CARTA DÉCIMA DE APOLODORO.
Os envío una relación circunstanciada de una parte de lo ocurrido en nuestras asambleas hasta la conclusión de la paz.
Han llegado Antípatro, Parmenión y Euríloco, los cuales vienen de parte del rey para celebrar el tratado. Antípatro es después de Filipo el más hábil político de la Grecia, tanto que el príncipe suele decir: «Podemos entregarnos a los placeres y al reposo, pues vela por nosotros Antípatro».
Parmenión, querido del soberano y más todavía de los soldados, se ha dado ya a conocer con muchas proezas, y sería el primer general de la Grecia si Filipo no existiese. Por los talentos de estos dos diputados se puede juzgar del mérito de Euríloco, su asociado.
Hemos hecho con Filipo un tratado de paz que lo es también de alianza; le cedemos nuestros derechos sobre Anfípolis, pero creemos recibir en indemnización o la isla de Eubea, de que él puede disponer, o la ciudad de Oropo, que nos han quitado los tebanos. También nos lisonjeamos de que nos dejará gozar el Quersoneso de Tracia. Hemos comprendido en el tratado a todos nuestros aliados, y por este medio salvamos al rey de Tracia, a los habitantes de Halo y a los focidios.
Salimos garantes a Filipo de cuanto posee actualmente, y miraremos como enemigos a cuantos intenten despojarle de ello.
Aunque nada han prometido estos embajadores, nosotros nos hemos dado prisa a prestar juramento en sus manos, y a nombrar diputados para ir a recibir el suyo.
Después de algunas dilaciones, han partido al fin estos diputados, y en lugar de ir en derechura al campo de Filipo que se hallaba haciendo la guerra al rey de Tracia Cersobleptes, se han tomado veinte días de tiempo para ir a Pela, capital de la Macedonia, y han abrazado el partido de esperar allí tranquilamente a que la expedición de este príncipe se concluya. A su vuelta comprenderá sus nuevas adquisiciones entre las posesiones de que le hemos salido garantes, bajo pretexto de que todavía no ha visto a los embajadores ni ratificado el tratado que podía detener el curso de sus expediciones.
Nuestros diputados están de vuelta en Atenas; darán cuenta de su misión al senado pasado mañana, y a la asamblea del pueblo en el día siguiente.
No hay cosa más criminal ni irritante que su conducta, si se da crédito a Demóstenes que era uno de ellos. Hay sospechas de que Esquines y Filócrates han cedido a los regalos y caricias de Filipo.
El día de la audiencia les hizo hacer antesala este príncipe que aún estaba en cama, y los embajadores murmuraban de esto. «No lo extrañéis», les dijo Parmenión, «pues Filipo duerme mientras veláis, así como velaba cuando vosotros dormíais». Dejose ver al fin, y cada uno expuso el objeto de su misión. Extendiose Esquines sobre la determinación que el príncipe había tomado de terminar la guerra de los focidios, le suplicó que restituyese la libertad a las ciudades de Beocia cuando estuviese en Delfos, y restableciese las que habían abolido los tebanos; que no entregase a estos indistintamente los desgraciados habitantes de la Fócida, sino que sometiese el juicio de los que habían profanado el templo de Apolo y saqueado el tesoro a la decisión de los pueblos anfictiónicos, encargados en todo tiempo del conocimiento de esta clase de crímenes.
Filipo, sin explicarse abiertamente acerca de estas peticiones, despidió a los diputados de las otras ciudades de la Grecia, partió con los nuestros para la Tesalia, y firmó el tratado en una posada de la ciudad de Feres jurando la observancia. Se negó a comprender en él a los focidios, por no violar el juramento que había hecho a los tesalios y tebanos, pero hizo promesas y dio una carta. Despidiéronse de él nuestros diputados, y las tropas del rey avanzaron hacia las Termópilas.
El senado se ha reunido esta mañana, Demóstenes ha tratado de probar que sus colegas han obrado contra sus instrucciones, que están de inteligencia con Filipo, y que no tenemos otro recurso que el de volar al socorro de los focidios y ocupar el paso de las Termópilas. El senado ha expedido un decreto conforme a su dictamen, pero no ha concedido elogios a los diputados, ni les ha convidado a comer en el Pritaneo, severidad que jamás había ejercido contra los embajadores.