CAPÍTULO LVII.

Viaje al Ática. — Discurso de Platón sobre la formación del mundo.

Había yo pasado con frecuencia estaciones enteras en diferentes casas de campo; atravesé varias veces el Ática, y voy a referir algunas singularidades que me han chocado en mis viajes.

Tenía Apolodoro una posesión considerable cerca de Eleusis, y me llevó a verla en tiempo de la siega. La campiña estaba cubierta de espigas doradas y de esclavos que las derribaban al impulso de sus cortantes hoces, al mismo tiempo que las recogían los muchachos y las alargaban a los que hacían garbas. Empezaba esta tarea al rayar el alba, y todos los de la casa debían ser partícipes de ella. En un rincón del campo, a la sombra de un árbol frondoso, los hombres preparaban la carne y las mujeres cocían lentejas, y echaban harina en unos cacharros llenos de agua hirviendo para la comida de los segadores, que se animaban al trabajo entonando cantares que resonaban por la llanura.

Transportaban las garbas a la era y las tendían haciendo con ellas parvas redondas. Uno de los jornaleros se pone en el centro, teniendo en la mano un látigo y un ramal, con el cual dirige a los bueyes, caballos y mulas; los arrea y hace andar o trotar alrededor de él. Algunos de sus compañeros, revuelven la paja, y la agolpan bajo los pies de los animales, hasta que se halla enteramente partida. Otros echan paladas al aire, y un viento ligero, que se mueve por lo regular a una misma hora, lleva las briznas de paja a cierta distancia, y deja caer a plomo los granos, que luego encierran en vasijas de barro cocido.

Pasados algunos meses, volvimos a la casa de campo de Apolodoro, en tiempo en que los vendimiadores cortaban los racimos suspensos de las vides, que se elevaban sostenidas en los rodrigones. Veíanse también mancebos y muchachas, llenando de uva los canastos de mimbre que trasportaban luego al lagar. Antes de pisarlos, algunos cultivadores llevan a sus casas los sarmientos cargados de racimos, los ponen al sol durante diez días y luego a la sombra por espacio de otros cinco.

Los unos conservan el vino en cubas, otros en cueros y algunos en vasijas de barro.

Mientras que pisaban la uva en el lagar, escuchábamos con placer los cantares de los lagareros. Habíamos oído otros mientras comían los vendimiadores, y en los diferentes intervalos del día, alternando la danza con el canto.

La siega y la vendimia terminan con fiestas celebradas con aquellos movimientos rápidos que produce la abundancia, y que varían según la naturaleza del objeto. Teniendo el trigo como un beneficio de una diosa que provee a nuestras necesidades, y el vino como el presente de un dios que cuida de nuestros placeres, se anuncia el reconocimiento a Deméter con una alegría viva y moderada, y a Dioniso con los arrebatos del delirio.

Al tiempo de las sementeras y de las siegas, se ofrecen también sacrificios, y durante la cosecha de la aceituna y de otros frutos ponen también en los altares las primicias de los presentes recibidos del cielo. Los griegos han sentido que, en estas ocasiones, el corazón necesita desahogarse y dirigir homenajes a los autores del beneficio.

Eutimenes, uno de nuestros amigos, había confiado siempre la administración de sus bienes a la vigilancia y fidelidad de un esclavo que tenía como capataz de los otros; pero convencido al fin de que el ojo del amo vale más que el de un administrador o mayordomo, tomó el partido de establecerse en su casa de campo situada en el lugar de Acarnas, a sesenta estadios de Atenas. Fuimos a verle algunos años después y tuvimos la satisfacción de encontrarle restablecido de su salud, quebrantada en otro tiempo, y a toda su familia sana y robusta. «Nuestra vida es activa y en ninguna manera agitada», nos dijo; «y así es que no conocemos el tedio, y sabemos gozar de lo presente».

Enseñonos su casa recién construida; está orientada al mediodía, a fin de que la dé el sol de cara en invierno, y que esté preservada del calor en verano, cuando este astro está en su mayor altura. La habitación de las mujeres está separada de la de los hombres por medio de unos baños que impiden toda comunicación entre los esclavos de uno y otro sexo. Cada cuarto era adecuado a su destino, de modo que se conserva el trigo en un sitio seco, y el vino en un lugar fresco. No se advierte lujo alguno en los muebles, mas sí el mayor aseo en todo. Coronas e incienso para los sacrificios, vestidos para las fiestas, armaduras y arneses para la guerra, ropas de cama y otros usos para las diferentes estaciones, utensilios de cocina, instrumentos para moler trigo, etc., etc., todo se encontraba a mano porque todo estaba en su sitio y colocado con simetría.

«Los habitantes de la ciudad», decía Eutimenes, «verían ciertamente con desprecio un arreglo tan metódico, ignorando que así se ahorra tiempo en buscar las cosas, y que un sabio agricultor debe ser tan económico de los instantes como de las rentas.

»Mi mujer y yo hemos partido, continuó diciendo, los cuidados y afanes de la administración de nuestros bienes, no perdiendo de vista que a ella la conciernen los pormenores o mecanismo interior, y a mí los negocios exteriores. Yo me he encargado de cultivar y mejorar la hacienda que heredé de mis padres, y Laódice mi esposa cuida del gasto de la casa, del almacenamiento, venta, préstamo y distribución del trigo, vino, aceite y demás frutos de nuestras cosechas: ella cuida también de la subordinación, de la tarea y del respeto de nuestros criados, enviando unos al campo, ocupando a otros en la elaboración de la lana y enseñándolos a prepararla para hacer de ella vestidos. Su ejemplo suaviza la tarea de ellos, y cuando están enfermos, su asistencia y la mía disminuyen sus sufrimientos. La suerte de nuestros esclavos nos enternece, considerando, que son dignos de buen trato, porque al fin son hombres».

Atravesamos un corral poblado de gallinas, patos y otras aves caseras, y vimos la caballeriza, el aprisco y el jardín lleno de narcisos, jacintos, anémonas y lirios, violetas varias, rosas de diversas especies y toda clase de plantas odoríferas. «No os causará extrañeza», me dijo, «el cuidado que tengo del cultivo de estas flores, pues sabéis que con ellas adornamos los templos, los altares y las estatuas de nuestros dioses; nos coronamos la cabeza en los convites y en nuestras ceremonias religiosas; las echamos por encima de nuestras mesas y camas, y tenemos también el cuidado de ofrecer a nuestras divinidades las que les son más gratas».

Llevonos luego Eutimenes a su hacienda, que tenía más de cuarenta estadios de circuito (legua y cuarto) y en la cual había tenido en el año anterior una gran cosecha de cebada y ochocientos cántaros de vino. Tenía seis acémilas que llevaban diariamente al mercado leña y otras muchas cosas, que le producían doce dracmas diarias (40 reales 8 maravedís).

El territorio de Acarnas está cubierto de viñas. Todo el Ática de olivos, que es el árbol de que se tiene más cuidado. Eutimenes había plantado un gran número de ellos, particularmente a los lados de los caminos que pasaban por su posesión, y los había puesto distantes nueve pies uno de otro, sabiendo que sus raíces se extienden mucho. Continuando nuestro camino, vimos pasar cerca de nosotros numerosos rebaños de ovejas, cubierta cada una de ellas con un pellejo. Esta precaución adquirida de los megarenses, preserva los vellones de la porquería o inmundicia que los mancharía, como también de las zarzas que pudieran desgarrarlos y quitar la lana. Ignoro si contribuye a hacer la lana más fina, pero puedo decir que la de Ática es muy bella, y añado que el arte de la tintura ha llegado al punto de cargarla de colores que nunca pierden.

Al pie de una ladera que servía de límite a una pradera, había muchas colmenas en medio de un campo de romeros y retamas. «Observad», nos dijo Eutimenes, «con qué afán ejecutan las abejas las órdenes de su soberana, la cual, no pudiendo sufrir que estén ociosas, las envía a esta hermosa pradera a recoger los ricos materiales para hacer de ellos el uso conveniente; ella forma también un enjambre, y las obliga o expatriarse acaudilladas por una abeja que ella elige».

Mas a lo lejos, entre unas colinas enriquecidas de viñedos, se extiende un llano donde vimos muchos pares de bueyes, llevando los unos carretadas de estiércol, y otros que, uncidos al arado, abrían lentamente hondos surcos. «Aquí se sembrará cebada», dijo Eutimenes, «porque es el grano que se da mejor en el Ática. Es verdad que el trigo que en él se recoge da un pan muy grato al paladar, pero es de menos alimento que el de la Beocia, y se ha observado no pocas veces que los atletas beocios, cuando permanecen algún tiempo en Atenas, consumen dos quintas partes más de trigo que en su país, no obstante que confina con el nuestro: en esto se conoce que es menester muy poco para modificar la influencia del clima. Aún voy a daros otra prueba. La isla de Salamina está casi tocando con el Ática, y los granos sazonan allí mucho antes que en nuestra tierra».

Hablonos en seguida Eutimenes de las labores del campo; enterándonos de muchos pormenores acerca del cultivo del trigo, extendiéndose aún más sobre el de la viña y, satisfaciendo nuestra curiosidad, nos enteró de muchas cosas relativas al modo de cuidar la hortaliza y los árboles frutales. En todo lo que nos decía concerniente a las ocupaciones rústicas, manifestaba su alegría y nos pintaba con enajenamiento los placeres de la vida del campo.

Una tarde que estábamos sentados a la mesa delante de su casa, a la sombra de unos plátanos altísimos que se encorvaban sobre nuestras cabezas, nos decía: «Cuando yo me paseo por mi hacienda, todo se ríe y ufana a mi vista. Esas mieses, estos árboles, esas plantas no existen sino para mí o más bien para aliviar la suerte de muchos desgraciados. Algunas veces me formo ciertas ilusiones para aumentar mis placeres: entonces me parece que la tierra lleva su atención hasta la delicadeza, y que vienen las flores para anunciar los frutos, así como las gracias deben anunciar entre nosotros los beneficios.

»Una emulación sin rivalidad, forma los lazos que me unen con mis vecinos, los cuales vienen con frecuencia a sentarse alrededor de esta mesa que jamás se vio rodeada de personas que no fuesen amigos míos. La confianza y la franqueza reinan en las conversaciones nuestras: nos comunicamos nuestros descubrimientos, porque muy diferentes de los demás artistas que tienen secretos, cada uno de nosotros tiene tanto gusto en instruir a los demás como en instruirse a sí mismo».

Habiendo salido de Acarnas, subimos otra vez hacia la Beocia y vimos de paso algunos castillos cercados de gruesas murallas y de torres elevadas. Las fronteras del Ática están defendidas por todas partes con plazas fuertes donde se mantienen guarniciones y, en caso de invasión, se manda a las gentes del campo que se refugien en ellas. Vimos en una eminencia el templo de Némesis, diosa de la venganza, cuya estatua es de mármol de Paros, alta de diez codos y hecha de la mano de Fidias. Bajamos luego al lugar de Maratón, cuyos habitantes nos enseñaron los sepulcros de los griegos que murieron en la batalla de los persas; de allí fuimos a dormir a Prasias, lugarcillo situado junto al mar, y al día siguiente llegamos a Tórico, plaza fuerte, donde supimos que se hallaba cerca de allí Platón en casa de Teófilo, uno de sus antiguos amigos, que poseía en aquel territorio una casa de campo. Nuestra vista tuvo el aire de un reconocimiento, y Teófilo prolongó su dulzura deteniéndonos en su casa. Al amanecer del siguiente día, fuimos al monte Laurion, donde están las minas de plata que explotan desde tiempo inmemorial. Penetramos en aquellos lugares húmedos y enfermizos, y fuimos testigos de lo mucho que cuesta sacar de las entrañas de la tierra aquellos metales destinados a no ser descubiertos y menos poseídos que por esclavos.

No dimos noticia a Platón de nuestro viaje a las minas, pero quiso acompañarnos al cabo de Sunio, distante de Atenas cerca de trescientos treinta estadios (cerca de 11 leguas). Allí se ve un soberbio templo de mármol blanco consagrado a Atenea, de orden dórico, rodeado de un peristilo que, como el de Teseo, al cual se parece en la disposición general, tiene seis columnas de frente y trece de lado.

Apenas empezábamos a gozar del gran espectáculo que nos ofrecían las llanuras de la mar y de las islas vecinas, cuando vimos a lo lejos cargarse el horizonte de vapores ardientes y sombríos; el sol se iba volviendo pálido, la superficie del agua, lisa y serena, se cubría de colores lúgubres, cuyos visos variaban incesantemente. Ya el cielo, oscuro y cerrado por todas partes, solamente ofrecía a nuestra vista una bóveda tenebrosa que penetraba la llama y se cargaba sobre la tierra. Toda la naturaleza estaba en silencio, en expectativa y en un estado de inquietud que se comunicaba hasta lo interior de nuestras almas. Buscamos asilo en el vestíbulo del templo y en breve vimos romper el rayo con estrépito la barrera de tinieblas y de fuegos suspensa sobre nosotros, rodar espesas masas de nubes por los aires, correr a torrentes en la tierra, y los vientos desencadenados agolparse al mar y conmoverle hasta en sus abismos. Todo bramaba, el trueno, los vientos, las olas, las cavernas, los montes; y de todos estos ruidos juntos se formaba un estruendo espantoso que parecía anunciar el fin del mundo. Habiendo redoblado el aquilón sus esfuerzos, la tempestad fue a descargar su furia en los climas ardientes del África. Seguímosla con la vista y la oímos bramar a lo lejos; brilló el cielo con una claridad más pura, y aquel mar, cuyas oleadas espumosas se habían levantado hasta los cielos, apenas impelía sus aguas hasta las playas.

Al aspecto de tan inesperadas y rápidas mudanzas, permanecimos por algún tiempo inmóviles y mudos; pero en breve nos recordaron aquellas cuestiones en las cuales se ejercita muchos siglos hace la curiosidad de los hombres. ¿A qué se dirigen estos extravíos y revoluciones de la naturaleza? ¿Deberemos acaso atribuirlos a la casualidad? ¿Es por ventura una causa inteligente la que excita y apacigua las tempestades? ¿Pero qué objeto se propone? ¿De dónde viene que arroja rayos sobre los desiertos y perdona a las naciones culpables? De aquí subimos a la existencia de los dioses, a la confusión del caos y al origen del universo. Perdíamos el tino, y suplicamos a Platón que rectificase nuestras ideas. Estaba este en una meditación profunda, pero cediendo en fin a nuestras instancias, sentose en un poyo y, habiéndonos hecho poner a su lado, empezó de esta manera:

«¡Oh, cuán débiles somos los mortales! ¿Podemos acaso penetrar nosotros los secretos de la divinidad? Postrado a sus pies le pido que ponga en mi boca discursos que le sean gratos y parezcan conformes a la razón. Si me viese obligado a explicarme en presencia de la multitud acerca del primer autor de todas las cosas, del origen del universo y la causa del mal, me vería en la precisión de hablar por enigmas; pero en estos sitios solitarios, donde no tengo más testigos que Dios y mis amigos, tendré la condescendencia de hacer homenaje sin temor a la verdad.

»El Dios que os anuncio es un Dios único, inmutable, infinito. Centro de todas las perfecciones, manantial inagotable de la inteligencia y del ser; era antes que hubiese desplegado su poder en lo exterior, porque no ha tenido principio; era en sí mismo y existía en los arcanos de la eternidad. No, mis expresiones no corresponden a la grandeza de mis ideas, ni mis ideas a la grandeza del asunto.

»Dios, mediante su bondad infinita, había resuelto desde la eternidad formar el universo, según un modelo presente siempre a sus ojos; modelo inmutable, increado, perfecto: idea semejante a la que concibe un artista cuando convierte la tosca piedra en un soberbio edificio; mundo intelectual de que este mundo visible no es más que la copia y la expresión. Todo está a la comprensión nuestra en el universo, todo lo que se oculta a su actividad estaba delineado de una manera sublime en aquel primer plan; y como el ser supremo nada concibe que no sea real, se puede decir que produjo el mundo antes que le hubiese hecho sensible.

»Cuando llegó el instante de esta grande operación, la sabiduría eterna dio sus órdenes al caos y al punto agitó a toda la masa un movimiento fecundo y desconocido. Sus partes, antes divididas por un odio implacable, corrieron a reunirse, a abrazarse y formar una cadena. Brilló la luz por primera vez en las tinieblas; separose el aire de la tierra y del agua, y estos cuatro elementos quedaron destinados a la composición de todos los cuerpos».

Hasta aquí escuché a Platón con un vivo sentimiento de admiración por la sublimidad de su doctrina, pero cuando llegó a hablarnos de un alma del mundo, formada en parte de la esencia divina y de la sustancia material de aquellos genios a quienes Dios confió el gobierno de los astros, de dos almas humanas, la una mortal y la otra inmortal, diciendo que la primera reside en el cerebro y la segunda en la región del estómago, me lamenté de que un filósofo que por la fuerza de su genio y su talento había llegado a formarse tan grandes ideas del primer ser, mezclase en ellas los vagos y falsos sistemas de su imaginación.