IX
Después de leer el libro L'art de bien tenir sa maison, publicado en París por la biblioteca «Fémina», cae uno en la cuenta de cómo es preciso renovarse ó morir, según la frase de Gabriel D'Annunzio. Hay que renovar nuestra educación cada diez años, por lo menos, si no quiere uno caer en graves faltas de tacto y de buen gusto. Parece que esto de la urbanidad y del trato social debiera estar sujeto á leyes más permanentes; nada de eso; lo que ayer era exquisita cortesía, hoy es ordinariez; lo que ayer acreditaba á cualquiera como hombre de sociedad, hoy le pondría en el más lastimoso ridículo. La exacta observación de las famosas máximas del barón de Andilla podrá hacer del más zafio patán el más cumplido cortesano. ¡Eran tan claras, tan sencillas, tan aplicables! Ya por los tiempos de su publicación empezaba á desecharse tradicionales reglas de buena crianza. Dice el barón:
«Hoy, en la mesa principal, es uso
servir trinchado ya: sistema ruso.»
Nadie ignora que allá en los años en que Larra escribía su Castellano viejo, nada acreditaba tanto á una persona de finura y cortesanía como su habilidad en el arte cisoria, mostrada al trinchar un ave entre la admiración y el aplauso de los comensales... Arte y habilidad perdidos, cuya tradición sólo conservan algunos cirujanos modernos, tal vez por atavismo, tal vez porque consideren, como el filósofo, que el hombre es un ave sin plumas.
Lo cierto es que ha de estar uno siempre pendiente de estos utilísimos Códigos de la buena crianza, que, con los títulos de El modo de vivir en sociedad, El perfecto caballero, La verdadera gran dama, El arte de servir la mesa, La educación y las buenas maneras en sociedad, Las buenas formas en el cine, y otros por el estilo, más ó menos afrancesados, como á toda fiel traducción corresponde, nos impiden estar en ridículo ante las nuevas generaciones. Ya debe uno entrar con los guantes puestos en un salón, ya debe uno quitárselo; ya debe uno besar la mano á la señora de la casa, ya no debe besarse nada; ya está bien ofrecer el brazo á las señoras, ya es una ridiculez de mal tono; ya deben presentarse unas á otras todas las personas reunidas en un salón, ya no debe presentarse á nadie para no imponer nuestras relaciones, aunque el sistema de la abstención es muy peligroso. ¡Cualquiera empieza á murmurar de nadie en una reunión donde la mayoría de las personas nos son desconocidas! A lo mejor suelta usted su murmuración y se hace un silencio de hielo; mira usted á su alrededor y todo son risitas mordidas para no soltarlas; sólo ve usted dos caras muy serias: la de la señora de la casa y la de otra señora. No hay duda: se ha metido la pata. Y si la murmuración se dificulta, ¿de qué se habla en sociedad? El tema teatral se agota pronto. ¿De toros? No es conversación para señoras y pueden hallar alusiones molestas en lo más inocente. Yo creo que, no sólo se debía presentar á todo el mundo, sino que todos debiéramos llevar colgado un pequeño cuadro de nuestra genealogía: profesión, opiniones religiosas y políticas, asuntos de que se puede hablar en nuestra presencia y asuntos que no deben mentarse. En toda reunión está siempre pendiente la plancha de Damocles, pronta á caer sobre la cabeza del primer indiscreto.
¿Y las comidas? Cualquiera se sienta hoy á una mesa de etiqueta sin llevarse muy aprendido el destino y aplicación del sinnúmero de utensilios de diferente forma indispensables en toda mesa de buen tono. Pinzas, garfios, tijeras, cuchillos de mil formas: unos para comer los espárragos con pulcritud; otros para triturar con gracia los cangrejos; un chisme para cada cosa, y viceversa. ¡El ideal feminista! Una mesa moderna parece el aparador de un dentista, con su imponente colección de instrumentos relucientes. Y ya se estila adornar la mesa; ya es de mal gusto recargarla de adornos; y hoy no es de buen gusto comer mucho pan; y mañana se debe comer tostado... Hay para llenar una existencia con el estudio de estas que no pueden considerarse menudencias, pero que á lo mejor deciden de nuestra suerte en la vida.
Publicación muy interesante y muy digna de que se solicite atención para ella es la nueva revista Archivo de Investigaciones Históricas. Por el contenido de los números publicados puede apreciarse su importancia. Seguramente su editor no aspirará á enriquecerse con ella; ya se contentará con no empobrecerse, de dinero y de ilusiones, que también valen algo. En España no hay gran afición á los estudios históricos documentales, y mucho menos á enfrascarse en la lectura de documentos auténticos. Estudiamos la Historia; mejor dicho, nos la dan estudiada, si estudiar puede llamarse á esto, por grandes síntesis. Las grandes síntesis son de una gran comodidad. Con decir: «La Historia se divide en tres edades: antigua, media y moderna»; con atribuir á cada una de ellas un carácter general, según las opiniones políticas del historiador, ya estamos al cabo de la calle y de los siglos. Y es lástima, porque sólo por el conocimiento de la Historia puede formarse la verdadera conciencia de un pueblo. Si la verdadera ciencia de gobernar consiste, como la ciencia del agricultor, en el conocimiento del terreno que ha de cultivarse, sólo el conocimiento de la Historia puede enseñarnos cómo puede cultivarse el espíritu de los pueblos para no exponerse á sembrar en terreno estéril ó á malograr cosechas por no conocer el terreno y lo que en él puede sembrarse con esperanza de buen fruto. Aquí sembramos á tontas y á locas; allá van leyes y allá van proyectos; esta ley de Francia; aquélla de Inglaterra; sin cuidarse si en esta tierra española podrán tener buen arraigo y floración lucida.
Un libro raro también entre los libros recientemente publicados: Mundo interior, de un escritor joven: García Martí, que se nos presenta en su libro con esa serenidad espiritual que sólo la fe religiosa ó la fe en nosotros mismos pueden asentar en nuestro espíritu. Si esa serenidad fuera literatura, aun sería estimable el libro; mas tengo razones para creer que llegó al libro después de luchas muy hondas. Aun llora la resignación en esas páginas; aun se percibe el fragor del combate. Lo que pudiera parecer inspiración de otros escritores, es aquí como nueva emoción, acrecida por las palabras de un amigo que supo acertar con el secreto de nuestra alma. Y así llega también á nosotros este libro, como un buen amigo que todo lo comprende y lo perdona todo y con la serenidad de sus palabras viene á poner calma en nuestro corazón atormentado.
Y un saludo para un libro de cuentos: La Serafina, del veterano escritor Sr. Tusquets, no tan conocido como debiera serlo; pero sí muy estimado de cuantos le conocen. Escritor que no vivió atento á veleidades de modas literarias; que emprendió su camino por la novela naturalista, cuando apenas se hablaba del naturalismo en España. Otros, con menos merecimientos, lograron más ruidosos aplausos. Olvidamos demasiado pronto. No es el Sr. Tusquets, el autor de La hembra, de los que deben ser tan injustamente olvidados.