XXXIII
Lamentable es la conducta de los partidos revolucionarios no reparando, por servir á su causa, en propalar y sostener especies que más desacreditan á la nación española que á un Gobierno y á determinado régimen.
Pero tan lamentable como la conducta de estos partidos, es candorosa la actitud de aquellos monárquicos que piden lealtad al enemigo en sus procedimientos de combate. Lo malo en nuestros enemigos es que nos ataquen de buena manera. El enemigo sólo empieza á ser temible cuando empieza á tener razón. Si los partidos revolucionarios tuvieran un programa económico bien estudiado y bien definido; si tuvieran para los problemas nacionales más soluciones constructoras que destructoras; si trabajaran por España más que por el triunfo de sus ideas, venga por donde venga y salga como salga, entonces es cuando serían temibles. Como son, la Monarquía no puede desear mejores enemigos; ni de encargo. ¡Si parece que trabajan por la causa enemiga más que por su propia causa! Más han hecho en estos últimos años por la Monarquía los partidos republicanos y revolucionarios que los Gobiernos y los amigos del régimen. No es para que éstos estén orgullosos, porque es muy triste que nuestros aciertos sólo consistan en los desaciertos ajenos. Más eres tú es una razón que tiene su fuerza por el momento; pero, en definitiva, el país viene á caer en la cuenta de que, unas veces unos, otras veces otros, todos tienen sus más y sus menos.
Se preguntaba en una ocasión á Filipo de Macedonia cómo se vengaría de alguien que le había calumniado. «Mejorando mis costumbres»—respondió el rey magnánimo.—De este modo, con su lealtad al servicio de la Patria, es como deben responder los monárquicos á deslealtades del enemigo. No hay mejor protesta. Pedir que el enemigo emplee mejores armas es candidez sin ejemplo. Dejadle, dejadle que siga con ese viejo armamento de mala ley, que suele dispararse por la culata y hacer explosión en manos de quien lo maneja torpemente. En la opinión nacional tal vez pudiera caer la mancha sobre un Gobierno y sobre el régimen; en la opinión extranjera esas manchas caen sobre España entera; y esas manchas no se quitan con bencina republicana ni revolucionaria.
Joaquín Dicenta ha presentado al Ayuntamiento de Madrid una razonada Memoria: Proyecto para construcción de edificios escolares.
Esta obra que, llevada á la realidad, debiera ser la mejor obra de quien tantas obras admirables ha escrito, porque es como el resumen de todas ellas, no ha sido admitida, á lo que parece, por la empresa á quien estaba destinada. Los hombres de carne y hueso, aunque tengan también corazón y cerebro, no son tan fáciles de manejar como los personajes teatrales, creación de nuestra fantasía, aunque materiales de la realidad los informen. Pero es una realidad sumisa á nuestro esfuerzo creador. Por lo pronto, los personajes dramáticos viven con muy poco. Esta otra ilusión de Joaquín Dicenta, que aspiraba á ser realidad en la práctica, es mucho más costosa. Pero es de esas obras que el público debe imponer á una empresa, porque el público tiene derecho á ello. Esa obra no puede ser un fracaso. Y, en todo caso, nunca sería un fracaso del autor, sino de la empresa que no ha querido admitirla.
Está visto que hay que ponerse machacón para que algunas gentes entiendan lo que uno quiere decir. Algo que dije referente á Goya ha indignado á muchos. Muchos también me han expresado su conformidad. Váyase lo uno por lo otro. No seré yo quien estime la calidad de los votos. Para mí todos son respetables. A los indignados debo decir: que soy el primero en admirar á Goya; en lo que no estoy conforme es en que se le considere como genuino producto de la tierra, representación la más pura del casticismo. Que hay retratos de Goya que pudiera firmarlos Reynolds, basta con verlos. ¿Que siempre hay en él un elemento de raza y mucho de personal? ¿Quién lo duda? Como en todo artista, por servil imitador que sea.
Lo que yo quise decir es que eso del casticismo á todo trapo no es una gracia para celebrada; que en todo tiempo los pueblos han influído unos sobre otros, y que no hay gran artista en quien, sobre la raza y la personalidad, no predomine la influencia de una cultura superior á su tiempo y á su nación. Bueno es ser de la tierra; pero no como la patata. Arraigue muy hondo nuestro arte; pero tienda á lo alto, al sol y al cielo, que es de toda la tierra y de todos los hombres.
Por lo demás, claro está que yo no entiendo una palabra de pintura; juzgo por sentimiento nada más. Y decir lo que siento podrá ser osadía, ignorancia, todo lo que se quiera; todo menos «desaprensión», como dice uno de los indignados. Poca aprensión será decir lo contrario de lo que se siente, sobre todo si es por alguna consideración interesada. Y por Goya, pueden ustedes creerme, no tengo antipatía personal ninguna; todo lo contrario, su persona, su vida, sus obras me son igualmente simpáticas. Le admiro hasta cuando pintó la alegoría Salutación al rey José, que esa sí que no me negarán los más admiradores del castizo pintor que está pintada, como sentida, á la francesa.