CAPÍTULO LXXIX.

Continuación de la biblioteca. — La moral.

«La moral», nos dijo Euclides, «no era en otro tiempo más que un tejido de máximas. Pitágoras y sus primeros discípulos la unieron a principios muy superiores a los espíritus vulgares, e hicieron de ella una ciencia. Sócrates, persuadido de que hemos nacido más para obrar que para pensar, se sujetó más a la práctica que a la teoría. Desechó las nociones abstractas, y bajo este punto de vista se puede decir que hizo descender la filosofía a la tierra. Sus discípulos explicaron su doctrina, y algunos la alteraron con ideas tan sublimes que hicieron subir la moral al cielo. La escuela de Pitágoras creyó deber renunciar alguna vez a su lenguaje misterioso para ilustrarnos acerca de nuestras pasiones y nuestros deberes; y esto es lo que ejecutaron, con feliz éxito, Teages, Metopo y Arquitas, cuyos diferentes tratados se encuentran aquí mismo».

Voy a referir ahora algunas observaciones que Euclides había sacado de muchas obras que tuvo la curiosidad de reunir.

La palabra virtud en su origen no significa más que la fuerza y el vigor del cuerpo, y en este sentido dijo Homero la virtud de un caballo, y se dice todavía la virtud de un terreno. En adelante esta palabra significó lo que hay más estimable en un objeto; y hoy día se valen de ella para expresar las cualidades del entendimiento, y aún más las del corazón.

El hombre solitario no tendría más que dos sentimientos, el deseo y el temor, y todos sus movimientos serían los de perseguir o de huir. Pudiendo ejercitarse en la sociedad estos dos sentimientos sobre un gran número de objetos, se dividen por consecuencia en varias clases, y de aquí resulta la ambición, el odio y los demás movimientos de que está agitada el alma. Pues, como no hubiese recibido el deseo y el temor sino para su propia conservación, es preciso que todos sus afectos concurran tanto a su conservación como a la de los demás. Cuando arreglados por la recta razón producen este dichoso efecto, entonces se vuelven virtudes.

Distínguense cuatro principales, a saber, la fuerza, la justicia, la prudencia y la templanza. Esta distinción que todo el mundo conoce, supone profundos conocimientos en aquellos que la establecieron.

Las dos primeras, más estimadas, porque su utilidad es más general, propenden hacia la conservación de la sociedad; la fuerza o el valor en la guerra y la justicia en la paz. Las otras dos se dirigen a nuestra utilidad particular. En un clima en que la imaginación es tan viva y las pasiones tan fogosas, la prudencia debía ser la primera cualidad del entendimiento y la templanza la primera del corazón.

Preguntó Lisis si los filósofos discordaban o no sobre ciertos puntos de moral, y Euclides respondió: «Algunas veces. Se han prodigado elogios a la probidad, la pureza de costumbres, a la beneficencia; y en todos tiempos se ha clamado contra el homicida, el adúltero, el perjuro y toda clase de vicios. Los escritores más corrompidos se ven forzados a anunciar una doctrina sana, y los más atrevidos a desechar las consecuencias sacadas de sus principios. Ninguno de ellos se atrevería a sostener que vale más cometer una injusticia que sufrirla. No extrañaréis que estén marcados nuestros deberes en nuestras leyes y en nuestros autores, pero sí os sorprenderéis al estudiar el espíritu de nuestras instituciones: las fiestas, los espectáculos y las artes tuvieron entre nosotros, en su origen, un objeto moral cuyas huellas se podrán seguir fácilmente.

»Algunos usos que parecen indiferentes, presentan a veces una lección interesante. Se ha tenido cuidado de erigir templos a las Gracias en parajes expuestos a la vista de todos, porque la gratitud nunca puede manifestarse con exceso. Hasta en el mecanismo de nuestra lengua, las luces de la razón o del instinto han introducido verdades preciosas. Entre las antiguas fórmulas de cortesía que ponemos al principio de una carta y que usamos en varios encuentros, hay una de ellas digna de atención. En lugar de decir: yo os saludo, digo sencillamente: haced el bien, y esto es desearos la mayor felicidad. La misma palabra designa al que se distingue por su valor o por su virtud, porque ser esforzado es tan necesario al uno como a la otra. Si se quiere dar la idea de un hombre perfectamente virtuoso, se le atribuye la hermosura y la bondad; es decir, las dos cualidades que más atraen la admiración y la confianza».