PRIMERA PARTE.
Acontecimientos que han pasado desde Cécrope, hasta el fin de la primera olimpiada.
La colonia de Cécrope era oriunda de la ciudad de Sais en Egipto. Dejó las fértiles orillas del Nilo para evadirse de la ley de un vencedor, y después de una larga navegación arribó a las costas del Ática, habitadas siempre por un pueblo que desdeñaron sojuzgar las naciones feroces de la Grecia; pero Cécrope, poniéndose al frente de ellos, se propuso hacer feliz la patria que acababa de adoptar entonces. Los egipcios y los habitantes del Ática formaron en breve un solo pueblo, y sometidos a leyes sabias, origen de virtudes y placeres inocentes, pasaron muy pronto del estado salvaje a la civilización. Los primeros griegos ofrecían sus homenajes a dioses, cuyos nombres ignoraban; mas las colonias extranjeras dieron a estas divinidades los nombres que tenían en Egipto, en Libia y en Fenicia, atribuyendo a cada una un poder limitado, y unas funciones privativas. La ciudad de Argos fue consagrada especialmente a Hera, la de Atenas a Atenea, y la de Tebas a Dioniso. Multiplicando Cécrope los objetos de veneración pública, invocó al soberano de los dioses, bajo el título de todopoderoso, y erigió templos y altares en todas partes; pero prohibió que se derramase en ellos la sangre de las víctimas, ya para conservar los animales útiles para la agricultura, y ya para inspirar a sus súbditos el horror de las bárbaras escenas representadas en la Arcadia. El homenaje que Cécrope ofreció a sus dioses era más digno de la bondad de aquel legislador, pues se reducía a espigas o granos, primicias de las mieses que enriquecían el Ática, y tortas tributo de la industria que empezaban a conocer sus habitantes.
Todos los reglamentos de Cécrope respiraban sabiduría y humanidad, brillando particularmente estas virtudes en el tribunal del Areópago, que parece fue fundado a fines del reinado de aquel príncipe, o al empezar el de su sucesor. Jamás se pronunció en él desde su origen un fallo injusto, contribuyendo a dar con esto a los griegos las primeras nociones de la justicia. Fueron tan rápidos los efectos de esta sabia legislación, que el Ática se vio muy pronto poblada de veinte mil habitantes, los cuales fueron divididos en tres tribus. Estos progresos llamaron la atención de los pueblos que solo vivían de rapiña, y a fin de poner Cécrope los pueblos a cubierto de los corsarios que talaban sus campos y esparcían el temor entre aquellos habitantes, les persuadió a que reuniesen sus moradas, esparcidas hasta entonces, y que las guareciesen con un recinto de muros. Puso los cimientos de Atenas en la colina donde hoy se ve su ciudadela, y edificáronse otras ciudades en diferentes sitios.
Murió Cécrope después de un reinado de cincuenta años, y durante el transcurso de 565 le sucedieron diecisiete príncipes, siendo Codro el último de ellos. Bajo el reinado de Cránao, inmediato sucesor de Cécrope, penetraron en Beocia las luces de oriente: Cadmo, a la cabeza de una colonia de fenicios, introdujo la escritura, arte el más sublime, y de allí a poco tiempo se transmitió al Ática. En el reinado de Erictonio fueron uncidos al carro por primera vez los caballos ya dóciles al freno, y, aprovechándose de las útiles tareas de las abejas, se perpetuó la raza de estos industriosos insectos en el monte Himeto. Hizo nuevos progresos la agricultura en tiempo de Pandión, y Erecteo, sucesor suyo, ilustró su reinado con útiles establecimientos, por lo cual los atenienses le erigieron un templo después de su muerte.
A proporción que el reino de Atenas se fortificaba con las leyes y las artes, veíanse aumentar insensiblemente y continuar su revolución sobre la escena del mundo los de Argos, Arcadia, Lacedemonia, Corinto, Sición, Tebas, Tesalia y Epiro.
En tanto la antigua barbarie volvía a aparecer con desprecio de las leyes y las costumbres, levantándose de cuando en cuando hombres fuertes y feroces que atemorizaban a los pueblos con sus latrocinios, o príncipes crueles que atormentaban a súbditos inocentes con lentos y dolorosos suplicios; pero la naturaleza, que hace contrapeso al mal con el bien, produjo para destruirlos otros hombres más robustos que aquellos y más poderosos y justos que los demás, los cuales libertaron la Grecia de tan terribles calamidades; y entonces dio principio el imperio de aquellos héroes de la antigüedad, que afearon su vida maravillosa con manchas vergonzosas.
Muchos de estos, bajo el nombre de Argonautas, concibieron el proyecto de pasar a un clima lejano para apoderarse de los tesoros de Eetes, rey de Cólquida, y llevaron a cabo su empresa arrostrando los peligros de una larga navegación por mares desconocidos. Entre aquellos héroes se hallaba Jasón, que sedujo y arrebató a Medea, hija de Eetes; Cástor y Pólux, hijos de Tindáreo, rey de Esparta; Peleo, rey de la Ftía y padre de Aquiles, que le excedió en valor; el poeta Orfeo y, últimamente, Heracles, mortal el más ilustre. Este héroe, tan célebre en la historia, descendía de los reyes de Argos: y se dice que era hijo de Zeus y de Alcmena, esposa de Anfitrión; que venció al león de Nemea, al toro de Creta, al jabalí de Erimanto, a la hidra de Lerna y a algunos monstruos aún más feroces: a Busiris, rey de Egipto, que por su propia mano quitaba la vida a los extranjeros; a Anteo de Libia, que les daba muerte después de vencerlos en la lucha; a los gigantes de Sicilia, los centauros de Tesalia y todos los bandidos de la tierra, cuyos límites fijó por occidente, así como lo hizo Dioniso por la parte oriental. Añaden que separó montañas, y abrió estrechos para reunir los mares, y que mediante su poder triunfaron los dioses en la batalla con los gigantes. Su historia es un ensarte de prodigios, o más bien la historia de todos cuantos han tenido su nombre, y sufrido iguales trabajos. Exagerando sus hazañas y atribuyéndolas todas a un solo hombre, se le han atribuido también todas las grandes empresas, cuyos autores se ignoraban; se le ha ensalzado, en fin, hasta quererle hacer superior a la especie humana, cuando solo es un fantasma de grandeza elevada entre el cielo y la tierra, como para llenar su intervalo.
Otro de los héroes fue Teseo, hijo de Egeo, rey de Atenas, y de Etra, hija del sabio Piteo, que gobernaba en Trecén. Venció al cruel Sinis, que ataba los vencidos a las ramas de los árboles, que curvaba con esfuerzo, y que se enderezaban cargadas con los miembros ensangrentados de aquellos infelices; a Esciro, que precipitaba los viajeros al mar desde una alta montaña; y a Procusto, que los tendía en un catre de hierro, cuya longitud debía ser exacta con la de sus cuerpos, y la acortaba o prolongaba dándoles horrorosos tormentos. A todos estos bandidos les hizo morir en los mismos suplicios que ellos inventaron. Deshizo la facción de los Palántidas, que querían usurpar el trono a su padre; marchó luego a los campos de Maratón, asolados muchos años hacía por un furioso toro; le domó y presentole encadenado ante los atenienses, no menos absortos de la victoria que espantados del combate.
Minos, rey de Creta, acusó a los atenienses de haber dado muerte a su hijo Androgeo, y obligoles a la fuerza a entregarle en ciertos plazos un número de mancebos y doncellas que debían ser encerrados en el laberinto de Creta, y entregados a la voracidad del Minotauro, monstruo medio hombre y medio toro, nacido de los amores infames de Pasífae, reina de Creta. Toma Teseo a su cargo la ardua empresa de libertar a su afligida patria de aquel tributo vergonzoso, y poniéndose en el número de las víctimas se embarca para Creta. Apenas llega al terrible laberinto, mata al monstruo y sale del encierro con sus jóvenes compatriotas, favorecido por Ariadna, hija del rey, la cual le dio un hilo que le sirvió de guía para salir del laberinto. Siguiole la princesa, y experimentó después el dolor de verse abandonada por él en las playas de Naxos. Tal es la relación de los atenienses acerca de estos hechos. Los cretenses dicen, al contrario, que los rehenes estaban destinados a los vencedores en los juegos celebrados en honor de Androgeo; que Teseo obtuvo permiso para entrar en lid, que venció a Tauro, general de las tropas de Minos, y que el príncipe fue tan generoso que hizo justicia a su valor y perdonó a los atenienses.
Apenas subió este héroe al trono de su padre Egeo, cambió la faz del gobierno de los atenienses convirtiéndose en democrático. Las doce ciudades o pueblos del Ática no tuvieron ya magistrados particulares. Atenas se hizo metrópoli y centro del estado, y el poder legislativo únicamente residió desde entonces en la asamblea general de la nación, compuesta de los nobles, agricultores y artesanos. Instituyose al mismo tiempo que Teseo, a la cabeza de la república, haría ejecutar las leyes y tendría el mando supremo del ejército.
Después de haber dado Teseo la libertad a su patria, y ensanchado los límites del estado, se cansó de los pacíficos homenajes de sus conciudadanos y contrajo amistad íntima con Heracles y Pirítoo, anhelante como ellos de acometer empresas célebres. Triunfó de las amazonas en las orillas del Termodonte y en las llanuras del Ática; concurrió a la caza del enorme jabalí de Calidón, y se distinguió contra los centauros de Tesalia, aquellos hombres audaces, los primeros que se ejercitaron en los combates a caballo.
En medio de tantas acciones gloriosas, resolvió de acuerdo con Pirítoo el robo de Helena, princesa de Esparta, y de Perséfone, hija del rey de los molosos. Solo pudieron ejecutar este vergonzoso proyecto en cuanto a la primera; pero después de haberse fugado con ella de Lacedemonia, fueron detenidos en Epiro, cuyo rey hizo que devorasen a Pirítoo unos perros horribles, y que encerrasen a Teseo en una prisión, de que fue liberado por Heracles.
Cuando Teseo regresó a sus estados encontró a su familia cubierta de oprobio por la infame pasión que Fedra, su esposa, tenía a Hipólito, cuyo hijo tuvo él de Antíope, reina de las amazonas. Para complemento de su pena, encontró la ciudad en anarquía por la facción de los Palántidas, y el territorio del Ática asolado por Cástor y Pólux, hermanos de Helena. Siendo ya para los atenienses un objeto de odio y de desprecio, quiso hacer uso de la fuerza para hacerse obedecer; pero este medio no tuvo el éxito que deseaba, y entonces se acogió a la protección del rey Licomedes en la isla de Esciros, donde pereció poco después, bien por accidente, o bien por la traición de aquel príncipe, amigo de Menesteo, sucesor suyo. Muchos siglos después, Cimón, hijo de Milcíades, trasladó los huesos de Teseo a los muros de Atenas, y habiendo construido sobre su sepulcro un templo embellecido por las artes, llegó a ser aquel punto un asilo de los desgraciados.
EDIPO.
Cadmo, arrojado del trono que había elevado, Polidoro, despedazado por las bacantes, y Lábdaco, arrebatado por una muerte temprana sin dejar más que un hijo en la cuna y rodeado de enemigos; tal había sido desde su origen la suerte de la familia real de Tebas cuando Layo, hijo y sucesor de Lábdaco, se casó con Yocasta, hija de Meneceo. Apenas fue celebrado este enlace cuando un oráculo predijo que el hijo que naciese de él sería el asesino de su padre y el esposo de su madre. Nació efectivamente este hijo, y sus padres le condenaron a ser presa de las fieras, dejándole abandonado en una selva; pero habiéndolo encontrado un pastor, lo recogió, y presentole a la reina de Corinto, que le crió en su palacio bajo el nombre de Edipo, adoptándolo por hijo. Siendo ya joven, salió un día de Corinto y tomó el camino de la Fócida; encontró en un sendero un viejo que le mandó con altanería que se apartase, y quiso obligarle a ello a la fuerza. Entonces Edipo se arrojó sobre el viejo, que era Layo, y le quitó la vida.
Después de este funesto accidente, la mano de Yocasta y el reino de Tebas fueron prometidos al que liberase a los tebanos de los salteamientos y horrores de Esfinge, hija natural de Layo, que unida a unos malhechores asolaba el país, detenía a los viajeros haciéndoles preguntas capciosas y enigmáticas, y los extraviaba en lo intrincado del monte Fineo para entregarlos a sus pérfidos compañeros. Edipo adivinó sus enigmas, dispersó y quitó la vida a los facinerosos; Esfinge, despechada, se dio muerte estrellándose contra una roca, y el vencedor se casó con la viuda de Layo.
No tardaron en reconocerse ambos esposos. Yocasta, horrorizada, terminó sus días dándose muerte violenta. Edipo, según algunos autores, se sacó los ojos y fue a morir al Ática, y según otros, contrajo segundas nupcias, y tuvo por hijos a Eteocles, Polinices, Antígona e Ismene.
PRIMERA Y SEGUNDA GUERRA DE TEBAS.
(Año 1329 antes de J. C.) Apenas tuvieron edad para reinar Eteocles y Polinices, cuando cerraron a su padre en lo interior de su palacio, y convinieron en reinar alternativamente, gobernando cada cual un año sí y otro no. Subió Eteocles el primero al trono y rehusó dejarlo, por lo cual se acogió Polinices a la protección de Adrasto, rey de Argos, que le ofreció poderosos socorros.
Dividió Adrasto con Polinices el mando del ejército, a cuya cabeza estaba el bravo Tideo, el impetuoso Capaneo, el adivino Anfiarao, Hipomedonte y Partenopeo.
Todos estos generales instituyeron los juegos nemeos al pasar por el bosque de Nemea. Al acercarse a Tebas, las tropas de Eteocles se encerraron en los muros; el sitio de la ciudad fue largo, y en él perecieron un gran número de guerreros de ambas partes. Acababa de ser precipitado Capaneo de lo alto de una escala, asaltando el muro, cuando Eteocles y Polinices resolvieron terminar su querella en un combate particular. Señalaron día y sitio, y acometiéronse los dos príncipes en presencia de ambos ejércitos, hasta que los dos cayeron muertos acribillados de heridas y fueron conducidos por sus soldados a una misma hoguera.
Después de sus funerales continuó defendiéndose con éxito la ciudad de Tebas, mandada por Creonte, hermano de Yocasta, y tutor del joven Laodamante, hijo de Eteocles, hasta que al fin terminó aquel sitio mortífero con una salida aún más desastrosa, en que los tebanos dieron muerte a Tideo y a la mayor parte de los generales argivos. Obligado, pues, Adrasto a levantar el sitio, se retiró a su reino sin haber podido honrar con funerales a los guerreros que quedaron en el campo de batalla.
(Año 1319 antes de J. C.) Algunos años después, los jóvenes príncipes, hijos de los generales argivos, resolvieron vengar a sus padres. Entre ellos se distinguieron Diomedes y Esténelo, el primero hijo de Tideo y el segundo de Capaneo. Quedaron los tebanos derrotados en una famosa batalla y abandonaron la ciudad, que fue entregada al saqueo.
GUERRA DE TROYA.
Paris, hijo de Príamo, rey de Troya, ciudad situada al pie del monte Ida en la costa del Asia, a la parte opuesta de la Grecia, pasó a la corte de Menelao, rey de Esparta, donde la belleza de Helena, mujer de este príncipe, llamaba la atención de todos. Sedujo a esta princesa, que abandonó esposo y trono por seguirle, y a la nueva de este atentado, por el cual el ultrajado esposo pidió en vano satisfacción al rey Príamo, los príncipes griegos indignados resolvieron vengarse de un modo ruidoso. Reúnense pues en Micenas, reconocen a Agamenón, el más poderoso de todos ellos, por jefe de la empresa, y juran reducir a cenizas la ciudad de Ilión. Entre ellos se hallaba el viejo y elocuente Néstor, rey de Pilos; el artificioso Odiseo, rey de Ítaca; Áyax de Salamina; Diomedes de Argos; Idomeneo de Creta; Aquiles hijo de Peleo; y una multitud de jóvenes y fogosos guerreros. Después de largos, costosos y formidables preparativos, el ejército, que se componía de cerca de cien mil hombres, se reunió en el puerto de Áulide y, embarcado en mil doscientas naves, pasó a las costas de la Tróade.
La ciudad de Troya, fortificada con murallas y torres, estaba además defendida por un ejército numeroso mandado por Héctor, hijo de Príamo, el cual tenía bajo sus órdenes varios príncipes aliados que juntaron sus tropas a las de los troyanos. Los griegos rechazaron a sus enemigos reunidos en la costa, y atrincheraron luego su campo, en el cual se encerraron.
Ambos ejércitos midieron de nuevo sus fuerzas, y siendo el éxito dudoso en varios combates, se entrevió que el sitio duraría largo tiempo.
Entre la ciudad de Troya y la costa que ocupaban las tiendas y las naves de los griegos, se extendía una vasta llanura, teatro del valor y la ferocidad de sitiados y sitiadores. Troyanos y griegos, armados de picas, mazas y espadas, de flechas y venablos, cubiertos de cascos, de corazas y de broqueles, con las filas cerradas y los generales al frente, se abalanzaban unos contra otros, alzando los primeros grandes gritos, y guardando los segundos un silencio imponente. Embestíanse las tropas y se rompían las falanges con grande confusión y estrépito; la noche separaba a los combatientes, y la victoria costaba mucha sangre, sin que produjese fruto alguno. Al día siguiente la llama de las hogueras devoraba a los que la muerte había segado; honraban su memoria con lágrimas y juegos fúnebres, y apenas expiraba la tregua volvían de nuevo a la pelea con más furor que antes.
Jamás fueron tan comunes las asociaciones de armas y sentimientos como durante la guerra de Troya. Aquiles y Patroclo, Áyax y Teucro, Diomedes y Esténelo, Idomeneo y Meríones; otros muchos héroes, en fin, dignos de seguir las huellas de aquellos, combatían frecuentemente el uno al lado del otro y arrojándose al combate participaban así de los peligros y de la gloria.
Todo el mundo tenía fija su atención en los campos de Troya, y todos los príncipes, uno en pos de otro, se apresuraban a ir a señalarse en aquella carrera abierta a la fama de las naciones (año 1282 antes de J. C.). En fin, después de diez años de resistencia, después de haber perdido la flor de sus guerreros, cayó la ciudad vencida por los esfuerzos y artificios de los griegos. Sus muros, sus casas y sus templos, reducidos a polvo y cenizas; Príamo expirante al pie de los altares y rodeado de sus hijos degollados; Hécuba, su esposa, Casandra, su hija, Andrómaca, viuda de Héctor, que murió a manos de Aquiles, y otras muchas princesas, cargadas de cadenas y llevadas como esclavas de los vencedores... He aquí el desenlace trágico de aquella guerra fatal y memorable.
El regreso de los griegos a sus reinos fue marcado por siniestros reveses y contratiempos. Áyax, rey de la Lócrida, pereció con su escuadra; Odiseo anduvo errante diez años por los mares antes de volver a entrar en su isla de Ítaca, e Idomeneo, Filoctetes, Diomedes y Teucro, vendidos por sus padres, parientes y amigos se retiraron a países desconocidos; Agamenón, en fin, murió asesinado por Clitemnestra, su infiel esposa, quien algún tiempo después pereció a manos de su hijo Orestes. En el decurso de algunas generaciones se vio extinguida la mayor parte de las casas soberanas que habían destruido la de Príamo, y ochenta años después de la ruina de Troya, una parte del Peloponeso cayó en poder de los Heráclidas, o descendientes de Heracles.
VUELTA DE LOS HERÁCLIDAS.
(Año 1220 antes de J. C.) Los descendientes de Heracles habían sido desterrados del Peloponeso por los de Pélope, e hicieron repetidas tentativas, aunque inútiles, para volver a entrar en aquel país. Eran aquellos tres hermanos, llamados Témeno, Cresfontes y Aristodemo, quienes, habiéndose asociado con los dorios, entraron con ellos en la patria de sus antecesores, de la cual arrojaron a los descendientes de Agamenón y de Néstor. Argos tocó en suerte a Témeno, la Mesenia a Cresfontes, y Eurístenes y Procles, hijos de Aristodemo, reinaron en Lacedemonia.
Poco tiempo después atacaron los vencedores a Codro, rey de Atenas, que había dado asilo a sus enemigos. Este príncipe, habiendo sabido que el oráculo prometía la victoria al ejército que perdiese su general en la batalla, se expuso voluntariamente a la muerte, y este sacrificio inspiró tal ardor a sus tropas que derrotaron a los Heráclidas (año 1092 antes de J. C.).
Aquí terminan los siglos llamados heroicos, cuya historia solo ofrece una mezcla confusa de verdades y mentiras, de tradiciones respetables y de imágenes risueñas inventadas por los poetas, que eran entonces los únicos historiadores de la Grecia y aun sus únicos teólogos. Las metáforas con que adornaron sus poemas fueron admirables, particularmente por su novedad, y la lengua, llegando a ser poética, produjo a un tiempo mismo el sistema más absurdo y maravilloso.
ESTABLECIMIENTO DE LOS JONIOS EN EL ASIA MENOR.
El Ática, y los países comarcanos estaban entonces sobrecargados de habitantes, y las conquistas de los Heráclidas habían hecho refluir en ella la nación entera de los jonios, que ocupaban doce ciudades en el Peloponeso. Los hermanos de Medonte, que reinaba en Ática, condujeron a aquellos extranjeros a las ricas campiñas donde termina el Asia, a la parte opuesta de Europa. Esta colonia a favor de las conquistas que hizo entre los bárbaros se vio muy pronto dueña de tantas ciudades como tenía en el Peloponeso, entre las cuales sobresalían Mileto y Éfeso, y todas ellas compusieron por su unión el cuerpo jónico.
Medonte transmitió a sus descendientes la dignidad de arconte, cuyo ejercicio limitaron después los atenienses al espacio de diez años, y por último la dividieron entre magistrados anuales, que conservaron también el nombre de arcontes.
Estas son las novedades que nos presenta la historia de Atenas desde la muerte de Codro hasta la primera olimpiada, en el espacio de trescientos dieciséis años. Durante la calma que reinó en el Ática en aquel largo transcurso de tiempo, se vieron florecer tres hombres, los más grandes que jamás existieron: Homero, Licurgo, y Aristómenes.
HOMERO.
(Hacia el año 900 antes de J. C.) Floreció Homero cerca de cuatro siglos después de la guerra de Troya. En aquel tiempo era ya conocido Orfeo, Lino, Museo y otros muchos poetas, cuyas obras se han perdido. Acababa de entrar también en la carrera Hesíodo, que con un estilo lleno de dulzura y armonía describió las genealogías de los dioses, los trabajos del campo y otros asuntos y objetos, a los cuales supo hacer interesantes.
Homero, en su Ilíada y su Odisea, se hizo superior a todos los poetas conocidos hasta entonces, y aun a aquellos que después han escrito. En el primero de estos poemas describió algunos pasajes de la guerra de Troya, y en el segundo la vuelta de Odiseo a sus estados.
Insultado Aquiles por Agamenón durante el sitio de Troya, se retiró a su campo, y en su ausencia Héctor, a la cabeza de los troyanos, consiguió ventajas sobre los griegos, persiguiéndolos hasta sus tiendas y quitando la vida a Patroclo en un combate. Aquiles, hasta entonces inflexible a los ruegos de los jefes del ejército griego, vuela de nuevo a la pelea, venga la muerte de su amigo dándosela al general troyano, dispone sus funerales y restituye al desgraciado Príamo el cuerpo de su hijo Héctor. Estos hechos ocurridos en muy pocos días, dieron campo bastante para la Ilíada. Al componerla, Homero se sujetó al orden histórico, pero a fin de dar mayor brillo a su relación, supuso que desde el principio de la guerra los dioses estaban divididos entre griegos y troyanos, y para hacerla aún más interesante, puso las personas en acción, con sumo arte y elocuencia.
Diez años habían transcurrido desde que Odiseo dejó las costas de Ilión. Disipaban sus bienes infames usurpadores, y querían obligar a su desolada esposa a contraer segundas nupcias, y hacer una elección que ya no podía diferir. En este momento se abre la escena de la Odisea: Telémaco, hijo de Odiseo, va al continente de la Grecia a preguntar a Néstor y Menelao sobre la suerte y paradero de su padre. Durante su mansión en Lacedemonia, parte Odiseo de la isla de Calipso, y una tempestad le arroja a la isla de los feacios, próxima a Ítaca. Allí refiere al príncipe reinante los prodigios de que ha sido testigo, los males y contratiempos que ha sufrido y logra socorros para volver a sus estados. Llega, se da a conocer a su hijo, y acuerda con él las medidas convenientes para vengarse de sus comunes enemigos. La acción de la Odisea no dura más de cuarenta días.
Cuando Licurgo se dejó ver en Jonia, apenas eran conocidas la Ilíada y la Odisea, pero aquel legislador, descubriendo lecciones de sabiduría en lo que el vulgo no veía más que ficciones agradables, copió los dos poemas y con ellos enriqueció su patria. De allí se comunicaron a los griegos, y entonces se vieron cantores, conocidos bajo el nombre de rapsodas, sacar fragmentos de aquellos escritos y recorrer la Grecia, que absorta los escuchaba. Como quiera que esta costumbre alteraba y destruía la estructura de los poemas, Solón prohibió a muchos rapsodas el que se apartasen del texto de Homero, interrumpiéndole por tomar hechos aislados, y les prescribió que siguiesen en sus relaciones el orden que el autor había observado. Después de Solón, Pisístrato e Hiparco, su hijo, observando muchas alteraciones introducidas en los poemas por un efecto del entusiasmo de aquellos que los cantaban o interpretaban públicamente, hicieron restablecer el texto en su pureza, valiéndose para ello de hábiles gramáticos.
Aumentose la gloria de Homero a proporción que se iban conociendo más y mejor sus obras, y que se estaba en mayor disposición de apreciarlas. Dispútanse muchas ciudades el honor de ser su patria nativa; otros le han consagrado templos, y sus versos resuenan por toda la Grecia, siendo el ornato y el brillo de sus fiestas. En ellos es donde los mejores autores han hallado la mayor parte de las bellezas que sembraron en sus escritos, y donde el escultor Fidias y el pintor Eufránor aprendieron a representar dignamente al soberano de los dioses.
Sean rígidos enhorabuena contra los defectos de Homero aquellos que pueden resistir a sus bellezas, porque, a la verdad, ¿por qué disimularlo? Unas veces descansa y otras dormita, pero su reposo es como el del águila que, después de haber recorrido por los aires sus vastos dominios, cae fatigada sobre una alta montaña, y su sueño parece al de Zeus que despierta lanzando el rayo, según el mismo Homero.