CAPÍTULO XXVI.
De la música de los atenienses.
Fui un día a ver a Filótimo en una casita que tenía extramuros de Atenas en la colina del Cinosargo, distante tres estadios de la puerta Melítida. La situación era deliciosa: por todas partes se recreaba la vista en cuadros preciosos y variados. Después de haber recorrido los diferentes barrios de la ciudad y sus cercanías, se extendía hasta las montañas de Salamina, de Corinto y aun de la Arcadia. Pasamos a un huertecito que Filótimo mismo cultivaba y le daba frutas y legumbres en abundancia. Todo su adorno consistía en un bosque de plátanos, en medio del cual se veía un altar consagrado a las Musas. «Experimento sumo disgusto», dijo Filótimo, «cada vez que tengo que dejar este retiro. Vigilaré la educación del hijo de Apolodoro, pues lo he prometido, pero es el último sacrificio que haré de mi libertad». Y conociendo la sorpresa que me causaba este lenguaje, «los atenienses», añadió, «no necesitan ya instrucción; ¡son tan amables! Porque, en verdad, ¿qué puedo yo decir a unas gentes que establecen por principio que el placer de una sensación es preferible a todas las verdades de la moral?».
La casa me pareció adornada con tanta decencia como gusto. Vimos en un gabinete liras, flautas e instrumentos de diferentes formas, de los cuales algunos ya no servían; y estaban ocupados varios estantes con libros de música. Supliqué a Filótimo que me indicase los que fuesen a propósito para enseñarme los principios, y me respondió que no había ninguno entre tantos. «Nosotros no tenemos», añadió, «más que un corto número de obras, muy superficiales, sobre el género enarmónico, y un número mayor sobre la preferencia que debe darse en la educación a ciertas especies de música. Ningún autor ha emprendido hasta ahora el ilustrar metódicamente todas y cada una de las partes de esta ciencia». Manifestele entonces un vivo deseo de tener a lo menos alguna noción, y cediendo a mis instancias, se explicó en los términos siguientes.
«Podéis juzgar de nuestro gusto en la música por la multitud de acepciones que damos a esta palabra, pues la aplicamos indiferentemente a la melodía, a la medida, a la poesía, a la danza, al ademán, al gesto y a la reunión de casi todas las artes. Aún no basta. El espíritu de combinación que se ha introducido entre nosotros hace ya cerca de dos siglos, y que por todas partes nos obliga a buscar aproximaciones, ha querido someter a las leyes de la armonía los movimientos de los cuerpos celestes y los de nuestra alma». Después de este preámbulo, me habló de la música en su esencia. No referiré aquí todo lo que me dijo acerca del sonido, los intervalos, las concordancias, los géneros, los modos y el ritmo, pues todos estos pormenores serían quizás impertinentes y fastidiosos para la mayor parte de los lectores; pero juzgo útil hacerles una relación en compendio de la conversación que tuvimos juntos el día siguiente sobre la parte moral de la música.
Levanteme en aquella hora en que los habitantes del campo llevan las provisiones a la plaza y los de la ciudad se esparcen confusamente por las calles. El cielo estaba despejado y sereno, gozaban mis sentidos de una frescura deliciosa, y parecía que me daba una nueva existencia. El oriente brillaba con los fulgores del Sol, y toda la tierra respiraba con la salida de este astro que parece reproducirla cada día. Absorto en vista de un espectáculo tan hermoso, no había reparado en la llegada de Filótimo, el cual me dijo: «os he sorprendido en una especie de arrebato». «No ceso de experimentarle», le respondí, «desde que estoy en Grecia. La extremada pureza del aire que en ella se respira, y los vivos colores con que se presentan a mis ojos los objetos, parece que ensanchan mi alma y la causan nuevas sensaciones». Tomamos pues de aquí ocasión para hablar de la influencia del clima. Filótimo atribuía a esta causa la admirable sensibilidad de los griegos, la cual, decía, es para ellos un manantial inagotable de placeres y de errores que parece se aumentan de día en día. «Yo creía, al contrario», repliqué, «que empezaba a debilitarse. Si me engaño, decidme pues: ¿por qué la música no obra los mismos prodigios que en otro tiempo?». «Es», respondió, «porque en otro tiempo era más grosera y las naciones estaban todavía en su infancia. Si en algunos hombres cuya alegría solo se excitaba con sonidos estrepitosos, una voz acompañada de algunos instrumentos les hacía conocer una melodía muy sencilla, aunque sujeta a ciertas reglas, en breve se les veía también, enajenados de gozo, explicar su admiración con las más fuertes hipérboles: he aquí lo que experimentaron los pueblos de la Grecia antes de la guerra de Troya. Anfión animaba con sus cantos a los obreros que construían la fortaleza de Tebas, como se ha practicado después cuando se reedificaron los muros de Mesina: por esto se dice que se habían levantado las murallas de Tebas al son de su lira. Orfeo modulaba la suya con un corto número de sones agradables, y no obstante se dice que los tigres se amansaban y venían a lamerle los pies». «No remonto», le dije, «a aquellos siglos remotos; pero os cito los lacedemonios, divididos entre ellos y de repente reunidos a los ecos armoniosos de Terpandro; los atenienses, dominados por los cantos de Solón en la isla de Salamina, con desprecio de un decreto que condenaba a muerte a un orador harto atrevido para proponer la conquista de aquella isla; las costumbres de los habitantes de Arcadia suavizadas por la música; y dejo de referir otros muchos hechos que ignoro, o de que no se tiene noticia, a pesar de las investigaciones vuestras». «Los conozco bastante», dijo Filótimo, «para aseguraros que desaparece lo maravilloso cuando se examina detenidamente. Terpandro y Solón debieron sus buenos resultados no tanto a la música como a la poesía; y menos quizás a esta que a las circunstancias particulares. Era preciso, pues, que los lacedemonios hubiesen comenzado ya a cansarse de sus desavenencias, pues consintieron en escuchar a Terpandro. En cuanto a la revocación del decreto conseguida por Solón, entiendo que jamás causará admiración a los que conocen la ligereza de carácter de los atenienses. El ejemplo de los habitantes de la Arcadia es más admirable. Estos pueblos habían contraído en un clima riguroso y en unos trabajos duros, una ferocidad que les hacía desgraciados. Sus primeros legisladores advirtieron la impresión que el canto hacía en sus almas, y los juzgaron susceptibles de la dicha, porque eran sensibles. Los niños aprendieron a celebrar a los dioses y los héroes del país. Establecieron las fiestas de los sacrificios públicos, pompas solemnes y fiestas de mancebos y de doncellas. Estas instituciones que aún duran, redujeron insensiblemente al trato unos hombres agrestes; llegaron a ser dóciles, humanos y benéficos; pero ¡cuántas causas no contribuyeron con la música a este cambiamiento!
»Desde que la música ha hecho tan grandes progresos, ha perdido el augusto privilegio de instruir a los hombres y de hacerlos mejores». «¿En qué consiste», le dije, «que un arte que tiene tanto imperio en nuestras almas, se hace menos útil cuanto es más agradable?». «Vos mismo lo comprenderéis quizás», me respondió, «si comparáis la música antigua con la moderna. Sencilla en su origen, más rica y más varia después, animó sucesivamente los versos de Hesíodo y de Homero, de Arquíloco y de Terpandro, de Simónides y de Píndaro. Inseparable de la poesía, adquiría los encantos de esta o más bien le prestaba los suyos.
»No hay más que una expresión para manifestar con toda su fuerza una imagen o un sentimiento. En la música vocal, la expresión única es la especie de entonación que conviene a cada palabra, a cada verso. Así es que los antiguos poetas que eran a la vez músicos, filósofos y legisladores, jamás perdieron de vista este principio. Las palabras, la melodía, el ritmo, confiados a una misma mano, dirigían sus esfuerzos de modo que todo concurría igualmente a la unidad de la expresión. Emplearon nuestros tres principales modos, y los aplicaron con preferencia a las tres especies de asuntos que se veían obligados a tratar casi siempre. Si se trataba de animar al combate una nación belicosa o hablarle de sus hazañas, entonces la armonía dórica prestaba su majestad y su fuerza; si era necesario para instruirle en la ciencia de la desgracia, ofrecen a su vista grandes ejemplos de infortunio las elegías, las endechas tomaban el tono penetrante y patético de la armonía lidia. Cuando era menester, en fin, inspirarle respeto y gratitud hacia los dioses, se hacia uso de la frigia, como la más propia para los cantos sagrados. Así es cómo los himnos de los primeros poetas inspiraban la piedad; sus poemas, el deseo de gloria; y sus elegías, la firmeza en los reveses. Los cantos fáciles, nobles y expresivos, imprimían fácilmente en la memoria los ejemplos con los preceptos; y la juventud, acostumbrada desde muy temprano a repetir estos cantos, adquiría con gusto el amor al deber y la idea de la verdadera belleza.
»¿Por qué motivo la más bella institución de los hombres no ha de servir hoy día más que a nuestros placeres? ¿Sabéis que es lo que más ha contribuido al descrédito de la música antigua? Pues son los jonios: sí, este pueblo que no ha podido defender su independencia contra los persas, y que en un país fértil y bajo el cielo más hermoso del mundo se consuela de esta pérdida en el seno de las artes y del deleite. Su música ligera, brillante, llena de gracias, da a conocer al mismo tiempo la molicie en que se vive gozando de aquel clima afortunado. Nos costó algún trabajo y dificultad acostumbrarnos a sus acentos. Uno de aquellos jonios llamado Timoteo, fue en un principio silbado en nuestro teatro; pero Eurípides, que conocía el genio de su nación, le predijo que reinaría en la escena, y así ha sido. Entre nosotros los artesanos o los mercenarios deciden de la suerte de las composiciones filarmónicas. Llenan el teatro, asisten a los combates de este arte y se constituyen en los árbitros del gusto: como necesitan agitación más bien que entusiasmo, cuanto más atrevida, fogosa y arrebatada es la música, tanto más les arrebata; y así es que por más que algunos filósofos han querido gritar que el admitir semejantes innovaciones era trastornar los cimientos del estado, y a pesar de que los autores dramáticos lanzaron mil dardos contra aquellos que introducían las novedades, como quiera que no tenían decretos que lanzar en favor de la antigua música, los encantos de su enemiga han venido a parar en subyugarlo todo. Yo aprecio en las producciones de los antiguos un poeta que me haga amar mis deberes, y admiro en las de los modernos un músico que me causa placer. ¡Oh, qué lección me da un flautista cuando remeda el canto del ruiseñor, y en nuestros juegos el silbo de la serpiente, cuando en un pasaje bien ejecutado de su música, reúne en mi oído una multitud de sones rápidamente acumulados uno sobre otro! Yo he visto a Platón preguntar ¿qué significaba este ruido? Y en tanto que la mayor parte de los espectadores aplaudían con entusiasmo el atrevimiento del músico, tacharle de ignorante y presuntuoso; de una parte, porque no tenía la menor idea de lo que es la verdadera belleza, y de otra, porque solo aspiraba a la vanagloria de vencer una dificultad. Y en verdad, ¿qué efecto pueden causar unas palabras que, arrastradas por el canto, fuera de orden, contrariadas en su marcha, no pueden llamar la atención, aplicada únicamente a la melodía?
»Se debe vituperar sin embargo en la música actual aquella dulce molicie, aquellos sones encantadores que arrebatan a la multitud, y cuya expresión, no teniendo objeto determinado, es siempre interpretada en favor de su pasión dominante. Su único efecto es el de enervar más y más una nación, donde las almas, sin vigor y sin carácter, solo se distinguen por los diferentes grados de su pusilanimidad.
»No creáis», añadió Filótimo, «que la música pueda jamás levantarse de su caída. Sería menester cambiar nuestras costumbres y restituirnos nuestras virtudes, y es más difícil reformar una nación que civilizarla. Nosotros ya no tenemos costumbres; tenemos placeres. La antigua música convenía a los atenienses vencedores en Maratón; la nueva conviene a los atenienses vencidos en Egospótamos».
«¿Por qué, pues», le pregunté, «por qué enseñáis a vuestro discípulo un arte tan funesto? ¿De qué sirve efectivamente?». «¿Para qué sirve?», repitió riendo. «Sirve como de chupete a los niños de toda edad para impedir que rompan los muebles de la casa. Ocupa y distrae a aquellos cuya ociosidad sería temible en un gobierno como el nuestro; divierte, en fin, a los que, no siendo temibles sino por el fastidio que llevan consigo, no saben en qué pasar las horas.
»Lisis aprenderá música porque, estando destinado a ocupar los primeros empleos de la república, debe estar en disposición de dar su dictamen sobre las composiciones que se representen, ya sea en el teatro, ya en las contiendas musicales. Conocerá todos los tipos de armonía, y solo apreciará los que puedan influir en sus costumbres; porque a pesar de su depravación, la música puede darnos todavía algunas lecciones útiles. Yo le daré algunos instrumentos, bajo condición de que nunca llegue a ser tan diestro como los profesores del arte. Quiero que una música selecta ocupe agradablemente los ratos que pueda tener ociosos; que le descanse de sus tareas en lugar de aumentarlas, y que modere sus pasiones si es muy sensible. Quiero en fin que tenga presente esta máxima: que la música nos llama al placer y la filosofía a la virtud, pero que por medio del placer y de la virtud la naturaleza nos conduce a la dicha».