XXIV
Los que quieran oir, que oigan; los que quieran entender, que entiendan. En algo habíamos de ser precursores. Nuestro género chico, que no tuvo nunca mayor enemigo que sus propios cultivadores, va siendo ya imitado en todas partes. En París son ya muchos los teatros mejor defendidos con variedad de piezas en un acto, que con la obra grande, de tres ó más actos; obra que no suele tener de grande más que las dimensiones, y en donde, por dos ó tres escenas, que vienen á ser en resumidas cuentas toda la substancia de la obra, hay que soportar todo el ripio y cascote, que no es patrimonio exclusivo de las obras en verso. En Londres, autores y actores famosos pasan sin desdorarse del teatro al music-hall, y en bocetos dramáticos ó cómicos, sketches, ofrecen, ganando en intensidad lo que pierden en extensión, brillante muestra de su talento. Graves autores y críticos protestan contra la innovación, que ellos estiman contra el Arte; pero el público la halla muy de su gusto.
Y hay que abrir los ojos á la evidencia: La obra grande, en tres ó más actos, es contemporánea de aquellas novelas en cuatro ó cinco tomos, lectura reposada para todas las largas noches de un largo invierno. Hoy nadie las escribiría, porque nadie había de leerlas. En la vida moderna, hasta los desocupados tienen más ocupaciones que los más activos de otros tiempos. El fracaso de muchas obras muy estimables, la dificultad de sostenerlas en el cartel mucho tiempo, no puede explicarse por su mayor ó menor mérito, sino sencillamente porque es preciso tener muy pocas cosas en qué pensar y ninguna en qué distraerse, para dedicar una velada entera á escuchar á un autor y á unos actores, por muy lindas cosas que nos digan muy lindamente dichas. Pesa mucha literatura sobre la Humanidad, y los autores están en la obligación de decirnos lo más brevemente posible las novedades que tengan que comunicarnos. ¿No es bastante un acto? Los autores y los actores ingleses demuestran que aun el acto es mucho; el sketch les basta para dar al público completa muestra de su arte. El teatro del porvenir será como estos music-halls ingleses á la moderna, donde alterna la cupletista con la gran cantante, el excéntrico con el actor, el baile con la tragedia condensada; donde hay espectáculo y arte, y falta el arte también para todos los gustos; en donde cada espectador puede elegir la hora y el número que le conviene, y al que le convenga verlo y oirlo todo, no fatigará su atención con un mismo tema, y en la diversidad de impresiones hallará el mayor encanto del espectáculo.
Todo el secreto y el arte de ganar dinero como empresario de teatros, consiste en ofrecer al público, no lo que le ha gustado ayer y le gusta hoy, sino lo que le gustará mañana.
En el teatro sólo han podido enriquecerse alguna vez los previsores, los que han sabido anticiparse al gusto del público. Por desgracia suya, aun estos previsores, encariñados con su hallazgo, no saben entender que otro de los secretos del teatro consiste en abandonar un género precisamente cuando más le está gustando al público. En todo lo humano, la cumbre ya empieza á ser decadencia.
¿Qué podrá decirse del género grande, que de puro bajar hasta parece que está empezando á subir? Pero una golondrina no hace verano, ni una ola temporales. El género grande está muerto. Y no es porque las obras sean mejores ó peores, tampoco los actores: ha muerto de grande, de los tres actos y de las tres horas de duración. Y lo sorprendente es que haya vivido tanto y conserve todavía apariencia de vida. ¿Hay algo en la vida moderna á lo que dedique nadie tres horas seguidas de atención? Pero el autor que no es vanidoso, sabe que de esas tres horas, una corresponde á los entreactos, otra á los espectadores, y una, todo lo más, á la obra, si no es día de abono aristocrático.
Todos los veranos leemos las mismas consideraciones sobre el veraneo y sobre la predilección de los veraneantes por los grandes centros de atracción veraniega, traslado en todo, con un poco más de ventilación, de la vida madrileña.
Y aquí del problema: ¿No se hace vida de campo porque nuestros campos son inhospitalarios?, ó ¿son nuestros campos inhospitalarios porque nadie quiere vivir en ellos?
No es razón pedir á los cortesanos que vayan á pasar molestias, sin la recompensa siquiera de pasar á la Historia como colonizadores. No es razón tampoco pedir á los campesinos que vayan disponiendo comodidades y atracciones, sin la seguridad de que los cortesanos han de acudir á compensar los gastos. El problema es de solución difícil. Alguien ha de empezar. En otras partes, han sido los viajeros los que han hecho el camino, y los huéspedes los hoteles. En España, acaso necesitemos lo contrario. Así empezaron Biarritz y Trouville, en Francia. En España mismo, así empezaron San Sebastián y Zarauz y Deva; así empezaron, más cercanos á Madrid, Cercedilla y otros lugares de la Sierra. Los primeros en acudir pasaron lo suyo; tuvieron, en cambio, el supremo goce de la virginidad.
Y como decía un buen señor, que siempre prolongaba su estancia en un lugar de estos hasta muy entrado el otoño, cuando ya no quedaba nadie de la colonia veraniega: «Ahora es cuando se está aquí á gusto. Si la gente no fuera tonta, ahora es cuando debía venir aquí todo el mundo.»
Una escritora de entendimiento y de corazón propone que los niños asistentes á las escuelas públicas tengan al entrar ellos, no sólo alimento espiritual, sino algo también de ese alimento material, tan necesario para bien disponer el espíritu; que si tripas llevan pies—y andamos tan malamente,—también llevan cerebro: y si de la panza sale la danza, también la enseñanza, si ha de ser provechosa.
Plausible idea es la del desayuno escolar, y es preciso que no quede en idea. Es triste cosa que, por amor propio mal entendido ó por temor á que pueda parecer bombo mutuo ó tacto de codos, nadie patrocine más ideas que las propias, y así queden perdidas y malogradas las mejores.
Ese desayuno de los niños pobres debe quedar á cuenta de los niños ricos, y las madres que enseñan á rezar á sus hijos, deben hacerles comprender que por algo en el Padrenuestro no se dice: «El pan mío de cada día», sino «el pan nuestro». ¿Qué menos puede comprender ese plural que el pan de todos los niños? ¿Qué almas pueden unirse mejor en ese acto de compartir el pan, que siendo de comunión cristiana, lo es también de solidaridad social?
Lances de veraneo: Un tenorio de playa, locamente enamorado de una bella compañera de hospedaje, la persigue día y noche dispuesto á todo. Un día, por fin, acompañándola desde la calle, se entra decidido hasta el mismo cuarto de la señora, que protesta muy indignada. El, sin oirla, se entrega á los transportes más apasionados. La dama le rechaza con toda su fuerza: «¡Está usted loco! ¿Qué hace usted? ¿Quiere usted que grite? ¡Qué atrevimiento! Y... ¿á que no ha echado usted el pestillo?»