CAPÍTULO LVI.
Continuación de la biblioteca de un ateniense. — La retórica.
«En tanto que se construía con ahínco el edificio de la lógica», dijo Euclides, «se levantaba a su lado el de la retórica, menos sólido a la verdad, pero más magnífico».
Acercándose a los estantes: «Estos son», continuó, «los autores que nos dan preceptos sobre la elocuencia y los que nos han dejado modelos de ella. Casi todos han vivido en el último siglo o en el nuestro. Entre los primeros están Córax de Siracusa, Tisias, Trasímaco, Protágoras, Pródico, Gorgias, Polos, Licimnio, Alcidamante, Teodoro, Eveno, Calipo, etc.; entre los segundos gozan de una reputación bien merecida Lisias, Antifonte, Andócides, Iseo, Calístrato e Isócrates; y a estos se debe agregar los que han comenzado a distinguirse, tales como Demóstenes, Esquines, Hipérides, Licurgo, etc.
»Los primeros ensayos de retórica se hicieron en Sicilia. Cerca de cien años después de la muerte de Cadmo, reunió discípulos un siracusano llamado Córax, y compuso sobre este arte un tratado muy estimado en nuestros días, aunque solo hace consistir el secreto de la elocuencia en el cálculo engañoso de ciertas probabilidades.
»Protágoras, discípulo de Demócrito, durante su permanencia en Sicilia fue testigo de la gloria que este Córax había adquirido.
»Hasta entonces se había distinguido con profundas investigaciones sobre la naturaleza de los seres, y lo fue también en breve por las obras que publicó sobre la gramática y las diferentes partes del estudio oratorio. Se le hace el honor de haber sido el primero que reunió las proposiciones generales, llamadas lugares comunes, de que hace uso un orador, ya para multiplicar sus pruebas, ya para discurrir fácilmente sobre todas las materias.
»Después de arreglar el modo de construir el exordio, de disponer la narración y de mover las pasiones de los jueces, se extendió el dominio de la elocuencia, encerrado hasta entonces en el recinto de la plaza pública y del foro. Rival de la poesía, celebró al principio a los dioses, los héroes y los ciudadanos que habían muerto en los combates, y en seguida Isócrates compuso elogios para los particulares de alta jerarquía. Después han elogiado indiferentemente a los hombres útiles o inútiles a su patria, y humeando el incienso por todas partes, se ha decidido que tanto la alabanza como el vituperio no debían guardar medida alguna.
»Se distinguió también dos clases de oradores: los que dedicaban la elocuencia a ilustrar al público en sus reuniones, tales como Pericles; a defender los intereses de los particulares en el foro, como Antifonte y Lisias; a derramar sobre la filosofía los vivos colores de la poesía, como Demócrito y Platón; y los que cultivando la retórica por un sórdido interés o por vana ostentación, declamaban en público sobre la naturaleza del gobierno o de las leyes, sobre las costumbres, las ciencias y las artes, haciendo soberbios discursos en los cuales el lenguaje ofuscaba las ideas.
»La mayor parte de estos últimos, esparciéndose por la Grecia, fueron conocidos bajo el nombre de sofistas: andaban errantes de ciudad en ciudad, eran bien recibidos en todas partes, seguíanles un numeroso séquito de discípulos que, aspirando a elevarse a los primeros empleos con el auxilio de la elocuencia, pagaban con usura sus lecciones, y tomaban en su compañía aquellas nociones generales o lugares comunes de que acabo de hacer referencia.
»El más célebre de estos sofistas ha sido Gorgias, siciliano. Adquirió un caudal tan grande como su reputación, aunque era un escritor frío, que aspiraba a lo sublime haciendo esfuerzos que le alejaban de él. La magnificencia de sus expresiones solo ha servido comúnmente para manifestar la esterilidad de sus ideas, mas esto no obstante, extendió los límites del arte y sus defectos mismos han servido de lección».
Euclides, enseñándome varios discursos de este orador y varias obras compuestas por algunos de sus discípulos, añadía: «yo hago menos caso del pomposo aparato que despliegan en sus escritos que de la noble y sencilla elocuencia que caracteriza a los de Pródico de Ceos. Este tiene un gran atractivo para las personas juiciosas: escoge casi siempre el término propio, y descubre distinciones muy finas entre las palabras que parecen sinónimas».
Después de una corta digresión acerca de Platón y de Pericles, tuvo Euclides la bondad de exponerme las reglas de la verdadera elocuencia. «Ya conocéis», me dijo, «a los autores que se han distinguido en nuestros días, y os halláis en estado de apreciarlos. Las reglas que justifican la impresión que os han hecho son el fruto de una larga experiencia, y se han formado según las obras y el acierto de los grandes poetas y los primeros oradores.
»El imperio de la elocuencia es muy extenso. Se ejercita en las asambleas generales, donde se delibera sobre los intereses de una nación; ante los tribunales, donde juzgan las causas de los particulares; en los discursos, donde se debe representar el vicio y la virtud bajo sus verdaderos colores, y en todas las ocasiones, en fin, donde se trata de instruir a los hombres. De aquí nacen tres géneros de elocuencia, a saber: el deliberativo, el judiciario y el demostrativo; así pues, las augustas funciones del orador consisten en apresurar o acelerar la decisión del pueblo, defender al inocente, perseguir al criminal, alabar la virtud y vituperar el vicio. ¿Y cómo se ha de efectuar esta persuasión? Con un estudio profundo, dicen los filósofos; con el auxilio de las reglas, dicen los retóricos.
»Si la naturaleza os destina, dicen los primeros, al ministerio de la elocuencia, esperad que la filosofía os conduzca a él a paso lento: que os haya demostrado que el arte de la palabra, debiendo convencer antes que persuadir, debe sacar su fuerza principal del arte del raciocinio: que os haya enseñado, por consecuencia, a no tener más que ideas sanas, a expresarlas de una manera clara, a distinguir de los objetos todas las relaciones y todos los contrastes, y a conocer y dar a conocer a los demás lo que es en sí cada cosa. Continuando su influencia en vos, os llenará de las luces que convienen al hombre de estado, al juez íntegro y al excelente ciudadano: estudiaréis a su vista las diferentes especies de gobiernos y de leyes, los intereses de las naciones, la naturaleza del hombre y el juego movible de sus pasiones.
»Pero, esta ciencia, adquirida en fuerza de largas fatigas, cedería fácilmente al soplo contagioso de la opinión si no la sostuvieseis no solo con una probidad reconocida y una prudencia consumada, sino también con un celo ardiente por la justicia y un profundo respecto a los dioses, testigos de vuestras intenciones y palabras.
»Este es el modo de pensar de los filósofos con respecto o la retórica; ahora sería preciso examinar el fin que los retóricos se proponen y las reglas que nos han prescrito; pero Aristóteles ha emprendido el trabajo de recopilarlas en una obra, en que tratará la materia con aquella superioridad que ya hemos observado en sus primeros escritos. Leedle un día, y creo que me dispensaréis de deciros más sobre este punto».
Instaba yo a Euclides, aunque en vano, pues apenas respondía a mis preguntas. «¿Adoptan los retóricos los principios de los filósofos?». «Se apartan de ellos muchas veces, y particularmente cuando prefieren la verosimilitud a la verdad». «¿Cuál es la primera cualidad del orador?». «La de ser excelente lógico». «¿Y su primer deber?». «El demostrar que una cosa es o no es». «¿Cuál su principal atención?». «Descubrir en cada tema los medios propios de persuadir». «¿En cuántas partes se divide el discurso?». «Los retóricos admiten un gran número, que se reduce a cuatro: el exordio, la proposición o el hecho, la prueba y la peroración. Se puede no obstante suprimir la primera y la última». Iba a continuar, pero Euclides se excusó, y solamente pude conseguir un corto número de observaciones sobre la elocución.
«Conveniencia y claridad», me dijo, «son las dos principales cualidades de la elocución. 1.º La conveniencia. La dicción debe variar según el carácter del que habla, y de aquellos de quienes habla, y según la naturaleza de las materias que trata y de las circunstancias en que se encuentra.
»El estilo de la poesía, el de la elocuencia, de la historia y del diálogo se diferencian esencialmente unos de otros; y eso que, en cada género, las costumbres y el talento de un autor proyectan en su dicción diferencias sensibles. 2.º La claridad. Un orador o un escritor debe haber hecho un estudio serio de su lengua. Si desatendéis las reglas de la grámatica, me será costoso entender vuestro pensamiento. Hacer uso de palabras anfibológicas y de circunlocuciones inútiles, colocar sin tino las conjunciones que ligan los miembros de una frase, confundir el plural con el singular; no tener cuidado con la distinción establecida en estos últimos tiempos entre los nombres masculinos y femeninos; designar con un mismo término las impresiones que reciben dos de nuestros sentidos, distribuir inoportunamente las palabras de una frase, de modo que un lector no pueda adivinar el sentido del autor; todos estos defectos coadyuvan igualmente a la oscuridad del estilo, la cual se aumentará si el exceso de los adornos y lo largo de los periodos distraen la atención del lector y no le permiten respirar; o bien si por ir con demasiada rapidez, no puede comprender vuestro pensamiento, como sucede con los corredores del estadio que en un momento desaparecen de la vista de los espectadores.
»Nada contribuye más a la claridad que el uso de expresiones ya admitidas, pero si nunca las desviáis de su común sentido o acepción, vuestro estilo no pasará de familiar y rastrero: para que sea elevado y sublime, es necesario valerse de nuevos giros y de expresiones figuradas».
«He oído hablar», dije a Euclides, «de las diversas especies de estilos, tales como el noble, el grave, el sencillo, el ameno, etc.».
«Dejemos a los retóricos», respondió Euclides, «el cuidado de trazar los diferentes caracteres. Todos los he indicado en dos palabras: si vuestra dicción es clara y conveniente, habrá en ella una proporción exacta entre las palabras, los pensamientos y el tema. Nada más debe exigirse. Meditad este principio y no os causarán admiración las siguientes aserciones.
»La elocuencia forense se diferencia esencialmente de la elocuencia de la tribuna. Al orador se le perdonan los descuidos y las repeticiones que se miran como un crimen en el escritor. Hay discursos que merecen aplausos en la asamblea general, y cuya lectura no puede sufrir, porque la acción les daba valor; y hay otros que están escritos con sumo esmero, y no causarían efecto en el público si no se acomodasen a la acción. La elocución que trata de deslumbrarnos con su magnificencia llega a ser excesivamente fría cuando carece de armonía, cuando las pretensiones del autor se presentan a descubierto, y, valiéndome de la expresión de Sófocles, cuando infla excesivamente los carrillos para soplar en un pito».
Pregunté a Euclides qué autor proponía él por modelo de buen estilo, y me respondió: «Ninguno en particular y todos en general. No cito a ninguno personalmente, porque Platón y Demóstenes, dos de nuestros escritores que más se acercan a la perfección, pecan algunas veces, el uno por exceso de adornos y el otro por falta de nobleza. Digo todos en general porque meditándolos, comparando unos con otros, no solamente se aprende a colorear la dicción, sino que también se adquiere aquel gusto exquisito y puro que dirige y juzga las producciones del genio; sentimiento rápido, y tan general entre nosotros que pudiera tenerse por el instinto de la nación».
Salimos de la biblioteca de Euclides y dirigimos nuestro paseo hacia el Liceo, y al entrar en el primer patio llamaron nuestra atención unos gritos penetrantes que salían de una de las salas del gimnasio. El retórico León y el sofista Pitodoro se habían empeñado en una disputa acalorada. Nos costó trabajo abrirnos paso por en medio de la multitud, y el primero nos dijo: «Acercaos y veréis a Pitodoro, quien defiende que su arte no es diferente del mío y que el objeto de ambos es engañar a cuantos nos escuchan. ¡Rara pretensión, en un hombre que debiera correrse de tener el nombre de sofista!».
Acercámonos a escuchar: Pitodoro defendía la causa de los sofistas con razones que nos hubieran persuadido si hubiésemos estado menos prevenidos en favor de la retórica. León no podía contenerse, y a cada instante estaba pronto a contrarrestarle con el aparato pomposo y amenazador de su arte. Apenas hubo acabado de hablar su antagonista, cuando emprendió la defensa de la retórica, mas era ya tarde y, dejándolos en su controversia, tomamos el partido de retirarnos.