CAPÍTULO LII.

República de Platón.

Dos grandes objetos ocupan a los filósofos de la Grecia: el cómo se gobierna el mundo, y cómo se ha de gobernar a los hombres. Expondré aquí los medios que imaginaba Platón para formar una sociedad la más dichosa, y ved aquí la idea que nos dio de su sistema un día que se encontraba en la Academia, donde hacía algún tiempo que había dejado de dar lecciones. Si se hubieran de conservar a sus pensamientos los encantos con que supo hermosearlos, sería preciso que las Gracias tomasen el pincel.

«No voy a trazar», nos dijo, «el plan de una monarquía, ni de un sistema democrático. Poco me importa que la autoridad esté en manos de uno solo o de muchos, pues formo un gobierno en que los pueblos pueden ser felices bajo el imperio de la virtud. Divido los ciudadanos en tres clases, a saber: la de los mercenarios o sea la multitud, la de los militares o guardias del estado, y la de los magistrados o los sabios. Nada prescribo a la primera, pues se ha hecho para seguir ciegamente el impulso de las otras dos. Quiero un cuerpo de militares que tengan siempre las armas en la mano, a fin de mantener en el estado una paz duradera. Esta clase no debe mezclarse con los otros ciudadanos, sino que debe permanecer siempre en un campamento, y estar dispuestos a reprimir las facciones intestinas y a repeler los ataques exteriores.

»Su educación debe empezar desde los primeros años de su infancia, y se tendrá particular cuidado de que no les cuenten ni aprendan las vanas ficciones depositadas en los escritos de Homero, de Hesíodo y de otros poetas. Anúncieles la poesía la divinidad con tanta dignidad como encanto, y dígaseles continuamente que Dios no puede ser autor más que del bien, que no causa a nadie su desgracia, que sus castigos son beneficios y que los malos son dignos de compasión no cuando los experimentan, sino cuando encuentran el medio de sustraerse a ellos. Se les debe decir que el verdadero heroísmo consiste en dominar sus pasiones y obedecer a las leyes. Se imprimirán en su alma, como en el bronce, las ideas inmortales de la justicia y de la verdad, y quedará grabado en ella con caracteres indelebles que los malos son infelices en la prosperidad, y que la virtud es feliz en la persecución y aun en el olvido. Todo dependerá en nuestra república de la educación de los militares, y en esta educación todo dependerá también de la severidad de la disciplina: deben mirar pues la menor observancia como una obligación, y el más pequeño descuido como un crimen. Es necesario que, bajo la mano de los jefes, las almas se hagan aptas para las cosas más nimias lo mismo que para las más grandes o elevadas; que refrenen frecuentemente su voluntad, y que a fuerza de sacrificios lleguen a no pensar, ni obrar, ni respirar, sino por el bien público. Los que no sean capaces de este desprendimiento de sí mismos no serán admitidos en la clase de los militares, sino reducidos a la de los artesanos y labradores, porque las clases no se han de arreglar por el nacimiento y sí únicamente por las cualidades del alma.

»Antes de pasar adelante, obliguemos a nuestros discípulos a fijar la vista en la vida que han de tener algún día: les causará menos novedad la severidad de nuestras reglas, y se prepararán así mejor para el alto destino que les aguarda.

»Si los militares poseyesen tierras y casas, y si el oro y la plata mancillasen una vez sus manos, en breve la ambición, el odio y todas las pasiones que llevan en pos de sí las riquezas penetrarían en sus corazones y no serían ya más que hombres ordinarios. Eximámosles pues de todos estos nimios cuidados que les obligarían a encorvarse hacia la tierra. Mantengáseles en comunidad a expensas del público, pues la patria, a la cual consagran todos sus pensamientos, sus deseos y su reposo, debe encargarse de proveer a sus necesidades, que se reducirán a lo meramente preciso.

»Despojándolos de aquel interés sórdido que ocasiona tantos crímenes, es preciso apagar también, o más bien perfeccionar en sus corazones, los afectos que inspira la naturaleza, y unirlos entre ellos por los mismos que contribuyen a dividirlos. Nuestros guerreros partirán con sus esposas el cuidado de proveer a la tranquilidad pública, y unos y otras serán educados bajo los mismos principios, en los mismos lugares y por unos mismos maestros. Recibirán juntos con los elementos de las ciencias las lecciones de sabiduría, y en los gimnasios las muchachas, sin más adorno que el de sus virtudes, disputarán el premio de los ejercicios a los muchachos que serán sus émulos.

»En las fiestas instituidas para formar uniones legítimas y santas, se echarán en una urna los nombres de aquellos que han de dar guardas a la república, los cuales serán los militares desde la edad de treinta años hasta cincuenta y seis, y las guerreras desde los veinte a los cuarenta. La casualidad será la que reúna en apariencia a los esposos, pero los magistrados valiéndose de la maña, corregirán de tal modo los caprichos de la suerte, que escogerán siempre los sujetos más a propósito de uno y otro sexo, para conservar en su pureza la estirpe de nuestros guerreros.

»Los que nacieren de estos matrimonios serán separados de sus padres inmediatamente, y depositados en un paraje donde sus madres, sin conocerlos, vayan a distribuir ya a los unos, ya a los otros, aquella leche que ya no podrán reservar exclusivamente para el fruto de sus amores.

»Hemos fijado en los corazones de nuestros guerreros dos principios que deben de concierto reanimar incesantemente su celo, cuales son el sentimiento y las virtudes. No solamente ejercerán el primero de una manera general, mirándose todos como los ciudadanos de una misma patria, sino que se penetrarán todavía más y más de ellos, mirándose como individuos de una misma familia. Lo serán en efecto; y la oscuridad de su nacimiento no empañará jamás los títulos de su afinidad.

»Ahora voy a hablar de nuestros magistrados, de este corto número de hombres escogidos entre los hombres virtuosos, de estos jefes, en una palabra, que, sacados de la clase militar, serán tan superiores a ellos por su excelente mérito como lo serán los guerreros a los artesanos y labradores.

»¡Qué precaución será necesaria en nuestra república para escoger hombres tan raros! ¡Cuánto estudio para conocerlos y qué atención y cuidado para formarlos! Entremos en aquel santuario donde educan a los hijos de los guerreros, y en el cual pueden merecer ser admitidos los hijos de los otros ciudadanos. Fijemos la atención en aquellos que reuniendo las ventajas de una buena presencia a las gracias naturales, se distingan de sus semejantes en los ejercicios del cuerpo y del alma, y examinemos su conducta siguiendo los progresos de su educación.

»Hemos hablado más arriba de los principios que deben arreglar sus costumbres, y ahora corresponde tratar de las ciencias que pueden dar extensión a sus luces. Tales son en primer lugar la aritmética y la geometría, ambas útiles al guerrero y necesarias al filósofo para acostumbrarle a fijar sus ideas y elevarse hasta la verdad. La astronomía, la música, todas las ciencias que produzcan el mismo efecto, entrarán en el plan de nuestra enseñanza. Desde que hayan cumplido los treinta años, los iniciaremos en la ciencia de la meditación, en este dialecto sublime que debe ser el término de sus primeros estudios, y cuyo objeto no es tanto el conocer la existencia, como la esencia de las cosas.[1]

[1] En tiempo de Platón se comprendía bajo el nombre de dialéctica, la música, la lógica, la teología natural y la metafísica.

»Desprendidos de los sentidos y entregados enteramente a la meditación, se llenarán poco a poco de la idea del bien; de aquel bien por el cual suspiramos con tanto ardor y del cual nos formamos imágenes tan confusas; de aquel bien supremo que siendo origen de toda verdad y justicia, debe animar al soberano magistrado y hacerle imperturbable en el ejercicio de sus deberes. ¿Mas dónde reside? ¿Dónde debemos buscarle? ¿Está acaso en los placeres que nos embriagan, en aquellos conocimientos que nos llenan de orgullo y de soberbia, o en aquella espléndida decoración que nos deslumbra? No: porque todo lo que es mudable y movible, no puede ser el verdadero bien. Dejemos pues la tierra y las sombras que la cubren, elevemos nuestras almas hacia la mansión de la luz y anunciemos a los mortales las verdades que ignoran.

»Hay dos mundos, uno visible y otro ideal; el primero, formado por el modelo del segundo, es este en que nosotros habitamos; en él es donde estando todo sujeto a la generación y la corrupción, todo se muda y pasa sin cesar; aquí no se ven más que imágenes y porciones fugitivas del ser; el segundo encierra las esencias y ejemplares de todos los objetos visibles, y estas esencias son verdaderos seres, porque son inmutables. Dos reyes, de los cuales el uno es ministro y esclavo del otro, derraman su claridad en estos dos mundos. De lo alto de los aires, el sol hace brotar y perpetúa los objetos que hace visibles a nuestros ojos, y del lugar más elevado del mundo intelectual, el bien supremo produce y conserva las esencias que hace inteligibles a nuestras almas. El sol nos alumbra con su luz, el bien supremo con la verdad; y así como nuestros ojos tienen una percepción clara cuando se fijan en los cuerpos donde cae de la luz del día, así nuestra alma adquiere una ciencia verdadera cuando contempla los seres en que la verdad se refleja.

»¿Pero queréis saber cuánta es la diferencia de esplendor y belleza que media entre las luces que iluminan estos dos mundos? Figuraos una cueva profunda, en la cual están los hombres sujetos desde su infancia con pesadas cadenas de tal manera que no pueden ni moverse del sitio, ni ver otros objetos sino aquellos que tienen delante. Detrás de ellos, a cierta distancia, está situado en una altura un fuego cuya luz se difunde en la caverna; entre este fuego y los cautivos hay un muro a lo largo del cual van y vienen las personas, van y vienen las gentes; los unos en silencio, los otros hablando entre ellos, teniendo en sus manos y levantando sobre el muro figuras de hombres o de animales, o muebles de toda especie, cuyas sombras irán a proyectarse en la parte de la caverna que pueden ver los cautivos. Sorprendidos de estas imágenes pasajeras, las tendrán por unos seres reales, y llegarán hasta atribuirles movimiento, vida y palabra. Escojamos ahora uno de estos cautivos, y para disipar su ilusión rompamos sus cadenas y obliguémosle a que se levante y vuelva la cabeza. Admirado al ver los nuevos objetos que se ofrecen a su vista, dudará de su realidad, y ofuscado y herido del brillo del fuego, apartará de él la vista para dirigirla a los vanos fantasmas de que estaba poseído anteriormente. Hagámosle sufrir una nueva prueba; saquémosle de la caverna, a pesar de sus clamores, sus esfuerzos y las dificultades de una marcha penosa. Cuando se vea en tierra, se encontrará de repente agobiado con el resplandor del día, y únicamente después de muchos ensayos, podrá discernir las sombras, los cuerpos, los astros, fijar el sol, mirarle como el autor de las estaciones y el principio fecundo de todo cuanto alcanzan nuestros sentidos.

»¿Qué idea tendrá entonces de los elogios que se dan en la caverna a los que aprenden y reconocen primero las sombras a su paso? ¿Qué pensará de las pretensiones, los odios, las envidias y los celos que excitan estos descubrimientos entre aquel pueblo de infelices? La compasión le obligará sin duda a volar en su socorro, para desengañarlos de su falsa inteligencia y de su pueril saber; pero como al pasar repentinamente de una luz tan grande a tan grande oscuridad no podrá distinguir al principio cosa alguna, todos se levantarán contra él, y no cesando de echarle en cara su ceguera, le citarán como un ejemplo espantoso de los peligros que corre el que pasa a la región superior.

»He aquí precisamente el cuadro de nuestra funesta condición: el género humano está sepultado en una caverna inmensa, cargado de cadenas y sin poder ocuparse más que de sombras vanas y artificiales. Aquí no tienen los placeres más que una amarga compensación, los bienes un brillo engañoso, las virtudes un fundamento frágil y los cuerpos mismos una existencia ilusoria. Preciso es salir de este lugar de tinieblas, preciso es romper sus cadenas, elevarse con esfuerzos redoblados hasta el mundo intelectual, acercarse poco a poco a la suprema inteligencia y contemplar su divina naturaleza en el silencio de los sentidos y las pasiones. Entonces se verá que mana de su trono en el orden moral la justicia, la verdad y la ciencia, y en el orden físico la luz del sol, las producciones de la tierra y la existencia de las cosas. No: una alma que habiendo llegado a esta grande elevación, ha experimentado una vez las sensaciones, los arrebatos y éxtasis que excita la vista del bien supremo, no se dignará volver a participar de nuestros trabajos y honores; y si baja hasta nosotros, y antes de familiarizarse con nuestras tinieblas se ve en la precisión de explicarse sobre la justicia ante los hombres, que solo conocen su sombra, sus nuevos principios parecerán tan extravagantes que al fin se reirán de su locura o castigarán su temeridad.

»Tales son no obstante los sabios que deben estar al frente de nuestra república, y que debe formar la dialéctica. Por espacio de cinco años enteros consagrados a este estudio, meditarán sobre la naturaleza de lo verdadero, lo honesto y lo justo. Poco satisfechos de las vagas e inciertas nociones que de ello se dan ahora, buscarán su verdadero origen; leerán sus deberes no en los preceptos de los hombres, y sí en las instrucciones que recibirán directamente del primero de los seres. En las conversaciones familiares que tendrán, digámoslo así, con él, adquirirán luces infalibles para discernir la verdad, firmeza inalterable en el ejercicio de la justicia, y aquel tesón en obrar bien, de que nada puede triunfar y que al fin triunfa de todo.

»Los filósofos que nosotros pongamos al frente de nuestra república no serán pues esos declamadores ociosos, esos sofistas despreciados de la multitud que son incapaces de guiar; serán almas fuertes, grandes, ocupadas únicamente del bien del estado, ilustradas en todos los puntos de la administración con un largo estudio y la teoría más sublime, y transformadas por sus virtudes y sus conocimientos en imágenes e intérpretes de los dioses sobre la tierra. Hallarán en fin su recompensa en el placer de hacer bien y de tener al Ser supremo por testigo».

A estos motivos añadió Platón otros más poderosos todavía, cuales son el cuadro de los bienes y de los males reservados en otra vida a la virtud y al vicio. Extendiose sobre la inmortalidad del alma; recorrió a continuación los defectos esenciales de que adolecen los gobiernos establecidos entre los hombres, y acabó observando que nada había prescrito relativo al culto de los dioses porque esto le correspondía al oráculo de Delfos.