IV
Pérez Galdós es siempre admirable: terminados sus cuarenta Episodios; después de haber estudiado para escribirlos, mejor dicho, después de haber vivido para revivirlos, toda la historia contemporánea de España con toda su lastimosa política, en lugar de quedar fatigado, desilusionado y, si se quiere, empachado, con la mayor ilusión del mundo—¿no se presenta como candidato republicano?—se lanza á la política activa.
Y es que Galdós, nuestro único gran historiador, al escribir sus Episodios, ha podido comprender como nadie que, sobre todas las desventuras de la patria, sobre sus luchas civiles y sus pronunciamientos, y las intrigas de camarilla y de partido, sobre Carlos IV, y Godoy, y Fernando VII, y Calomarde, y Espartero, y Narváez y todas las clases directoras que tan malos pastores fueron de este pobre rebaño, esta siempre la masa, la soberana masa, que dijo el mismo Galdós, la masa, verdadero héroe de esos cuarenta Episodios nacionales; y cuando un hombre como Pérez Galdós, después de haber escrito los cuarenta episodios, hace profesión de fe republicana, es porque espera mucho de esa masa; porque es de creer que no será en Salmerón en quien espere.
De todos modos, Pérez Galdós, en lenguaje de empresa teatral, es una excelente adquisición para el partido republicano; y si no va á el sólo llevado de su curioso espíritu, á documentarse para futuras novelas ó comedias, la significación de su nombre glorioso es de gran importancia. Galdós cuenta con incondicionales adictos á su talento y á su persona, cuenta con una juventud que le admira y le proclama maestro; todo eso aporta Galdós á la causa de la República. ¡Ah! Y la espada de Machaquito. No la tuvo mejor ningún partido español hace mucho tiempo.
Entre la Fiesta del Sainete, la corrida de la Prensa, la Semana Santa, para terminar con la corrida de inauguración de temporada, he aquí una semana bien española. Lo picaresco, lo piadoso, lo emocional y lo sangriento en pintoresca mezcla: toda la lira, mejor dicho, toda la guitarra.
Y sobre todo ello y para todo ello, la mantilla, que es tanto como la bandera española, nunca mejor prendida que en nuestras actrices, de tan diversos pero tan castizos tipos de belleza española todas ellas.
D. Ramón de la Cruz y Goya se habrán asomado, allá por un barandal de la gloria—algo como la cúpula de San Antonio de la Florida,—para sentirse más en sus glorias, y los académicos habrán pensado que con tan lucido cortejo no es posible negar entrada al plebeyo sainete en la aristocrática Academia. Los ojos de Rosario Pino bien valen por todo un Diccionario.
Con el sainete vuelve el baile español, casi perdido ya, degradado en esos tangos de un orientalismo de Exposición universal; el baile clásico español, señoril ó popular ó villanesco, pero verdadero baile de arte, el baile por el baile; no como el baile francés, que es siempre decente—porque siempre es un pretexto para enseñar,—ni como el inglés, que, por otros medios, llega á los mismos fines, más gimnasia que baile.—En Inglaterra el sport lo tapa todo ó lo descubre todo.—En Francia aparenta malicia lo más inocente; en Inglaterra aparenta inocencia lo más malicioso.—Sólo el baile español es baile, en una justa ponderación, como el amor sano, ni todo carne ni todo espíritu.
¡Boleras gloriosas que inmortalizaron los nombres de Lola Montes, de la Nena y de Petra Cámara! En la memoria de los viejos se asocia el recuerdo de aquellos bailes al del toreo de brazos de Montes, el Chiclanero y Cúchares: ¡Entonces se bailaba, entonces se toreaba!, dicen estos respetables viejos, y es: ¡Entonces bailábamos, entonces toreábamos!, lo que quieren decir siempre estos recuerdos.
¡Dios mío! ¿No habré yo sido nunca joven? Porque todavía alcancé los tiempos en que las boleras robadas eran fin de fiesta en el teatro del Príncipe, y me parece más divertido el tango con molinete; y de toreros, ví muchas veces á Lagartijo y á Frascuelo, y confieso que no me divertí en los toros hasta el advenimiento del Guerra con todos sus modernismos tan censurados.
Por fortuna, dentro de pocos años la Imperio y el Guerra serán tan clásicos como la Nena y Montes, y con qué desdeñoso gesto diré yo á mi vez: ¡Como se bailaba entonces, como se toreaba ... y como se escribía! Porque yo también seré clásico. ¿Por qué no? Comparado con el cinematógrafo, que será toda la literatura dramática del porvenir al paso que vamos.