XXXII

Muy doloroso es ver renovarse á cada paso de nuestra historia la negra leyenda de las torturas inquisitoriales. Pero hay que confesar, por muy triste que sea, que no hay leyenda ni calumnia sin fundamento. Cuando se ha pecado mucho, son necesarias muchas y muy seguras pruebas de virtud, hasta llegar á convencer á las gentes de que en verdad hemos mejorado nuestra vida y costumbres.

En realidad, sólo nos alarmamos cuando los de fuera nos llaman la atención sobre estos supuestos actos de crueldad. Pero, en familia, entre nosotros, todos los días celebramos y alentamos estos procedimientos, más frecuentes de lo que parece, en actuaciones procesales, en cárceles, en Juzgados y hasta en Delegaciones. ¿Vale hacernos los ignorantes, si todo ello es á ciencia y aquiescencia de todos? ¿Quién no ha oído celebrar, hasta por personas muy cultas, la oportunidad del empleo de estos procedimientos, sobre todo si de descubrir y castigar un delito que personalmente le perjudicaba era el caso?

Lo que no está bien es que se pretenda culpar á ningún Gobierno, sea conservador ó liberal, ni hacer cuestión política lo que es cuestión de educación nacional. No cabe en cabeza humana que ningún Gobierno español, sobrado advertido ya, ordene, autorice ó consienta semejantes procedimientos; todo lo contrario.

Esa negra leyenda está fundamentada en nuestro carácter. Tan es así, que, siendo España, seguramente, digan lo que quieran historiadores parciales, el pueblo en que menos se ha perseguido y atormentado por ideas políticas y religiosas, es, no obstante, el pueblo en que más se destaca y perdura la triste fama de estas persecuciones y fanatismos.

Y es que, en otros pueblos, eran los altos poderes los que imponían la intolerancia y las crueldades, contra la conciencia de los gobernados. En España, fueron siempre los gobernados los que impusieron á los gobernantes la crueldad y la intolerancia. Por eso en otras partes, aunque más terribles en sus efectos, fueron menos permanentes en sus causas.

La verdad es que el espíritu de cada español está como amurallado, y todo lo que está fuera de su recinto, juzgado como extraño é incomprensible. No simpatizan unos espíritus con otros, porque no se comprenden, y no se comprenden porque se ignoran. En cada uno de nosotros hay un pequeño inquisidor por el poder, grande por la intención.

¿No oímos decir á cada paso, no habremos dicho todos alguna vez:—Yo, al que hace esto, al que hace esto otro, al que piensa de este modo, al que no piensa de esta manera, le mataría?—Mataríamos por todo. La justicia no nos satisface por completo si no tiene algo de venganza. Aplaudimos al que venga una injuria por su mano, tenemos por cobarde al que pide reparación de una ofensa por justicia.

Con las mujeres, pecamos de afectada retórica galantería en el trato superficial y, digámoslo así, poético y literario. En el trato ordinario ¡y tan ordinario! de la vida, somos groseros, brutales, duros. Para los niños no hay pueblo de menos delicadeza. Para los animales, no se diga. Y á todas horas, en la vida familiar, en la vida política, en el teatro, en las plazas de toros, puede observarse esta dureza de nuestro carácter, esta carencia del sentido de la simpatía y de la comprensión.

Ahora mismo, al protestar indignados contra los que vuelven á propalar la leyenda negra, tal vez decimos:—¡Es para matarlos!

Aceptemos en penitencia de nuestros pecados esa leyenda, que ya estaría destruida, si no fuera tan verosímil. Procuremos hacerla imposible, y, para ello, antes de protestar y de indignarnos, hagamos un buen examen de conciencia.


El Porvenir Postal dedica todo un número á los carteros y peatones, elevando sentida y razonada exposición á los Poderes públicos, para que no tarden en mejorar la triste situación de tan humildes y desatendidos funcionarios.

Debiera ser obligatorio para todo gobernante un certificado cierto de haber vivido durante algunos años en algún pueblecillo, de esos abandonados de Dios y de los hombres. «Quien ve un pueblo, ve un reino», dícese en Castilla. Y más enseña la observación directa de uno de esos lugares, que todos los libros de Ciencias sociales y políticas.

¡El cartero rural, el peatón! ¿Quién piensa en las grandes capitales lo que sus servicios significan? Con nada están bien pagados. Cuando se aprecia de cerca su penoso servicio, ¿cómo no llamar la atención á gritos contra la injusticia, iniquidad en muchos casos, con que se desatiende á esos modestos héroes?

Pensando en esto y en muchas cosas más, es cuando se aprecian en todo su valor las brillantes campañas parlamentarias de republicanos y socialistas. Pequeñeces son éstas que no merecen fijar su atención. Es más importante demostrar que Maura es reaccionario y Canalejas poco liberal. Ser el eterno obstáculo y, como el alcalde famoso de Valdemorillo, que entraba por el Ayuntamiento diciendo desde la puerta:—¿De qué se trata? Que yo me opongo,—oponerse á todo y no oponerse á nada.

Próxima la discusión de nuevos presupuestos, ¿no habrá quien se acuerde de los carteros y peatones?


La fecunda imaginación de nuestros hacendistas, cuando de arbitrar nuevos recursos se trata, ya se sabe: al teatro por ellos. Como en ninguna otra industria ó negocio es tan fácil la investigación y comprobación de los ingresos, aquí que no peco ni me caliento la cabeza. Verdad es que los empresarios, actores y autores son pacientísimos corderos y, por verse unos á otros perjudicados, se conforman, muy satisfechos, con el perjuicio propio. El precio de las localidades aumenta, el público se queda en casa ó se va á la sesión continua del cine, y todos tan contentos.

Entretanto, los grandes caciques y terratenientes seguirán defraudando á la Hacienda y serán los primeros en decir que el teatro está muy caro y hay que organizar loterías caseras para esparcimiento de los niños y de los amiguitos. Porque ya se sabe que, cuando todo está caro, los únicos que pueden hacer economías son los ricos.