VIII

En los Estados Unidos un matrimonio ha realizado, efectivamente, ese duelo á muerte que es todo matrimonio. La esposa, el adversario, según Capús, lo ha sido en este caso con todas sus consecuencias. Con mayor lealtad, al batirse á pistola con su marido, que tantas otras mujeres en ese duelo continuo á pinchazos, pellizcos y mordisquitos—morales, por supuesto—que tienen su campo de honor á todas horas, en la mesa, en el despacho, en el cuarto de costura, en el mismo tálamo, y por testigos, á parientes, criados, vecinos, visitantes y á la misma prole de los combatientes.

—Contigo no hay quien pueda. No haces más que tonterías. Ahí tienes á Fulano; ¡si fueras como él! ¿Por qué seremos tan tontas las mujeres honradas?—¡Oh, la perfecta comunicación de vidas! ¡Oh, mujer nuestra, nunca nuestra! Si sabemos alguna vez cuál es tu pensamiento, es porque piensas siempre lo contrario, y aun sabes burlar nuestras suposiciones, pensando en una distinta contrariedad contraria á cuanto pensamos. Tú eres la conciencia del hogar cuando, por la Patria ó por la Humanidad, sacrificamos conveniencias familiares, y eres la conciencia acusadora, en nombre de la Patria y de la Humanidad, si nos dejamos seducir por tu voz de sirena doméstica. Nos quieres mezquinos por ti, y nos quisieras después grandes á pesar tuyo.—Déjate de cuentos; sé como todos—nos dices antes.—Déjate de cuentos. ¿No ves cómo eres lo mismo que todos?—nos dices después.

¿De qué es tu cariño, que siempre nos quiere otros? ¡Oh, mujer nuestra; siempre dolorida; malograda siempre, y nunca nuestra!


Al aficionado de sangre—no diremos á la sangre, por no ofenderle—no le basta con la lucha entre el torero y el toro; necesita que haya lucha también—en este caso se llama competencia—entre los toreros. Cuanto mayor y más enzarzada es la competencia, mayor brillantez logra el espectáculo. No hay duda; del toro puede huirse, pero ¿cómo huir del competidor que viene azuzando? En todos los órdenes de la vida es bueno que haya conservadores y liberales, y hasta revolucionarios á la expectativa, que son los no contratados, que de todo murmuran. ¡Pues digo si los que van llegando y los que están al llegar no empujaran á los que han llegado! ¿Qué sería de nosotros si Maura y Bombita, La Cierva y Machaquito se vieran dueños y señores del redondel? Por fortuna, las empresas comprenden sus intereses y avivan la competencia. El que quiera torear que no sea conservador... de su piel. Y el que quiera gobernarnos que no sea liberal... de la nuestra.


Como nuestra buena amiga, la de Trafalgar, nos ha salido algo «cocota», pero de las prácticas, ahora hemos caído en la cuenta de que mejor nos hubiera estado poner nuestros amores y nuestra confianza en la señora Germania, que, aunque burguesota y carillena, es señora formal y de peso.

A buena hora, mangas verdes; para que nos respondan con el ademán más adecuado á esa parte de la indumentaria. Bien que, para justificar nuestra conducta, podíamos recordar el cuento de aquella novia á quien, en vísperas de la boda, el novio apremiaba para la concesión de ciertos anticipos á cuenta, y como ella se resistiera bravamente, y después de todas las ceremonias nupciales el novio la dijera: «Anduviste muy discreta; si me haces el menor anticipo, no me caso contigo»; ella entonces, con la mayor inocencia: «Sí, ¡que soy yo tonta! Ya me había pasado dos veces».

De donde se deduce que para sacar marido ó aliado no conviene hacer el menor anticipo, sino estar á las resultas, que es la mejor proporción y acomodo.


Max Rheinhardt, el primer director escénico de Alemania, ha obtenido un triunfo de alabanzas, de burlas y de discusiones en la representación, en la pista de un circo, del Edipo, de Sófocles, y el Ricardo II, de Shakespeare. La prueba es digna del inteligente director, y según sus admiradores incondicionales, en los tiempos modernos no se había logrado tan exacta presentación de la tragedia griega en toda su grandeza. El coro, verdadero protagonista en ella, recobra así toda su importancia, invadiendo la pista por diferentes partes, como verdadera masa popular, interviniendo en la acción á cada paso espectador y actor al mismo tiempo.

En cuanto al Ricardo II, de Shakespeare, como todos los dramas históricos del mismo autor, creo que sólo en un circo pueden hallar su verdadero escenario. Allí pueden evolucionar guerreros y caballos; allí pueden sucederse los varios episodios, todos interesantes y todos necesarios. Y, en efecto, las representaciones primitivas de esas obras, en tiempos de su autor, actor y empresario, más semejanza tenían con la representación de una pantomima de circo en nuestros tiempos, que con las representaciones de esas mismas obras en nuestros modernos teatros. Los actores pasaban á caballo entre el público; como aun hoy, por tradición teatral, puede verse en Granada, en las representaciones de la famosa Toma, y como era uso también en nuestros corrales; y actriz hubo, como la Bárbara Coronel, más celebrada por su arrogancia de amazona que por sus méritos de comedianta.

Todo vuelve á fuerza de buscar novedades, y el mayor progreso escenográfico está en volver á la sencillez de los teatros primitivos. El teatro vive, ante todo, de la imaginación, y á la imaginación, ó se la engaña con muy poco ó no se la engaña con nada. Hay algo con que se la engaña siempre: el interés y la emoción. Sófocles y Shakespeare no necesitaban de los ojos del espectador; con los oídos les bastaba.