CAPÍTULO LI.

Viaje a la Argólida.

Desde Tegea entramos en la Argólida por en medio de altos montes. Acercándonos al mar vimos el lago de Lerna, mansión en otro tiempo de aquella hidra monstruosa de que triunfó Heracles, y luego tomamos el camino de Argos atravesando una pradera amena.

La Argólida fue la cuna de los griegos, pues ella recibió las primeras colonias extranjeras que fueron a civilizarlos, y fue también el teatro de la mayor parte de los acontecimientos que ocupan los antiguos anales de la Grecia. Aquí es donde se presentó Ínaco, que dio su nombre al río cuyas aguas riegan el territorio de Argos, y aquí vivieron también Dánao, Hipermnestra, Linceo, Alcmeón, Perseo, Anfitrión, Pélope, Atreo, Tiestes, Agamenón y otros muchos personajes famosos.

Argos está situada al pie de una colina sobre la cual han construido la ciudadela. Es una de las ciudades más antiguas de la Grecia. Desde su origen dio tanto lustre y esplendor que algunas veces pusieron su nombre a la provincia, al Peloponeso y a la Grecia entera; pero habiéndose establecido en Micenas la casa de los Pelópidas, esta ciudad eclipsó la gloria de su rival. Agamenón reinaba en la primera y Diomedes y Esténelo en la segunda. Algún tiempo después recobró Argos su esplendor para siempre.

Los argivos son famosos por su valentía, han tenido frecuentes contiendas con las naciones inmediatas, y nunca han temido medir sus armas con los lacedemonios, que han solicitado muchas veces su alianza. Aunque han sido negligentes en las ciencias no por esto han dejado de cultivar las artes, de modo que han sobresalido entre ellos muchos músicos y escultores, siendo célebre entre estos últimos Policleto, que vivía en tiempo de Pericles. Este escultor, excediendo a Fidias, añadió nuevas bellezas a la naturaleza del hombre; pero ofreciéndonos la imagen de los dioses, no se elevó a la sublimidad de su rival. Escogía sus modelos en la juventud o en la infancia, pudiendo decirse que la vejez espantaba sus manos acostumbradas a representar las gracias. Consérvase de él una figura en que las proporciones del cuerpo humano están observadas de tal modo que, por un juicio irrefragable los artistas mismos, la han llamado la regla, y la estudian cuando tienen que representar la misma naturaleza en las mismas circunstancias, porque no se puede imaginar un modelo único para todas las edades, todos los sexos y todos los caracteres. Si hay alguna vez quien censure a Policleto, se le puede contestar que si no llegó a la perfección, a lo menos se acercó bastante. Él mismo parecía que desconfiaba del éxito de sus obras, pues en un tiempo en que los artistas escribían al pie de sus obras fulano la hizo, se contentó con poner en las suyas Policleto la hacía, como si esperase el juicio del público para acabarla. Escuchaba el dictamen de todos y sabía apreciarlos. Hizo dos estatuas sobre un mismo asunto, la una en secreto, sin consultar más que a su genio y las reglas del arte, y la otra en su taller, a vista de todo el mundo, corrigiéndola y reformándola a gusto de aquellos que le daban consejos. Luego que las hubo acabado, las expuso al público. La primera excitó la admiración y la segunda carcajadas de risa. Entonces dijo: «Ved aquí vuestra obra y mirad aquí la mía.»

Telesila, que florecía cerca de ciento cincuenta años hace, ilustró a su patria con sus escritos y la salvó con su valor. La ciudad de Argos iba a caer en poder de los lacedemonios, y acababa de perder seis mil hombres, entre los cuales se encontraba la flor de la juventud. En tan fatal momento, reúne Telesila las mujeres que juzgó más a propósito para ayudar a su intento; entrégales las armas de que ha despojado los templos y las casas de los particulares, corre con ellas a las murallas, y rechaza al enemigo, que temeroso de que le avergüencen con la victoria o la derrota, tomó el partido de retirarse. Hiciéronse los más grandes honores a estas guerreras: las que murieron en el combate fueron enterradas al lado del camino de Argos, y permitiose a las demás que erigiesen una estatua al dios Ares. La de Telesila fue colocada sobre una columna en frente del templo de Afrodita, y en lugar de echar la vista sobre unos libros figurados a sus pies, la fija recreándose en un casco que tiene en la mano y va a poner en su cabeza. En fin, para perpetuar la memoria de un acontecimiento tan extraordinario instituyeron una fiesta anual en que las mujeres van vestidas de hombres y los hombres de mujeres.

Sucede en Argos lo que en todas las ciudades de la Grecia, donde son comunes los monumentos de las artes, pero muy raras las obras maestras. Entre estas últimas, bastará nombrar muchas estatuas de Policleto y de Praxíteles.

Vimos con sumo interés que llamaron nuestra atención, entre muchos objetos, un grupo representando a Perilao de Argos en actitud de dar muerte al espartano Otríadas. Los lacedemonios y los argivos se disputaban la posesión de la ciudad de Tirea, y convinieron en nombrar de una y otra parte trescientos guerreros, cuyo combate decidiría la disputa. Murieron todos excepto dos argivos que creyéndose seguros de la victoria, llevaron la noticia a los magistrados de Argos. En tanto respiraba Otríadas todavía, a pesar de sus heridas mortales, tuvo bastante fuerza para levantar un trofeo en el campo de batalla y, después de haber escrito con su sangre estas pocas palabras: los lacedemonios vencedores de los argivos, se dio la muerte por no sobrevivir a sus compañeros.

A cuarenta estadios de Argos (más de cinco cuartos de legua) está el templo de Hera, que es uno de los mas célebres de la Grecia, común en otro tiempo a esta ciudad y a Micenas. Se halla construido al pie del monte Eubea, a las márgenes de un riachuelo, y da indicios de los progresos de las artes; tanto que perpetuará la memoria del arquitecto Eupolemo, así como de Policleto, cuyo cincel la ha enriquecido con muchas obras, entre otras la de una estatua de Hera casi colosal. Este templo está servido desde su fundación por una sacerdotisa que debe, entre otras cosas, abstenerse de comer ciertos peces. La erigen en vida una estatua, y después de su muerte graban en ella su nombre y la duración de su sacerdocio.

Mientras celebraban la fiesta de la diosa, nos contaron la historia de una sacerdotisa llamada Cídipe que fue deudora de su gloria a sus hijos. Esta solemnidad, a la cual concurren infinitas gentes, es digna de admiración en particular por una pompa magnífica que va desde Argos hasta el templo de Hera; preceden la marcha cien bueyes adornados con guirnaldas, los cuales se sacrifican y distribuyen a los asistentes, y protege la procesión un cuerpo de jóvenes argivos, vestidos con armaduras refulgentes, las cuales dejan por respeto al pie del altar; cierra la marcha la sacerdotisa, llevada en un carro tirado de dos bueyes cuya blancura iguala a su belleza. Sucedió pues que en tiempo de Cídipe, habiendo desfilado la procesión y no llegando los bueyes que debían tirar del carro, asieron de él Cléobis y Bitón, y llevaron a su madre en triunfo por espacio de cuarenta estadios (cerca de legua y media), por la llanura y hasta la mitad del monte donde estaba situado el templo. Llegó Cídipe entre aclamaciones y aplausos, y en los arrebatos de su gozo suplicó a la diosa que concediese a sus hijos la mayor dicha. Fueron oídos sus votos, según dicen, y apoderándose de ellos un dulce sueño en el templo mismo, pasaron tranquilamente de la vida a la muerte. Los argivos enviaron a Delfos las estatuas de estos dos generosos hijos, y en un templo de la Argólida he visto un grupo que los representa asidos al carro de su madre.

Salimos para Tirinto, distante de Argos cerca de cincuenta estadios (más de legua y media). En esta antigua ciudad no quedan más que murallas de más de veinte pies de grueso y de altura proporcionada, construidas de peñas enormes amontonadas unas sobre otras; y, a causa de no haberlas labrado, tuvieron que rellenar con piedras pequeñas los vacíos que quedaban entre peña y peña. Estas murallas duran muchos siglos hace, y quizás causarán admiración durante millares de siglos todavía. El mismo trabajo se observa en los antiguos monumentos de Argólida, y particularmente en los muros medio derribados de Micenas y en las grandes excavaciones que vimos cerca del puerto de Nauplia, situado a corta distancia de Tirinto.

Atribuyen todas estas obras a los cíclopes, creyendo que las construcciones, digámoslo así, gigantescas no podían ser obra de otros, sino de gigantes hijos del cielo y de la tierra, encargados de forjar los rayos de Zeus. Sin duda no se había observado que los hombres desde los tiempos más remotos, construyéndose sus moradas, pensaron más en la solidez que en la elegancia, y se valieron de medios poderosos para dar más larga duración a unos trabajos indispensables. Así es que excavaban en los peñascos espaciosas cavernas para refugiarse a ellas en vida, o que allí los depositasen cuando muriesen: desprendían peñascos de los montes y cercaban con ellos sus moradas, siendo esto el efecto de la fuerza y el triunfo de los obstáculos. Trabajaban entonces con arreglo al plan de la naturaleza, que nada hace que no sea sencillo, necesario y duradero.

Mientras nos referían en Tirinto que los argivos, fatigados con largas guerras, habían destruido esta ciudad y algunas otras, Filotas nos contó una historia que había sabido referente a los tirintios. Este pueblo se había acostumbrado a burlarse de todo, de manera que no podía ya tratar sin reírse aun de los asuntos más serios. Cansados ya de su ligereza, se dirigieron al oráculo de Delfos, el cual les aseguró que curarían de su achaque si después de sacrificar a Poseidón un toro podían echarle al mar sin reírse. Era sabido que la restricción impuesta no permitiría acabar con seriedad tal prueba, mas no obstante se reunieron en la playa, alejaron de allí los muchachos y, queriendo apartar a uno que se había mezclado entre los grandes, exclamó este: «¿Qué, tenéis miedo de que yo me trague el toro?». Al oír estas palabras soltaron todos la risa, y persuadidos de que su enfermedad era incurable, se sometieron al rigor de su destino.

Salimos de Tirinto y habiendo visto a Hermíone y Trecén costeamos el mar y llegamos a Epidauro, situada en el centro de un golfo, enfrente de la isla de Egina. Extramuros de esta ciudad y a distancia de cuarenta estadios (más de cinco cuartos de legua), están el templo y el bosque sagrado de Asclepio, adonde van los enfermos de todas partes a buscar la salud. Allí hay un consejo compuesto de ciento ochenta ciudadanos encargado de la administración de este reducido país. Nada se sabe de cierto acerca de la vida de Asclepio, y este es el motivo de que se digan tantas cosas. Ciertas tradiciones parece que dan algunas luces de la verdad, y nos presentan un hilo que seguimos por un momento sin empeñarnos en rodeos.

El maestro de Aquiles, el sabio Quirón, había adquirido algunos conocimientos sobre las virtudes de los simples, y otras mayores acerca de las fracturas y dislocaciones, las cuales transmitió a sus descendientes que aún existen en Tesalia y que en todo tiempo se han dedicado generosamente a cuidar de los enfermos. Parece que Asclepio fue su discípulo, y que habiendo llegado a ser el depositario de sus secretos, los comunicó a sus hijos Macaón y Podalirio, que después de su muerte reinaron en una ciudad pequeña de Tesalia. Durante el sitio de Troya se distinguieron por su valor en los combates y su habilidad en curar a los heridos. Macaón perdió la vida bajo los muros de Troya y sus cenizas fueron trasladadas al Peloponeso por el cuidado de Néstor. Sus hijos, aficionados a la profesión del padre, se establecieron en aquel país, donde erigieron altares a su abuelo, y los merecieron por los importantes servicios que hicieron a la humanidad doliente.

El autor de una familia tan respetable llegó a ser en breve el objeto de la veneración pública. Su promoción a la jerarquía de los dioses debe ser sin duda posterior al tiempo de Homero, pues no habla de él sino como de un simple particular, pero en el día le hacen por todas partes honores divinos. Su culto ha pasado de Epidauro a las demás ciudades de la Grecia, y aun a climas lejanos. Se extenderá ciertamente más y más, porque los enfermos imploran siempre con suma confianza la piedad de una divinidad que estuvo sujeta a sus mismas enfermedades.

El templo del dios está adornado con su estatua, obra de Trasimedes de Paros, y es de oro y marfil: Asclepio está sentado en un trono con un perro a sus pies, tiene un palo en una mano, y alarga la otra sobre una serpiente que está en ademán de enderezarse para tocarle. El artista ha esculpido en el trono las hazañas de algunos héroes de la Argólida, y allí se ve a Belerofonte que triunfa de la Quimera y a Perseo cortando la cabeza a Medusa.

Cerca del edificio hay un salón en el cual pasan las noches los que van a consultar a Asclepio, después de haber dejado sobre la mesa santa algunas tortas, frutas y otras ofrendas. Uno de los sacerdotes les manda que se entreguen al sueño, que guarden profundo silencio, y que estén atentos a los sueños que el dios va a enviarles; en seguida apaga las luces, y tiene el cuidado de recoger las ofrendas que hay encima de la mesa. A poco rato creen los enfermos que oyen la voz de Asclepio, prescribiéndoles los remedios oportunos para su curación, que todos son muy conformes a los de otros médicos, y les entera al mismo tiempo de las prácticas de devoción con que deben asegurar su efecto.

Están consagradas a este dios las culebras en general; ya porque la mayor parte de ellas tienen propiedades de que hace uso la medicina, ya por otras razones difíciles de exponer; pero Asclepio parece que prefiere las que se crían en el territorio de Epidauro, cuyo color es amarillento, no tienen veneno, son de índole mansa y apacible y gustan de vivir familiarmente con el hombre. La culebra que mantienen los sacerdotes en lo interior del templo, se les enrosca algunas veces alrededor del cuerpo, o se empina sobre la cola para tomar la comida que le presentan en un plato. Rara vez la dejan salir, y cuando le dan libertad se pasea con majestad por las calles: su aparición es de feliz presagio y por tanto excita un entusiasmo general.

Se ven estas culebras domésticas en los otros templos de Asclepio, en los de Dioniso y de algunas otras divinidades, siendo más comunes en Pela, capital de la Macedonia, de modo que las mujeres tienen gusto particular en criarlas. En los calores rigurosos del verano se dan vueltas con ellas al cuello cual si fuesen un collar, y en sus orgías les sirven como de adorno o las agitan encima de su cabeza. Cuando yo estaba en Grecia, se decía que Olimpia, mujer de Filipo, rey de Macedonia, solía acostar con ella una de estas culebras, y aun añadían que Zeus había tomado la forma de este animal y que Alejandro era hijo suyo.

Volvimos a pasar por Argos, y tomamos el camino de Nemea, ciudad famosa por los juegos que en ella se celebran de tres en tres años en honor de Zeus; pero ofrecen poco más o menos el mismo interés que los espectáculos de Olimpia, y por lo mismo omito hablar de ellos. Baste observar que los argivos los presiden y que únicamente se concede al vencedor una corona de apio. Nos internamos luego en los montes, y a quince estadios de la ciudad nuestros guías nos enseñaron con espanto la caverna donde estaba el león que Heracles mató con su clava. De allí, habiendo vuelto a Corinto, volvimos a tomar en breve el camino de Atenas, donde, al punto que llegué, continué mis averiguaciones tanto en lo relativo a la administración, como acerca de las opiniones y los diferentes ramos de la literatura.