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A nadie como á los políticos y á los escritores conviene, de cuando en cuando, descentralizarse. ¡Unos y otros son tan inclinados á creer que es todo el mundo el pequeño mundo que les rodea! Y en el mundo hay más, siempre hay algo más. Sólo alejándonos de nuestro medio, que es alejarnos en parte de nosotros mismos, podemos apreciar el verdadero valor de nuestra obra. Nuestra vida, como nuestra obra, sólo á distancia parecen lo que son en realidad. De aquí la conveniencia de los viajes para políticos y escritores. Al observar cómo nos juzgan los espectadores lejanos, aprendemos á juzgarnos mejor nosotros mismos. Tanto más ganará nuestra conciencia cuanto más castigada quede nuestra vanidad.
Convienen también los viajes para curarnos de nuestra impertinente superioridad de madrileños. Hay en provincias más reposado ambiente de intelectualidad; el tacto de codos no llevó hasta sus Círculos literarios la complicidad de las admiraciones ó de los odios. Se juzga con menos pasión, porque se sabe más de las obras y menos de las personas. Justo es que desde Madrid correspondamos con nuestra atención y nuestra simpatía á los que trabajan en provincias, con mayor desinterés que en Madrid se trabaja, por un noble ideal de cultura.
Mi saludo al Ateneo de Badajoz que, con sus propios recursos, bien escasos, organiza Exposiciones de pintura, Certámenes literarios, Conferencias científicas y artísticas. Mi saludo á los poetas y escritores premiados en los Juegos florales; sus poesías y sus cuentos en prosa no eran las acostumbradas vulgaridades que tanto han desacreditado estos tradicionales concursos. Luis Bardaje, Antonio Teixeira, Montero, Enrique Segura, son poetas y cuentistas superiores á la flor natural y á los objetos de arte, obligado premio en estos Certámenes.
No vea nadie en mis elogios obligación del agradecimiento. Es justo pago á la verdad. Mi corazón no paga con tan poco.
Como casi todo el año, aunque no nos demos cuenta como ahora, hemos estado viviendo en el aire. Nuestra imaginación, de suyo perezosa, aunque tenga, por meridional, fama de lo contrario, ha volado por esta vez siguiendo, y aun adelantándose, al vuelo de los aeroplanos. Como actores, no es cosa lo que nos lucimos en estas emocionantes luchas por la conquista del aire; pero ¡como espectadores!, aquí nos las den todas, en un día de sol, entre buenas mozas y con una buena merienda. Este, éste es nuestro papel: contemplativos y algo escépticos, hasta que llegue el día en que podamos aprovecharnos de lo que otros inventaron y trabajaron para nosotros. ¡Sí, que somos primos! Cuando el invento esté bien perfeccionado y no haya riesgo que temer ni peligros en que aventurarse, el volar será para nosotros un divertido sport. Entretanto, bien estamos de espectadores. Nuestro terreno es la Teología y la Mística, según D. Miguel de Unamuno. Ya es bastante que nos dignemos admirar. ¡Y vaya usted á saber, si de la admiración se quita la bulla del viaje y las buenas mozas y la merienda y la juerguecita, lo que quedaría para el valor de los voladores y el triunfo de sus máquinas! Como decía Cromwell, al ver la multitud agolpada para aclamarle: «La misma gente habría si me llevaran á ahorcar.» No digo yo la misma; pero alguna más sí hubiera acudido, si en estas corridas aéreas no estuviera comprobado que el «hule» suele alcanzar también á los espectadores. Y que, alguna vez, como en París ahora, los viajeros no son de tercera, como, según el comentario de un periódico, lo fueron, afortunadamente, todas las víctimas de un descarrilamiento.
Como algunos críticos le hubieran acusado de plagiario, lamentábase Bernardo Shaw de la triste idea que dichos críticos tenían de la mentalidad inglesa, que, apenas daban con una obra sobresaliente, ya no podían creer que en cerebro inglés hubiera sido concebida. Si de los críticos y del público inglés se quejaba Bernardo Shaw, ¿qué podremos decir en España, donde todo lo de casa está siempre en entredicho y nadie cree en la capacidad intelectual de nadie, y así andamos todos de acobardados y desconfiados de nuestras propias fuerzas? ¿Quién piensa aquí en acometer empresa alguna si, en vez de alientos y esperanzas, sólo ha de oir el cubrefuego que paraliza su resolución? ¿Qué va á hacer ese hombre? ¿Ha visto usted qué atrevimiento? Y si alguien da con una idea original, todos se preguntarán: ¿De dónde la habrá copiado? Y cualquier atrevimiento parece desvergüenza, y cualquier resolución, osadía y falta de respeto. ¡Admirable país, en que sólo los holgazanes y los ociosos viven tranquilos y respetados!
Pensaba yo todo esto viendo al actor italiano Caravaglia representar Hamlet. No es que estuviera mal del todo; pero yo pensaba qué se hubiera dicho de un actor nuestro si se hubiera atrevido á una mitad de las cosas raras y de mal gusto á que el actor extranjero se atreve en la interpretación de la obra de Shakespeare. Y á la mayoría de los espectadores estaba á punto de parecerles todo aquello algo maravilloso y de un soberano arte. Risa para todo el año hubiéramos tenido con uno de casa. ¿No tomamos á broma á Tallaví porque se atrevió á representar Los espectros, de Ibsen, después de Zacconi? ¿Era tan gran osadía? ¡Ah! ¡Si Tallaví hubiera sido extranjero! Pero nuestros actores no pueden atreverse á nada; los queremos discretos, muy discretos, medrositos y respetuosos siempre; les pedimos que ni se molesten ni nos molesten demasiado; nada de gritos, ni de gestos, ni escenas mudas, ni desplantes; á decir su papelito, y á salir del paso; aquí nos conocemos todos; ya sabemos todos de lo que somos capaces. Los extranjeros, ya es otra cosa; ya pueden atreverse á todo; es otra cosa, sobre que no se entiende lo que dicen si no hacen algo raro...
Y no es que Caravaglia sea un mal actor; al contrario, es demasiado actor; no hay modo con él de olvidarse de que estamos en el teatro. Pero, la verdad, como Hamlet era algo más que un comediante, y Shakespeare algo más que un autor de teatro... ¡Oh, la Cleopatra, toda humanidad, de Eleonora Duse! ¡Oh, el Hamlet de ensueño de Sarah! ¡Y cómo el teatro dejaba de ser teatro al encanto de las dos divinas intérpretes de Shakespeare!