SEGUNDA CARTA DE APOLODORO.

Desde 14 de julio de 353, hasta 3 de julio de 352 antes de J. C.

Onomarco ha remplazado a Filomelo en el mando del ejército y alista nuevas tropas pagadas con el oro y la plata del tesoro sagrado, que ha convertido en moneda.

Ha corrido la voz de que el rey de Persia iba a dirigir sus armas contra la Grecia, y con este motivo ha habido una junta tumultuaria en la cual se ha propuesto llamar a la defensa común a todas las naciones griegas y aun al rey de Macedonia, para anticiparse a los intentos de Artajerjes, invadiendo sus estados. Demóstenes se opuso a este dictamen, pero ha insistido fuertemente acerca de la necesidad de ponerse en estado de defensa, previéndolo todo anticipadamente.

Han sido muy aplaudidas las miras de este orador, pero ya no se piensa en nada, desde que se ha sabido que el rey de Persia no piensa en nosotros.

No sucede lo mismo con Filipo, príncipe que está presente en todos tiempos y lugares. Apenas ha dejado nuestras costas, cuando vuela a la Tracia marítima, toma en ella la plaza fuerte de Metone, la destruye y distribuye sus campos a sus soldados, que le adoran. Durante el sitio de esta ciudad, pasando un río a nado, perdió el ojo derecho de un flechazo lanzado por una máquina o por un soldado enemigo. Sitia en la actualidad el castillo de Herea, sobre el cual tenemos nosotros legítimos derechos.

La guerra sagrada se hace desesperadamente, sin dar cuartel a nadie. Los focidios atacados por Filipo y los tesalios, sus aliados, han sido desbaratados y perseguidos hasta el mar, con pérdida considerable. Seis mil han muerto en la batalla, y tres mil que se han rendido a discreción han sido precipitados a las aguas como sacrílegos. Filipo, cuyo celo religioso está sometido a su ambición, había hecho tomar a sus soldados coronas de laurel como si marchasen al combate en nombre de la divinidad de Delfos, a quien está consagrado este árbol. Intenciones tan justas en la apariencia y unos resultados tan célebres excitan la admiración de los griegos hasta tocar en el entusiasmo, de modo que únicamente se habla de este príncipe y de sus talentos y virtudes.