I

Bizancio anda revuelto; del circo sale la revolución, pero no se trata de guiadores de carros, sino de bailarinas; no de verdes y azules, sino de verdes y más verdes. Ya lo dijo un moralista: lo desnudo no es indecente, sino lo «remangado»; y estos renacimientos paganos que de cuando en cuando florecen en nuestros teatros, no son más que un puro «remangarse». No es la Venus de Milo la diosa majestuosa que preside en sus altares, no; la Venus de Milo oculta sus piernas y no tiene brazos, y en esta ocasión piernas y brazos (¡oh Pepita Sevilla!) han sido los perturbadores. ¿A quien culparemos? ¿A empresas y autores, que dirán seguramente: el público lo pide? ¡ay, no! El público es como los niños: sólo pide lo que le enseñan; eso sí, como los niños también, cuando pide, siempre pide más, y empresas y autores son maternales. ¿Los artistas? Recuerdo siempre una plegaria con aire de tango que cantaba la bella Belén en sus tiempos, y era sólo la expresión poética de un deseo prosaico:

¡Padre nuestro que estas en los cielos! ¿Por qué no me das mil duros de renta, y la pobre Belén estaría sentada en su casa tomando la cuenta?

El público reía y pedía: ¡más, más! Seguramente en tres mil pesetas hubiera podido dejarse la petición por no servirle más de juguete. ¿Verdad que hay aplausos que deben sonar como bofetadas? ¡Pobres mujeres! ¡Acaso las bofetadas de su casa les hacen preferir esos aplausos del público!

¡El público! El público también es digno de compasión. En sus bramidos bestiales, no hay alegría ni voluptuosidad; no es la admiración desinteresada ó satisfecha á la belleza y á la gracia, es el rugido del hambre, hambre de carne en todas sus manifestaciones; son las mismas caras que se observa ante los escaparates de los «restaurants» ó casas de comidas; no es la sonrisa plácida del sultán ante las danzas de sus favoritas, es la burla del eunuco ó la rabia del esclavo ante lo que nunca fué ni será para ellos. Un conjunto lastimoso al que solo pone la nota ridícula, la autoridad en clase de «encargada», encargada de que no haya escándalo en el barrio. Como siempre, para los efectos muy solícita, para las causas ... Las causas que las estudien los moralistas, los literatos, los periodistas; los que gobiernan sólo están para prohibir y para castigar.