XVIII

Si algún día se escribiera la historia de la tontería, humana, que sería tanto como escribir la Historia de la Humanidad, uno de sus capítulos más interesantes sería el de por qué los españoles hemos de asistir todos los años en fecha fija á las representaciones de «Don Juan Tenorio».

¿Es que el mérito de la obra la impone á la admiración anual del público? Bueno sería entonces cualquier día del año. ¿Es por el cementerio y los aparecidos que en ella figuran por lo que tiene lugar apropiado al conmemorar la Iglesia á todos sus santos y á todos sus difuntos? Con la misma razón podría representarse Hamlet, donde no faltan tampoco apariciones de muertos y camposanto, y donde las consideraciones sobre la vida y la muerte y la eternidad son más graves y austeras que en nuestro popular drama, en que más parece tomarse á broma todo esto ... ¿Pero qué digo? Justamente porque se toma á broma, es porque no hemos encontrado nada mejor para distraernos de la seriedad que los días imponen.

¿No es toda la vida española la de Don Juan Tenorio? Fanfarrona, despreocupada, altas frases, bajas acciones, el sentir y el pensar afectados, mucha elocuencia, mucha retórica ... y sobre todo esto, la esperanza en el punto de contrición, gustoso y fácil, y la salvación final por mano de doña Inés, que por no faltar en nada al simbolismo, viste hábitos monjiles. Porque ¿como puede salvarse nadie en España sin intervención de monjío ó frailío?

Por algo, con ser tan popular en España la figura de Don Juan Tenorio, no halló su consagración literaria definitiva hasta que el genio archiespañol de Zorrilla supo españolizarlo del todo. Los españoles no podíamos tolerar que Don Juan se condenase de ningún modo, ni con la música divina de Mozart. Era como condenarnos nosotros mismos.

¿Y no merecía la salvación Don Juan Tenorio mejor que el doctor Fausto, que es algo también del alma alemana, todo filosofía y pesadez, hasta cuando enamora y ama?

No, no puede condenarse á estos hombres que son el alma de una raza. Don Juan Tenorio será siempre el héroe preferido de España, solo por esto, por salvarse.

Lo hubiera sido Don Quijote, si Cervantes más humano que español, ó quizás más de su tiempo que español, que humano, en vez de curarle al morir de todos sus desatinos, para hacerle posible la salvación como cristiano, le hubiera entrado valientemente en la gloria, de la mano de Dulcinea, en la suprema exaltación de su locura triunfadora.


Madrid se aburre como nunca, desmintiendo así la afirmación de que bajo gobiernos reaccionarios fué siempre cuando más se divirtió la gente. Dígalo Roma en tiempos del poder temporal pontificio, dígalo París en tiempos de Luis XIV, dígalo, en fin, Madrid mismo en tiempos de los Austrias.

Madrid se aburre, sin que su aburrimiento logre interesarse por nada, apenas por la reaparición de Gallito. Y eso que al decir de algunos aficionados, nunca se vió fenómeno igual. ¡Un pase de muleta en dos corridas!

Bien puede estar agradecido el susodicho diestro á la afición madrileña y aún decirle como Marión Delorme al caballero Didier en el drama de Víctor Hugo: Ton amour m’á refait une virginité. ¡Oh afición madrileña, tu que hiciste temblar á Frascuelo, Lagartijo y Guerra, entusiasmándote por un pase! Bien dicen que cuando nada interesa es cuando esta uno en peligro de interesarse por cualquier cosa. Hay cosas que solo el aburrimiento puede explicarlas.

Nada solícita nuestra atención ni nuestro interés. Política, arte, vida de sociedad, todo languidece. Por algo nuestro nuevo alcalde quiere obligarnos á marchar deprisita por esas calles, á ver si con la celeridad de la circulación nos animamos un poquito.

Si la orden se cumple y los habituales plantones de la Puerta del Sol se ven obligados á circular, aquello parecerá un Tío Vivo. Hay allí losas que no mojaron nunca lluvias del cielo ni riegos municipales; resguardadas de todas las inclemencias por el mismo grupo compacto que hizo de ellas pedestal de un momento á la vagancia y al arte de residir en el sitio más céntrico y más caro de Madrid, sin pagar al casero.

Bien muestra el nuevo alcalde su procedencia automovilista, y por las trazas su ideal es ponernos á los madrileños en cuarta velocidad. No será malo, si lo consigue, porque en Madrid, donde moralmente, el que no corre vuela, materialmente no se sabe andar por la calle.

Hay quien á más de ir á paso de procesión, serpentea graciosamente para estorbar el paso al que viene detrás. Hay señor que lleva el bastón ó el paraguas á guisa de pica, y al andar va marcando puyazos á cuántos le preceden. Hay quien juguetea con dichos artefactos, como jongleur de circo, y lo mismo le derriba á uno el sombrero que le salta un ojo. Hay quien se emboza á todo vuelo, envolviendo amorosamente al transeúnte más próximo. Hay quien es capaz de leer un drama á un amigo en la acera más transitada, entre un coche parado y un escaparate llamativo. Hay señoras que reciben á sus relaciones en una esquina y allí se constituyen en sesión permanente.

Y es que en Madrid, cuando se anda, nadie va á ninguna parte; hace tiempo para ir á ella y se sale siempre demasiado temprano para ir á un sitio al que siempre se llega demasiado tarde.

Cosa que también puede suceder al señor Maura en sus concesiones á los solidarios. Salir á buscarlos; perder el tiempo y llegar tarde.


Cuentan del gran Víctor Hugo, que cuando se hallaba en alguna reunión de escritores, valíase de una inocente estratagema para descubrir cuáles de entre ellos abrigaban la ilusión y la esperanza de ser académicos. Para ello, soltaba alguna tremenda irreverencia contra la Academia ó contra algún grupo ó individuo de ella. Los que francamente reían á coro con el, era señal de que estaban limpios de toda ambición. Pero si alguno permanecía serio ó reía para dentro, entonces Víctor Hugo, sonriente, advertía pronto: Fulano no se ha reído. Quiere ser académico. Y así descubrió á más de un futuro candidato.

A prueba semejante asistimos á cada paso, cuando algún crimen de resonancia es preocupación general en todos los círculos sociales.

Hay quien no puede ó no sabe ocultar sus simpatías y su admiración. Se habla, por ejemplo, de la estafa al Banco de España:

—¿Ha visto usted qué bien combinado todo? Y ya verá usted como al verdadero autor no se le descubre. Y se extiende en todo género de admiraciones á la habilidad y serenidad de los falsificadores, y cada fracaso de las autoridades en descubrirlos lo considera como un triunfo personal. ¡No los cogen, no; ya lo verán ustedes!

Parece como si se animara á sí propio con la impunidad.

Se habla del crimen del «Hojalata», y el que no se atreve á aclamarle por su crimen le admira por su muerte. ¿Han visto ustedes? ¡Qué valor! ¡Vaya un tío! La verdad es que ha conseguido imponerse el respeto de la gente. El hombre que hace eso no es un criminal cualquiera ...

Lectores, desconfiad de estos panegiristas y cuando oigáis á algunos expresarse así, como Víctor Hugo decía: Fulano quiere ser académico, pensad vosotros: Fulano va para criminal. A cuatro delitos que queden impunes, se lanza.


Todos hemos asistido alguna vez al estreno de una obra dramática de interesantísima acción, situaciones de gran efecto, «cuajada» de pensamientos deslumbradores y frases relampagueantes; todos nos hemos interesado, emocionado; hemos aplaudido, aclamado, y al salir del teatro, apenas el aire de la noche ha refrescado nuestra frente, al pretender recoger nuestra emoción, pensamos y no tardamos en descubrir que la emoción desaparece. Aquella hermosa situación, recordamos ... pero verdad es que era muy falsa, porque si el personaje aquel llega antes con la carta ... Y lo natural era que hubiera llegado. ¿Y aquella frase?... Sí, pero la verdad es que lo mismo puede significar lo contrario ... Y así ante el análisis reposado, pronto nos damos cuenta de que nos habían robado la emoción, habíamos sido víctimas de un atraco violento, más ó menos artístico, pero atraco, al fin.

Una cosa parecida nos ha sucedido con la memorable sesión que pudiéramos llamar patriótica. El entusiasmo de la representación no ha resistido el frío de la calle. La obra ha sido de las efectistas.

Muchos millones, mucho patriotismo, hermosas frases, pero muy poca escuadra. Todo ha sido decirnos: Tengamos marina y lo demás se nos dará por añadidura; el común sentir dice más bien: Tengamos lo demás y la marina se nos dará por añadidura.

Nos dicen que de otro modo no podemos salir de casa, y hay que asomarse al mundo. ¡Ay! Esto me hace pensar en esas gentes cursis que viven de mala manera, y cuando se encuentran á algún conocido que ofrece visitarlas se apresuran á decir: No se moleste usted, nosotros iremos á verle á usted, no faltaba más. Todo porque no les descubran la modesta vivienda donde falta toda comodidad y todo lujo. ¿Será por esto nuestro afán de salir á Europa, como los cursis que con cuatro trapitos hacen su papel por esas calles y paseos, aunque en casa no coman? ¿Y no sería mejor que ponernos en facha de salir á visitar el mundo, ponernos en condiciones de que el mundo pudiera venir á visitarnos?


¡El invierno se presenta terrible para los ricos! Ha subido el precio del pan de lujo. Sólo falta que suba también el precio de la gasolina y la vida será imposible para las clases acomodadas.

Por fortuna, ahora es la última moda en comidas aristocráticas probar apenas una cortecita de pan. La delgadez es el ideal estético y casi todo el mundo esta á régimen. Los anfitriones están de enhorabuena. Suprimidos los vinos «matusalenes» y las marcas de precio; con buen surtido de aguas medicinales se sale del paso. Apolinaris, Vichy, Mondariz ... Los comensales se juntan por afinidades curativas.

—¡Usted es Vichy, verdad, marqués? Siéntese usted aquí con la condesa.

—No, querida amiga. Ahora he cambiado. Vichy no me iba nada ... Ahora soy Apolinaris.

—Entonces á mi lado.

—Es lo que yo quería.

—¿Cuántos kilos ha perdido usted este mes? Yo, kilo y medio.

—Yo he aumentado en tres.

—¡Qué disparate!

—Pero no estoy seguro, porque me pesé con gabán de pieles y después de oir «María di Rohan».

—Yo tengo báscula en mi cuarto y me peso con la menor ropa posible.

—Avíseme usted.

—¿Y usted, marquesa? ¿Como va con su régimen?

—Ya me ve usted. Ya no tengo nada que perder.

No hay duda, de los tres enemigos del alma, la carne es el más combatido entre las personas distinguidas, y la subida del pan, que tanto contribuye á aumentarlas, no puede afectarlas grandemente.

En cuanto á las clases menesterosas, ¿cuando no han estado á régimen en España? Ahora, por lo menos, tienen el consuelo de pensar que están á la última, siempre suena mejor que en las últimas.


La verdadera solidaridad española se muestra como nunca en estos días anteriores á la gran lotería de Navidad. Hay número que, como Don Juan Tenorio, recorre toda la escala social. Del ministro al último ordenanza del Ministerio, de la gran señora al carbonero, de la primera actriz al tramoyista. ¡Todos unidos en una misma aspiración y una misma esperanza! Hay quien no puede ver un número sin pedir participación, y por lograrla es capaz de todo. En estos días se descubre como nunca el carácter de las personas. El egoistón que compra su billete ó su décimo, según los posibles, con el mayor sigilo, á nadie dice palabra, y así previene las peticiones de participación antes y las de dinero después si logra un premio. El altruísta que quisiera compartir su suerte con todo el mundo y acaba por quedarse con veinticinco céntimos en cada número y aún piensa fundar un asilo benéfico si le tocara el gordo. Y el supersticioso que coloca el papelito bajo una imagen devota ó un amuleto diabólico, según sus inclinaciones agoreras, y el pendolista que goza sobre todo con extender los recibos de su puño y letra con arabescos y tintas de colores y toda clase de primores caligráficos, y el matemático que luce toda su ciencia calculista repentizando operaciones al tanto de lo que corresponde por fracción y por premio ... todos, todos descubren su carácter en estos días de ilusiones, de esperanzas, en que toda preocupación desaparece envuelta en ilusiones ... ¡Admirable institución esta de la lotería! ¿No es acaso la única felicidad positiva que debemos á nuestros gobiernos?