mismas consideraciones y consuelos que los otros ciudadanos. Cítase el ejemplo de Dercílidas que había mandado con mucha gloria los ejércitos. Habiendo ido a la asamblea, le dijo un joven: «No me levanto en tu presencia, porque no dejarás hijos que puedan levantarse ante mí un día».