V

Bien dice el refrán: «No hay peor cuña que la de la misma madera». Cuando entre los pintores hay más literatos, deciden los pintores recusar el juicio de los literatos.

Para la próxima Exposición de Bellas Artes desean los pintores que nadie, ajeno á la pintura, intervenga en la admisión de cuadros. Grave pecado de ingratitud me parece. ¿Qué sería de la mayor parte de los pintores modernos si los literatos no se encargaran de comentar y de explicar sus cuadros al público?

Sin los literatos, ¿hubiera logrado imponerse el impresionismo francés? ¿Qué hubiera sido sin Ruskin de los hermanos prerrafaelistas de Inglaterra? Y ¡de cuántos pintores modernos no puede decirse lo que el conde Tolstoi decía de Ibsen: «Ibsen es feliz; él escribe lo que le parece, sin saber lo que escribe, y después los críticos se encargan de explicárselo». ¡Ah! ¡Si algunos de nuestros pintores modernos tuvieran que entendérselas directamente y cara á cara con el público! Y también muchos de los antiguos.

Uno de los experimentos más interesantes es el de acompañar en su visita al Museo á una persona que no esté tocada de literatura, á un espíritu virgen y sincero. Yo les aseguro á ustedes que las convicciones más firmes se tambalean. ¡Ven tan claro y tan limpio estos ojos vulgares! ¿No veríamos nosotros como ellos, si sólo percibiéramos la objetividad de la belleza en los cuadros, en vez de ir saturados de subjetivismos de escritores y críticos? ¡Cuántas obras de arte no deben su gloria á su propia hermosura, sino á la hermosa página que inspiraron! Cuando contemplamos la Venus de Milo, ¿es la Venus de Milo la que nos admira, ó tantas famosas páginas literarias escritas en su honor?

La cultura es la buena educación del entendimiento, mas por lo mismo que es buena educación, no puede ser siempre sinceridad.

Hay buenas formas, indispensables para frecuentar el mundo artístico, como para andar en sociedad. ¡Si dijéramos siempre lo que pensamos y lo que sentimos!

Pero, como dice en la comedia de Pailleron Le monde oú l'on s'ennuie, en castellano, Las tres jaquecas, el subprefecto republicano á la duquesa monárquica, que le propone hablar mal del Gobierno: «¡Ah, duquesa, yo no puedo hablar mal, soy empleado; pero la oiré á usted con mucho gusto». Cuando no nos atrevemos á ser sinceros ni con nosotros mismos, ¡cómo agradecemos y cuánto celebramos que alguien se atreva á serlo!

Por esto, los reyes y los grandes señores, obligados á fingimientos de cortesía, gustaban de traer á su lado bufones y chocarreros, que, con achaque de burlas, dijeran las verdades. Por esta misma razón, todavía, en muchas casas aristocráticas gustan de convidar á unas cuantas personas mal educadas, que puedan, de cuando en cuando, soltar cuatro frescas á los demás invitados, con gran susto, aparente, de los señores de la casa; en realidad, con gran regocijo, porque son las cuatro frescas que ellos soltarían con mucho gusto, si la buena educación no se lo estorbara.

Y hay que convenir en que si la sinceridad y la mala educación á todas horas serían intolerables, son muy convenientes alguna vez, como ventiladores. Sin ellos no se podría respirar en algunos momentos. ¡Tan cargada de mentiras y de convencionalismos está la atmósfera social!

Hay salidas de tono, ó dígase coces, inapreciables para determinar una corriente de aire puro.

Ahora, que á las personas de buen talante ni les gusta acocear ni ser acoceadas. Por eso suelen acompañarse de quien sepa hacerlo con oportunidad.

Un empresario de mucho entendimiento decía que todo empresario necesitaba tener dos representantes: uno, honrado, para entenderse con él, y otro, pillo, para entenderse con el público. Del mismo modo, es muy conveniente en la vida tener dos amigos de confianza: uno, bien educado, para tratar con él; otro, mal educado, para que trate á los demás amigos. Y ¡si fuera posible reunir en uno solo al que supiera decirnos las mentiras agradables á nosotros y las verdades desagradables á los demás!

Pero esta suerte es patrimonio de los grandes personajes políticos. Por lo regular, cuando se tiene un amigo mal educado, somos sus primeras víctimas. Pero, en fin, en gracia de que puede molestar á todo el mundo, le perdonamos gustosos que nos moleste.


La huelga carbonera de Inglaterra, de interés mundial, como ahora se dice, nos preocupa muy poco. La actitud de Francia en la cuestión de Marruecos, de interés tan nacional, nos preocupa lo mismo; menos, es imposible.

Los temas de conversación preferentes son: la crisis probable, el nuevo arrendamiento de la Plaza de Toros, la opereta vienesa, las tres peticiones en la Iglesia de Jesús, la chismografía de sociedad y de bastidores... Amenidades todo: como en los pueblos felices y en las casas en donde hay que comer.

Y bien mirado, ¿no es admirable esta despreocupación nuestra? Los destinos futuros de la Humanidad ¡son tan inciertos! ¡Todo el poderío, toda la riqueza del Imperio británico á merced de una huelga proletaria!

¡Oh! ¡El brazo de reyes, emperadores, hombres de guerra y hombres de Estado, ese brazo extendido, que parece en nuestras estatuas imperioso, dominador!

Ya son los brazos cruzados del obrero, del trabajador, del miserable, los que rigen, gobiernan y mandan en el mundo.

Ante esta pasiva acción, ¿qué puede otra acción? ¿Qué puede el pensamiento? Los bárbaros no necesitan esta vez ni avanzar sobre el Imperio; les basta con cruzarse de brazos, y el Imperio caerá por sí solo.

Mientras el mundo viva preocupado por esta amenaza, y hasta realizarse, nosotros, que ni aun entonces nos preocuparemos gran cosa, podemos ser el rincón apetecible del mundo, que sirva como de Sanatorio á los pensadores europeos que se hayan vuelto locos de tanto preocuparse por lo que nosotros nos tendrá sin cuidado.