XL

Si en torno á los reos de Cullera sólo hubieran disputado bandos políticos contrarios por la vida ó la muerte de los condenados á la última pena, tal vez, en este caso, no fueran los compasivos los que tuvieran razón.

Mas pasada la turbia que estas revueltas aguas de la actualidad traen de origen consigo, los espíritus desinteresados, los que no pierden nunca la noble serenidad inteligente, comprenderán, aunque por algo del momento se apasionaran unos y otros, que algo sobre la actualidad, con aspiración á lo definitivo, se eleva sobre las discusiones apasionadas.

Nada sería el perdón de hoy si no significara la abolición de la pena de muerte en España. Esa pena, que es vergüenza en toda sociedad civilizada, y si la civilización se enorgullece con el nombre de cristiana, no es ya sólo vergüenza, es crimen y es pecado.

La pena de muerte es la negación de la Justicia: es la pena bárbara del Talión, es la venganza que el propio ofendido se tomaría por su mano, sin necesidad de que unos jueces togados se interpusieran para dilatar fríamente la ejecución, cuando quizás los propios ofendidos han perdonado.

Pena que nada remedia y nada evita. Cuando más se aplicaba, más numerosos eran los crímenes. Hasta en delitos de imaginación, como en los brujos y posesos, puede comprobarse: cuanto más arreciaba el rigor en los suplicios, más se recrudecía el contagio, y eran en mayor número los que á sí mismos se acusaban de practicar diabólicas artes.

¿Ejemplaridad? No debe ser mucha la de una pena que todos los modernos legisladores creen más conveniente rodear en su ejecución de misterio y hasta se ha consignado, al término de largas discusiones en Congresos penitenciarios, la conveniencia de que la Prensa periódica se abstenga de publicar detallados relatos de toda ejecución capital. ¿Por qué todo esto, si de tan provechoso aviso y ejemplo fuera la pena de muerte? ¿No es todo esto palmaria confesión de que tan contagioso es el crimen como la pena, cuando se iguala al crimen en el procedimiento?

Ya es sobrada concesión que los hombres podamos juzgarnos unos á otros, pero nunca de un modo irreparable. Porque andamos individualmente sueltos por el mundo, nos creemos desligados unos de otros, y hay un espiritual cordón umbilical que á todos nos une como á un solo organismo humano.

En toda gloria de la humanidad tenemos todos nuestra parte de gloria, y en todo crimen, nuestra parte de culpa.

¿Por qué ante las hazañas de nuestros soldados, ante los triunfos de nuestros grandes artistas, algún buen hombre, ajeno á todo valor y á todo arte, exclama con orgullo: «¡Somos muy valientes! ¡Somos muy artistas!» Hay quien ante las gallardías de un torero se ufana de ellas, como si fueran propias, y dice muy orgulloso: «¿Han visto ustedes cómo hemos quedado en Méjico?» ¿Por qué no se considera del mismo modo solidario de crímenes y errores?

¿Quién sabe de dónde cayó la piedra propulsora de las ondas sociales? ¿Quién sabe de qué baja bestialidad llegó la inspiración al artista? ¿Quién sabe de qué alta inteligencia luminosa llegó la negrura del crimen á un alma de tinieblas?

Los pueblos tienen sus héroes y sus artistas y sus grandes hombres, como tienen sus criminales. En todos hay algo de todos.

No lo olvidemos al juzgarlos. Por todo esto, ya veis si un Gobierno español tiene siempre razón para perdonar, y todos para agradecerle que perdone. Es como si nos perdonaran á todos y todos nos perdonáramos unos á otros.


Persona, al parecer eclesiástica, me escribe muy indignada porque yo he dicho que los santos en vida no fueron muy bien mirados por la Iglesia. ¿Habré de recordar á persona tan docta los muchos santos que anduvieron en opinión de herejes y padecieron persecuciones y entredicho? ¿Bastará con recordar á San Francisco de Asís, San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús? ¿No tiene el primero que pasar los imposibles hasta ver aprobados los Estatutos de su Orden? ¿No padecieron los de casa persecuciones de la Inquisición y de sus superiores? ¿No llamó el Nuncio de Roma fémina inquieta y andariega á Santa Teresa?

No es que á mí me parezca mal; todo ello es naturalísimo. Los espíritus superiores, en cualquier esfera de actividad, son una perturbación.

Parafraseando un refrán algo brutal, bien puede decirse: «El grande hombre muerto, y el apio en el huerto».

Digan ustedes á cualquier familia de un grande hombre: «¡Qué orgullosos estarán ustedes!» Y por vergüenza no se atreverán á decirlo; pero, ¡vaya si lo piensan!: «Lo que estamos es... que no le podemos aguantar.»

Los santos y los genios no tienen vista más que á muchos siglos de distancia, cuando ya no les queda ni descendencia; porque hay descendientes que, sin ser santos ni genios, abusan del nombre del antecesor ilustre para seguir molestando.