XXV

Que si Francia, que si Alemania... Cuando aun saboreamos las delicias del ménage à trois, anglo-franco-español, concertado en la Conferencia de Algeciras, á la ligera, de pasada y como para que nadie haga caso, como puede decirse en estas notas por quien no tiene autoridad, me permití decir que el sentido común más rudimentario aconsejaba la alianza con Alemania, como más conveniente á los intereses españoles. De modo que no se dirá que me apasiono por Francia. Ahora, cuando veo que el apasionamiento por Alemania llega hasta desconocer y negar todo valor positivo á la cultura francesa, creo que, por lo menos, debemos acordarnos de que lo que sabemos de Alemania lo sabemos por Francia. Con todos sus defectos y su influencia más ó menos funesta en nuestra política, en nuestras costumbres, en nuestro arte—y tal vez el pro contrapesara la contra,—todavía podíamos imitarla en mucho, que nos sería muy conveniente. Por ejemplo: en su patriotismo, no limitado al aspecto bélico. Bien haremos al no confundir en nuestra admiración á un Cousin con un Kant, á Corneille con Shakespeare; pero, ¿no es altamente plausible y no debiéramos imitar nosotros ese laudable afán de los franceses por elevar sus glorias y presentarlas rodeadas de todo respeto á la consideración de los extraños? Cierto que es más ocasionada al ridículo la exagerada admiración, y nosotros somos un pueblo serio, que, por salvarnos del ridículo, caemos en la odiosidad de rebajar y denigrarlo todo.

La compañía de la Opera Cómica, de París, con su director, M. Carré, y su esposa, la espiritual artista Margarita Carré, han ido á Buenos Aires á dar unas representaciones de ópera francesa. Los periódicos hablan del valor, en sus dos acepciones, courage et valeur, de los artistas expedicionarios, de su abnegación al marchar á lejanas tierras á predicar la buena nueva del arte musical francés; el público se dispone á recibir en triunfo á la gentil Margarita Carré y á su esposo... Lo mismo que aquí. María Guerrero, Rosario Pino, han hecho en América, por nuestro arte y por nuestro buen nombre, más que todos los embajadores y diplomáticos. A su vuelta nos contentamos con contarles el dinero; á la ida... no falta quien envíe un extracto ó crónica desacreditándolas. No digamos si el que viaja es algún escritor: ya nos encargamos de prepararle desde aquí el terreno, y cuando llega, va precedido de cartas particulares y artículos de muy buena firma, que vienen á decir en substancia: «Ahí les mandamos á ustedes ese pendejo, á quien aquí no admira nadie ni nadie toma en serio; suponemos que ustedes tampoco. ¡Ah! cuidado con los cubiertos». Lo mismo que enviaron los franceses á Clemenceau y á Anatole France; lo mismo que envían al más insignificante de sus cómicos ó cantantes. Aquí nos reimos mucho de esas cosas; pero con esas cosas pueden atreverse á escribir: «La Argentina, hija de Francia», y con razón se indigna Mariano de Cávia, y con razón no se indigna sólo con el autor de la fanfarronada, sino también con los que desde aquí, por su desidia, la hicieron posible.

Entretanto, que si Francia, que si Alemania. Y ¿nadie se acuerda de Italia, que es la verdadera madre de todos los cerebros latinos?

Y no sólo de los latinos, sino de toda la cultura europea.

¿No debemos á Italia lo mejor de nuestro arte? ¿Nuestros poetas, nuestros novelistas, nuestros pintores? ¿No están Velázquez, Ribera, el Greco, en los pintores venecianos? ¿No está Murillo en Rafael? ¿No está Cervantes en Bocaccio y el Ariosto? ¿No está Calderón en Dante? Y ¿no está toda Italia en Lope de Vega?

Allá que la sombra negra del Vaticano se interponga entre las relaciones oficiales de los dos pueblos más hermanos en carácter, en glorias y hasta en desdichas: los demás no debemos ser ingratos ni olvidadizos. Aceptada la clasificación de pueblos latinos, si todos son hermanos, sólo Italia es madre de todos, y, sobre todos, gloriosa.


La cuestión de las «capeas» ocasiona muchos disgustos en este año por esos pueblos de nuestros pecados. Mayores disgustos, pues que, con desigual injusticia, mientras en este pueblo se prohibe la «capea», se permite en el de al lado, sin duda por disfrutar de mayor influencia cerca de los gobernadores. Mientras aquí se hace la ley gorda, dos leguas más allá se hila muy delgado. Sabido es que nada irrita tanto como estas diferencias y distinciones. Entretanto, llueven multas sobre muchos infelices alcaldes, á quien se quiere exigir que se impongan á todo un pueblo con tres números de la Guardia civil; bastantes menos de los que se envía en día de elecciones, cuando hay que poner miedo en los electores de oposición.

Gobernadores que, cuando presiden una corrida de toros en su diócesis, pasan por cuanto les pide el público, aun sin razón, en el natural deseo de evitar conflictos, quieren que estos pobres alcaldes, sin fuerza material, y con poca autoridad moral, se basten y se sobren para prohibir las «capeas». No saben los gobernadores que el conflicto sería mayor para ellos si los alcaldes se obstinaran en prohibirlas á raja tabla.

Además, donde se paga á los maestros como aquí se les paga, ¿hay derecho á prohibir «las capeas»? De unas cosas provienen las otras, y cuando se quiere educar á un pueblo, hay que empezar por el principio.


Otra de las especialidades del veraneo es, al derramarse por las varias regiones de España, los agricultores, que pudiéramos llamar de la cátedra; cuerdos en casa ajena que pretenden saber más que el loco en la propia.—Aquí tienen ustedes una riqueza sin explotar... Si se sirvieran ustedes de máquinas...

—Como no las despeñáramos por esos cerros—piensa el labrador socarrón.—Aquí tienen ustedes una riqueza en fruta. ¿Qué hacen ustedes con ella?—Nos la comemos.—¿Por qué no la exportan ustedes á Inglaterra?—Pues, ¡qué sé yo!

—¡Qué país éste! ¿Ustedes saben lo que pagarían por esta fruta en Londres?

El agricultor de gabinete, á los pocos días de regresar á la corte, recibe, muy bien acondicionado, un cajón de aquella riquísima fruta; la mitad llega para tirarla, y el viaje no ha sido muy largo. ¿No es ésta la mejor contestación á todos estos que quieren saber de la tierra y de sus productos más que sus cultivadores, que no se chupan el dedo, aunque otra cosa parezca, y saben muy bien dónde les aprieta el zapato?

Sí, algo hay que hacer por esos campos de España; pero ni es tanto ni lo que creen muchos que todo lo aprendieron en los libros. A la mayor parte de los campesinos, cuando van á enseñarles algo, ya están ellos de vuelta, y el viaje no ha sido muy fructífero. Y lo que dicen ellos: De consejos, la mitad en dinero.