CARTA OCTAVA DE APOLODORO.

A 25 de mayo del año 347 antes de J. C.

No dudo que seréis partícipe de nuestro grave sentimiento. Una muerte imprevista acaba de arrebatarnos a Platón. Este fatal incidente ha ocurrido el 17 de este mes, día de su nacimiento. No había podido eximirse de asistir a un convite de boda. Yo estaba a su lado, y advertí que únicamente comió algunas aceitunas, según su costumbre. Jamás había estado tan placentero, ni nunca nos había dado su salud más gratas esperanzas. En el momento mismo en que yo le felicitaba por esto, se sintió malo, perdió el conocimiento y cayó en mis brazos. Todo cuanto hicimos en su socorro fue inútil, y le trasladamos a su casa. Vimos encima de su mesa algunos renglones que había escrito pocos momentos antes de salir, y las correcciones que hacía de cuando en cuando a su tratado de la república, lo cual regamos con lágrimas. El sentimiento del público y el llanto de sus amigos le han acompañado hasta el sepulcro. Se le ha enterrado cerca de la Academia, a la edad de ochenta y un años cumplidos.

Su testamento contiene el estado de sus bienes, que se reducen a dos casas de campo, tres minas en dinero efectivo (1005 reales vellón), cuatro esclavos, dos vasos de plata de peso de ciento sesenta y cinco dracmas el uno, y el otro de cuarenta y cinco, un anillo de oro y los pendientes del mismo metal que llevaba en su infancia. Declara que no tiene deuda alguna; lega una de sus casas de campo al hijo de Adimanto, su hermano, y da libertad a Dianes, cuyo celo y cuyos servicios merecían este testimonio de reconocimiento. Además de esto, arregla y dispone todo lo respectivo a sus funerales y sepultura. Espeusipo, su sobrino, es uno de los albaceas y debe sucederle en la Academia.

La pérdida de este gran filósofo me ocasiona otra muy sensible. Aristóteles nos deja con motivo de algunas desazones que os contaré cuando volváis, y se retira a la compañía del eunuco Hermias, a quien el rey de Persia ha confiado el gobierno de Atarneo, ciudad de Misia. Siento en el alma la falta de sus luces, su conversación y su amistad. Me ha prometido volver, pero, ¡ay!, ¡qué diferencia tan notable entre gozar y esperar!

Estoy disgustado de no haber apuntado y hecho una colección de sus dichos agudos. Me acuerdo de que en una conversación sobre la amistad exclamó repentinamente y con mucha gracia: «¡Oh, amigos míos, no hay amigos!». Habiéndole preguntado que para qué servía la filosofía, respondió al punto: «Para hacer espontáneamente lo que obligaría hacer el temor de las leyes». Pero vos, que habéis vivido en su compañía, sabéis bien que, aunque tenga más conocimientos que nadie, tiene acaso más talento que conocimientos.