XXIV

Desde Juan Pablo Rubens, el magnífico pintor de los dioses paganos, no tuvo nación alguna por embajador á tan gran artista, como ahora la república de Nicaragua, en la persona de Rubén Darío.

Mejor que de nación alguna, por noble y poderosa que fuera, quisiéramos verle embajador por derecho propio, del reino ideal de la Poesía, á este soberano poeta, rey mago de una región encantada, como Próspero en la isla prodigiosa de Caliban y Ariel.

Y así ha de ser, que por mano de tal poeta nunca han de cruzarse enfadosas notas diplomáticas, sino mensajes de paz y salutaciones de amor.

¡Por bien empleados todos nuestros triunfos y todos nuestros descalabros en tierra americana; por bien empleados, que por todo ello hoy nos vuelve con nuestra propia lengua tan alto poeta, como flor suprema de cuanto allí sembró nuestro espíritu en glorias y en tristezas.


Las compañías de opereta inglesa é italiana ofrecen al observador fecundo campo en comparaciones. Para que éstas no sean odiosas—hemos convenido en que las comparaciones son odiosas, mejor dicho, han convenido los que tienen que perder en ellas,—me limitaré á comparar estilo con estilo, la manera.

En la opereta inglesa todo es candoroso, infantil; se canta, se baila, se salta, se corre, se abraza y se besa también, sin que el espectador más picardeado halle malicia en todo ello; es como juego de niños, todo alegría inocente, salud y vida. Y no es que las artistas escatimen ninguna exhibición; hay descotes valientes y piernas por el aire—verdad que tratándose de inglesas, muchas veces es difícil descubrir dónde acaba el aire y donde empiezan las piernas,—pero todo, ya digo, es como juego ó gimnasia, que aleja del espectador las sugestiones maliciosas. Es un espectáculo confortador, reconstituyente; sale uno del teatro con ganas de bailar, de saltar, más fuerte, más ágil y más alegre.

En la opereta italiana, todo es sensualidad y maliciosa intención. Los artistas subrayan las frases más inocentes. Cuando una artista italiana dice: Buona notte, arrivederci, el espectador cree adivinar la promesa de una noche de amor, y así en todo; música, baile, todo es sensual, todo con ese doble sentido erótico, tan aguzado en los públicos latinos.

No hay que decir si el éxito de una compañía italiana ha de ser siempre mayor entre nosotros que el de una compañía inglesa.

Nuestra sensualidad no es nada pagana, no es de bellas formas y nobles ritmos de actitudes; es de desnudeces entrevistas, de frases intencionadas, de malicias equívocas ...

La sensualidad de un pueblo de educación frailuna, que se ha bañado poco y en muchos siglos no ha sabido de más desnudeces que las de los Cristos crucificados, inquisitoriales y tétricos.


¡Tanto puede decirse en defensa y apología del automóvil! Aunque no le debiéramos más que el arreglo y mejora de muchas de nuestras carreteras, ya sería para celebrarlo. No diremos lo que contribuye al conocimiento de la geografía y topografía nacionales, al de las costumbres, necesidades y escaseces de pueblos y lugares casi desconocidos antes de quien debía conocerlos, que no toda España esta en sus capitales y ciudades de importancia, y mucho menos cuando se engalanan para fiestas.

El automóvil es progreso y es civilización por donde pasa. Alguna vez, al pasar, atropella; cierta señal del progreso y la civilización que simboliza.

Nunca, á lo menos, podrá decirse por el: A salvo esta el que repica; que si mucho han atropellado los automóviles, no han volcado menos, y si no han sido avaros de la seguridad ajena, tampoco lo han sido de la propia. Vaya en descargo de sus culpas.

Lo peor del automóvil es que ha venido á ser juguete de «parvenus». El que viaja por necesidad ó por recreo, ya tiene buen cuidado de no estropear el viaje con imprudencias. Pero el que solo viaja á corre que te corre, sin que en ninguna parte le espere asunto que le importe, ni en el camino haya belleza natural ni edificio histórico que le interese, el que no tiene más satisfacción al llegar que poder decir: «Hemos venido en cinco horas, á 95 kilómetros por hora. ¿Qué les parece á ustedes?» esos terribles traga kilómetros son el mayor enemigo del automovilismo.

El automóvil utilizado por el industrial, por el comerciante ó por personas de buen gusto para agradables é instructivas expediciones ... Pero, ¿cuántas son las personas de buen gusto que en España tienen dinero? Y el buen gusto sin dinero ... es una patarata, como diría algún solidario.


Yo insistiría, atendiendo la indicación de muchas personas, en lo del monumento á Chueca. En tan buena compañía como Mariano de Cávia, se puede ir gustoso á todas partes, hasta el fracaso. Pero dicho lo que se debía, á otros corresponde hacer lo que se debe, aunque se deba lo que se hace, como dijo el otro. Ni una vez lanzadas estas ideas—¡y ojalá pudiera darles uno la misma autoridad lanzándolas sin nombre!—conviene usufructuarlas demasiado. ¡Hay gentes tan suspicaces que pudieran creer tenía uno interés especial en aprovecharse, ó por lo menos en lucirse á su costa!

Bien se yo que no basta con el primer aviso y que toda insistencia es poca para despertar entusiasmos tan dormidos. ¿Qué fué de los monumentos proyectados á Zorrilla, á Campoamor? Pero váyale usted con insistencias á nuestro publiquito. Mejor dicho, al público no; el verdadero público—nunca nos falte—sabe estimar las buenas intenciones. Me refiero á los maese Reparos, que si ya les molesta ver una firma con frecuente periodicidad, ¿qué será ello si además se repite el tema?—¿Ha visto usted? ¡Otra vez con la misma lata! ¡No hay paciencia!

Estos maese Reparos son los mismos que en cuanto no ven la firma de uno en ocho días empiezan á decir que esta uno agotado. Los mismos, que si la prensa hubiera dejado pasar la ley del terrorismo, hubieran clamado:—¡Eh, qué prensa! ¡Vea usted, toda á los pies de Maura! Y apenas los periódicos llevaban tres días de campaña contra la ley, ya arrojaban el periódico desdeñosos: ¡Vaya! ¡Ya tenemos lata! ¡No saben hablar de otra cosa!

No seré yo quien arrostre su enojo insistiendo en la idea del monumento á Chueca. Tienen la palabra más señores. Mejor dicho, palabras es lo que menos falta hace. Palabras sin dinero, patarata también. No dirá el Sr. Cambó que no le tengo entre mis clásicos.


Aquella discretísima azafata, cuyas memorias nos servía con tanta amenidad el buen Kasabal, no puede consolarse del cambio de los tiempos. Y con ella, aquellas castizas señoras madrileñas, fieles espectadoras de toda gala y de todo ceremonial cortesano, aquellas, tan bien conocidas de D. Benito Pérez Galdós, que sabían describir tan puntualísimamente las carrozas de corte, sus arneses y distintivos, aquellas que conocían á toda nuestra grandeza por sus nombres y caras, y no había para ellas mejor día que el de una jura, boda ó bautizo reales.

¡Como comparar aquellos magníficos cortejos de pomposas carrozas, palafrenos empenachados, pelucas y casacones, por todo un Madrid! ¡que sólo Madrid es corte! con este ajetreo de ahora tan sin ceremonia, los automóviles por la carretera, las damas tocándose de prisa y corriendo, los caballeros sin tiempo ni sitio acomodado para colgarse bandas y cruces y hasta última hora, sin saber quien llevaría el mazapán, ni quien llevaría la vela ...

¡Oh, tradiciones veneradas! ¡Oh, pompas! ¡Oh, grandezas! Las viejas azafatas lloran sin consuelo. Las bocinas de los automóviles las responden burlonas. El recién nacido sonríe á los tiempos nuevos.


No se comprende que la empresa de la Plaza de Toros madrileña haya puesto tantos obstáculos á la corrida llamada de la Prensa. Nadie más interesado que esa empresa en que dicha corrida se celebre en las más favorables condiciones. Si la corrida sale bien, sabido es que una buena corrida es el mejor cartel para las siguientes, y nada pierde la empresa con el buen sabor de boca del público. Si la corrida sale mala, ¡ay! como suele verificarse, ¿dónde hallará mejor razón la empresa para protestar cuando á ella la censuren por sus malas corridas? ¿No será bueno que esos diablos de chicos de la Prensa aprendan en cabeza propia lo difícil que es organizar una corrida y divertir á un público que paga? Si con la flor de los toreros—salvo el capullo de Gaona,—si con toros escogidos y plaza nueva y camino regado, la corrida no dió mucho gusto, que digamos, ¿no prueba esto lo difícil que es garantizar la diversión en fiestas de toros, siendo el arte y valor de los toreros y el coraje de los toros imposibles de contratar para fecha determinada? Por eso creo que nadie más interesado que las empresas en que sus críticos sean, una vez al año, por lo menos, empresarios. Si en todas las esferas sociales fuera posible de cuando en cuando este cambio de papeles, la indulgencia, la tolerancia y la benevolencia mutuas, florecerían naturalmente en los corazones.

¡Ah! Si cada espectador de una corrida hubiera sido una vez siquiera empresario, otra presidente, otra torero, otra caballo y otra toro, ¿quien se atrevería á llamar ¡ladrón! al empresario, ¡burro! al presidente, ¡maleta! al torero, y mucho menos á pedir banderillas de fuego?


El proverbio francés: «Les absents ont toujours tort», no reza en modo alguno con nosotros, que nunca hacemos mejor papel que cuando nos ausentamos. Dígalo el entusiasmo conque nuestros marinos han sido recibidos en la Habana. No hay idea del amor que nos tienen en toda la América española, desde que solo nos queda allí el reino de las almas. ¿No es el, bien mirado todo, el inmortal seguro de que nos hablo el poeta?

¿Sabremos colonizar mejor estos espirituales dominios que supimos colonizar los materiales? ¿Todo quedará reducido á luminarias, brindis y salutaciones?

Ahora somos nosotros los que debemos desear más que nadie la libertad de Cuba, que yendo para libre se quedó en protegida; cosa tan triste, como ir para santo y quedarse en beato.

Pero cuando Cuba haya conquistado por completo su independencia y haya aprendido á gobernarse por sí misma, ¿no será la peor señal de que ha dejado de ser española?

El día en que esas hijas nuestras tengan juicio, no las va á conocer su madre.


Con las más persuasivas razones quieren convencernos de que ese proyecto de administración local es, si no la felicidad completa, que no es de este mundo, ni siquiera dividiéndole en regiones, lo más parecido á la felicidad. Quieren, además, persuadirnos de que el más amplio espíritu liberal lo informa, y siendo así no se comprende la tenaz oposición de los elementos liberales á que el proyecto sea ley. Y puede que todo sea verdad, pero, ¡«velay» ustedes! Nadie tiene la culpa de que la opinión liberal esté tan desconfiada que de manos conservadoras y solidarias, de cien vueltas al duro antes de tomarlo.

Las cosas son buenas ó malas por sí. ¿Quién lo duda? Pero como la opinión general, de la que todos vivimos, no suele ir tan al fondo y se detiene en la forma, y la forma en este caso deja tanto que desear ...

¡Oh, la manera! No es nada y es todo. En esta superficialísima región central, corte del reino de la Bagatela, en este Madrid del chiste y de la broma, nos pagamos tanto de la manera! Si los catalanistas creen que nos asustamos de lo que piden, están equivocados; nadie se asusta ... Nos desagrada la manera de pedirlo.

En cuanto viéramos en ellos alguna indicación que pareciera de un camino hacia Europa, por allí iríamos con ellos ...

Pero hasta ahora, ¿qué hemos visto? Lo mismo que por aquí, con peores maneras. ¡Oh, la manera.

Con la culta Atenas á todas partes; con la ruda Esparta, con la áspera Beocia, á ninguna; mejor estamos en Bizancio.

¿Por qué son tan poco áticas las maneras de los catalanistas? ¡Oh, la manera, la manera! parece nada y es todo.


Desde Buenos Aires me envían con gran constancia un interesante periódico—El Zoófilo Argentino,—dedicado como el nombre indica, á la defensa y protección de los animales. Ese periódico y sus propagandistas tienen todas mis simpatías. Como es natural, su campaña, contra las corridas de toros es incesante, y como á escritor español, en todos los números que me envían vienen señalados con lápiz rojo los artículos impugnadores de nuestra fiesta. ¿A quien predican ustedes? Los argumentos en contra son muy razonables, cuando no se fundan en estadísticas caprichosas, como el relacionar la proporción de criminalidad en una provincia con el número de corridas de toros celebradas en ella.

Que en Madrid haya más delitos y que también haya más corridas, es natural porque también hay mayor número de habitantes. Que en Barcelona—ya pareció la oreja catalanista—haya menos delitos y menos corridas, tampoco es cierto. Justamente, es la única capital en que existen dos grandes plazas que funcionan constantemente; y en cuánto á delitos ... con los del terrorismo basta para deducir consecuencias. Que en lugares de escasa población haya pocos delitos, es tan natural como que haya pocas corridas. De modo que toda esa sólida argumentación basada en la estadística, es ... líquido, como dice el banderillero socialista de «Sangre y arena».

Pero no se apuren los zoófilos argentinos; sin que las estadísticas nos convenzan, las corridas de toros se caen por sí solas. Es cuestión de tiempo, de evolución. Si faltarán otros síntomas de su decadencia, bastaría con ver el número de plazas nuevas en los alrededores de Madrid. No hay quien tenga el ojo de nuestros empresarios para perder el dinero. ¿Que la gente se cansa ya del cinematógrafo? Pues ya se sabe, un cinematógrafo en cada esquina. ¿Que el género chico empieza á estar agotado? Pues género chico en todos los teatros. Los empresarios no han comprendido todavía que el secreto no esta en ofrecer al público lo que le gusta, sino lo que le gustará. Plaza de toros en Madrid, plaza en Carabanchel, plaza en Tetuán, plaza en las Ventas ... ¿Qué mejor propaganda contra las corridas de toros?