CAPÍTULO XXV.

Educación de los atenienses.

El objeto de la educación es procurar al cuerpo la fuerza que debe tener, y al alma la perfección de que es susceptible, y así es que entre los atenienses empieza desde que nace un niño y no concluye hasta la edad de veinte años.

Estando recién parida de un niño Epicaris, mujer de Apolodoro, en cuya casa estaba yo hospedado, vi suspender a la puerta de la calle una corona de olivo, símbolo de la agricultura a que está destinado el hombre. Si hubiese sido niña el recién nacido, una faja de lana puesta al lado de la corona hubiera designado la especie de trabajo en que deben ocuparse las mujeres. Este uso, que recuerda las costumbres antiguas, anuncia al estado que acaba de adquirir un ciudadano.

Lavan al niño con agua tibia, según el dictamen de Hipócrates, y en seguida le acuestan en una de aquellas banastas de mimbre que usan para separar el grano de la paja, lo cual es el presagio de una grande opulencia o de una numerosa posteridad. Siendo muy famosas las nodrizas de Lacedemonia, Apolodoro hizo venir una de ellas y le confió la lactancia de su hijo. Al recibirle tuvo la precaución de no envolverle, antes bien para acostumbrarle al frío desde muy temprano, se contentó con ponerle unos pañales delgados.

Al quinto día le tomó en brazos una mujer y, acompañada de todas las personas de casa, le purificó, pasándole repetidas veces alrededor del fuego que ardía en un altar. Dos días después, habiendo reunido Apolodoro a sus parientes, los de su mujer y sus amigos, dio en su presencia el nombre de Lisis a su hijo porque así se llamaba su padre, atendiendo a que, según el uso, el primogénito de una familia conserva el nombre de su abuelo. Siguió a esta ceremonia un sacrificio y un convite, y algunos días después se hizo una ceremonia más santa, cual es la de la iniciación en los misterios de Eleusis. A los cuarenta días salió de casa Epicaris: esto fue motivo de una fiesta para la familia de Apolodoro, y ambos esposos, después de recibir segundas enhorabuenas de todos sus amigos, se dedicaron con mayor celo a la educación del hijo. Deidamía, que así se llamaba la nodriza, escuchaba sus consejos y ella misma los ilustraba con su experiencia. Desde que el niño pudo tenerse en pie, esta discreta aya le enseñó a andar, siempre atenta a sostenerle, y le daba instrumentos cuyo ruido podía distraerle y divertirle; pero no tardó mucho en dedicarse a otros deberes más importantes. Acostumbró a su alumno a que no hiciese diferencia entre los alimentos que le presentaba, y jamás se valió de la fuerza y el miedo para acallar su llanto; pues le pareció más conveniente evitarlo al momento que conocía la causa, y dejar que se desahogase cuando no la conocía. Así es que dejó de derramar lágrimas desde que pudo manifestar con ademanes sus necesidades o sus deseos. Atenta particularmente a las primeras impresiones que podía recibir el infante, apartaba todo objeto de terror en lugar de hacerle miedo, amenazarle o darle golpes.

Lisis era sano y robusto. No se le trataba ni con aquel exceso de indulgencia que hace a los niños indóciles, impacientes e inaguantables, ni con un extremo de severidad que los hace tímidos y los envilece. Oponíanse a sus gustos sin recordarle su dependencia, y castigábanle sus faltas sin añadir el insulto a la corrección. Pero lo que Apolodoro encargaba particularmente era que se tuviese cuidado de que no tratase mucho con los criados de la casa, y así es que prohibió severamente a estos que diesen a su hijo la más leve idea del vicio, ya fuese con palabras o ya con su ejemplo.

Dedicó Apolodoro los cinco primeros años al desenvolvimiento y firmeza de su cuerpo, y a los seis le confió al cuidado de un conductor o pedagogo, el cual era un esclavo de confianza encargado de acompañarlo a todas partes y particularmente a casa de los maestros que le daban lección de los primeros elementos de las ciencias. Pero antes de confiarle al esclavo, determinó que fuese tenido por ciudadano, y al efecto se fue a una capilla que pertenecía a la curia de la tribu en que estaba comprendido, donde se hallaban reunidos muchos de sus parientes, los principales de aquella curia y de la clase particular de que era individuo. Presentoles su hijo con una oveja que se debía inmolar, y en tanto que la llama devoraba una parte de la víctima, se adelantó, y teniendo a Lisis de la mano puso a los dioses por testigos de que aquel niño había nacido de él y de una mujer ateniense, en legítimo matrimonio. Recogieron luego los votos, e inmediatamente fue inscrito el niño con el nombre de Lisis, hijo de Apolodoro, en el padrón de la curia.

Este acto, por el cual se comprende a un niño en tal tribu, tal curia, tal clase de la curia, es el único que atestigua la legitimidad de su nacimiento y le concede el derecho a la sucesión de sus padres.

Para ser la educación conforme al espíritu del gobierno, debe imprimir en el corazón de los jóvenes los mismos sentimientos y los mismos principios, y de aquí es que los antiguos legisladores los sujetaron a una institución común. La mayor parte se educan hoy día en el seno de su familia, circunstancia que choca abiertamente contra el espíritu del gobierno; pero Apolodoro, que no quiso apartarse del antiguo sistema, enviaba lodos los días su hijo a las escuelas públicas.

Entre los institutores a quienes se confía la juventud ateniense, suelen encontrarse hombres de mérito sobresaliente. Tal fue en otro tiempo Damón, que dio lecciones de música a Sócrates y de política a Pericles: en mi tiempo Filótimo, que había concurrido a la escuela de Platón y juntaba al conocimiento de las artes las luces de una sana filosofía. Apolodoro, que le amaba mucho, había conseguido que fuese como un consultor acerca del modo de educar a su hijo. El curso de los estudios comprende la música y la gimnástica; es decir, todo lo relativo a las ciencias del entendimiento y a las del cuerpo. En esta división, la voz música está tomada bajo un sentido muy extenso. Conocer la forma y valor de las letras, trazarlas con elegancia y facilidad, dar a las sílabas el movimiento y la entonación que les conviene, tales fueron los primeros estudios del joven Lisis. Se le recomendaba que observase exactamente la puntuación mientras se le pudiesen dar reglas para ello. Leía repetidas veces las fábulas de Esopo, y en muchas ocasiones recitaba los versos que sabía de memoria. En efecto, para ejercitar la memoria de sus discípulos, los profesores de gramática les hacen aprender fragmentos sacados de Homero, de Hesíodo y de los poetas líricos, y con este fin se han formado para su uso una recolección de piezas escogidas, cuya moral es la más pura. Una de estas recolecciones puso en manos de Lisis su maestro, y después le dio una noticia de las tropas que se hallaron en el sitio de Troya, según la relación que hace la Ilíada. Algunos legisladores han decretado que en las escuelas se acostumbrase a los niños a recitarla, porque contiene los nombres de las ciudades y de las casas más antiguas de la Grecia.

Atendiendo a que la gramática, con respecto a los sonidos que causan las letras, según lo más o menos juntas que están, tiene alguna relación con la música, el mismo institutor está por lo regular encargado de enseñar a sus discípulos los elementos de una y otra. Presencié algunas veces las lecciones que Filótimo daba a Lisis, y vi como este aprendía a cantar con gusto acompañándose con la lira. Nunca le dieron instrumentos de aquellos que agitan el alma con violencia o que solo sirven para afeminarla, y de aquí es que no le permitieron tocar la flauta, porque esta excita y calma alternativamente las pasiones. Salí de Atenas para Egipto, pero antes de emprender el viaje, rogué a Filótimo que me dijese por escrito los trámites y progresos de este método de educación, y según su diario voy a continuar la historia.

Tuvo Lisis en adelante diferentes maestros según el estudio que seguía; aprendió la aritmética jugando con ella, porque el medio más acertado para facilitar el estudio a los niños es el de acostumbrarlos ya a repartir entre ellos, según su número, una cierta porción de manzanas y algunas coronas, ya a mezclarse en sus ejercicios, según las combinaciones hechas, de manera que el niño ocupa cada puesto a su vez. Apolodoro apreciaba la aritmética, porque entre otras ventajas que lleva consigo, aumenta la sagacidad del ingenio y le predispone para el conocimiento de la geometría y la astronomía. Tomó Lisis una tintura de estas dos ciencias, porque con el conocimiento de la primera, viéndose un día al frente de los ejércitos, podría con más facilidad sentar un campamento, estrechar un sitio, formar los ejércitos en batalla y hacerles mover rápidamente en una marcha o en una acción. La segunda podía preservarle de los espantos que no hace mucho tiempo inspiraban a los soldados los eclipses y los fenómenos extraordinarios.

Nuestro joven alumno aprendía al mismo tiempo a atravesar los ríos a nado y a domar un caballo. La danza medía sus pasos y daba gracia a todos sus movimientos, e iba frecuentemente al gimnasio. Los niños empiezan sus ejercicios muy temprano, algunos a la edad de siete años y continúan en ellos hasta la de veinte. Primeramente se les acostumbra a tolerar el frío, el calor, todas las intemperies de las cuatro estaciones, y en seguida a jugar a las bochas y a la pelota. Este juego y otros semejantes son el preludio de las pruebas laboriosas que se les hace sufrir a medida que aumentan sus fuerzas. Corren por los arenales, lanzan venablos, saltan un foso o una valla llevando en las manos unas barras de plomo, tirando a lo alto o a lo largo tejos de piedra o de bronce, y a veces atraviesan corriendo el estadio cargados de armas pesadas; pero en lo que más se ejercitan es en la lucha, el pugilato y las diferentes contiendas que describiré cuando hable de los juegos olímpicos.

Por la tarde, cuando Lisis se volvía a su casa, unas veces se divertía en cantar acompañándose con la lira, otras se entretenía dibujando, y muchas de ellas leía en presencia de sus padres algún libro que pudiera instruirle o divertirle. Preguntó un día cómo se juzgaba del mérito de un libro, y Aristóteles, que se encontró presente, respondió: «Si el autor dice todo lo que es necesario; si no dice más que lo necesario; si lo dice como es necesario». Educábanle sus padres con aquella urbanidad doble, de que ellos eran modelos. Deseo de agradar, docilidad en el trato social, consecuencia de carácter, ser atento con los de mayor edad cediéndoles el puesto, decencia en el porte y el talante, en el exterior, en las maneras, en las expresiones; todo estaba prescrito sin violencia y ejecutado sin esfuerzo.

En otro tiempo los sofistas iban en gran número a esta ciudad, e incitaban a los jóvenes atenienses a disertar superficialmente sobre todas materias. Aunque ha minorado su número, se ven no obstante algunos que, rodeados de sus discípulos, atruenan con sus exclamaciones y sus disputas las salas del gimnasio. Lisis asistía pocas veces a estas contiendas, porque unos institutores más ilustrados le daban lecciones, y talentos del primer orden sabios consejos: de estos últimos era Platón, Isócrates y Aristóteles, todos tres amigos de Apolodoro.

La lógica dio nuevas fuerzas y la retórica nuevos encantos a su razón. La historia de la Grecia lo iluminó acerca de las faltas y las preocupaciones de los pueblos que la habitan. Siguió el foro mientras pudo, a ejemplo de Temístocles y otros grandes hombres, defendiendo allí la causa de la inocencia. El estudio de la moral no le costó ninguna lágrima porque su padre le había puesto al lado de personas que le instruían con su conducta y no con demostraciones importunas. En su infancia le reprendía sus faltas con dulzura, y cuando empezó a tener uso de razón le hacía entrever que eran contrarias a sus mismos intereses. Le era difícil acertar en la elección de libros que tratan de la moral, porque la mayor parte de sus autores o son poco seguros en sus principios, o solo nos dan falsas ideas de lo que son nuestros deberes. En las conversaciones que se tenían en presencia de Lisis, Isócrates lisonjeaba su oído, Aristóteles iluminaba su mente, y Platón inflamaba su alma. Este último unas veces le explicaba la doctrina de Sócrates y otras le desenvolvía el plan de la república: en algunas ocasiones le hacía conocer que no existe verdadera elevación ni perfecta independencia sino en un alma virtuosa. Las más veces les mostraba circunstanciadamente que la ciencia consiste en la ciencia del sumo bien, que es Dios. De este modo mientras que otros filósofos solo daban por recompensa a la virtud la estimación pública y la felicidad pasajera de esta vida, Platón le ofrecía un apoyo y un premio más noble.

«La virtud», decía, «es hija de Dios: únicamente podréis adquirirla conociéndoos a vos mismo, consiguiendo la sabiduría y prefiriéndoos a lo que os pertenece. Seguidme, Lisis: vuestro cuerpo, vuestras riquezas son vuestras, pero no son vos mismo. El hombre está todo entero en su alma. Para saber lo que es y lo que debe hacer, es menester que se mire en su inteligencia, en aquella parte del alma donde brilla la sabiduría divina; luz pura que conducirá insensiblemente su alma al manantial de donde emana. Cuando haya llegado a conseguirlo, cuando haya contemplado aquel ejemplar eterno de todas las perfecciones, entonces conocerá que es de su mayor interés el representárselas a sí mismo, y hacerse semejante a la divinidad, a lo menos tanto como es posible el semejar tan débil copia a un modelo tan hermoso. Dios es la justa medida de cada cosa, y nada hay bueno ni estimable en el mundo sino aquella que tiene alguna conformidad con él. Es soberanamente sabio, santo y justo, y el único medio de agradarle es el llenarse de sabiduría, de justicia y santidad.

»Llamado a tan alto destino, colocaos en la clase de aquellos que, como dicen los sabios, unen por sus virtudes los cielos con la tierra, los dioses con los hombres. Ofrezca pues vuestra vida el sistema más feliz para vos y el espectáculo más bello para los otros, cual es el de un alma en que todas las virtudes están en perfecta armonía. Varias veces os he hablado de las consecuencias que tienen estas verdades, íntimamente unidas, si me atrevo a decirlo así, por relaciones de hierro y de diamante; pero, antes de acabar, debo recordaros que el vicio, además de envilecer nuestra alma, experimenta temprano o tarde el suplicio que merece. Dios, como se ha dicho antes de nosotros, recorre el universo teniendo en su mano el principio, el medio y el fin de todos los seres. La justicia sigue sus pasos pronta a castigar los ultrajes hechos a la ley divina. El hombre humilde y modesto encuentra su dicha en seguirla; el vano se aleja de ella y Dios le abandona a sus pasiones. Por algún tiempo parece ser alguna cosa a los ojos del vulgo, pero en breve cae sobre él la divina venganza, y si le perdona en este mundo, le persigue con furor en el otro. No es pues en medio de los honores ni en la opinión de los hombres donde debemos tratar de distinguirnos, y sí ante aquel tribunal terrible que nos ha de juzgar severamente después de nuestra muerte.»

Tenía Lisis diecisiete años: su alma estaba llena de pasiones y su imaginación era viva y despejada. Explicábase con tanta gracia como soltura: sus amigos no cesaban de ensalzar estas prendas, y tanto con sus ejemplos como con sus chistes, la violencia con que había vivido hasta entonces; pero Filótimo le dijo un día: «Los niños y los jóvenes estaban más sujetos en otro tiempo que lo están hoy día. Solo usaban vestidos ligeros para preservarse del rigor de las estaciones y saciaban el hambre con alimentos los más comunes. En las calles, en casa de sus maestros y de sus padres y parientes, se presentaban con la vista baja y con una postura modesta. No se atrevían a desplegar los labios en presencia de las personas de mayor edad, y se les acostumbraba de tal modo a la decencia que estando sentados se hubieran avergonzado de cruzar las piernas». «¿Y que resultaba de esta rudeza de costumbres?», preguntó Lisis. «Aquellos hombres rudos», respondió Filótimo, «derrotaron a los persas y salvaron a la Grecia». «También los derrotaríamos nosotros». «Lo dudo: cuando en las fiestas de Atenea veo a nuestra juventud que apenas puede sostener el escudo, al mismo tiempo que mide los pasos de danzas groseras con tanta afeminación y elegancia.»

Los triunfos de los oradores públicos excitaban la ambición de Lisis. Por casualidad oyó en el Liceo a algunos sofistas disertar largamente sobre política y creyose en estado de ilustrar a los atenienses. Reprobaba con calor la administración presente, y esperaba con igual impaciencia que la mayor parte de los de su edad el momento en que le fuese permitido subir a la tribuna; pero su padre le desvaneció esta ilusión, así como Sócrates destruyó la del joven hermano de Platón.

Quedose Lisis pasmado al ver la extensión de conocimientos que eran necesarios al hombre de estado, cuyos pormenores le manifestaron. Aristóteles le instruyó de la naturaleza de las diferentes especies de gobierno, cuya idea habían concebido los legisladores; su padre, de la legislación, de las fuerzas y del comercio, tanto de su nación como de los otros pueblos; en seguida se decidió que, después de perfeccionada su educación, viajaría por todos aquellos que tenían algunas relaciones de interés con los atenienses.

Yo llegué entonces de Persia y encontré a Lisis en la edad de dieciocho años, que es cuando los hijos de los atenienses pasan a la clase de los efebos y son alistados en la milicia. Condujeron pues a Lisis a la capilla de Agraula y allí, ante los altares, hizo el juramento solemne de no deshonrar las armas de la república, de no abandonar su puesto, de sacrificar su vida por la patria y de dejarla más floreciente que la había encontrado. No salió de Atenas en todo el año: velaba por la seguridad de la ciudad, hacía las guardias con puntualidad y se instruía en la disciplina militar. Satisfecho el pueblo de su conducta, a principios del año siguiente le entregó en la asamblea general el escudo y la lanza, partió sin detención y fue empleado sucesivamente en las plazas situadas sobre las fronteras del Ática. A su vuelta, habiendo llegado ya a la edad de veinte años, le faltaba un requisito formal cual era un acto que le pusiese en el goce de todos los derechos de ciudadano ateniense. Presentole pues su padre a la asamblea del distrito a que estaba agregada su familia, con cuyo acto había sido ya reconocido en la curia. Obtuvo Lisis los votos necesarios de aquella asamblea, quedó inscrito en el padrón, y desde aquel momento tuvo el derecho de asistir a las juntas, de aspirar a las magistraturas y de administrar sus bienes si llegaba a quedar sin padre. De vuelta a Atenas, pasamos segunda vez a la capilla de Agraula, donde Lisis, revestido de sus armas, renovó el juramento que había hecho ya dos años antes.