FRAGMENTO DE UNA CARTA DE CALIMEDÓN.

Acabo de conocer a fondo a Demóstenes. Si queréis un genio vigoroso y sublime, hacedle subir a la tribuna; si un hombre pesado, inhábil y de mal modo, trasladadle a la corte de Macedonia. Se ha dado prisa para hablar el primero cuando nuestros diputados se han presentado a Filipo. Empezó prorrumpiendo en invectivas contra sus colegas; en seguida hizo una larga retahíla de los servicios que había hecho al príncipe; luego la lectura fastidiosa de los decretos que había propuesto para acelerar la paz; su atención en hospedar en su casa a los embajadores de Macedonia, en proporcionarles buenos almohadones en los espectáculos, en escogerles tres tiros de mulas cuando regresaron y en acompañarles él mismo a caballo; todo esto a despecho de los envidiosos, al descubierto, con la única intención de complacer al monarca. Sus colegas al oír esto se tapaban el rostro para ocultar su rubor, y él continuaba: «No he hablado de vuestra belleza», decía al rey, «porque este es el mérito de una mujer; ni de vuestra memoria, porque es el de un retórico; ni de vuestra habilidad para beber, porque es el de una esponja». En fin, tanto es lo que ha dicho que nadie ha podido contener la risa.