XXVI
Tan sobresaltados nos han tenido durante todo el verano con amenazas de conflagraciones europeas, cólera, disturbios interiores; tanto nos han gritado «¡el lobo, el lobo!», que cuando el lobo ha venido, en efecto, casi estábamos curados de espanto; y la verdad es que la intranquilidad de los espíritus no corresponde á lo crítico de las circunstancias. No parece sino que no fuera nada con nosotros. El ilustre político que consideró á España incorregible é ingobernable porque había perdido el pulso, hallaría ahora nuevas razones para reforzar su diagnóstico. No creo yo que hayamos perdido el pulso; lo que sucede es que no se nos altera por nada. ¡Nos hemos visto con el agua al cuello tantas veces! Sólo una gran catástrofe nacional, como la cogida de un torero, es capaz ya de conmovernos y alterar el ritmo normal de nuestras pulsaciones. Menos mal; si fuéramos á emocionarnos por todo lo que vale la pena, estaríamos enfermos del corazón todos los españoles. Y ¿para qué hay una Providencia allá arriba y un Gobierno aquí abajo?
Pero los ricos son egoístas; ellos se toman sus vacaciones del veraneo y se molestan porque los pobres se declaren en huelga, que es, salvo enfermedad ó paro forzoso, su único modo de tener vacaciones. Con la diferencia de que no son tan divertidas como las de los ricos; porque las Cajas de resistencia no dan para tanto como las Cajas de los Bancos y las rentas de casas y tierras. ¡Ah! Si los pobres tuvieran algún dinero para jugárselo en algún Casino mientras dura la huelga, nadie tendría que decir nada de ellos. Sería gente que se divierte; la gente que se divierte, no perturba. Pero ¿á quién se le ocurre holgar sin dinero? Peor todavía: á costa del dinero de los demás. ¿No piensan esos obreros que sus días de huelga significan tal vez el automóvil, la partida de «bac» del señor que veranea tranquilamente? Pues bueno sería que lo pensaran, que eso de no pensar más que en sí mismos se queda también para los ricos. Bueno es que ellos no piensen que su automóvil, y su «bac», y sus «cocottes» significan el pan que falta muchos días en muchas mesas; porque si lo pensaran no se divertirían tanto, y conviene que los ricos se diviertan para que los pobres vivan. Cuando se han pagado seis reales ó dos pesetas por el trabajo de un hombre en todo un día, bien puede uno jugarse 1.000 pesetas á una carta, con la conciencia tranquila, y pedir energía á los Gobiernos para reprimir cualquier desorden, y espantarse de que haya quien hable todavía de problemas y cuestiones sociales.
Una millonaria americana ha celebrado en París el segundo cumpleaños de un lindo perrillo de su pertenencia con una original y espléndida fiesta. Invitó á todos los perros y perras de sus amigas, que acudieron acompañados de sus distinguidas amitas, naturalmente. Hubo verdadera competencia en el atavío de los perros: collares y pulseras con piedras preciosas, golas de magníficos encajes, mantas de fantasía, pañuelitos bordados. El héroe de la fiesta lucía un suntuoso manto, que era llevado graciosamente del pico por un pato blanco que, según dicen, cometió mil incorrecciones y acabó por tragarse un anillo de oro y brillantes que dejó caer una de las más espirituales falderas asistentes á la reunión. Se sirvió un delicado agasajo, y las revistas no dicen si se bailó ó se hizo música, ni si las alfombras y cortinajes ó las faldas de las amitas padecieron graves ultrajes. Tampoco dicen si el flirt se contuvo en límites decorosos ó hubo que lamentar algunas expansiones de dudoso gusto. Se supone que, siendo todos los perritos de buena casa y educados por señoras tan distinguidas, la reunión tendría el mejor tono. De seguro que no se mordieron unos á otros como sus señoras y dueñas, que saldrían encantadas de la fiesta. Sería interesante saber lo que pensaron los perros, y más interesante saber lo que dijeron los criados de la casa. De los maridos y los hijos de las señoras, no se sabe nada.
No se dirá que nos descuidamos en los preparativos para solemnizar el centenario de Cervantes. El Salón Nacional, nombre ya de suyo sonoro y significativo, se llamará teatro de Cervantes, y, al anunciar el cambio de nombre, se anunció primeramente que actuaría en él una buena compañía dramática; pero después referencias muy autorizadas dan por seguro que actuará en él una de esas compañías de varietés tan poco variadas. Era lo único que le faltaba á Cervantes. Con un guiñol iría mejor servido; siquiera recordaría aquel retablo de Maravillas ó el famoso de maese Pedro; pero estas varietés á la moderna no sé qué puedan recordar, como no sean las desdichas que le persiguieron en vida y no dejaron de perseguirle en muerte, sin la tregua del centenario, que ya veremos cómo nos lo deparan entre unos y otros.
Admirable sería que, al engaño del nombre, acudiera algún extranjero al teatro de Cervantes creyendo hallar el verdadero teatro nacional, ó poco menos, y se encontrara con su buen garrotín y sus buenas coplitas en el más puro estilo cervantesco. Triste sería que, sólo por los artistas y el público, pudiera creerse transportado á lo más triste de la triste España de Cervantes, y que, viniendo á festejar al autor del Quijote, sólo pudiera admirar al de Rinconete y Cortadillo, no tanto por la certera observación de su tiempo como por la penetrante visión del porvenir.
Los franceses nos pondrán en solfa, y por eso, sin duda, padecen la obsesión musical de España. De diez ó doce conciertos anunciados en días pasados, de los que dan en París continuamente las bandas militares, no había uno solo en que no figurara alguna pieza de inspiración española. La España, de Chabrier; fantasías de Carmen; un Vito; fantasía de El Cid, de Massenet; serenata española. Eso sí, entre tanta música española ni un sólo compositor español. Basta con que la inspiración sea nuestra; ellos se bastan para instrumentarlo todo. Lo mismo que en Marruecos, y que en todas partes. Aquí cantamos y bailamos; ellos instrumentan... y cobran. ¿No ha sido ésta siempre la suprema habilidad francesa: instrumentar todas las músicas de todo el mundo? Sólo que hay músicas bravías que se resisten á todo pentagrama y á toda batuta. Napoleón, aquel gran director de orquesta, lo aprendió á su costa. Pudo con los pueblos entonces más civilizados y fué á estrellarse en los que él despreciaba más por incultos.