CAPÍTULO XXIV.
De las casas y comidas de los atenienses.
La mayor parte de las casas de Atenas son de dos apartamentos: uno en alto para las mujeres y otro abajo para los hombres, y están cubiertas de terrados cuyos aleros tienen mucho vuelo. Se cuentan más de diez mil, y hay un gran número de ellas que tienen detrás un jardín, delante un patio pequeño y muchas una especie de pórtico en cuyo centro está la puerta de la calle.
Enseñan a los forasteros las casas de Milcíades, de Arístides, Temístocles y de los grandes hombres del último siglo: en nada se distinguían en otro tiempo, pero hoy día sobresalen por el contraste que hacen con los palacios que han construido cerca de estas humildes moradas unos hombres sin reputación y sin virtudes. Desde que se introdujo el buen gusto en los edificios, las artes hacen esfuerzos de día en día para extenderle. Se ha tomado la disposición de hacer las calles a cordel, de dividir las casas nuevas en dos cuerpos, poniendo en los pisos bajos la habitación del matrimonio, y hacerlas más cómodas, con acertadas distribuciones, y más elegantes por los adornos que en ellas se multiplican. Tal era la que ocupaba Dinias, uno de los ciudadanos más ricos y voluptuosos de Atenas, la cual ostentaba un fasto que acabó en breve con sus bienes. Un día le rogué que me la enseñase. Se iba rectamente a la habitación de las mujeres por una arboleda larga y estrecha. Pasamos por una praderilla rodeada de tres pórticos y llegamos a una pieza muy capaz donde estaba su mujer Lisístrata, a quien nos presentaron. Tenían a esta señora por una de las mujeres más bonitas de Atenas, y procuraba sostener esta fama con la elegancia de sus atavíos. Al cabo de una conversación interrumpida con la llegada de un amigo suyo, le pedimos permiso para ver lo demás de la casa. Me detuve primeramente en ver el tocador, que me causó admiración por los muchos muebles grandes y pequeños que en él había, todos de lujo, preciosos. Al notar Dinias mi sorpresa, me dijo que gustando de la industria y de la grande habilidad de los artesanos extranjeros, hizo traer las sillas de Tesalia, los colchones de Corinto y las almohadas de Cartago. Viendo que se aumentaba mi admiración, riose de mi sencillez, y para disculparse añadió que Jenofonte se dejaba ver en el ejército con un escudo de Argos, una coraza de Atenas, un yelmo de Beocia y un caballo de Epidauro.
Pasamos a la habitación de los hombres, en cuyas piezas todas se ostentaba el lujo y el buen gusto. El oro, el ébano y el marfil realzaban el brillo de los muebles. Los techos y las paredes estaban hermoseados con pinturas: en las mamparas y alfombras hechas en Babilonia se veían representados persas con sus ricas ropas talares, buitres, otras aves y muchos animales fantásticos. El lujo que Dinias ostentaba en su casa reinaba también en su mesa. Diré algunos pormenores acerca de la primera cena a que nos convidó a Filotas y a mí, y suprimiré todo aquello que sea poco interesante. Debían juntarse todos por la tarde, y nosotros tuvimos el cuidado de no llegar ni tarde ni temprano. Antes de sentarnos a la mesa, nos echaron agua clara en las manos unos esclavos, y nos pusieron luego coronas en la cabeza. Se saca a la suerte el rey del banquete, cuyas funciones eran las de no permitir licencia alguna que ofenda al decoro, decir cuando se debe beber a un tiempo, indicar los brindis y cuidar de la observancia de las leyes establecidas entre los bebedores. Sentámonos luego en unos almohadones forrados de púrpura, y empezó la cena. Sacaron lo primero mariscos, huevos frescos, salchichas, pies de puerco, hígado de jabalí, una cabeza de cordero, vientre de cerda y pajaritos. Al segundo cubierto, caza de la más exquisita, tanto de pelo como de pluma, y pescado de varias clases. El tercer cubierto se componía de frutas varias y exquisitas. Tratándose de representar los banquetes de los sabios, el rey del festín decidió que cada uno hablase por turnos, y que expusiese ideas con mucha gravedad, sin detenerse en pormenores ni olvidarlos enteramente. Habiéndome llegado el turno, di entonces una idea de los convites de los escitas, diciendo en pocas palabras que desde su infancia se alimentaban con miel y leche de vaca o de burra, cuyo líquido batían por largo rato para separar la nata, y que estaban destinados a hacer esta operación aquellos enemigos suyos que caían en sus manos, a los cuales privaban de la vista para impedir que se escapasen. Tomaron sucesivamente la palabra los demás convidados, y muchos de ellos hablaron de los alimentos que constituyen un buen banquete. Filotas se extendió sobre lo exquisitas que son las legumbres del Ática; un parásito elogió las tortas y los pasteles de Atenas, y al acabar su discurso se apoderó de una torta de mosto y almendra que acababan de sacar. Otro convidado nos habló de la historia del arte de cocina que describió cual superior a todas las demás. Entre los autores que han tratado de la materia, citó con elogio a Arquéstrato, amigo de uno de los hijos de Pericles, el cual compuso sobre la gastronomía un poema del que cada verso es un precepto. A este interlocutor sucedió un médico que devoraba, callando y sin distinción de manjares, todo cuanto presentaban, donde él podía alcanzarlo. Hablonos primeramente de la elección de los alimentos, y citó todos los preceptos de Hipócrates acerca del asunto. No olvidó las propiedades de cada bebida y el efecto que causa cada uno de los diferentes vinos. Nunca habría acabado, si Dinias no le hubiese interrumpido para continuar el discurso sobre las diferentes clases de vino, a que él daba la preferencia.
Acabó de hablar Dinias y mandó sacar muchas botellas de un vino que conservaba diez años había y que fue reemplazado por otro aún más añejo. Bebimos entonces sin interrupción, y Demócares, rey del banquete, después de haber echado varios brindis tomó una lira, y en tanto que la templaba nos habló del uso que siempre se ha seguido, de mezclar el canto a los placeres de la mesa. En otro tiempo, nos decía, todos los convidados cantaban juntos y al unísono; en seguida se dispuso que cada cual cantase por turno, teniendo en la mano un ramo de mirto o de laurel. La alegría era menos ruidosa ciertamente, pero también fue menos animada; la restringieron aún más cuando se unió la lira a la voz, y entonces muchos convidados se vieron en la precisión de callar. En un principio las canciones de mesa no contenían más que expresiones de reconocimiento o lecciones de sabiduría. Con ellas celebrábamos y celebramos aún a los dioses, los héroes y los ciudadanos útiles a su patria. A estos graves asuntos juntose después el elogio del vino, y de aquí resultaron muchas canciones báquicas, llenas de máximas ya sobre la dicha y la virtud, y ya sobre el amor y la amistad. Muchos autores se han ejercitado en este género de poesía y algunos han sobresalido: Alceo y Anacreonte han hecho célebre este género, el cual, lejos de exigir esfuerzo, requiere naturalidad y es opuesto a toda afectación y violencia. «Entreguémonos al enajenamiento que inspira este feliz momento, cantemos juntos en coro y tomemos en nuestras manos ramos de laurel o de mirto».
Así dijo Demócares; al instante ejecutamos sus órdenes, y habiendo repetido muchas canciones acomodadas a las circunstancias, todo el coro entonó la de Harmodio y de Aristogitón. Acompañonos Demócares por intervalos, pero dominado repentinamente de un nuevo entusiasmo, «mi lira rebelde», exclamó, «se niega a tan nobles asuntos», e inmediatamente nos obliga a cantar con él una canción cuyo estribillo es el siguiente:
Amemos, bebamos, cantemos a Dioniso.
Aún no habíamos acabado la canción, cuando oímos a la puerta un gran ruido, y vimos entrar unos jóvenes que nos traían danzarines y tocadores de flauta. Empezaron a bailar al punto la mayor parte de los convidados, y al mismo tiempo nos sacaron varios manjares propios para excitar el apetito. Todo esto, acompañado de una nueva provisión de vino para beber en copas mayores que las primeras, anunciaba excesos que fueron felizmente reprimidos por un espectáculo inesperado. Uno de los convidados que había salido de la sala, volvió a entrar seguido de unos jugadores de manos y farsantes, de aquellos que en las plazas públicas divierten al populacho y le sacan el dinero con sus prestigios. Quitaron la mesa de allí a poco, hicimos libaciones en honor del buen genio y de Zeus salvador, y después de habernos lavado las manos en una agua odorífera empezaron los farsantes sus habilidades.