XXXI
La buena obra del desayuno escolar, de las cantinas escolares, está en buenas manos, y es seguro que se salvará del infructuoso destino de ir á estrellar el cielo.—¿Por qué ha de decirse empedrar el infierno, cuando de buenas intenciones se trate?—Ninguna buena intención se pierde, aunque no pase de la intención. Toda simiente espiritual fructifica, más tarde ó más temprano, en la realidad práctica.
Si fueran graves y sesudos varones los encargados de llevar á cabo el buen propósito, no habría que fiar mucho en su realización. Todo se perdería en discusiones, Memorias y nombramiento de cargos. Las señoras son más expeditivas en todas sus resoluciones, discuten andando; sus discusiones no son por discursos en severas sesiones, sino por réplicas animadas y vivas en charla amistosa. Las señoras son únicas también en el manejo y dominio de las cifras. Mientras los hombres necesitan servirse de la tabla de logaritmos para averiguar el precio de las patatas, con todo rigor científico, las señoras, por los dedos muchas veces, calculan y resuelven los problemas más dificultosos mejor que Inaudi.
No quisiera yo actuar solamente de jaleador y tocador de palmas en empresa tan loable. Desde ahora me ofrezco á las distinguidas señoras para cuanto crean que pueda serles mi cooperación de alguna eficacia.
Muy explotado está el teatro y cuanto con él se relaciona, para pensar en recargarle con un nuevo tributo. Algo queda todavía sin explotar, que bien pudiera explotarse en beneficio de tan buena obra. Los gorrones y los pelmazos. ¿Por qué no ha de cobrarse un impuesto de caridad sobre los vales? El que asiste gratuitamente á un espectáculo, con mayor razón debe pagar ese impuesto. Son muchos también los aficionados á curiosear en lecturas, ensayos, sobre todo en los generales. ¿No estaría muy en razón también que pagaran con algo las primicias y el fisgoneo? En todo lo de este mundo—¿no es verdad, viejos verdes?—las primicias es lo que más se paga. Sólo en el teatro son gratuitas.
Por mi parte, y desde ahora, fuera de los precisos operarios, como dice el cartel de las corridas de toros, á todo curioso, fisgón, pelmazo ó buen amigo que asista al ensayo de una obra mía, le sablearé sin consideración alguna y pondré á disposición de las damas lo recaudado. ¿Que entonces no habrá curiosos? Por lo pronto, eso iremos ganando.
De cualquier modo, bueno sería que las empresas y los autores se pusieran de acuerdo para explotar á todo pelmazo.—Entiéndase lo de pelmazo en el mejor sentido de la palabra.—Cada cual puede aplicar este ingreso, que al cabo del año sería importante, á la obra meritoria más de su agrado y de su simpatía.
También pueden rendir un tributo los ejemplares regalados, las tarjetas postales firmadas y demás molestias hasta ahora gratuitas y, por lo regular, poco agradecidas.
Los tiempos son prácticos, pero como los escritores y artistas hemos convenido que no está bien serlo en provecho propio, sigamos siendo desprendidos y generosos; pero ya que hemos de padecer tanta lata por amor al Arte, que nos sirva á lo menos de satisfacción padecerla en provecho de alguna obra de caridad.
En los salones de variedades se inicia un renacimiento nacional. Hasta ahora las canciones eran imitación ó traslado de couplets extranjeros. Hoy se cantan canciones españolas, antiguas y modernas; las artistas se tocan con la mantilla blanca, gran peineta y claveles—también se tocan de otras mil maneras; pero quédese esto de jugar del vocablo para sus intencionadas canciones.—Renace también el baile clásico español: fandango, bolero y panaderos; hay trajes del siglo xviii y bailarinas de la misma época. ¡Ese siglo xviii, el más afrancesado, que muchos tienen por el prototipo de lo castizo! ¿No hay quien tiene á Goya por el más español de nuestros pintores? A Goya, que unas veces pintó como los ingleses, otra como los franceses, y cuando pintó á su manera pintó de muy mala manera.
Verdad es que yo he leído en papeles de la época cómo se censuraban los sainetes de D. Ramón de la Cruz, como género á la francesa.
También creo que en este españolismo de bailarinas y cantadoras hay más de afrancesamiento que de españolismo. La prueba es que cuando vienen más españolas es cuando vienen de París. Y es que, ante la niveladora civilización, lo castizo va emigrando de unos pueblos á otros, como curiosidad de exportación. Dentro de poco será lo más difícil, para los curiosos de costumbres pintorescas y características, saber dónde han de hallar las de cada pueblo, porque lo más italiano estará en la Argentina, lo más americano en París, lo más francés en Nueva York, lo español, en Rusia, y lo ruso, en China. En Arte sucederá lo mismo: el del Norte habrá pasado al Mediodía, y viceversa. Los europeos pintarán como los japoneses, y los japoneses como los europeos. Habrá corridas de toros en Londres y boxeo en Sevilla. En Alemania no gustarán más óperas que las italianas, y en Italia, las de Wágner y Strauss. En Madrid se representarán operetas vienesas, y en Viena, zarzuelas españolas. Los pueblos juegan á las cuatro esquinas, y cuando alguien pide un poco de casticismo, en todas partes le dicen:—Por allí rebulle.—El cosmopolitismo es ya castizo en todas partes; lo castizo se ha hecho cosmopolita.