XXI

Polichinela airado ha sido una vez más protagonista de la tragedia tantas veces representada en el teatro, el drama verdadero de la vida sobreponiéndose á la farsa, el payaso asesino.

Pero esta vez no han sido los celos, resorte dramático, ha sido el arte mismo. Por torpeza ó malicia del apuntador—un autor teatral hallará pronto el revuelo de faldas, móvil de la aventura,—fracaso un chiste de Polichinela y ciego de ira le golpeó el cráneo, como suelen los polichinelas de cartón golpear á sus interlocutores.

El público reía ... En las farsas de la vida es lo mismo; hasta ver sangre y muerte tardamos en percibir que no va de burlas. Actores, siempre queremos parecer trágicos; lo trágico es más noble. Espectadores, siempre queremos serlo de farsas regocijadas.

Hacer reir es la consigna del payaso. Robar un chiste al público era faltar á su deber y el deber es antes que todo. ¡El teatro agranda de tal manera las obligaciones y deberes! ¿No hemos visto dramas en que el protagonista se cree el hombre más desgraciado por no poder casar á su hija con el hombre á quien ama, por el terrible caso de conciencia de que una abuela de la chica tuvo que ver con el abuelo del muchacho?

¡Qué extraño es que el Polichinela agrandara en su imaginación, hecha á las exageraciones de la farsa, la importancia de aquel conflicto! ¡Un chiste menos! ¿Como podía compensar al público? Ofreciéndole á cambio del chiste una tragedia entera.

Lo que puede demostrar la superioridad del género cómico sobre el trágico. Por un chiste una tragedia, y el público todavía no saldría satisfecho y preguntaría: ¿Qué chiste era ese? ¡Nos hemos quedado sin oir el chiste!


Esta vez nos llega de Inglaterra la leyenda del bandido simpático, enamorador de mujeres y de multitudes, leyenda que parecía patrimonio de países meridionales. Aunque los ingleses cuentan con su Robín Hood, antecesor pintoresco y glorioso de Roque Guinart y Carlos Moore.

No conozco Raffles, como novela; ignoro si en ella triunfa la justicia sobre el ladrón «gentleman»; si así fuera, el autor de la adaptación teatral ha comprendido el grave disgusto que hubiera dado al público de teatro, más apasionado é irreflexivo que el lector, si Raffles no quedará triunfante, por lo menos con ese triunfo de final de obra, que el público, sin más discusiones, acepta como definitivo.

Y esta simpatía por los «out-laws»—que como vemos, la historia literaria desmiente, localizada en países meridionales,—esta simpatía universal por los rebeldes á la disciplina social, sobre todo si su rebeldía solo es peligrosa y solo amenaza á lo que no tenemos ó tenemos seguro de no perderlo, ¿no es prueba evidente de una protesta continúa de todos los tiempos y de todos los hombres contra el orden social ... de los demás?

¡Ah, como celebran las hazañas de Raffles los que nada poseen y de buena gana le imitarían! ¡Como le celebran también los que tienen su dinero en valores seguros, resguardados en las cajas de algún Banco inquebrable! ¿Y las damas?... Darían por bien robados sus collares por el gusto de haber conocido á ladrón tan encantador. «¡So lovely!»

La chismografía teatral nos cuenta que en Londres el intérprete del papel es el ídolo de las damas solo con representarlo.

¡No quiero pensar qué sería con el efectivo Raffles! Estos simpáticos bandidos dejan huella muy honda en los corazones femeninos. Por ellos suelen decir muchas, cuando el bandido les roba alguna alhaja de precio y huye, como es natural, de la justicia: ¡Que le busquen, que le prendan! Pero que no le hagan nada ... aunque no parezca la alhaja. Se ve que todo el interés esta en que parezca el, para decirle:—¡Ingrato! ¿Qué necesidad tenías de robarme nada? Yo te lo hubiera regalado todo.


Paréntesis cuaresmal. Meditación, recogimiento y ... ahorro. Los tés sin golosinas, las reuniones sin cena, suprimido el teatro; sus turnos de moda se trasladan á las conferencias religiosas, á cargo de esos buenos melífluos, y mundanos padres de la Compañía, que son una especie de Fernando Díaz de Mendoza en lo de saber como agradar al abono.

En esas conferencias se trata casi siempre de ligeros temas sociales; sólo faltan los nombres propios para que más parezcan prolongación de los chismorreos de sociedad. Su habilidad consiste en que siempre se de por aludido ... el prójimo. De este modo nadie se molesta.

Recuerdo el tole tole producido años ha con el famoso sermón de los descotes, refundición de otro no menos famoso, pronunciado por el abate Boileau ante la corte de Luis xiv: «Sur l’abus des nudités de gorge». Pero los tiempos eran otros y lo que las cortesanas del Rey Sol escucharon con paciencia—claro esta que sin enmendarse,—las modernas devotas no pudieron sufrirlo.

La religión como el arte deben ser ante todo un consuelo, y si los predicadores como los artistas, dan en decir cosas desagradables y en asustar con fieras amenazas ...

Bien lo saben los dulces padres; la severidad no aparta del pecado y aparta de la Iglesia. Dulzura en el púlpito, dulzura en el confesionario ... «¡De la douceur, de la douceur!», que dijo aquel gran poeta y socarrón de Verlaine, que también supo alternar lo pagano con lo cristiano, como nuestras bellas penitentes en estos cuarenta días de «magdalenismo» y coqueteo á lo divino.

La «toilette» es más austera, las conversaciones más graves; si se murmura es por moralizar. Desaparecen los libros profanos y en su lugar se ostenta «La Imitación de Cristo», «El reloj de la Pasión» y otros de serias meditaciones. El ayuno colabora con el régimen para adelgazar, el flirt es compatible con todo, y luego ¡cuarenta días pasan tan pronto! Y el sábado de Gloria las campanas repican, y las faldas, que por algo tienen forma de campaña, revuelan también, y las bellas penitentes parecen rejuvenecidas, como después de una temporada de baños ó de campo ... Porque, eso sí, veraneen física ó espiritualmente, todas vuelven del veraneo y de la cuaresma. Ni el mar ni el campo, ni la religión, pueden más con ellas que este Madrid de sus fatigas y de sus pecados.


Era un tiempo en que el más descreído y despreocupado, sentía avivarse en su espíritu cierto fervor religioso al llegar los días solemnes de la Semana Santa. Pero en estos tiempos de profunda piedad que alcanzamos, tan pródigos en diarias manifestaciones religiosas, la Semana Santa no es más de notar que otra cualquiera en cuanto á lo piadoso se refiere. Más bien por lo mundano, si buen tiempo y buen sol ayudan. No son rostros atormentados por mortificaciones y penitencias, ni siquiera ensombrecidos por austeros pensamientos los que se ven por calles y por iglesias en esos días. Y ¿por qué entristecernos? Sabemos que el sábado han de tocar á gloria; creemos en un Dios misericordioso y una legión de vírgenes y santos intercesores, que han de salvarnos por muchos que sean nuestros pecados. El sentimiento religioso pudo ser alguna vez cruel en España, pero nunca fué triste. No fué triste porque supo mirar al dolor y á la muerte cara á cara. Fué cruel, porque si el propio dolor y la propia muerte no importaban ¿qué habían de importar los ajenos?

Si esta confianza en Dios y esta despreocupación de la muerte fueran tan conscientes ó tan hijas de una profunda fe religiosa como son de irreflexivas y de inconscientes, la raza española sería la primera del mundo. Pero ¡ay! que el despreciar la muerte no es más que la consecuencia de despreciar la vida, y vida y muerte vienen á ser de este modo una sola negación y sólo son verdaderamente grandes los hombres y los pueblos que toda su vida afirman y el morir es para ellos la suprema afirmación de su vida.


Era un tiempo también en que las más bellas y nobles damas turnaban en las mesas de petitorio, y las ofrendas eran cuantiosas. Pero era acaso esta sola vez en el año, cuando las señoras ponían á prueba el desprendimiento de sus buenos amigos. Hoy, todo el año es Jueves Santo para el petitorio; las funciones benéficas, las cuestaciones caritativas son un renglón de los más costosos en el capítulo de las relaciones sociales. Media España vive de la beneficencia de la otra media y hay dudas sobre cual de las dos mitades vive mejor.

Cualquier persona de cierto viso, al abrir la diaria correspondencia, puede estar segura de que entre diez cartas, las nueve serán de peticiones; echarse á pie por esas calles es ir recogiendo memoriales de palabra con toda suerte de peticiones. No son los mendigos más enojosos los que le tienden á uno la mano, sino los que la dan. Y á esos, ¿quien los recoge? No hay idea de lo que aumentarían los donativos para la Asociación de la Caridad, si las autoridades se comprometieran á librarnos á cada uno de nuestros pordioseros particulares.


Ya que nuestros legisladores andan tan remisos en conceder á las mujeres derechos políticos, ¿por qué privarles también del más elemental de los individuales, que consiste en poder hacer cada una de su capa un sayo y de su pellejo un tamboril? Desde el punto de vista estético podrá discutirse la intrusión del feminismo en el toreo. Y será muy discutible el punto, porque desde el traje hasta las monadas inherentes al ejercicio de la profesión, hay en todo ello mucho más de femenino que de propiamente masculino. No digamos de la admiración que el público siente por sus toreros favoritos. Si el espíritu de las colectividades es siempre femenino, el de un público de Plaza de Toros es hembra por los cuatro costados. Acaso es esta la mejor razón de un espectáculo que con otras razones no puede explicarse ni defenderse. Es parte de ese eterno femenino, móvil supremo de todo lo humano.

Pero quedamos en que, por no ser costumbre fundar leyes en motivos estéticos, el ministro de la Gobernación ha fundado en motivos de moralidad y de protección al bello sexo la prohibición á las mujeres de una profesión, no más arriesgada que el matrimonio en la mayoría de los casos y mucho menos inmoral que otras, ¡ay! reglamentadas y patrocinadas por el ministerio de la Gobernación.

Más cornadas da el hambre, y de la enfermería de la Plaza de Toros á la enfermería de San Juan de Dios no vemos que la moralidad ponga tanta distancia—la materialidad ha puesto muy poca.—Pero, en fin, el legislador paternal os protege, ¡oh, mujeres! Os quitan un modo de vivir, pero de morir todavía os quedan muchos. Ahora, que en una Plaza de Toros y ante todo un público, se escandalizaría la gente; en un hospital no lo ve nadie, y los que lo ven no se escandalizan; están acostumbrados.

¡Mujeres toreras! Ya lo sabéis; vuelva el estoque á la vaina. El señor ministro os priva del primer recurso; menos mal que os deja el segundo.


¡Oh piadosa voluptuosidad de la justicia humana! ¿No han leído ustedes la noticia? ¿No les ha conmovido á ustedes? Se ha suspendido la ejecución de un reo por hallarse muy delicado de salud. Temerían que la impresión le fuera funesta.

En cambio, un doctor norteamericano propone que á todo enfermo incurable se le anticipe la muerte. ¿Quién es más piadoso? ¡Vaya usted á saber! Dado lo que tiene nuestra vida de lucha, desde que nos abre la puerta del chiquero, hasta que nos arrastra por la de corrales—perdonen los casados la comparación,—yo creo que siempre hemos de mirar con más simpatía al puntillero que á los demás que intervienen en la lidia.


Y ¿habrá pagado Madrid toda su deuda de admiración y de gratitud con su madrileñísimo músico? ¿Nada más, madrileños? Si fuera así, sería cosa de pensar una vez más en que Madrid es bien ingrata tierra para sus naturales, y es preferible para toda gloria, viviente ó póstuma, ser cabeza de ratón en cualquier lugarejo, que cola de león y hasta león entero, en esta ciudad grande, que quizás por serlo, pone distancias de desierto en las gentes para los nobles entusiasmos aunque las acerque y las una, como en Casino provinciano ó solana lugareña, para el chismorreo, el despellejeo y la maledicencia menuda.

Cuando por esas capitales de provincia, cabezas de partido y hasta villorrios, con más partido que cabeza, se alzan estatuas y monumentos á muertos y á vivos, que no hicieron cosa mejor que firmar concesiones de momios á favor de caciques y mangoneadores, ¿no tendrá en Madrid su monumento el maestro Chueca? ¿Merecerá menos el que alegró nuestra vida honradamente que tantos como la entristecieron?

Y no nos vengan doctorales señores, de esos que piensan haber depurado el gusto, cuando sólo han depurado la envidia y la molestia que les produce cuanto brilla y triunfa, con lo de música ligera, musiquilla, de teatrillo, de piano ...

Los entendidos se extasían ahora con Peleas y Melisenda de Debussy, como expresión exquisita del más puro arte musical. Celebran en ella como el ritmo musical es fiel intérprete del ritmo de la frase hablada. Secreto es este que la música de Chueca había encontrado por genial instinto. Su música tiene todos los ritmos del habla madrileña, al requebrar, al burlarse, al aclamar al torero en la plaza, á los soldados en la calle; es desgarrada y fanfarrona en los chulos, picarescamente llorona en los pobres, desgarbada en los agentes de la autoridad, cursi en los cursis, airosa en los pasos dobles, con el gallardo andar de la gente madrileña, que aprendió á andar al son de músicas callejeras, charangas, pianos de manubrio, guitarras y panderas de estudiantinas, y al andar parece siempre marcar el paso al ritmo de esas músicas de la calle, que espantan á los pobres sus cuidados y su tedio á los ricos.

Si cada uno que se alegró un día á los sones de una canción de Chueca, contribuye ... con poco, lo que se arroja desde el balcón al pianista que alegra la calle, ¿no bastará para perpetuar en Madrid, no la gloria del maestro, sino la gratitud del pueblo madrileño al que alegró su vida? Y alegrar la vida, ¿no es el modo más sabio de hacerla mejor?

Ya que se empeñan en levantarnos ese monumento lúgubre, funerario de la calle Mayor, opongamos un monumento risueño, que no evoque tristezas ni crímenes, por donde se cante al pasar, como la mejor oración y el mejor recuerdo.


Por algo político y cortesía son sinónimos: en las relaciones sociales, ambas obligan igualmente á transigir con el trato de personas poco gratas. La visita de Eduardo VII, rey en el pueblo de las más verdaderas y sólidas libertades políticas, al sombrío Zar de las persecuciones neronianas, en pleno siglo xx, no es de seguro una visita de verdadero afecto. La figura del zar Nicolás fué simpática durante algún tiempo, porque el también parecía, como la primera víctima de su propio poder autocrático, sometido á pesar suyo por la fuerza de una aristocracia feudal y bárbara, contra la que era imposible rebelarse. Pero llegó un día en que tuvo de su parte al pueblo, que sólo le pedía justicia á cambio de amor y lealtad, y su respuesta esta en esa estadística publicada por La Tribuna rusa: sentencias de muerte, deportaciones á millares, víctimas de todas clases, crueldades sin cuento, crueldades inútiles, feroces ... Y la mano que firmó—horrible si firmó sin temblar, más horrible si firmó con el temblor del miedo,—es la que estrecha el rey de un pueblo libre y civilizado, por conveniencia política. ¿Quién se atreve á condenar las abdicaciones de los pequeños ante estas abdicaciones de los grandes?