V

Yo no sé si se ha escrito—la erudición no es mi fuerte;—pero de no haberse escrito, debiera escribirse un libro de las procesiones de Semana Santa en España. Decía un gran actor francés, maestro de actores, que el verdadero actor debe aprovecharse, en primer lugar, de sus buenas cualidades, y, en segundo lugar, de las malas. Este buen consejo puede hacerse extensivo á toda persona, cualquiera que sea su condición social, y á todos los pueblos, cualquiera que sea su estado de civilización. Cuando no se puede sobresalir por adelantados, se debe procurar sobresalir por el atraso; el caso es sobresalir de algún modo. Esto de las procesiones no es precisamente como la aviación ó la telegrafía sin hilos; pero es mucho más pintoresco y mucho más castizo y, bien anunciado, pudiera ser de una gran atracción para los extranjeros, curiosos de algo típico, cada vez más escaso, por culpa de la civilización, tan niveladora de costumbres como desniveladora de peculios. Sólo las procesiones de Sevilla han conseguido lo que ahora se dice reputación mundial. Sin rebajar nada de su bien ganado renombre, hay muchas otras que merecen ser conocidas. Las de Murcia, con sus imágenes de Salcillo, el Murillo de la escultura española, y, con él, una de las pocas notas de dulzura en el Arte español; con aquel ángel de la Oración del Huerto, bello como los de Rafael, símbolo artístico, al erguirse en su pagana belleza sobre la postración dolorosa del Nazareno, de todo el Renacimiento, protestante en nombre de la vida triunfadora y del Arte embellecedor de la vida.

Las procesiones de Cartagena, con pasos de Montañés, de Salcillo, comparación interesante. Las de Lorca, de primitiva ingenuidad, con sus escenas bíblicas y evangélicas, representadas por personajes de carne y hueso; reñidas competidoras en propiedad y en lujo. Y en poblaciones más humildes, en pueblos ignorados, ¡qué tesoros de observación para el curioso! Las legiones de armados, los nazarenos, el pretorio con sus trompetas destempladas... Y sobre la devoción y la austeridad y las tinieblas en el templo, y las Siete Palabras en el púlpito, y los siete cuchillos clavados en el corazón de la Dolorosa, y sobre la Cruz redentora y el Santo Sepulcro, miradas y palabras y silencios de amor y de deseos que van encendiéndose por la boca y por los ojos de hombres y mujeres... Y la vida triunfa sobre toda tristeza, como el ángel murciano en la Oración del Huerto.


Las Sociedades de aficionados protestan contra el aumento en los derechos de representación de las obras teatrales exigido por la Sociedad de Autores. Todo el que conozca la organización íntima de esas Sociedades ha de estar conforme con la protesta. No se comprende que pueda haber animadversión contra ellas por parte de los autores, de los actores ni de los empresarios. Para estos últimos, las Sociedades de aficionados son una saneada fuente de ingresos; los actores no deben, sin ingratitud, mirarlas con malos ojos; casi todos se dieron á conocer en alguna de esas Sociedades, que vienen á ser las novilladas del arte dramático. En cuanto á los autores, por ellas ven popularizadas sus obras y por ellas ven representarse obras de repertorio olvidadas por las empresas. Las Sociedades apenas cubren gastos; de su desinterés no cabe sospechar. Son un interesante ensayo de socialismo aplicado al fin de proporcionar honesto recreo á muchas familias que no pueden pagar el lujo del teatro, si barato en Madrid, comparado con otras grandes capitales, muy caro en comparación con la riqueza de esas capitales y la madrileña.

Con la subida de los derechos sólo se conseguirá, como siempre, que la autoridad se excede, que el favor solicitado con recomendaciones se sustituya á la justicia, y, como el favor no es nunca equitativo ni desapasionado, todo parará en intrigas, desigualdades y molestias para ambas partes beligerantes: Sociedades dramáticas y Sociedad de Autores. De nada sirve el general acuerdo si, después, unos autores ofrecen rebaja en sus derechos, y otros, por el contrario, exigen montes y morenas y anticipos y un número fijo de representaciones, cuando de obras estrenadas con aplauso se trate. Todo ello sólo sirve para que medren los que están en el secreto y hagan el tonto de la pantomima los que se atienen á la letra de los reglamentos. Lo mejor sería dejar á cada uno en libertad de estipular sus derechos con las empresas y con las Sociedades. Y ya que todo sea comercio, libertad de comercio y competencia libre. Es el sistema inglés, y hemos convenido en que Inglaterra es el mejor modelo para todo.


El prefecto de Atenas ¡oh, cuán poco ateniense! ha dado á rajatabla la orden de que todas las artistas extranjeras que se exhiben en los teatrillos y salones—cines en griego—sean sometidas—¡oh, manes de Friné! ¿dónde hallar aticismo para expresar el ultrajante concepto?—á una inspección facultativa, muy relacionada en verdad con algunos dioses de la Mitología: la diosa del Amor y el dios del Comercio; pero, hasta ahora, nada relacionada con Apolo, dios de las Artes, á no ser por parte de hijo, ó sea Esculapio, dios de la Medicina.

Las ofendidas han puesto el grito en el Olimpo, y mientras, de allí vienen los rayos, en sus Embajadas y Consulados respectivos. Sí que hay para una intervención. Por lo pronto, en la primera ojeada han resultado dos virtudes sin detrimento. No es mal reclamo, con certificación facultativa y todo. Pero el que luzcan dos virtudes no es razón para deslucir las de otras señoritas. Siempre se dijo que las comparaciones son odiosas. Aparte de que es ocasionado á errores localizar la virtud en estos tiempos, y la ciencia no ve el fondo de los corazones.

Lo malo será que algún prefecto de por acá se sienta helenista y quiera traducir al ateniense. Cierto que hay escenarios por esos teatros que más parecen aceras, y aun arroyos; pero, en fin, aunque en ellos el Arte no sea ni su sombra, todavía debe amparar con su nombre á las pobres mujeres que en él buscan sagrado. Y, en todo caso, la inspección no debiera aplicarse sólo á las artistas, sino á los espectadores, especialmente al cerebro. Puede que no se encontrara uno sin tacha, como la virtud de esas dos chicas, en Atenas.