VII
Debe de ser un encanto gobernar un país, como ser jefe de una familia en que reine de continuo la mayor unanimidad de pareceres. Si el Gobierno no se ha enterado todavía de la verdadera opinión nacional en los asuntos de Marruecos... Unos que: «Vamos allá, que para luego es tarde, que allí está nuestro porvenir». Otros que: «Nada tenemos que hacer allí, que Marruecos es como los amores y las zarzas, donde, según el refrán, quien en ellos se metiere entrará cuando guste, mas no saldrá cuando quisiere».
Hay señor, de los expansivos y belicosos, que, como caballero particular, le basta con un piso muy reducido, con habitaciones de un metro en cuadro, para todas sus expansiones; pero, como ciudadano español, teme ahogarse entre las fronteras naturales y le parece que le va á faltar aire si, por abajo, no llegamos hasta Tetuán y, por arriba, hasta qué sé yo dónde; como si, por mucho que se dilaten las fronteras, no vinieran á parar al fin en vecindades más ó menos molestas y peligrosas. El Imperio universal está muy desacreditado, por aquello de: «Quien mucho abarca, poco aprieta». Y nadie abarcó ni apretó más que nosotros, y no es cosa lo que nos ha lucido el pelo.
Otros lo toman por lo agrícola, y como en España ¡á Dios gracias! ya no queda sitio para plantar una mata de habas, se extasían considerando las siembras y plantaciones que podemos extender por los territorios conquistados. Por aquí, tabaco; más allá, pimientos; detrás, unas coles, y, entre col y col, lechugas. ¡Qué porvenir, qué riqueza!
A todo esto, la verdadera opinión, que, como siempre, es la que nada dice, y hace mal, como siempre, piensa que: del lobo un pelo, y de la hermosa Dulcinea de esos andantes caballeros, que no andan, un retrato, siquiera tamaño como el blanco de una uña; como pedían los mercaderes á Don Quijote, para proclamar, con algún fundamento, la soberana beldad de su dama.
Lo cierto es que, de América, con todos los errores y todas las torpezas, se sacó algún provecho, y aun colea; pero de Africa no sacamos más que romances; muy heroicos, pero nada prácticos. Las guerras modernas van por otros caminos. Los ejércitos son hoy avanzadas de los viajantes de comercio. Pero es muy triste cosa que, cuando un ejército se haya cubierto de gloria y pueda decirnos: «Aquí está todo este territorio que os hemos conquistado», haya que responderle: «¿Y qué hago yo con esto?»
¡Dichosos tiempos éstos en que, por cada pierna que podemos mover, y aun echar por alto, tenemos una liga que nos sujete y nos impida andar en malos pasos! Hay ligas femeninas, hay ligas masculinas, las hay de ambos sexos; las hay para todo y contra todo. Esta de ahora, contra la pornografía, promete ser de las más batalladoras. ¿Será verdad que estamos tan encenagados? ¿Se escriben y se publican más libros pornográficos que en otros tiempos? ¿El teatro es más inmoral que lo ha sido nunca? ¿Se escandaliza por esas calles como en ningún otro período histórico?
Yo creo que no; lo que yo creo es que ahora, como nunca, le ha dado á todo el mundo por enterarse de todo y por hablar de todo, y... ¡oye uno á señoras y señoritas, niñas y niños, tratar de unos asuntos! Sucede como en esos países de clima templado en que las casas están mal acondicionadas para el invierno: cuando quiere uno estar abrigado, hay que echarse á la calle. Lo mismo es con la pornografía moderna. La calle está á mejor temperatura que las casas.
Ciertos libros, ciertos teatros, solicitan á un público especial. ¿Qué culpa tienen ellos de que todo el público los busque? Los que se indignan con la literatura pornográfica, ¿están seguros de haber dispensado su protección á la literatura honesta? Los que protestan contra las obras inmorales en el teatro, ¿están seguros de no haberse aburrido en la representación de alguna comedia moralísima?
No me cansaré de decirlo; lo que llamais pornografía tiene su origen principal en la exagerada ñoñería. Por ñoñería cultivais la incultura, y ahí tenéis el fruto. Impedís que vuestros hijos y vuestras hijas afronten cara á cara, como la luz del sol, una verdadera obra de arte, y, es claro, como algo han de leer, leen á escondidas cualquier porquería; y como no tienen formado el gusto para saborear cosa mejor, les parece excelente.
Si no les permitís admirar las obras maestras de la escultura, ni los desnudos del Tiziano, ¿cómo no han de recrearse, á hurtadillas, con alguna colección de postales que sólo puede causar asco en quien más alta y más pura belleza haya contemplado?
Cuidad de vuestros hijos en casa y no os cuidéis tanto de la calle; que nadie sale á buscar en ella lo que le prohibieron que buscara, sino lo que le enseñaron á buscar.