IV

Como anticipo al centenario de Shakespeare, y ya nos contentaríamos para suma total con un anticipo como ese en nuestro centenario de Cervantes, durante el próximo Mayo ha de inaugurarse en Londres una curiosa reconstitución de dicha capital en tiempos de Shakespeare, con sus tortuosas callejas, sus casas de madera. Habrá suntuosas fiestas, en que tomarán parte más de tres mil personas de la mejor sociedad, vestidas á usanza de la época en la severa pero fastuosa corte de la reina Isabel, la vestal de Occidente. Habrá torneos y pasos de armas, con históricas armaduras en caballeros y palafrenes.

En el teatro del Globo, copia exacta del que fué dirigido por Shakespeare en unión de Burlage, serán representadas obras de Shakespeare, de Marlowe, de Ben-Johnson, de Beaumont y Fletcher y de otros gloriosos autores contemporáneos del que logró oscurecer la gloria de todos.

Una kermesse revivirá costumbres populares, las canciones y danzas de la época, pavanas y gallardas.

En la sala de los festines podrá asistirse á una comida de ceremonia de la reina Isabel, rodeada de sus adoradores y de sus cortesanos.

Habrá conciertos de música del siglo xvi y mascaradas á la italiana, tan del gusto de aquella corte, rara mezcla de rudeza y refinamiento, de energía y de corrupción.

No faltará el recuerdo triste para nosotros; la reproducción del Revenge, el barco que mandaba lord Ricardo Granville en el combate contra nuestra Armada Invencible; el mismo, también, en que nuestro mortal enemigo el Drake dió por primera vez la vuelta al mundo.

Tan magnífico espectáculo ha sido organizado por una empresa particular y será á modo de heraldo anunciador de las grandiosas fiestas que dispone Inglaterra para el año diez y seis.

Lo mismito que aquí, ¿no es verdad, amigo Cávia? Aquí ya hemos convertido la conmemoración de Cervantes en algo religioso, en declarar dogma católico y conservador la Invención del escondido retrato; Invención no menos gloriosa que la de la Santa Cruz por Santa Elena.

Ahora van á enviarse fotografías y foto-grabados del retrato por esos mundos. ¡Quiera Dios que no vuelva maltrecho y vapuleado, como Don Quijote de sus aventuras y andanzas!


En nuestro espíritu nada se pierde ni se destruye, aunque mucho se oculte. De continuo allegamos experiencia y conocimiento, y por una serie de superposiciones, juzgamos tal vez terreno de solidez fundamental lo que sólo es arena de aluvión movediza. Cuando creemos más perdida alguna primera cualidad de nuestro espíritu, una emoción, un recuerdo, una sacudida cualquiera, arrastra todo lo superpuesto y reaparece en nosotros lo que más enterrado parecía.

Sólo así se comprende cómo sobre una balumba de ciencias filosóficas y naturales surje y se alza de pronto un libro diminuto: el Catecismo.

Sólo así se explica cómo después de haber leído á Mæterlink y á Ibsen, nos interesamos en el teatro con pueril interés, con emoción plebeya, por el melodrama de burdas complicaciones. Cómo, después de haber leído á Flaubert y á D'Annunzio, nos divierte el folletín policíaco ó el cuento de niños.

Por eso hay espectáculos y libros y cuentos que durarán cuanto dure la Humanidad. Y no porque al renovarse las generaciones cada generación celebre las novedades, sino porque, como en la Humanidad, con ser tan vieja, siempre habrá niños y juventud, en el hombre, por muchos años y mucha experiencia y muchos desengaños que pesen sobre su vida, siempre existirán el joven y el niño, prontos á mostrarse apenas una emoción de su mocedad ó de su infancia los solicite. Como la tierra madre, el corazón del hombre se abre en grietas, simas, para decirnos, una, la historia, de sus edades geológicas; el otro, la de sus edades espirituales.

He aquí por qué unos cuantos hombres maduros y muchos viejos estábamos encantados una de estas noches con los juegos de prestidigitación y de ilusionismo del caballero Watry.

Este es un espectáculo en que se ha progresado muy poco. Quizá en eso está su mayor encanto. Las innovaciones le perjudican. Preferimos á los modernos aparatos de electricidad, combinaciones de espejos y cámaras oscuras, las antiguas suertes de baraja y de escamoteos; las que dieron inmortal prestigio á Roberto Houdin, á Benita Anguinet, á Herman, al conde Patricio y demás célebres figuras de un arte siempre antiguo y siempre nuevo, como todo lo que tiene raíces profundas en lo más profundo de la Humanidad.

¿No es este todo el secreto del Arte? ¿Hay novedad que valga tanto como acertar con una de vejeces que nunca envejecen; el cuento de ilusión que al niño maravilla por ser niño y al hombre le ilusiona porque se cree niño al recordarlo?