CAPÍTULO XLVI.
Usos y costumbres de los espartanos.
Este capítulo es una continuación del precedente, porque sigue la educación de los espartanos, digámoslo así, durante toda su vida.
Desde la edad de veinte años se dejan crecer el cabello y la barba. Cuando los éforos entran en el ejercicio de sus funciones, expiden un bando a son de trompeta mandando rasurarse el labio superior y que se sometan a las leyes. Desterrando de su vestido los espartanos toda especie de adorno, han dado un ejemplo que las demás naciones han admirado sin imitarle de ningún modo. Entre ellos nada distingue en lo exterior de la ínfima clase de ciudadanos a los reyes y magistrados. Llevan todos una túnica muy corta, tejida de lana muy burda, y encima se ponen un manto o capa gruesa. Usan sandalias u otras especies de calzado, siendo el más común de color rojo. Representan a Cástor y Pólux con gorras que, juntas la una a la otra por la parte inferior, harían la figura de aquel huevo de donde se dice que traen su origen. Tomad una de estas gorras y tendréis la que usan todavía los espartanos.
Las casas son chicas y hechas sin arte: no se deben labrar las puertas sino con la sierra y los techos con el hacha. Sirven de vigas y cuartones troncos de árboles apenas descortezados, y los muebles, aunque no tan rústicos, participan de la misma sencillez, jamás están amontonados ni sin orden. El régimen de los espartanos es austero. Un extranjero que los vio tendidos alrededor de la mesa y en el campo de batalla, miraba como más fácil sufrir tal muerte que pasar tal vida. Esto no obstante, Licurgo solo ha suprimido de sus comidas lo superfluo, debiendo su frugalidad a la virtud y no a la necesidad. Sus cocineros no se ocupan sino en preparar la carne, y les están prohibidas las salsas, menos el pisto negro, que es una salsa, cuya composición he olvidado, y en la cual mojan pan los espartanos, prefiriéndola a los manjares más exquisitos. Por la fama que tenía esta salsa, quiso Dionisio el tirano enriquecer con ella su mesa. Hizo venir un cocinero de Lacedemonia, y le mandó que no omitiese gasto alguno: sirviéronle el pisto negro y apenas lo probó el rey, lo arrojó indignado. «Señor», le dijo el esclavo, «falta en la salsa una especie muy esencial». «¿Cuál es, pues?», preguntó el príncipe. «Un ejercicio violento antes de comer», contestó el esclavo.
La Laconia produce muchas especies de vinos. El que se hace de la uva de Cinco colinas, a corta distancia de Esparta, es tan fragante y tan suave como el olor de las flores. En sus convites nunca pasan la copa de mano en mano como se usa en los demás pueblos, sino que cada uno apura la suya, e inmediatamente la llena el esclavo que sirve a la mesa. Tienen licencia para beber cuando lo necesitan, y usan con placer de este permiso sin abusar de él nunca. El espectáculo desagradable de un esclavo que se embriaga, y que suelen ofrecerles a la vista algunas veces, les inspira suma aversión a la embriaguez. Tienen diferentes especies de banquetes públicos, siendo los más frecuentes los filitías.[5] Reyes, magistrados, simples ciudadanos, todos se reúnen para tomar su comida en unas salas donde hay preparadas muchas mesas, las más veces de quince cubiertos cada una. Comen echados en bancos de roble, con el codo apoyado en una piedra o en un pedazo de madera. Al lado de cada cubierto se pone un migón de pan para enjugarse los dedos.
[5] Palabra que quiere decir: asociaciones de amigos.
Durante la comida versa la conversación sobre rasgos de moral o ejemplos de virtud. Se cita una bella acción como una noticia digna de llamar la atención de los espartanos. Los ancianos toman comúnmente la palabra, hablan con discreción y los escuchan con respeto. Asisten a los banquetes las diferentes clases de alumnos sin participar de ellos; los más jóvenes para pillar mañosamente de las mesas alguna porción, que parten con sus amigos, y los otros para tomar lecciones de sabiduría y de jocosidad.
Entre los espartanos, los unos no saben leer ni escribir, y otros apenas saben contar: no hay entre ellos la menor idea de geometría, de astronomía y otras ciencias. Los más instruidos encuentran sus delicias en las poesías de Homero, de Terpandro y de Tirteo, porque elevan el alma. Su teatro está destinado a los ejercicios, y en ellos no se representan ni tragedias ni comedias. Algunos, en corto número, han cultivado con fruto la poesía lírica, en la cual ha sobresalido Alcmeón, que vivía tres siglos hace. Su estilo es dulce y armonioso, aunque tuvo que combatir el duro dialecto dorio que se habla en Lacedemonia. Del rasgo siguiente puede juzgarse de su aversión a la retórica. Cuando la guerra del Peloponeso, fue enviado un espartano al sátrapa Tisafernes, para empeñarle a que prefiriese la alianza de Lacedemonia a la de Atenas, y expuso su misión en pocas palabras. Viendo a los embajadores atenienses desplegar todo el fasto de la elocuencia, tiró dos líneas que terminaban en un mismo punto, la una recta y la otra torcida, y mostrándolas al sátrapa le dijo: «Escoge».
Dos siglos antes los habitantes de una isla del mar Egeo, acosados del hambre, se dirigieron a los lacedemonios, sus aliados, quienes respondieron al embajador: «No hemos comprendido el fin de vuestra arenga y hemos olvidado el principio». Nombraron segundo embajador encargándole que fuese más lacónico, y llegó presentando a los lacedemonios un costal de los que sirven para poner harina, el cual estaba vacío. La asamblea resolvió abastecer a la isla, pero advirtió al diputado que no fuese otra vez tan prolijo. En efecto, les había dicho que era necesario llenar el saco.
Aunque este pueblo sea menos instruido que los otros, es mucho más ilustrado. Se dice que de él adquirieron Tales, Pítaco y otros sabios de la Grecia el arte de encerrar las máximas de la moral en cortas fórmulas. Lo que yo he visto me ha sorprendido muchas veces. Creía conversar con hombres ignorantes, pero bien pronto salían de su boca respuestas sentenciosas y penetrantes como dardos. Acostumbrados desde niños a explicarse con tanta precisión como energía, callan cuando no tienen que decir alguna cosa interesante, y si tienen mucho que decir procuran disculparse. Acomódase perfectamente a su carácter el estilo sencillo, y le usan frecuentemente en sus conversaciones y sus cartas. Elogiaba uno la bondad del rey Carilao, y respondió otro, diciendo. «¿Cómo podía ser bueno si lo era también con los malos?». En una ciudad de la Grecia dijo en voz alta el pregonero encargado de la venta de los esclavos: «Vendo un lacedemonio», y exclamó este poniéndole la mano en la boca: «Decid más bien un prisionero».
Unos generales del rey de Persia preguntaban a los diputados de Lacedemonia en qué calidad contaban seguir la negociación, a lo cual contestaron: «Si sale mal, como particulares, y si bien, como embajadores».
Se observa la misma concisión en las cartas que escriben los magistrados y en las que reciben de los generales. Temiendo los éforos que la guarnición de Decelia se dejase sorprender o interrumpiese sus ejercicios de costumbre, le escribieron únicamente estas palabras: «No os paseéis». Con la misma sencillez anuncian la derrota más completa y la victoria más ilustre. Cuando la guerra del Peloponeso, habiendo sido derrotada su escuadra, al mando de Míndaro, por la de los atenienses a las órdenes de Alcibíades, escribió un oficial a los éforos diciendo: «Perdiose la batalla; Míndaro ha muerto; no hay víveres ni recursos». Poco tiempo después recibieron una carta de Lisandro, general de su ejército, concebida en estos términos: «Hemos tomado Atenas», tal fue la relación de la conquista más gloriosa y más útil para los lacedemonios.
La presencia de los ancianos honra siempre sus asambleas, sus banquetes y sus ejercicios públicos. Los demás ciudadanos, y en particular los jóvenes, guardan con ellos las consideraciones que exigirán ellos mismos cuando lleguen a ser ancianos. La ley les obliga a ceder a cada instante el paso a la vejez, a levantarse cuando se presenta y a callar cuando habla. La escuchan con deferencia en las asambleas de la nación y en las salas del gimnasio. De este modo los ciudadanos que han servido a su patria, lejos de llegar a serla extraños, al fin de su carrera son respetados los unos como depositarios de la experiencia, y los otros cual monumentos de que se tiene por sagrado conservar los restos.
Las mujeres son altas, fuertes, de salud robusta y en general hermosas; pero su belleza es imponente y severa, de modo que hubieran podido suministrar a Fidias muchos modelos para su Atenea, y apenas alguno a Praxíteles para su Afrodita. Su atuendo consiste en una especie de túnica corta y un vestido que les llega hasta los talones. Las jóvenes, obligadas a dedicar todos los momentos del día a la lucha, la carrera, el salto y otros ejercicios penosos, regularmente no llevan más que un vestido ligero y sin mangas, prendido a los hombros con botones o corchetes, y cuyo ceñidor le tiene levantado encima de las rodillas. La parte inferior está abierta de cada lado, de manera que la mitad del cuerpo queda descubierto. Una espartana sale al público con la cara descubierta hasta que se casa, en cuyo caso como quiera que solo debe complacer y agradar a su esposo, sale con velo; y no debiendo ser conocida sino de él solo, no corresponde a otros el hacer de ella elogios. En ninguna parte son menos observadas las mujeres, ni tienen menos sujeción, ni en parte alguna han abusado menos de su libertad.
Si las mujeres de Esparta son mucho más adictas a sus obligaciones que las demás mujeres de la Grecia, también tienen al mismo tiempo un carácter más vigoroso, que le emplean con feliz éxito en dominar a sus esposos, que las consultan con gusto tanto sobre sus asuntos como acerca de los del estado. Una extranjera decía un día a la mujer de Leónidas: «Vosotras sois las únicas que tomáis ascendiente sobre los hombres». «Sin duda», respondió ella, «porque somos las únicas que damos hombres al mundo».
Tienen una alta idea del honor y de la libertad, y a veces la llevan a tal extremo que entonces no se sabe qué nombre dar al sentimiento que las anima. Una de ellas escribió a su hijo que se había salvado de la batalla: «Corren malas nuevas de ti; haz que cesen o deja de vivir». En otra ocasión semejante, una ateniense escribió al suyo: «Te doy gracias de haberte conservado para mí». No menos admiración causa la respuesta de Argileonis, madre del célebre Brásidas. Unos tracios le dieron la noticia de la gloriosa muerte de su hijo, añadiendo que jamás había dado Lacedemonia un general tan grande. «Extranjeros», les dijo, «mi hijo era un valiente, pero sabed que Esparta posee muchos ciudadanos que valen más que él».
Aquí la naturaleza está sumisa sin ahogarla, y en ella reside el verdadero valor, por lo cual los éforos decretaron honores distinguidos a esta mujer. Pero ¿quién pudiera oír sin estremecerse a una madre, a quien dijeron: «Acaban de matar a vuestro hijo sin haber dejado su puesto»; y respondió inmediatamente, «Que le entierren y ocupe su lugar su hermano»? Otra esperaba en el arrabal la noticia del resultado de la batalla; llega el correo, le pregunta, y la dice: «Vuestros cinco hijos han muerto». «No te pregunto eso», responde ella; «¿peligra mi patria?». «Triunfa». «Pues bien, me resigno gustosa con mi pérdida».
«A esta elevación de alma, que nuestras mujeres manifiestan todavía por intervalos», continuó Damonax, «sucederán en breve, sin destruirla, unos sentimientos bajos, y su vida no será ya más que una mezcla de pequeñez y grandeza, de barbarie y deleite. Muchas de ellas se dejan ya dominar por el brillo del oro y el atractivo de los placeres. Los atenienses, que reprobaban altamente la libertad que se concedía a las mujeres de Esparta, triunfan al ver que esta libertad degenera en licencia. Preciso es confesar que ya no somos lo que éramos hace un siglo. Los unos se engríen impunemente de sus riquezas, y otros corren en busca de los empleos que sus padres se contentaban con merecerlos. No hace mucho tiempo que se descubrió una ramera en las inmediaciones de Esparta, siendo aun no menos peligroso el que hemos visto a Cinisca, hermana del rey Agesilao, enviar a Olimpia un carro de cuatro caballos para disputar el premio de la carrera; los poetas celebrar su triunfo y el estado erigir un monumento en honor suyo».