SEGUNDA PARTE.
Hablando con exactitud, la historia de los atenienses no empieza hasta cerca de ciento cincuenta años después de la primera olimpiada. Así pues, podemos dividirla en tres épocas, marcadas por caracteres particulares: a la primera denominaremos el siglo de Solón o de las leyes; a la segunda, el de Temístocles y Arístides, que es el de la gloria; y a la tercera, el de Pericles, que es el de las artes.
SECCIÓN PRIMERA.
Siglo de Solón, desde el año 630 hasta el 490 antes de J. C.
Estaba gobernada la república por nueve arcontes o magistrados anuales, cuya autoridad no era suficiente para mantener la tranquilidad en el estado; y el Ática estaba dividida en tres facciones, que eran la de los pobres, la de los ricos, y la de los habitantes en las costas. Los primeros estaban por la democracia, los segundos por la oligarquía, y los terceros, dados a la marina y al comercio, querían un gobierno mixto, que les asegurase sus posesiones con la independencia. En tal estado de cosas las leyes antiguas carecían de vigor, y la licencia quedaba impune o solo se la imponían penas arbitrarias.
DRACÓN.
En esta anarquía, que amenazaba al estado su próxima ruina, fue escogido Dracón para tratar del arreglo de toda la legislación, extendiéndola y aplicándola hasta los más leves pormenores. Este legislador compuso un código de leyes y de moral por el cual se lisonjeaba de poder formar hombres libres y virtuosos; pero la extremada severidad de sus leyes solo hizo descontentos, cuyas murmuraciones le obligaron a retirarse a la isla de Egina, donde murió de allí a poco tiempo. Había dado en sus leyes un testimonio de su genio, que las hizo tan severas como lo fue siempre su carácter. La muerte es la pena que impone a la ociosidad, y la única que aplica tanto a los crímenes más leves, como a las maldades más atroces.
Como no había tocado a la forma de gobierno, se aumentaron de día en día las disensiones intestinas después de su ausencia. Uno de los principales ciudadanos, llamado Cilón, se apodera entonces de la autoridad, le sitian en la ciudadela, y evita, en fin, con la fuga el suplicio que le aguardaba. Mas sus cómplices son extraídos del templo de Atenea, donde tomaron asilo, y al punto fueron degollados contra la palabra que se les dio de perdonarles la vida. Esta perfidia de los vencedores excitó la indignación general. Poco después se recibió la noticia de que los megarenses se habían apoderado de Nisea y de la isla de Salamina, y casi al mismo tiempo propagose por toda la ciudad una enfermedad epidémica.
EPIMÉNIDES.
En aquellas tristes circunstancias en que las imaginaciones estaban poseídas de un terror pánico, se consultó a los oráculos y adivinos, y oída su respuesta hicieron venir de Creta a Epiménides, mirado en su tiempo como un hombre que tenía comunicación con los dioses, y adivinaba lo futuro. Recibiole Atenas con aquel entusiasmo que inspiran la esperanza y el temor a un mismo tiempo en tales circunstancias. Después de haber hecho sacrificios en nuevos templos y sobre nuevos altares, aprovechose Epiménides de su ascendiente para hacer innovaciones en las ceremonias religiosas, y mediante una multitud de reglamentos trató de reducir a los atenienses a principios de unión y de equidad. Marchó, en fin, cubierto de gloria, honrado con el sentimiento del pueblo, que lloraba su ausencia, y rehusando admitir presentes considerables, únicamente pidió un ramo de olivo consagrado a Atenea. Poco tiempo después de su marcha volvieron a encenderse con más furor las disensiones civiles.
LEGISLACIÓN DE SOLÓN.
(Año 514 antes de J. C.) Para sostener al estado cuando amenazaba su ruina, la voz unánime elevó a Solón a la dignidad de primer magistrado, de legislador, y de árbitro soberano. Descendía de los antiguos reyes de Atenas; aplicose desde su juventud al comercio y viajó después por varios países para aumentar sus conocimientos.
El depósito de estos se hallaba entonces en manos de algunos hombres virtuosos, conocidos bajo el nombre de sabios, y distribuidos en diferentes países de la Grecia. Su único estudio se dirigía a conocer al hombre según lo que es, lo que debe ser y cómo se le debe instruir y gobernar. Enlazados con una amistad íntima, se reunían algunas veces en un mismo lugar para comunicarse sus luces, y ocuparse en los intereses de la humanidad. En estas augustas reuniones se veían Tales de Mileto, Pítaco de Mitilene, Bías de Priene, Cleóbulo de Lindos, Milón de Quíos, Quilón de Lacedemonia y Solón de Atenas, que era el más ilustre de todos. Al número de estos sabios se puede añadir el antiguo Anacarsis, quien atrajo a Grecia desde lo interior de la Escitia la fama de la reputación de aquel país. A los conocimientos que Solón adquirió con el trato de aquellos sabios reunía talentos distinguidos, siendo uno de ellos el de la poesía, que recibió al nacer y cultivó hasta su edad más avanzada, pero siempre sin esfuerzos ni pretensiones. En los últimos años de su vida inventó pintar en un poema las revoluciones acontecidas en nuestro globo, y las guerras de los atenienses contra los habitantes de la isla atlántica, situada más allá de las columnas de Heracles, sumergida después por los mares.
El primer acto de autoridad que ejerció, cuando se vio a la cabeza de la república, fue el de conciliar los intereses de los ricos y de los pobres, rehusando el repartimiento de las tierras que estos pedían a gritos. En este apuro, Solón abolió las deudas particulares, anuló todos los actos que comprometían la libertad del ciudadano y negó el repartimiento de las tierras. Ricos y pobres murmuraban al principio, creyendo que todo lo habían perdido porque no lo habían logrado todo; pero viendo en breve renacer la industria, restablecerse la confianza y volver en fin al seno de su patria tantos infelices alejados de ella por la crueldad de los acreedores, admiraron la sabiduría de su legislador y le concedieron nuevos poderes, de que se aprovechó para revisar las leyes de Dracón, dejando intactas las concernientes al homicidio.
Alentado Solón con éxito tan feliz, acabó la obra de su legislación y, prefiriendo a cualquiera otro el gobierno que entonces existía, se ocupó lo primero de tres objetos esenciales cuales eran el de la asamblea de la nación, la elección de magistrados y el arreglo de los tribunales de justicia.
Instituyose que el supremo poder residiese en las asambleas, a donde todos los ciudadanos tendrían derecho de asistir, y que en ellas se decidiría sobre la paz y la guerra, las leyes, los impuestos y todos los grandes intereses del estado.
Para dirigir a la multitud en sus deliberaciones, estableció un senado compuesto de cuatrocientos individuos, sacados de las cuatro tribus que componían entonces el Ática. Estos cuatrocientos individuos fueron como diputados y representantes de la nación. A toda decisión del pueblo debía preceder un decreto del senado: instituyose también que los primeros opinantes en la asamblea popular tuviesen la edad de cincuenta años cumplidos, y que todo orador, antes de hablar sobre los asuntos públicos, sufriese un examen que versaría sobre su conducta; se dio permiso en fin a todo ciudadano para perseguir en justicia al orador que se hubiese valido de artificios y de amaños para ocultar en este examen la irregularidad de sus costumbres y de su conducta.
Dejó Solón a la asamblea general el poder de elegir los magistrados, y el de hacerse dar cuenta de su administración. Esto no obstante, juzgó también conveniente el dejar las magistraturas en manos de los ricos, que las habían tenido hasta entonces, fundándose en que así las haría más respetables a la multitud. Después llegaron a ser anuales; las principales dependieron de la elección y las demás fueron dadas por suerte.
Los nueve magistrados o arcontes presidían los tribunales, de cuyos juicios o sentencias se apelaba a los tribunales superiores. Para proveer los empleos de todos estos, decidió Solón que todos los ciudadanos sin distinción se presentasen a llenar las plazas de jueces, y que entre ellos decidiese la suerte. Tenía Atenas en el Areópago un tribunal respetado del pueblo por sus luces y su antigüedad. Para conciliarle aún más respeto e instruirle a fondo de los intereses públicos, quiso que los arcontes, al cesar en su empleo, fuesen contados en el número de los senadores, después de un maduro examen. De esta suerte, el senado del Areópago y el de los cuatrocientos se hacían dos contrapesos muy poderosos para poner la república a cubierto de las tempestades que suelen amenazar a los estados; pues el primero reprimía las tentativas de los ricos, y el segundo enfrenaba los excesos de la multitud.
Estas disposiciones fueron sostenidas por varias leyes, siendo una de las más notables la que imponía penas contra los ciudadanos que en las turbulencias del estado no se declarasen por alguno de los partidos. Con está disposición admirable se proponía el legislador sacar a los hombres de bien de una inacción funesta, echarlos en medio de las facciones y salvar el estado con el ascendiente y la fuerza de la virtud. Por otra ley se condena a muerte a todo súbdito convencido de haber querido apoderarse de la autoridad soberana. Últimamente, en el caso de que uno u otro gobierno se elevase sobre las ruinas del popular, los magistrados deben hacer dimisión de sus empleos y a todo súbdito será lícito quitar la vida, no solo a un usurpador de la autoridad suprema y a sus cómplices, sino también al magistrado que continúe en sus funciones después de la usurpación del gobierno. Tal es en compendio la república de Solón.
A estas disposiciones fundamentales siguió un código de leyes criminales y civiles, según las cuales el ciudadano debe ser considerado bajo tres aspectos, a saber: 1.º en su persona, como que hace parte del estado; 2.º en la mayor parte de las obligaciones que contrae como individuo de una familia, que pertenece también al estado; y 3.º en su conducta, como miembro de una sociedad, cuyas costumbres constituyen la fuerza del estado mismo.
Para dar una idea de su legislación bajo estos tres puntos de vista, basta referir aquí algunas disposiciones generales.
Cuando un ateniense intenta quitarse la vida, se hace reo del estado, porque le priva de un individuo; en este caso se enterraba separada su mano, y esta circunstancia era una afrenta. Pero si atentase contra la vida de su padre, las leyes guardan silencio contra esta atrocidad: así inspiraba Solón más horror a semejante crimen, suponiendo que no estaba en el orden de las cosas posibles el cometerle. Imponiendo la nota de infame al hombre ocioso, dispuso también Solón que el Areópago indagase el modo de vivir y proveer a su subsistencia cada particular; a todos ellos les permite ejercer artes mecánicas, y al que no ha cuidado de enseñar un oficio a su hijo, le priva del derecho de los socorros que como padre debía esperar de él en su vejez.
El que se hace famoso por la depravación de sus costumbres, cualquiera que sea su estado, su clase y su talento, queda excluido del sacerdocio, de la magistratura, del senado y de la asamblea general; no podrá hablar en público, ni ser encargado de una embajada, ni tener tampoco asiento en los tribunales; y si ejerciere alguna de estas funciones, será acusado criminalmente y sufrirá las penas prescritas por las leyes.
Las de Solón no debían conservar su fuerza más de un siglo, cuyo término señaló para no irritar a los atenienses con la perspectiva de un yugo eterno. Cuando ya fueron meditadas detenidamente, viose Solón rodeado de una multitud de importunos que le aburrían con preguntas, consejos, alabanzas o vituperios. Habiendo apurado todos los medios de suavidad y paciencia, y comprendiendo que el tiempo era lo único que podía consolidar su obra, tomó la resolución de ausentarse por diez años, y por un juramento personal obligó a los atenienses a que no tocasen a sus leyes hasta su vuelta.
Fue al Egipto, donde trató con aquellos sacerdotes que se creen tener en sus manos los anales del mundo, y de allí pasó a Creta, donde instruyó al soberano de un reducido país en el arte de reinar y dio su nombre a una ciudad, cuya dicha había procurado.
A su vuelta encontró a los atenienses muy próximos a caer de nuevo en la anarquía, y, siendo acogido con los más distinguidos honores, se aprovechó de estas favorables disposiciones para calmar la agitación de los partidos. Al principio se creyó poderosamente ayudado por Pisístrato; pero no tardó en conocer que este diestro político ocultaba una ambición sin límites bajo una moderación fingida.
PISÍSTRATO.
Jamás hubo hombre alguno que reuniese más circunstancias que este para cautivar los corazones, pues se hallaba dotado de un nacimiento ilustre y de grandes riquezas; de un valor acreditado, un aspecto y presencia que infundían respeto, una elocuencia persuasiva y un entendimiento abundante en dotes naturales e ilustrado con el estudio. Con tan grandes ventajas que le hacían accesible a los menores ciudadanos y les prodigaba los consuelos y socorros con que el hombre se granjea el afecto y la voluntad de sus semejantes. Así es que, haciéndose con su conducta el ídolo de la multitud, creyó poder elevarse fácilmente al poder soberano, y para ello se valió de la estratagema siguiente.
Preséntase un día en la plaza pública acribillado de heridas que se había hecho él mismo, e implora la protección del pueblo. Convócase la asamblea; muestra ante ella sus heridas, y acusa al senado, tanto como a los cabezas de las demás facciones, de haber querido quitarle la vida. Óyense gritos a su favor por todas partes, y los principales ciudadanos callan o temen. Solón indignado de su cobardía, trata de inspirarles serenidad y valor, pero su voz, ya débil por la edad, es sofocada por los gritos sediciosos de la multitud preocupada, y la asamblea termina concediendo a Pisístrato una guardia de satélites encargados de custodiar su persona. Haciendo uso de esta fuerza, apodérase luego de la ciudadela, desarma al pueblo, y usurpa la soberanía.
Solón, aunque consultado varias veces por el usurpador, a quien no dejaba de dar pruebas de deferencia y de respeto, no sobrevivió mucho tiempo a la esclavitud de su patria.
Treinta y tres años transcurrieron desde esta revolución hasta la muerte de Pisístrato; pero se vio obligado por dos veces a dejar el Ática, en fuerza del crédito de sus adversarios, y no estuvo más de diecisiete años al frente del gobierno. Esto no obstante, antes de su muerte tuvo el consuelo de ver establecida su autoridad en su familia.
Preciso es hacerle justicia confesando que, mientras estuvo al frente de la administración, consagró sus días a la utilidad pública, señalándolos con nuevos beneficios o con nuevas virtudes. Como no temía los progresos de las luces, publicó una nueva edición de las obras de Homero, y formó para el uso de los atenienses una biblioteca compuesta de los mejores libros conocidos hasta entonces.
Justo será también añadir algunos rasgos que manifiestan su grandeza de alma. Jamás incurrió en la debilidad de vengarse de los insultos que le hicieron. Habiendo asistido su hija a una ceremonia religiosa, acercose a ella y le dio un abrazo un joven que la amaba con pasión, y poco tiempo después intentó robarla. Pisístrato respondió a su familia que le incitaba a la venganza: «Si aborrecemos a las personas que nos aman, ¿qué haremos con aquellas que nos aborrecen?». Y luego se la dio al joven por esposa. En fin: algunos de sus amigos, resueltos a separarse de su obediencia, se retiraron a una plaza fuerte, y habiéndolos él seguido inmediatamente con algunos esclavos que llevaban su equipaje, le preguntaron los conjurados cuál era su designio, a lo cual respondió: «Es preciso que me persuadáis a quedarme con vosotros, o que yo os persuada a que volváis conmigo». Estas palabras bastaron para reducirlos otra vez a su obediencia.
Sucedieron a Pisístrato sus dos hijos, Hipias e Hiparco, que, aunque con menos prendas, gobernaron con igual sabiduría; pero desgraciadamente el segundo cometió una injusticia de la cual fue víctima.
Harmodio y Aristogitón, dos jóvenes atenienses, unidos con amistad íntima, habiendo recibido una injuria difícil de olvidar, juraron quitar la vida a Hiparco y a su hermano. El día en que se celebraba la fiesta de las Panateneas, encubrieron sus puñales con ramos de mirto y se fueron a un sitio donde ambos príncipes ordenaban una procesión que debían conducir al templo de Atenea, y acercándose a Hiparco le clavan el puñal en el corazón. Muere también Harmodio en el acto a manos de los satélites del príncipe, y Aristogitón, arrestado casi al mismo instante, es llevado al tormento: nombra cómo cómplices a los más fieles partidarios de Hipias, y sin tardanza fueron llevados al cadalso.
Desde entonces Hipias solo se hizo memorable por medio de injusticias; pero de allí a tres años le obligó a abdicar el trono Clístenes, jefe de los Alcmeónidas, familia poderosa de Atenas siempre enemiga de los Pisistrátidas, el cual había reunido bajo su mando a los descontentos y logró que le socorriesen los lacedemonios. Hipias, después de haber andado errante algún tiempo con su familia, se acogió a la protección de Darío, rey de los persas, y pereció en fin en la batalla de Maratón.
Después de la expulsión de los Pisistrátidas, Clístenes, a fin de conciliarse la adhesión del pueblo, dividió en diez tribus las cuatro que desde Cécrope comprendían los habitantes del Ática, y anualmente se sacaban a la suerte de cada tribu cincuenta senadores, llegando así el número de estos a quinientos. Estas diez tribus, cual otras tantas repúblicas pequeñas, tenían cada una su presidente, sus empleados, sus tribunales y sus intereses. Desde esta época hasta la corrupción de las costumbres de los atenienses apenas transcurrió medio siglo.
SECCIÓN SEGUNDA.
Siglo de Temístocles y de Arístides, desde el año 490 hasta el 444 antes de J. C.
Darío 1.º, rey de Persia, acababa de volver de la funesta expedición que emprendió para subyugar a los escitas, cuando las ciudades de Jonia, queriendo recobrar su libertad perdida por las conquistas de Ciro, expulsaron a sus gobernadores, incendiaron la ciudad de Sardes, capital del antiguo reino de Lidia, y envolvieron en su revolución a los pueblos de Caria y de la isla de Chipre. Los lacedemonios tomaron el partido de no acceder a esta liga, y los atenienses el de favorecerla sin declararse abiertamente; bajo este plan enviaron a Jonia algunas tropas que contribuyeron a la toma de Sardes, y los eretrios de la Eubea siguieron inmediatamente su ejemplo.
El principal autor de esta sublevación fue Histieo de Mileto, que, desterrado en Susa, corte de Persia, e impaciente por volver a su patria, se valió de las turbulencias que en ella excitó bajo mano para que le alzasen el destierro. Mas no quedó su traición impune por mucho tiempo, pues fue cogido con las armas en la mano y los generales de Darío le dieron muerte al punto.
Luego que Darío tuvo noticia del incendio de Sardes, juró vengarse de la revolución de los jonios y de la conducta de los atenienses; pero, antes de hostilizar a estos, dirigió sus armas contra los primeros. Esta guerra, que duró algunos años, terminó con la sumisión entera de la Jonia, la conquista de muchas islas del mar Egeo y de todas las ciudades del Helesponto.
Darío, antes de romper abiertamente con la Grecia, envió por todas partes heraldos o reyes de armas pidiendo la tierra y el agua: esta era la fórmula que usaban los persas para exigir tributo y homenaje de las naciones. La mayor parte de las islas y de los pueblos del continente lo dieron sin titubear; pero los lacedemonios y atenienses no solamente lo negaron, sino que, con una violación manifiesta del derecho de gentes, arrojaron a los embajadores del rey en una profunda fosa. Los primeros llevaron aún a más extremo su indignación, pues condenaron a muerte al intérprete que había manchado la lengua griega explicando las órdenes de un bárbaro.
Así que Darío recibió esta noticia, dio el mando de sus tropas a un medo llamado Datis, con orden de destruir las ciudades de Atenas y Eretria y de traerle los habitantes encadenados.
Juntose el ejército y, embarcado en seiscientos bajeles, pasó luego a la isla de Eubea. La ciudad de Eretria fue tomada por la traición de algunos ciudadanos, después de haberse defendido vigorosamente durante seis días; sus templos fueron arrasados y sus moradores cargados de cadenas. La escuadra victoriosa, habiendo aportado luego a las costas del Ática, desembarcó cien mil infantes y diez mil caballos cerca del pueblo de Maratón, distante de Atenas unas seis leguas. A la noticia de este desembarco los atenienses, consternados, imploraron el socorro de los pueblos vecinos, y los lacedemonios fueron los únicos que les prometieron tropas: pero varias circunstancias imprevistas impidieron su pronta reunión a los atenienses.
Por fortuna se dejaron ver entonces tres hombres destinados a dar un nuevo vuelo a los sentimientos y al entusiasmo patrio. Estos eran Milcíades, Arístides y Temístocles. El primero había militado mucho tiempo en Tracia, donde había adquirido una reputación esclarecida; basta un rasgo solamente para pintar a Arístides: fue el ateniense más justo y más virtuoso. Muchos serían necesarios para explicar sus talentos, los recursos y las altas miras de Temístocles.
Inflamados de amor patrio con el ejemplo y los discursos de estos tres ilustres ciudadanos, cada una de las diez tribus presentó mil infantes con un capitán al frente, pero fue no obstante necesario alistar esclavos para completar su número. Luego que estas tropas estuvieron reunidas, salieron de la ciudad y bajaron a la llanura de Maratón, donde los habitantes de Platea, en Beocia, les enviaron un refuerzo de mil infantes.
Apenas estuvo este corto ejército en presencia del enemigo, cuando Milcíades propuso atacarle. Para asegurar el éxito, Arístides y los demás generales dieron a Milcíades el mando que cada uno tenía por turno; mas él, a fin de ponerlos al abrigo de los acontecimientos, esperó a que llegase el día en que le tocaba de derecho ponerse al frente del ejército. Luego que hubo llegado, ordenó sus tropas al pie de un monte en un sitio cubierto de árboles, que debían detener la caballería persa, mediando un espacio de ocho estadios (o sean 760 toesas) entre el ejército de los griegos y el de los persas.
A la primera señal del combate, los atenienses atravesaron corriendo esta distancia, y los persas, admirados de un modo de atacar tan extraño, permanecen al principio inmóviles; pero en breve oponen al furor impetuoso de sus enemigos un furor más tranquilo y no menos temible. Después de algunas horas de combate obstinado, las dos alas del ejército de los griegos empiezan a fijar la victoria derrotando las de los persas que se les oponen, y decídese en fin cuando en seguida se dirigen contra el centro del enemigo, que acosaba al cuerpo de batalla mandado por Arístides y Temístocles.
Los persas, rechazados por todas partes, huyen hacia su escuadra; el vencedor los persigue a sangre y fuego; prende, quema, echa a pique muchas de sus naves, y sálvanse las demás a fuerza de remos.
Milcíades salió herido, e Hipias y dos generales atenienses perecieron en el combate. Apenas se había decidido la victoria, cuando un soldado rendido de cansancio, concibió el proyecto de llevar a los magistrados de Atenas la primera noticia de este suceso: cargado de sus armas, corre, vuela, llega, anúnciales la victoria, y cae muerto a sus pies.
Esta gran batalla se dio en el tercer año de la olimpiada setenta y dos, día 29 de septiembre del año 490 antes de J. C. Al día siguiente llegaron al campo de los atenienses dos mil espartanos que habían andado en tres días con sus noches 1200 estadios (cerca de 46 leguas y media) y no se retiraron hasta después de dar a los vencedores los elogios merecidos.
Nada omitieron los atenienses para eternizar la memoria de los héroes que murieron en el combate. Hiciéronseles honrosas exequias, y fueron grabados sus nombres en medias columnas levantadas en la llanura de Maratón, y un hábil artista pintó circunstanciadamente la batalla en uno de los pórticos más frecuentados de la ciudad: allí representó a Milcíades a la cabeza de los generales, en el momento de exhortar las tropas del combate.
No tardaron los atenienses en vengarse ellos mismos de Darío. Habían elevado tanto a Milcíades que empezaron a temerle: los que envidiaban sus glorias representaban que mientras mandaba en Tracia había ejercido todos los derechos de la soberanía, y que era tiempo de estar alerta tanto sobre sus virtudes como sobre su gloria. El mal éxito de una expedición que dirigió contra la isla de Paros dio nuevo pretexto al encono de sus enemigos. Acusáronle de haberse dejado corromper por el oro de los persas, y, a pesar de las declamaciones y solicitudes de los más honrados ciudadanos, fue condenado a ser arrojado en la fosa donde hacían perecer a los malhechores. Opúsose el magistrado a la ejecución de esta sentencia y fue conmutada la pena en una multa de cincuenta talentos (1.005.882 reales); pero no hallándose en disposición de poderla pagar, se vio al vencedor de Darío expirar entre cadenas en una prisión, de resultas de las heridas que había recibido en defensa de la patria.
TEMÍSTOCLES Y ARÍSTIDES.
Estos dos ilustres atenienses tomaban sobre sus conciudadanos aquel ascendiente que el uno merecía por sus varios y apreciables talentos, y el otro por la diversidad de su conducta, enteramente consagrada al bien público. Opuestos ambos en principios y en proyectos, llenaban de tal modo la plaza pública con sus divisiones que un día Arístides, después de haber conseguido una ventaja sobre su adversario, no pudo desentenderse de decir «que la república perecía si no le echaban a él y a Temístocles en una fosa profunda».
He aquí un rasgo que da a conocer perfectamente la diferencia de carácter de estos dos atenienses. Anunció Temístocles públicamente que había formado un proyecto importante, cuyo buen éxito dependía de un secreto el más impenetrable; y el pueblo respondió: «Sea Arístides el depositario de ese secreto, y nos conformamos con su parecer». Llamó a este aparte Temístocles y le dijo: «La escuadra de nuestros aliados está tranquila en el puerto de Pagasas; propongo que la incendiemos y seremos dueños de la Grecia». «Atenienses», dijo entonces Arístides, «nada hay tan útil como el proyecto de Temístocles, pero nada tan injusto». «Lo reprobamos pues», contestaron a una voz los de la asamblea.
Al fin triunfaron de la intriga el talento y la virtud. Como quiera que Arístides se conducía cual un árbitro en las discordias de los particulares, la reputación de su equidad hizo que estuviesen desiertos los tribunales de justicia. Acusole la facción de Temístocles de que establecía una realeza tanto más temible cuanto que estaba fundada en el amor del pueblo, y concluyó pidiendo que se le impusiese la pena de destierro. Estaban juntas las tribus que debían dar su voto por escrito, y Arístides asistía al juicio. Un ciudadano oscuro, que estaba sentado junto a él, le suplicó que le escribiese el nombre del acusado en una conchita que le presentó. «¿Os ha hecho algún agravio?», preguntó Arístides. «No», contestó el incógnito, «pero estoy fastidiado de oírle llamar por todas partes el Justo». Arístides escribió entonces su nombre, fue condenado y salió de la ciudad deseando el bien de su patria.
Siguiose a su destierro la muerte de Darío. Jerjes, hijo y sucesor de este príncipe, se dejó fácilmente persuadir de Mardonio, su cuñado, para que reuniese la Grecia y la Europa entera al imperio de los persas: declarose la guerra y toda el Asia se conmovió. Se emplearon cuatro años en levantar tropas y hacer grandes preparativos, y cuando estuvieron acabados, salió de Susa el rey y fue a Sardes, en Lidia, desde donde envió reyes de armas a toda la Grecia, excepto al país de los lacedemonios y atenienses.
En la primavera del año cuarto de la olimpiada setenta y cuatro (480 años antes de J. C.), llegó Jerjes con un ejército a las orillas del Helesponto, y queriendo recrearse en el espectáculo de su poder, subió a un trono elevadísimo, y desde allí vio la mar cubierta de sus naves, y la campiña de sus tropas. En aquel paraje solamente está separada de la Europa la costa de Asia por un brazo de mar de siete estadios de anchura, o sea un cuarto de legua. Dos puentes de barcas fuertemente ancladas, unieron las costas opuestas; pero habiendo destruido esta obra una tempestad, Jerjes mandó cortar la cabeza a los obreros, y queriendo tratar a la mar como esclava, mandó también que la azotasen con látigos, que la marcasen con un hierro ardiendo, y que echasen al fondo un par de cadenas. Su ejército, que se componía de un millón setecientos mil infantes y ochenta mil caballos, gastó siete días y siete noches en pasar el estrecho, y sus bagajes un mes entero. Habiendo llegado a la llanura de Dorisco, regada por el Hebro, revistó sus tropas y pasó luego a su escuadra, que siendo compuesta de mil doscientas siete galeras de tres órdenes de remos, podía llevar lo menos doscientos cuarenta mil hombres. A estas fuerzas, traídas del Asia, se juntaron en breve trescientos mil combatientes, sacados de muchas regiones europeas sometidas al rey de Persia.
Después de haber pasado Jerjes revista a sus tropas de mar y tierra, consultó con el rey Demarato que, desterrado de Lacedemonia algunos años antes, había hallado un asilo en la corte de Susa; pero quedando poco satisfecho de las respuestas de este espartano, dio sus órdenes y el ejército se puso en marcha dividido en tres columnas, una de las cuales seguía la costa. Las naves todas cargadas de víveres iban costeando y reglaban sus movimientos por los del ejército que marchaba hacia la Tesalia, talando las campiñas, y consumiendo en un día las cosechas de muchos años. El monte Atos se prolonga dentro del mar formando una península, y este obstáculo retardaba la navegación de la escuadra que debía doblarle, mandó Jerjes que se abriese un paso por aquel istmo, y una multitud de obreros lo ejecutó ocupando mucho tiempo en hacer un canal, por el cual pasó la escuadra a dos galeras de frente.
Viendo cercano el riesgo que les amenazaba, trataron los lacedemonios y atenienses de formar una liga general de todos los pueblos de la Grecia; convocaron una dieta en el istmo de Corinto y enviaron de ciudad en ciudad diputados encargados de difundir e inspirar por allí el entusiasmo y ardor de que ellos estaban animados. Mas sus esfuerzos no tuvieron el éxito deseado, porque los argivos, debilitados con las pérdidas considerables que habían tenido en una guerra contra Lacedemonia, permanecieron tranquilos hasta que por último estuvieron secretamente en correspondencia con Jerjes. Gelón, rey de Siracusa, no quiso darles socorros sino bajo la condición inadmisible de que él mandaría el ejército confederado, y los tesalios, en lugar de impedir el paso a los persas, resolvieron hacer convenios con ellos. De este modo no quedaba ya para la defensa de la Grecia más apoyo que el de un corto número de pueblos y ciudades, cuyas esperanzas procuraba reanimar Temístocles.
Este grande hombre había emprendido el plan de que los atenienses volviesen sus miras hacia el mar, y les persuadió a que las sumas que rendían sus minas de plata se invirtiesen en construir doscientas galeras, ya para atacar a los habitantes de la isla de Egina, con los cuales estaban en guerra, y ya para resistir un día a los persas.
Mientras que Jerjes continuaba su marcha, se resolvió en la dieta del istmo que un cuerpo de tropas capitaneado por Leónidas, rey de Esparta, se apoderase del paso de las Termópilas situado entre la Tesalia y la Lócrida, y que el ejército naval de la confederación esperase al de los persas en un estrecho formado por las costas de Tesalia y las de Eubea. Los atenienses que debían armar un número de galeras mucho más considerable que el de los lacedemonios, para evitar las consecuencias tuvieron a bien desistir de sus pretensiones al mando de la escuadra, cediéndolo a estos últimos. Eligieron por general a Euribíades, quedando sometido a sus órdenes Temístocles y los jefes de las demás naciones. Tomadas estas medidas, todas las naves se reunieron cerca de un paraje llamado Artemisio, en la costa septentrional de la Eubea.
Enterado Leónidas de la resolución de la dieta, únicamente llevó consigo trescientos espartanos, cuyos sentimientos conocía. Aquellos valientes celebraron de antemano su muerte, algunos días después, con un combate fúnebre, y terminada esta ceremonia, salieron de la ciudad, seguidos de sus parientes y amigos, de quienes recibieron eternas despedidas.
Al pasar por las tierras de los tebanos, cuya fe era dudosa, el rey de Esparta recibió de ellos cuatrocientos hombres, con los cuales fue a apostarse en las Termópilas. Llegáronle en breve incesantemente tropas, más o menos numerosas, de diferentes ciudades, y con ellas hicieron ascender sus fuerzas a más de siete mil hombres.
Apenas había tomado Leónidas estas disposiciones para oponerse al paso del inmenso ejército de Jerjes, cuando se vio a este cubrir con sus tiendas la vasta llanura de Traquinia. Espantados de este espectáculo, la mayor parte de los jefes propusieron retirarse al istmo de Corinto; pero Leónidas desechó este parecer y contentose con enviar correos para acelerar la llegada de los socorros de las ciudades aliadas.
Atónito Jerjes al ver la tranquilidad de los lacedemonios, esperó algunos días para darles tiempo a la reflexión, y al quinto escribió a Leónidas diciendo: «Si quieres someterte, te daré el imperio de la Grecia». Y Leónidas respondió: «Quiero más morir por mi patria que esclavizarla». Dirigiole Jerjes otra carta diciéndole: «Entrégame tus armas», y Leónidas escribió en el reverso: «Ven a tomarlas».
Jerjes, furioso de cólera, hizo marchar a los medos y a los sirios con orden de que cogiesen y le llevasen vivos los trescientos espartanos, a que creía estar reducidas las fuerzas de Leónidas. Fueron entonces corriendo algunos soldados de este príncipe a decirle: «Los persas están cerca de nosotros». Y él respondió fríamente: «Decid más bien que nosotros estamos cerca de ellos». Sale inmediatamente de sus atrincheramientos, con lo escogido de sus tropas, y da la señal del combate: las primeras filas de los medos caen traspasadas de heridas, y otras que las reemplazan experimentan igual suerte. Suceden nuevas tropas a las primeras, pero después de repetidos e infructuosos ataques, emprenden por fin la fuga con desorden. Avanza contra los griegos la tropa de los diez mil inmortales, hácese el combate más sangriento, y por último se retiran después de haber sufrido una pérdida horrorosa.
Al siguiente día comenzó de nuevo el combate, pero con tan poco éxito como los primeros por parte de los persas. Desesperaba ya Jerjes de forzar el paso de las Termópilas, cuando un habitante del país, llamado Epialtes, fue a descubrirle un sendero por el cual podía cercar a los griegos. Enajenado Jerjes de contento, hizo partir inmediatamente el cuerpo de los inmortales dirigido por aquel guía: favorecidos por las tinieblas de la noche, penetran por un espeso bosque y llegan hacia los sitios donde Leónidas había puesto un destacamento compuesto del contingente de los focidios. Habiéndose replegado esta tropa de bravos sobre las alturas vecinas, continúan los persas su marcha. Aquella noche supo Leónidas, por unos desertores de los persas, el proyecto de estos, y a la mañana siguiente uno de sus centinelas avanzados, que se retiró del monte, le enteró de la aproximación del enemigo. En tan crítica situación, envió fuera de los desfiladeros las tropas aliadas, y quedose únicamente con sus espartanos, y los tespienses y tebanos, que juraron no abandonarle.
Desesperando de poder defender las Termópilas, toma la audaz resolución de marchar a la tienda de Jerjes e inmolar a este príncipe o perecer en medio de su campo; lo propone a sus soldados y todos le siguen gozosos: les hace tomar una comida frugal, y añade: pronto tomaremos otra con Hades.
Próximo ya a atacar al enemigo, enterneciose en pensar en la suerte de dos espartanos parientes y amigos suyos; y habiendo dado una carta al uno, y al otro una comisión secreta para los magistrados de Lacedemonia: «No estamos aquí», le dicen ambos, «para llevar órdenes, y sí para pelear», y sin esperar respuesta fueron a colocarse en las filas que les estaban señaladas.
Salen los griegos a media noche del desfiladero, capitaneados por Leónidas; arrollan los puestos avanzados del enemigo, penetran en la tienda de Jerjes, que acaba de dejarla, entran sin detención en las inmediatas, y esparcen por todo el campamento el terror y la carnicería. Reúnense en fin los persas y atacan a sus enemigos por todas partes, y cae Leónidas bajo una nube de dardos. Después de un terrible combate, los griegos se apoderan del cuerpo de su general, rechazan por cuatro veces al enemigo, consiguen llegar al desfiladero y, saltando el atrincheramiento, van a situarse sobre la pequeña colina que está cerca de Antela. Allí, después de haberse defendido con el más heroico valor contra las tropas que los cercaban, perecieron todos a manos de sus enemigos.
Perdonad, oh sombras generosas; perdonad a la debilidad de mis expresiones. Yo os ofrecí un homenaje más digno cuando estuve en esta colina donde exhalasteis el último suspiro; y, recostado en uno de vuestros sepulcros, regué con mis lágrimas los parajes teñidos con la sangre vuestra. Hecho esto, ¿qué podría añadir la elocuencia a este sacrificio tan grande como extraordinario? Vuestra memoria subsistirá mucho más tiempo que el imperio de los persas, a quienes resististeis, y hasta el fin de los siglos vuestro ejemplo excitará en el corazón de los que aman a su patria el entusiasmo de la admiración.
El sacrificio de Leónidas y sus compañeros produjo mejor efecto que la victoria más brillante, pues enseñó a los griegos el secreto de sus fuerzas, y a los persas el de su debilidad.
Mientras Jerjes estaba en las Termópilas, su armada naval, después de haber experimentado una violenta tempestad en que se perdieron cuatrocientas galeras y muchos barcos de transporte, fue a anclar a unas dos leguas de distancia de la escuadra griega, encargada de la defensa del paso entre la Eubea y tierra firme. Al acercarse aquella, esta resolvió abandonar el estrecho, pero Temístocles la hizo detenerse allí, hasta que, habiendo sabido el paso de las Termópilas por los persas, se retiró en buen orden a la isla de Salamina.
En tanto, el ejército terrestre de los griegos se había situado en el istmo de Corinto, y solo pensaba ya en disputar la entrada en el Peloponeso. Esta medida contrariaba el sistema de defensa adoptado por Temístocles, y a fin de que renunciasen a ella los atenienses les dice que es preciso abandonar los lugares que la cólera celestial entregaba al furor de los persas; que su escuadra por sí sola es un asilo seguro, y apoya en fin sus discursos en los oráculos que ha logrado de la Pitia.
El pueblo se deja persuadir, y entonces expide un decreto mandando que la ciudad quede bajo la protección de Atenea: que todos los habitantes de armas tomar pasasen a las naves, y que cada particular cuidase de su mujer, sus hijos y sus esclavos. Ejecutose sin dilación este decreto: los soldados se embarcaron en la escuadra; los hombres de edad avanzada, las mujeres y los niños fueron conducidos en otras naves a Egina, a Trecén y a Salamina, y aquellos ancianos que por sus achaques no podían embarcarse, quedaron en la ciudad poseídos del dolor de verse separarados de sus familias desoladas.
Jerjes salía entonces de las Termópilas y entraba en la Fócida, cuyas campiñas fueron taladas y las ciudades destruidas. Sometiose la Beocia, a excepción de Platea y Tespias que fueron arrasadas.
Después de haber devastado el Ática, entraron los bárbaros en Atenas, donde solo hallaron algunos ancianos que esperaban la muerte, y un corto número de ciudadanos resueltos a defender la ciudadela. Rechazaron durante algunos días los ataques repetidos de los sitiadores, pero al fin vencieron estos, que saquearon la ciudad y la entregaron a las llamas.
Este incendio causó una impresión tan viva en el ejército de los griegos, cuya escuadra fondeaba en las costas de Salamina, a corta distancia de la de los persas, que la mayor parte de los jefes resolvieron acercarse al istmo de Corinto, donde se habían atrincherado las tropas del ejército terrestre. Debía efectuarse la marcha en el día siguiente y durante la noche, que era la del 18 al 19 de octubre del año 480 antes de J. C. Temístocles se avistó con el lacedemonio Euribíades, almirante de escuadra, y trató de disuadirle del designio de abandonar la posición que se había tomado. Euribíades convoca inmediatamente el consejo de generales, opónense todos contra el dictamen de Temístocles, y en medio de sus acaloradas y tumultuosas discusiones, el general lacedemonio levantó su bastón para herirle, pero Temístocles en lugar de irritarse por tal ultraje, le dice con serenidad: «Descarga, pero escucha». Este rasgo de grandeza de alma asombra al espartano, hace reinar el silencio, y Temístocles, recobrando su ascendiente, patentiza al consejo con razones convincentes que el interés de todos los griegos se funda en combatir a los persas en Salamina. Su discurso, y más que todo su firmeza y su serenidad, persuadieron de tal suerte a Euribíades que al punto mandó que permaneciese la escuadra cerca de las costas de Salamina.
Los mismos intereses se trataban al mismo tiempo en ambas escuadras. Jerjes, después de haber oído el dictamen de jefes de su escuadra, entre los cuales se hallaban los reyes de Sidón, de Chipre y de Tiro, Artemisia, reina de Halicarnaso, y otros muchos soberanos tributarios, mandó que avanzase la escuadra hacia la isla de Salamina, y su ejército de tierra hacia el istmo de Corinto.
Este movimiento hizo adoptar a la mayor parte de los generales de la escuadra griega el designio de ir al socorro del Peloponeso, y Temístocles, cuyo dictamen prevaleció en el consejo, despachó durante la noche un hombre encargado de anunciar de su parte a los jefes de la escuadra enemiga que una parte de los griegos, con el general de los atenienses al frente, estaban dispuestos a declararse por el rey; que los otros, sobrecogidos de espanto, trataban de hacer una pronta retirada, y que debilitados por sus divisiones, si se viesen de repente rodeados del ejército persa, serían forzados a rendir sus armas o volverlas contra ellos mismos.
Engañados los persas con esta relación, avanzan a favor de las tinieblas de la noche, y bloquean todas las salidas del estrecho por donde hubieran podido escaparse los griegos. Arístides, que poco antes había sido llamado a su patria levantándole el destierro, pasaba a la sazón desde la isla de Egina al ejército de los griegos. Advirtió el movimiento de los persas, y luego que hubo llegado a Salamina se fue al paraje donde los jefes estaban reunidos e hizo llamar a Temístocles, y le dijo: «Un solo interés debe animarnos hoy, que es el de salvar la Grecia, tú dando órdenes y yo ejecutándolas. Decid a los griegos que no se trata ya de deliberar, y que el enemigo acaba de hacerse dueño de los pasos que pudieran favorecer su fuga». Así dice, y enterado de la estratagema de Temístocles, entra en el consejo donde fue confirmada su relación por otros testigos oculares que llegaban a cada instante. Disolviose inmediatamente la junta, y solo se trató ya de prepararse para el combate.
Queriendo Jerjes animar con su presencia a su armada, se situó en una altura inmediata al estrecho, rodeado de secretarios que debían describir todas las circunstancias de la batalla, y apenas se dejó ver cuando las dos alas de su escuadra se pusieron en movimiento.
La suerte de la acción que iba a darse dependía de lo que pasase en el ala derecha de los griegos y a la izquierda de los persas, porque allí se encontraban los atenienses y fenicios, siendo mandados estos por un hermano de Jerjes. Muévense ambas escuadras: unos y otros se acometen y rechazan en el desfiladero, siendo Temístocles testigo de todos los peligros y riesgos. Se arroja en fin impetuosamente una galera ateniense sobre el almirante fenicio; el joven príncipe hermano de Jerjes se abalanza indignado sobre ella, cae al punto acribillado de heridas, y su muerte esparce la consternación entre los fenicios; reina una confusión horrible que dispersa sus naves; los chipriotas y otras naciones de oriente quieren restablecer el combate, aunque en vano, y después de una larga resistencia se dispersan como los fenicios.
Poco satisfecho aún de esta ventaja, Temístocles condujo su ala victoriosa al socorro de los lacedemonios y de los otros aliados que se defendían contra los jonios. Estos, de los cuales muchos se reunieron a los griegos durante la batalla, combatieron con mucho valor sin pensar en la retirada hasta que se vieron encima todas las fuerzas enemigas. Entonces la reina Artemisia, rodeada de las naves griegas, no titubeó en echar a pique un buque de la escuadra de Jerjes. Un capitán ateniense, que la iba al alcance, se creyó por esta maniobra que la reina desertaba del partido de los persas y dejó de perseguirla, por lo cual Jerjes, persuadido de que la nave perdida era de los griegos, no pudo menos de decir que en aquel día los hombres se habían portado como mujeres, y las mujeres como hombres.
El ejército vencido se retiró al puerto de Falero después de haber perdido un gran número de naves; al paso que la pérdida de los griegos no ascendió de cuarenta galeras.
Durante el combate, Jerjes se sintió agitado por la alegría, el temor y la desesperación. Cuando vio la derrota de su armada, cayó en un profundo abatimiento, del cual solamente volvió en sí para ordenar los preparativos de un nuevo ataque, y juntar por una calzada la isla de Salamina al continente. De ambas partes estaban preparados para nueva batalla cuando, habiendo reunido aquel príncipe sus generales, la reina Artemisia le persuadió a que dejase a Mardonio el cargo de acabar su empresa, y que él se retirase a sus estados. Abrazó este consejo y dio al momento las órdenes para que su escuadra pasase al punto al Helesponto, y que cuidase de conservar el puente de barcas; pero el ejército de los aliados, siguiendo el dictamen de Euribíades, en lugar de perseguirle fue a invernar en el puerto de Pagasas.
Algunos días después tomó el rey el camino de la Tesalia, donde Mardonio hizo tomar cuarteles de invierno a trescientos mil hombres, que había pedido y escogido de todo el ejército. Continuando Jerjes su ruta desde allí, llegó a las márgenes del Helesponto con un corto número de tropas, y encontrando el puente destruido por una tempestad, se metió como fugitivo en un esquife, seis meses después de haber pasado por allí como conquistador, y se trasladó a la Frigia para edificar y fortificar palacios.
Lo primero que hicieron los vencedores cuando ganaron la batalla, fue enviar a Delfos las primicias de los despojos enemigos que se habían repartido, y en seguida los generales se reunieron en el istmo de Corinto para conceder coronas a aquellos que más habían contribuido a la victoria. Temístocles fue conducido a Lacedemonia, y allí recibió con Euribíades una corona de olivo. Al ausentarse le colmaron de honores, regaláronle una magnífica carroza, y trescientos jóvenes a caballo, de las familias más distinguidas de Esparta, tuvieron orden de acompañarle hasta las fronteras de Laconia.
En tanto, Mardonio trataba de apartar de la liga a los atenienses, y con este designio hizo que marchase para Atenas Alejandro, rey de Macedonia, que estaba unido con aquellos por lazos de hospitalidad. Pero los esfuerzos de este embajador fueron inútiles, y Arístides hizo que la asamblea del pueblo expidiese un decreto mandando a los sacerdotes que sacrificasen a los dioses infernales todos aquellos que tuviesen inteligencias con los persas y se apartasen de la confederación con los griegos.
Sabedor Mardonio de la resolución de los atenienses, hizo marchar luego sus tropas al Ática, cuyos habitantes se habían refugiado por segunda vez en la isla de Salamina; volvió a entrar en la Beocia, cuyos pueblos, a excepción de los plateos y tespienses, se habían declarado por los persas, y estableció su campo en la llanura de Tebas, a lo largo del río Asopo, cuya orilla izquierda ocupaba hasta las fronteras del país de los plateos.
Los griegos, en número de cerca de ciento diez mil hombres, en los cuales se contaban diez mil espartanos y cinco mil atenienses, se situaron enfrente, al pie y sobre el declive del monte Citerón. Arístides mandaba los atenienses y Pausanias, rey de Esparta, todo el ejército. La dificultad de procurarse agua en presencia de la caballería de los persas, obligoles muy pronto a desfilar a lo largo del monte Citerón y entrar en el país de los plateos. No fue más pronto saber Mardonio que los griegos habían mudado de posición, retirándose al territorio de Platea, que hacer subir su ejército a lo largo del Asopo y situarle otra vez a su presencia.
Ambos ejércitos permanecieron enfrente uno de otro por espacio de once días. Al undécimo los griegos, faltos ya de provisiones y de agua, levantaron su campo durante la noche con objeto de trasladarse más lejos, estableciéndole en una isla formada por dos brazos del Asopo. Desde allí debían mandar al paso del monte Citerón la mitad de sus fuerzas para arrojar de él a los persas, que interceptaban los convoyes. Al romper el día tomaron los atenienses el camino del llano, y los lacedemonios, seguidos de tres mil tegeatas, desfilaron al pie del monte; pero habiendo estos llegado al templo de Deméter, distante diez estadios de su primera posición y de la ciudad de Platea, se detienen para esperar a uno de sus cuerpos, que había rehusado mucho abandonar su puesto, y allí los alcanza la caballería persa. Al mismo tiempo Mardonio, a la cabeza de sus mejores tropas, pasa el río, avanza con paso acelerado a ocupar el llano, y su ala derecha ataca inmediatamente a los atenienses para impedir que den socorro a los lacedemonios.
Forma Pausanias sus tropas en un terreno pendiente y desigual cerca de un arroyo y del recinto consagrado a Deméter, y se pone a consultar las entrañas de las víctimas. Como durante este intervalo quedaban sus tropas expuestas al alcance de las flechas enemigas sin atreverse a la defensa, los tegeatas, no pudiendo resistir el ardor que les animaba, se pusieron en movimiento y fueron inmediatamente sostenidos por los espartanos. Al acercarse, estrechan los persas sus filas, cúbrense con sus broqueles y forman una masa cuya espesura y el impulso de ella detienen y rechazan el furor del enemigo. Mardonio, al frente de mil soldados escogidos, hizo balancear por largo tiempo la victoria, pero cayó al fin herido mortalmente, y desde aquel momento, introduciéndose el desorden entre los persas, son arrollados y emprenden la fuga. Su caballería contuvo durante algún tiempo a los griegos victoriosos, pero no pudo impedir que llegasen al pie del atrincheramiento que Mardonio había levantado cerca del Asopo. Los atenienses, que habían tenido igual éxito en el ala izquierda, a pesar de la vigorosa resistencia de los beocios, lejos de perseguir a estos fueron a reunirse inmediatamente a los lacedemonios que atacaban el campo persa. Apodéranse de los atrincheramientos, precipítanse allí todos, y los vencidos se dejan degollar como víctimas, quedando la tierra cubierta de los ricos despojos de los persas, en cuyas tiendas resplandecía el oro y la plata. Artabazo huyó anticipadamente tomando el camino de la Fócida, y se fue al Asia donde miraron como un mérito el que salvase una parte del ejército.
Diose la batalla de Platea el 21 de septiembre del año 479 antes de J. C. Los vencedores concedieron el honor de la victoria a los plateos, poniendo así en armonía a los atenienses y lacedemonios, que se lo disputaban con acaloramiento, y después de repartido el botín, cuya décima parte quedó reservada para el templo de Delfos, concedieron toda clase de honores a los que habían perecido con las armas en la mano. Cada nación hizo levantar un monumento a sus guerreros, y Arístides hizo expedir un decreto previniendo, entre otras cosas, que los plateos fuesen considerados como una nación inviolable y consagrada a la divinidad.
En el mismo día de la batalla de Platea, la escuadra griega mandada por Leotíquidas, rey de Lacedemonia, y por Jantipo el ateniense, alcanzó una victoria señalada sobre los persas cerca del promontorio de Mícala en Jonia.
Este fue el fin de la guerra de Jerjes, conocida más bien bajo el nombre de guerra meda. Duró dos años, y los pueblos respiraron en fin. Los atenienses se restituyeron a su ciudad, reedificaron sus murallas, a pesar de las quejas de los aliados que empezaban a tener celos de la gloria de aquel pueblo, y, no obstante las representaciones de los lacedemonios, cuyo dictamen era el de desmantelar las plazas de la Grecia situadas fuera del Peloponeso, temerosos de que en una nueva invasión sirviesen de retiro a los persas. Temístocles supo conjurar hábilmente la tempestad que en esta ocasión amenazaba a los atenienses, empeñándoles además a que formasen en el Pireo un puerto guarecido de un terrible recinto, y construir cada año un cierto número de galeras.
Al mismo tiempo, una escuadra numerosa de los aliados, comandada por Pausanias, obligaba al enemigo a abandonar la isla de Chipre y la ciudad de Bizancio, situada en el Helesponto; pero estos resultados completaron la ruina de Pausanias, pues orgulloso de su gloria no se mostró ya a los ojos de los aliados sino como un duro e insolente sátrapa, y así es que se vio a los pueblos confederados proponer a los atenienses el combatir bajo sus órdenes.
Sabedores los lacedemonios de esta sublevación, llamaron luego a Pausanias, le despojaron del mando y de allí a poco tiempo le dieron muerte, mediante pruebas de que había estado en correspondencia con el rey de Persia. Este castigo no bastó para aplacar a los aliados, pues lejos de estar acordes se negaron a reconocer al sucesor de Pausanias.
En tan críticas circunstancias los lacedemonios deliberaron sobre el partido que habían de tomar. Entonces se les vio renunciar al antiguo derecho que tenían de mandar los ejércitos, y ceder a los atenienses el imperio del mar, y el cargo de continuar la guerra contra los persas.
Determinadas todas las naciones por este generoso sacrificio, pusieron sus intereses en manos de Arístides, quien, después de haber repartido con la mayor equidad las contribuciones que debían pagar aquellos pueblos, resolvió atacar sin dilación a los persas. Mientras que este ilustre ateniense se adquiría el aprecio universal, elevándose por su mérito al primer lugar entre los griegos, Temístocles se hacia odioso tanto a los lacedemonios como a los aliados: a los primeros por haber dispuesto que fuesen admitidos en la asamblea de los anfictiones los pueblos que habían abrazado el partido de Jerjes, y a los segundos por las exacciones que hacía en el mar Egeo. Quejáronse además una multitud de particulares, los unos de sus injusticias, los otros de las riquezas que había adquirido, y todos del extremado deseo que tenía de dominar. Al fin prevalecieron sobre sus servicios tantos enemigos, y, siendo desterrado, se retiró al Peloponeso; pero acusado luego de que estaba en correspondencia criminal con Artajerjes, sucesor de Jerjes, le persiguieron de ciudad en ciudad, y precisado a refugiarse entre los persas, murió muchos años después.
Los atenienses apenas conocieron esta pérdida, pues tenían a Arístides y a Cimón, hijo de Milcíades. Encargado este del mando de la escuadra griega, sale del Pireo con trescientas galeras, y obliga con su presencia y sus armas a las ciudades de Caria y de Licia a que se declaren contra los persas. Encuentra luego a la altura de la isla de Chipre la escuadra de estos últimos, echa a pique una parte de ella, y se apodera del resto. Aquella misma noche desembarca en las costas de Panfilia, ataca al ejército enemigo, lo dispersa y vuelve a su escuadra con un número prodigioso de prisioneros y de inmensos despojos.
Esta doble victoria, la conquista de la península de Tracia, que se verificó a continuación, y algunas otras ventajas de que aquellas fueron precursoras, aumentaron sucesivamente la gloria de los atenienses y las confianzas que tenían en sus fuerzas. Acreció aún más su poder con el abandono que los aliados hicieron de sus naves, y la toma de las islas de Esciros, de Naxos y de Tasos, cuyos habitantes, exasperados por su orgullo, se habían separado de ellos mirándose como independientes.
Los socorros que dieron a los lacedemonios contra sus esclavos sublevados en algunas ciudades de la Laconia, que se habían dejado llevar de la rebelión, dieron motivo entre ellos y Lacedemonia a un encono que producía funestas guerras. Creyeron advertir los lacedemonios que los generales atenienses estaban en correspondencia con los sublevados, y bajo pretextos plausibles les rogaron que se retirasen; pero los atenienses, irritados de semejantes sospechas, rompieron el tratado que les unía a los lacedemonios desde el principio de la guerra meda, y se apresuraron a celebrar otro con los argivos sus enemigos.
(Año 462 antes de J. C.) Aumenta de día en día la ambición de Atenas. Al mismo tiempo que enviaba socorros al rey de Egipto contra los persas, sus tropas hostilizaban a los pueblos de Corinto y de Epidauro, triunfaban de los beocios y sicionios; dispersaban la escuadra del Peloponeso; precisaban a los habitantes de Egina a entregar sus naves, a demoler sus murallas y pagarles un tributo, y a Tesalia a restablecer un príncipe desgraciado sobre el trono de sus padres.
No hacían entonces directamente la guerra a Lacedemonia los atenienses, pero ejercían contra ella y sus aliados frecuentes hostilidades. De concierto con los argivos, quisieron un día oponerse al regreso de un cuerpo de tropas que por intereses particulares habían atraído del Peloponeso a Beocia; pero fueron batidos, y los lacedemonios continuaron tranquilamente su marcha. Temiendo entonces Atenas un rompimiento, llamó sin tardanza a Cimón, a quien había desterrado algunos años antes.
(Año 450 antes de J. C.) Este grande hombre de regreso a su patria empeñó sus conciudadanos a firmar una tregua de veinte años, pero no encontrándose ya bien con el reposo que gozaban, se apresuró a llevarlos a Chipre, donde logró tan grandes ventajas contra los persas, que obligó a Artajerjes a pedir la paz bajo condiciones las más humillantes. Mas no gozó por mucho tiempo de su gloria, pues terminó sus días en Chipre, siendo su muerte el término de las prosperidades de los atenienses.
SECCIÓN TERCERA.
Siglo de Pericles, desde el año 444 hasta el 404 antes de J. C.
Pericles, ateniense de ilustre nacimiento y posesor de grandes riquezas, consagró sus primeros años al estudio de la filosofía, sin mezclarse en los negocios públicos, ni manifestar otra ambición que la de distinguirse por el valor. Cuando empezó a dejarse ver en la tribuna, sus primeros ensayos admiraron a los atenienses. Debía a la naturaleza el ser un hombre el más elocuente, y a la aplicación y al estudio el primero de los oradores de la Grecia.
Conocía muy bien Pericles el carácter de su nación, y por tanto no solo fundaba sus esperanzas en el talento de la palabra, sino que era también el primero que respetaba la excelencia de este talento. Antes de presentarse en público, se advertía a sí mismo en secreto, que iba a hablar a hombres libres, a griegos, a atenienses.
Apartábase no obstante cuanto podía de la tribuna; porque atento siempre a seguir con lentitud el plan de su elevación, temía elevar demasiado pronto la admiración del pueblo hasta aquel punto de donde ya es preciso descender. Júzguese pues si merecía la confianza que no ambicionaba un orador que desdeñaba unos aplausos de los que estaba seguro. Concibiose una alta idea del poder que tenía sobre sí mismo cuando, un día que la asamblea se alargó hasta la noche, vieron a un simple particular insultarle sin cesar, seguirle hasta su casa injuriándole, y a Pericles mandar fríamente a uno de sus esclavos que tomase un hachón y acompañase a su ofensor hasta su propia casa.
No solamente entusiasmó Pericles a los atenienses con su talento sino también con sus eminentes virtudes, propias de todas las circunstancias en que se vio, siendo esto el principio de su elevación y sus honores. Así es que supo mantenerla en el decurso de cerca de cuarenta años, en una nación ilustrada, celosa de su autoridad, y que se cansaba tan fácilmente de su administración como de su obediencia.
Al principio dividió el favor público con Cimón: este se hallaba al frente de los nobles y los ricos, y Pericles se declaró por la multitud que él despreciaba, y que le dio un partido considerable. Para hacerla enteramente de su parte, llenó la ciudad de Atenas de obras clásicas, asignó pensiones a los ciudadanos pobres, distribuyoles una parte de las tierras conquistadas, multiplicó las fiestas y concedió un derecho de presencia a los jueces, y a los que asistieren a los espectáculos y a las asambleas generales. El tesoro de los atenienses y el de los aliados sufragaban a todos estos gastos, pero el pueblo, no viendo más que la mano que daba, cerraba los ojos para no ver la fuente de donde aquella mano se surtía. Mediante el crédito que se adquirió, hizo desterrar a Cimón, falsamente acusado de comunicaciones sospechosas con los lacedemonios, y bajo frívolos pretextos destruyó la autoridad del Areópago, que se oponía con vigor a las innovaciones y la introducción de las malas costumbres.
Después de la muerte de Cimón, trató su cuñado de reanimar el partido vacilante de los principales ciudadanos, y durante algún tiempo mantuvo el equilibrio, pero al fin terminó su empresa siendo desterrado.
Desde este momento varió Pericles de sistema. Después de haber subyugado, por medio de la multitud, la facción de los ricos, subyugó a la multitud misma reprimiendo sus caprichos, ya con una oposición invencible, y ya con la sabiduría de sus consejos o los encantos de su elocuencia. Cuanto más aumentaba su poder, menos prodigaba su crédito y su presencia. Limitado al trato de unos cuantos parientes y amigos, desde lo interior de su retiro, velaba sobre todas las partes del gobierno, mientras solo se le creía ocupado en pacificar o trastornar la Grecia.
Extendió los dominios de la república con victorias brillantes, pero cuando vio que el poder de los atenienses había llegado a cierta elevación creyó que sería una vergüenza el permitir que se debilitase, así como una desgracia el procurar su mayor aumento. Este pensamiento fue la norma de todas sus operaciones, y el triunfo de su política, el haber tenido a los atenienses en la inacción durante mucho tiempo, a los aliados en la dependencia y a los lacedemonios en el respeto.
Era natural que tuviese Pericles un gran número de enemigos, no solamente entre las naciones de la Grecia, a las cuales se había hecho odioso y temible, sino también entre los mismos atenienses. Los de Atenas, no pudiendo atacarle directamente, dirigieron sus tiros contra aquellas personas que habían merecido su protección o su amistad. Fidias, encargado de la dirección de los soberbios monumentos de Atenas, fue acusado de haber sustraído una parte del oro con que debía adornar y enriquecer la estatua de Atenea; justificose de la calumnia, mas no por esto dejó de morir en una prisión. Anaxágoras, quizás el más religioso de los filósofos, fue citado ante la justicia por crimen de impiedad y precisado a huir. La esposa, la tierna amiga de Pericles, la célebre Aspasia, acusada de haber ultrajado la religión con sus discursos y las costumbres con su conducta, defendió por sí misma su causa, y las lágrimas de su esposo apenas pudieron salvarla de la severidad de los jueces.
Estos ataques no eran más que el preludio de los que hubiera sufrido personalmente, cuando un suceso imprevisto aseguró su autoridad.
Hacía algunos años que Córcira estaba en guerra con Corinto, de donde traía su origen; los atenienses, admitiendo esta isla en su alianza, la dieron socorros, y los corintios declararon que aquellos habían quebrantado la tregua estipulada algunos años antes. Potidea, una de las colonias de Corinto, abrazó el partido de los atenienses, y estos, sospechando de su fidelidad, mandaron que entregasen los rehenes, que demoliesen sus murallas y que arrojasen los magistrados que recibían cada año de su metrópoli; pero habiéndose negado a ello Potidea, y noticiosos de que se había reunido a la liga del Peloponeso, la sitiaron los atenienses. Algún tiempo antes habían estos prohibido bajo leves pretextos la entrada en sus puertos y mercados a los de Mégara, aliados de Lacedemonia, al mismo tiempo que otras ciudades se quejaban amargamente de la pérdida de sus leyes y de su libertad. Corinto escuchó sus quejas y supo empeñarles a tomar venganza de los lacedemonios, jefes de la liga del Peloponeso. Llegan pues a Lacedemonia los diputados de aquellas diferentes ciudades, los juntan y exponen sus agravios con tanta acrimonia como vehemencia. Habían ido también a Lacedemonia otros diputados de Atenas a tratar de diversos negocios, y pidieron la palabra para responder a las acusaciones que acababan de oír; mas los lacedemonios no eran sus jueces, y por tanto querían reducir la asamblea a suspender una decisión que podía tener las consecuencias más funestas. Concluido su discurso, en que recordaron las batallas de Maratón y de Salamina, y todo cuanto habían hecho por la libertad de la Grecia, salieron los embajadores de la asamblea.
Después de su ausencia, el rey Arquidamo, que a una profunda sabiduría reunía una larga experiencia, conociendo por la agitación de los espíritus que la guerra era inevitable, quiso retardar el momento de su declaración, y al efecto pronunció un discurso en que, después de haber expuesto las dificultades y los peligros, propuso que se entablase con los atenienses una negociación capaz de arreglar las cosas cual deseaban los aliados. Sus reflexiones hubieran detenido acaso a los lacedemonios si, para estorbar su efecto, uno de los éforos, llamado Estenelaidas, no le hubiese incitado a opinar en el acto por la guerra contra los atenienses, opresores de la libertad de los pueblos. Así que hubo hablado la mayoría de los concurrentes, decidió que los atenienses habían quebrantado la tregua, y se acordó convocar una junta general de los diputados de las ciudades del Peloponeso para resolver definitivamente.
Al llegar estos diputados, se puso de nuevo el asunto en deliberación y decidiose la guerra a pluralidad de votos, pero no estando aún en disposición de comenzarla, se encargaron los lacedemonios de enviar embajadores a Atenas para exponer allí las quejas de la liga del Peloponeso. Enviaron sucesivamente tres embajadores, y todos ellos se retiraron sin haber podido alcanzar nada de los atenienses, a quienes Pericles impelía a la guerra aún con más calor, aunque eran provocados a ella por los lacedemonios. (Año 431 antes de J. C.) Desde aquel momento se ocuparon por una y otra parte en hacer preparativos para una guerra la más larga y funesta que jamás ha desolado la Grecia, pues duró veintisiete años.
Los lacedemonios tenían de su parte a los beocios, focidios y locrios, los de Mégara, de Ambracia, Leucadia, Anactorio y todo el Peloponeso, excepto los argivos que se quedaron neutrales.
Por parte de los atenienses estaban las ciudades griegas situadas en las costas del Asia, las de Tracia y del Helesponto, casi toda la Acarnania, algunos otros pueblos pequeños y casi todos los isleños, excepto los de Melos y de Tera. Además de estos socorros, podían ellos mismos suministrar a la liga más de dieciséis mil hombres. Las mismas fuerzas, poco más o menos, de gente escogida entre ciudadanos muy jóvenes o muy viejos y extranjeros, se encargaron de la defensa de la ciudad y de las fortalezas del Ática. Para hacer frente a los gastos de armamento y demás de la guerra, había depositados en la ciudadela seis mil talentos, contando además con otros quinientos que podían adquirir valiéndose de diferentes recursos.
Comenzó Arquidamo la campaña avanzando hacia el Ática al frente de sesenta mil hombres. Antes de entrar en aquel territorio, quiso entablar una negociación con los atenienses, y no habiendo sido recibido su embajador, marchó adelante esparciendo por todas partes el estrago y la desolación; pero en breve se vio precisado a la retirada a causa de no encontrar subsistencia para sus tropas. Pericles, por su parte, hizo marchar hacia el Peloponeso una escuadra de cien velas que taló todas las costas, y a su vuelta tomó la isla de Egina. Tales fueron los principales acontecimientos de esta primera campaña. Las que siguieron no ofrecen tampoco más que una continuación de acciones particulares, de rápidas correrías y de empresas que parecen ajenas del objeto que unos y otros se proponían.
En el año séptimo de la guerra, los lacedemonios, por salvar un destacamento de soldados que los atenienses tenían sitiados en una isla, entregaron sesenta galeras bajo condición de que les serían restituidas si fuese desechada su demanda, pero no habiendo sido entregados los prisioneros por los atenienses, ni devueltas por estos las galeras, quedó así destruida la marina del Peloponeso, y no se restableció hasta el año veinte de la guerra cuando el rey de Persia se obligó a mantenerla mediante tratados. Entonces las naves de los lacedemonios cubrieron los mares; las dos naciones midieron sus fuerzas, y después de una alternativa de prosperidades y reveses, el poder de la una cedió a la potencia de la otra.
Al principio del segundo año de la guerra volvieron a entrar los enemigos en el Ática, y la peste se declaró en Atenas. Este azote, que tuvo su origen en la Etiopía, se había extendido por el Egipto, la Libia, una parte de la Persia, la isla de Lemnos y otros lugares. Un buque mercante la introdujo sin duda por el Pireo, donde se manifestó primeramente y de allí se difundió con furor por la ciudad, y particularmente se difundió en las moradas oscuras y malsanas, donde los habitantes del campo vivían apiñados.
La enfermedad parecía que despreciaba las reglas de la experiencia. Viendo el rey Artajerjes que ejercía sus estragos en muchas provincias de la Persia, resolvió llamar en su socorro al célebre Hipócrates, que se hallaba entonces en la isla de Cos. En vano le convidó con riquezas, haciendo brillar a sus ojos el oro y el fasto: este grande hombre respondió al poderosísimo monarca que no tenía necesidades ni deseos, y que se debía sacrificar por los griegos más bien que por sus enemigos. Fue en efecto a ofrecer sus servicios y conocimientos a los atenienses, que le recibieron con tanto reconocimiento cuanto era el apuro en que se hallaban, por haber perecido la mayor parte de sus médicos, víctimas de su celo. Agotó los recursos de su arte exponiendo muchas veces su vida, y si no logró todo el éxito que merecían tan preciosos sacrificios y tan grandes talentos, a lo menos prodigó consuelos y esperanzas.
Al cabo de dos años parecía que calmaba ya aquella peste, que había hecho los mayores estragos y mudado enteramente la faz de Atenas: pero esta lisonjera perspectiva no era más que un reposo de la enfermedad, pues se advirtió más de una vez que no estaba su germen destruido. Desenvolviose ocho meses después, y en el decurso de un año entero renovó las mismas escenas de luto y de horror que había anteriormente producido.
La pérdida más irreparable para Atenas fue la de Pericles, que murió de resultas de la enfermedad en el tercer año de la guerra. Algún tiempo antes los atenienses, incomodados por el exceso de sus males, le habían despojado de su autoridad y condenado a pagar una multa; acababan de reconocer su injusticia, y Pericles se la había perdonado. Al tiempo de morir dijo incorporándose en la cama, y dirigiéndose a sus amigos que le rodeaban refiriendo sus victorias: «El único elogio que merezco es el de no haber hecho poner luto a ningún ciudadano».
Fue reemplazado por Cleón, hombre de humilde nacimiento, sin talento verdadero, pero vano, audaz, arrebatado y por lo mismo del gusto de la muchedumbre. Los buenos y honrados ciudadanos le opusieron a Nicias, uno de los primeros y más ricos particulares de Atenas, que había mandado los ejércitos y logrado muchas ventajas, pero únicamente gozó consideración y nunca crédito mientras vivió Cleón, que tenía mucho más talento para excitar a la plebe y ganar su voluntad.
Después de la muerte de Cleón, que pereció en Tracia en un combate dado por él a Brásidas, el general más hábil de los lacedemonios, entabló Nicias negociaciones con Lacedemonia, a las cuales sucedió en breve una alianza ofensiva y defensiva, que debía durar cincuenta años; pero este tratado, que volvía las cosas a su primer estado, no subsistió sin embargo más de seis años y diez meses, y el rompimiento de que fue seguido lo causó la ambición de Alcibíades.
Un origen ilustre, riquezas considerables, la más hermosa fisonomía y presencia, las gracias más seductoras, un entendimiento vasto y penetrante, el honor en fin de ser hechura de Pericles fueron otras tantas ventajas que deslumbraron desde luego a los atenienses, y con que él mismo se deslumbró primero. En una edad en que el hombre necesita más que todo indulgencia y consejos, Alcibíades tuvo ya una corte y aduladores: admiró a sus maestros por su docilidad y a los atenienses por sus costumbres licenciosas. Sócrates mismo solicitó su amistad conociendo que este joven sería el más peligroso para Atenas, y habiéndola conseguido a fuerza de cuidados no la perdió jamás.
Cuando entró en la carrera de los honores, quiso deberlos con particularidad a los atractivos de su elocuencia. Dejose ver en la tribuna, y en breve fue tenido por uno de los más grandes oradores de Atenas, y acordándose todos de que había dado grandes pruebas de valor durante las primeras campañas, previeron que llegaría a ser un día el general más hábil de la Grecia.
Tenía un carácter tan flexible que la necesidad de dominar o el deseo de complacer le hacía acomodarse fácilmente a las circunstancias o coyunturas en que se hallaba. Todos los pueblos fijaron en él su atención, y se hizo dueño de la opinión pública. Los espartanos quedaron absortos de su frugalidad; los tracios de su intemperancia; los beocios de su afición a los ejercicios más violentos; los jonios de su gusto por la pereza y la voluptuosidad, y los sátrapas del Asia por un lujo que ellos no podían igualar. Pero los rasgos de ligereza, de insustancialidad y de imprudencia, propios de su juventud, desaparecían en las ocasiones que requerían reflexión y constancia. Entonces juntaba la prudencia a la actividad, y los placeres no le robaban ya ninguno de los instantes que debía a su gloria o a sus intereses.
Nacido en una república, debía elevarla haciéndola superior a sí misma antes de ponerla a sus pies. Este era sin duda el secreto de las brillantes empresas a que él arrastró a los atenienses. Con sus soldados hubiera sojuzgado pueblos, y sin advertirlo se hubieran visto esclavizados los mismos atenienses.
Su primera desgracia, deteniéndole casi al principio de su carrera, hizo ver que su genio y sus proyectos eran muy vastos para la dicha de su patria. Dícese que la Grecia no podía sufrir dos Alcibíades; pero se debe añadir que Atenas tuvo uno de más. Él fue quien hizo decretar la guerra contra la Sicilia.
GUERRA DE LOS ATENIENSES EN SICILIA.
La ciudad de Egesta en Sicilia, que se decía estar oprimida por los de Selinunte y Siracusa, imploró el auxilio de los atenienses, sus aliados. Atenas envió diputados a Sicilia, y cuando regresaron hicieron una relación infiel del estado de las cosas. Resolviose la expedición y fueron nombrados por generales de ella, Alcibíades, Nicias y Lámaco. Lisonjeábanse de tal manera de su buen éxito que el senado arregló de antemano la suerte de los diferentes pueblos de la Sicilia.
El primer proyecto fue el de enviar inmediatamente sesenta galeras a esta isla. Nicias, que se había opuesto a tal expedición, queriendo impedirla por una vía indirecta, expuso que además de la escuadra era necesario un ejército terrestre, y presentó a la vista de los ciudadanos el espantoso cuadro de los preparativos, de los gastos y del número de tropas que exigía tal empresa, mas la asamblea, lejos de anonadarse, dio a los generales plenos poderes para disponer de todas las fuerzas de la república.
(Año 415 antes de J. C.) Todo estaba ya pronto para partir, cuando Alcibíades fue denunciado por haber mutilado durante la noche, con algunos compañeros, las estatuas de Hermes, colocadas en los diferentes barrios de la ciudad, y representado además, al salir de una cena, las ceremonias de los terribles misterios de Eleusis. Puesto a salvo del furor de la plebe mediante las disposiciones del ejército y de la escuadra, se presenta a la asamblea, desvanece las sospechas suscitadas contra él, y pide una de dos cosas: la muerte si es culpable, o una reparación satisfactoria si no lo es. Sus enemigos hacen diferir el fallo hasta que regrese, y él marcha cargado de una acusación que tiene la cuchilla de la ley pendiente sobre su cabeza.
La escuadra, compuesta de trescientas velas, se había reunido en Córcira, y desde allí pasó a Regio, al extremo de la Italia. Alcibíades y Nicias manifestaron sus miras en el primer consejo que se tuvo. El segundo quería atenerse al decreto de los atenienses, el cual solo prevenía que se tratase de arreglar los negocios de la Sicilia del modo más ventajoso a los intereses de la república, y que para conseguirlo se protegiese a los egestanos contra los de Selinunte; y si las circunstancias lo permitiesen, que obligasen a los siracusanos a restituir a los leontinos las posesiones de que les habían privado. No era este el modo de pensar de Alcibíades y de Lámaco. Este último quería aún más que Alcibíades, el cual era de opinión que debía comenzarse haciendo negociaciones con algunas ciudades, a fin de sublevarlas contra los de Siracusa, al paso que Lámaco deseaba que al instante se marchase contra la ciudad de Siracusa. Pero no fue seguido este dictamen, y todos se conformaron con el de Alcibíades.
Este general se apoderó lo primero de Catania por sorpresa, y Naxos le abrió luego sus puertas. La ciudad de Mesina iba a seguir este ejemplo, cuando se supo que habían llegado de Atenas unos emisarios de sus enemigos para prenderle. Al principio se propuso ir a confundir a sus acusadores, pero reflexionando después sobre las injusticias de los atenienses, se escapó retirándose al Peloponeso, y su retirada difundió el desaliento en el ejército. Para reanimar el ardor de los soldados, Nicias se determinó a sitiar a Siracusa. Esta ciudad, sumamente estrechada, estaba ya a punto de rendirse, cuando un general lacedemonio, llamado Gilipo, consiguió entrar en ella con algunas tropas, reanimó el valor de los sitiados, batió a los sitiadores y los tuvo encerrados en sus atrincheramientos.
Vino a anclar cerca de Siracusa una nueva escuadra ateniense a las órdenes de Demóstenes y de Eurimedonte, pero estas nuevas tropas no fueron más felices que aquellas a las cuales reforzaron. Por causa de Nicias, que no quiso volver a hacerse a la vela, como se lo había aconsejado Demóstenes, los atenienses fueron batidos por mar y por tierra, y precisados a abandonar su campo, sus enfermos y sus naves, y a retirarse en número de cuarenta mil hombres a algunas ciudades de Sicilia. En su retirada fueron perseguidos por Gilipo al frente de los siracusanos, y tuvieron que luchar contra muchos e incesantes obstáculos. Demóstenes, que mandaba la retaguardia, habiendo sido arrinconado en un paraje estrecho, se vio forzado a rendirse; Nicias, no más dichoso, perdió ocho mil hombres cerca del río Asinaro y rindiose también a Gilipo. Fueron conducidos a Siracusa un número considerable de prisioneros y todos perecieron, los unos de enfermedades y los otros en prisiones como esclavos, a excepción de algunos de estos que debieron su libertad a las poesías de Eurípides, apenas conocidas entonces en Sicilia, y de las cuales recitaban a sus señores los mejores trozos. Nicias y Demóstenes fueron condenados a muerte, a pesar de los esfuerzos que hizo Gilipo para salvarles la vida.
Experimentó Atenas en esta ocasión un revés tan grande como imprevisto, pero aún la esperaban otras desgracias. Sus aliados estaban ya dispuestos a sacudir su yugo; los demás pueblos juraban su pérdida, y los del Peloponeso se creían ya autorizados con su ejemplo para romper la tregua. Gozaba Alcibíades en Lacedemonia el crédito que sabía adquirirse en todas partes, y después de haber empeñado a los lacedemonios a dar socorro a los siracusanos y a comenzar de nuevo sus correrías en Ática, presentose en las costas del Asia menor, donde hizo que se declarasen en favor suyo Quíos, Mileto y otras ciudades florecientes. Cautivó con su agrado y buen trato a Tisafernes, gobernador de Sardes, y el rey de Persia se encargó del mantenimiento de la escuadra del Peloponeso.
Hubiese terminado muy pronto esta segunda guerra, si Alcibíades, perseguido por Agis, rey de Lacedemonia, a cuya esposa había seducido, y por los demás jefes de la liga, a quienes su gloria daba celos, no hubiese suspendido los esfuerzos de Tisafernes y los socorros de la Persia, bajo pretexto de que convenía al gran rey el dejar a los griegos debilitarse mutuamente.
No tardaron los atenienses en revocar el decreto del destierro de Alcibíades: pónese entonces al frente de ellos, somete las plazas del Helesponto, obliga a los gobernadores del rey de Persia a firmar un tratado ventajoso para los atenienses, y Lacedemonia a pedirles la paz, cuya petición fue desechada, porque creyéndose en adelante invencibles bajo el mando de Alcibíades, habían pasado rápidamente de la consternación más profunda a la más insolente presunción.
Cuando este general volvió a su patria, su llegada a ella, su mansión y la prisa que se dio para justificarse fueron para él una serie continuada de triunfos y de fiestas para el pueblo; y cuando le vieron salir del Pireo con una escuadra de cien naves, nadie dudó que los pueblos del Peloponeso sufrirían en breve la ley del vencedor, y que a continuación anunciaría un correo la conquista de la Jonia.
Engolfados se hallaban en tan lisonjeras esperanzas, cuando se supo que quince galeras atenienses habían caído en poder de los lacedemonios, a causa de un combate dado en ausencia y contra las órdenes de Alcibíades, y en ocasión que este había pasado a la Jonia obligado de la necesidad de exigir contribuciones para el mantenimiento de las tropas. A la primera noticia de este revés, volvió atrás y presentó la batalla al vencedor que no se atrevió a aceptarla. Había reparado el honor de Atenas y la pérdida era corta; pero bastó para que sus enemigos lograsen irritar al pueblo, que le quitó el mando de los ejércitos.
La guerra continuó durante algunos años, siempre por mar, y concluyose con la batalla de Egospótamos, ganada por los lacedemonios en el estrecho del Helesponto. Lisandro, que los mandaba, sorprendió a la escuadra ateniense y se hizo dueño de ella cogiendo tres mil prisioneros (año 405 antes de J. C.).
La pérdida de esta batalla trajo consigo la de Atenas, que después de un sitio de algunos meses se rindió por falta de víveres. Sus habitantes fueron condenados no solamente a demoler las fortificaciones del Pireo, sino también a entregar sus galeras a excepción de doce; a llamar a los desterrados, a sacar las guarniciones de las ciudades de que se habían apoderado, y a seguir a sus vencedores por mar y por tierra inmediatamente que se les mandase.
Sus murallas fueron destruidas al son de música, y algunos meses después les fue permitido el elegir treinta magistrados, que en lugar de establecer una nueva forma de gobierno usurparon la autoridad.
Protegían abiertamente sus injusticias las tropas lacedemonias que les facilitó Lisandro, y tres mil ciudadanos, que se asociaron para afirmar su potencia. La nación desarmada cae de repente en el exceso de la servidumbre y el destierro, las cadenas y la muerte son el patrimonio de aquellos que se atreven a quejarse contra la tiranía, o que parece la condenan con su silencio. Esta opresión no duró más de ocho meses, y en este corto espacio de tiempo más de mil quinientos ciudadanos fueron degollados y privados de los honores fúnebres; la mayor parte abandonó una ciudad donde las víctimas y los testigos de la opresión no se atrevían a manifestar sus quejas.
Hallábase entonces Alcibíades en un lugar de la Frigia, bajo el gobierno de Farnabaces, que le dio pruebas de distinción y amistad. Creíase en perfecta seguridad, cuando de repente cercan su casa unos asesinos enviados por el sátrapa, y no teniendo valor para invadirla, le pegan fuego. Arrójase él con espada en mano por entre las llamas, aparta a los bárbaros, y cae muerto entre una lluvia de dardos; siendo entonces de edad de cuarenta años.
Estaba reservada a Trasíbulo la gloria de libertar a su patria. Este generoso ciudadano, puesto por su mérito a la cabeza de aquellos que habían huido, se apoderó del Pireo y llamó al pueblo a la independencia. Algunos de los opresores perecieron con las armas en la mano y otros fueron condenados a muerte. Publicose una amnistía general, y bastó para restablecer el orden y la tranquilidad en Atenas. Algunos años después sacudió esta ciudad el yugo de Lacedemonia, restableció su gobierno, y aceptó el tratado de paz que celebró con Artajerjes el espartano Antálcidas. Por este tratado, las colonias griegas del Asia menor y algunas cercanas fueron abandonadas a la Persia, y los demás pueblos de la Grecia recobraron sus leyes y su independencia. Así terminaron las desavenencias causadas por las guerras de los medos y del Peloponeso.
REFLEXIONES SOBRE EL SIGLO DE PERICLES.
Al principio de la guerra del Peloponeso debieron sorprenderse extraordinariamente los atenienses al verse tan diferentes de lo que fueron sus padres. El mérito no obtuvo en breve más que una débil estimación, y todas las consideraciones fueron reservadas para el crédito: todas las pasiones se dirigieron hacia el interés personal, y todas las fuentes de corrupción se derramaron con profusión por el estado. El amor, que antes se cubría con el velo del himeneo y del pudor, encendió abiertamente fuegos ilegítimos: multiplicose en el Ática y en toda la Grecia el número de mujeres públicas, venidas la mayor parte de ellas de la Jonia, y Pericles, testigo ocular del abuso que favorecía sus miras ambiciosas, no trató de corregirlo como debiera. La célebre Aspasia, natural de Mileto, en Jonia, su querida y después su esposa, favoreció sus miras con sus gracias, su belleza y su talento. Ella se atrevió a formar una reunión de cortesanas, cuyos atractivos debían atraer a los jóvenes atenienses al partido de Pericles. Desencadenáronse contra ella los poetas cómicos, mas no la impidieron que reuniese en su casa la más lucida tertulia de Atenas.
Pericles autorizó el libertinaje, Aspasia lo propagó, y Alcibíades lo hizo amable: la nación, arrastrada por los encantos de este ateniense, se hizo cómplice de sus extravíos, y a fuerza de excusarlos acabó por defenderlos, de modo que su funesta influencia sobre las costumbres públicas subsistió mucho después de su muerte.
Hacia el tiempo de la guerra del Peloponeso, y cuando el desenfreno progresaba de día en día, la naturaleza redobló sus esfuerzos y prodigó repentinamente muchos genios en todos géneros. Atenas dio muchos a luz, y vio venir aún mayor número a solicitar allí los honores de su aprobación. Sófocles, Eurípides y Aristófanes brillaban sobre la escena; Antifonte, Andócides y Lisias se distinguían en la elocuencia; Tucídides, movido aún por los aplausos que había merecido Heródoto cuando leyó su historia a los atenienses, se disponía para merecer otros semejantes. Sócrates transmitía una doctrina sublime a unos discípulos, de que muchos han fundado escuelas; hábiles generales hacían triunfar las armas de la república: levantáronse los más soberbios edificios diseñados por los más sabios arquitectos; y los pinceles de Polignoto, de Parrasio y Zeuxis, y los cinceles de Fidias y de Alcámenes hermoseaban a porfía los templos, los pórticos y las plazas públicas. Todos estos grandes hombres, todos aquellos que florecían en otros países de la Grecia, se reproducían en discípulos dignos de reemplazarlos, y era fácil prever que el siglo más corrompido sería en breve el siglo más ilustrado.
Las ciencias se manifestaban cada día con nuevas luces y las artes hacían nuevos progresos: la poesía no aumentaba su brillo, pero, conservando el que tenía, lo empleaba con preferencia en adornar las tragedias y la comedia, que llegaron de repente a su perfección. La historia, sujeta a las leyes de la crítica, desechaba lo maravilloso, discutía los hechos y llegaba a ser una lección poderosa que daba lo pasado a lo futuro. Las reglas de la lógica y de la retórica, las abstracciones de la metafísica, las máximas de la moral, fueron desenvueltas en unas obras que reunían a la regularidad de planes la exactitud de las ideas y la elegancia del estilo.
La Grecia debió en parte estos adelantos a la influencia de la filosofía, que salió de la oscuridad después de las victorias alcanzadas sobre los persas. Apareció Zenón y los atenienses se ejercitaron en las sutilidades de la escuela de Elea. Anaxágoras les trajo las luces de las de Tales, y empezábase a creer, en fin, que los eclipses, los monstruos y los diversos fenómenos o descarríos de la naturaleza no debían ya mirarse como prodigios; pero se veían en la dura precisión de decírselo unos a otros con reserva, porque el pueblo, acostumbrado a mirar estos fenómenos como avisos del cielo, se enconaba contra los filósofos que trataban de despreocuparle. Perseguidos y desterrados, aprendieron muy a costa suya que, para que la verdad sea admitida entre los hombres, no debe presentarse a cara descubierta sino deslizarse furtivamente en pos de los errores.
Las artes, no encontrando preocupaciones que combatir, alzaron de repente el vuelo. Hubo concursos en Delfos, en Corinto, en Atenas y en otros lugares; pero Atenas sobrepujó en magnificencia a todas las demás ciudades de la Grecia. En tiempo de Pericles empezó a introducirse el buen gusto por las artes entre un corto número de ciudadanos, y el de los cuadros y las estatuas entre las gentes pudientes. Desde entonces empezaron a apreciar y se estimuló con premios a los artistas que más se distinguían por sus obras. Los unos trabajaban gratuitamente por la república, y les concedieron honores y distinciones: otros se enriquecieron, ya formando discípulos, y ya exigiendo un tributo de aquellos que iban a sus talleres a admirar las obras excelentes de sus manos. Zeuxis llegó a tal estado de opulencia que, al fin de sus días, regalaba sus cuadros bajo pretexto de que nadie se encontraba en disposición de poder pagarlos.
Encontramos en Panticapea un bajel de Lesbos
pronto para hacerse a la vela. T. 1, P. 3. J. Amilla g.
COMPENDIO
DEL VIAJE
DEL JOVEN ANACARSIS
EN GRECIA.