X
La Exposición Beruete, con fervorosa atención ordenada por el cariño filial y el noble afecto de un insigne artista, Sorolla, quizás haya sido una revelación para lo que hemos convenido en llamar el gran público.
Aquí, donde el Arte sólo es cultivado por los pobretes, nadie suele tomar en serio las aficiones artísticas de un gran señor que para nada necesita del Arte. El título de buen aficionado es el más alto á que puede aspirar.
Que don Aureliano Beruete era un admirable paisajista han de reconocerlo ahora todos al visitar la Exposición de sus obras, y esta hora de justicia quizá sea para muchos de remordimiento.
Con ser un gran lírico del paisaje, como lo es todo gran artista, era Beruete, como todos los grandes líricos, un espíritu abierto y receptivo que en todo se transformaba, en vez de transformarlo todo á la propia comodidad de una manera y de una técnica, como tantos falsos líricos del Arte. Conviene no confundir el carácter con la tozudez, y, en el artista, la personalidad con el amaneramiento.
Ha de ser el artista, como la luz del sol, más admirada en cuanto alumbra al esparcirse que en el sol mismo. Y ¡el sol es un gran lírico!
Toledo, Guadarrama, Avila, Suiza, nada perdieron de su objetividad, con ser tan diversa, porque todo fué contemplado sin la preocupación del procedimiento. No era el paisaje el que se acomodaba á la técnica; era la técnica la que se acomodaba al paisaje.
No es siempre lo que más se admira lo que más enamora. Para mis simpatías hay, entre todos, un cuadro; una vista de Madrid, castiza como un sainete de Ricardo de la Vega: entre solares y tapias de ladrillo rojo, desmontes areniscos, unas pobres casuchas bajas, y, sobre ellas, una de esas casas madrileñas, tejado color de puchero, balcones de colorines, la fachada con sucio revoque amarillento, y el sol de Madrid alegrándolo todo; el sol, que rosea y dora los sucios revoques descoloridos como si fueran mármoles y jaspes de palacios señoriales.
Es preciso ser muy madrileño para hallar poesía en estas cosas. Es preciso ser muy artista para saber decir á los demás: Aquí hay poesía.
Los países meridionales, tan calumniados por las personas serias, ejercen una gran atracción sobre los artistas y los escritores del Norte. Italia, España, su Arte, su Historia, son de continuo estudiados por ingleses, alemanes, rusos y escandinavos.
Ahora es el dinamarqués Joerguensen, enamorado de San Francisco de Asís, peregrino fervoroso por los lugares que en su vida recorrió aquel caballero andante de Cristo, vestido el sayal de la fuerte humildad por toda armadura.
Es el sueco Bratli, estudioso investigador de la vida y la obra de Felipe II, con imparcialidad desacostumbrada en autores extranjeros, y aun nacionales, al tratarse de rey tan desgraciado con los historiadores como con los novelistas y autores dramáticos.
De estos últimos, el que le ha presentado con menos sombríos colores ha sido el más cercano á sus días, el español Enciso, en su comedia El príncipe Don Carlos.
El escritor sueco, en su monografía, pretende, y no en vano, esclarecer la sombría figura del monarca español, tan mal estudiada y comprendida por sus apologistas como por sus detractores.
Se considere la Historia como Ciencia ó como Arte, sólo cabe poner en ella el calor de una pasión, la pasión por la verdad.
La obra de Bratli debe ser agradecida por los españoles. Nuestra Historia corre por el mundo en libros extranjeros y en libros casi siempre inspirados por odios y antipatías. Diríase, al leerlos, que sólo en España hubo Inquisición; que sólo en España hubo persecuciones religiosas, cuando fué, en realidad, donde hubo menos; que sólo España conquistó y colonizó cruelmente, y que sólo la Ciencia y las Artes españolas padecieron bajo la presión de la Iglesia y del Poder real. Y no es lo malo que los extranjeros hayan contado así nuestra Historia; lo peor es que nosotros la hemos aprendido también en sus libros, sin tomarnos el trabajo de aprender las Historias de otras naciones, para comprender cómo, calumniados y todo, la nuestra no desmerece nada.
Felipe II era el soberano más noble, más culto y más humano de su tiempo. Su mayor defecto fué el que tan donosamente le señaló don Juan Valera: el de ser un tanto engorroso. Y esto fué lo que alabaron en él de prudencia.
El alcalde de Madrid se ha creído en el caso de amonestar al concesionario del teatro Español, el sabio doctor Madrazo, por la baratura del precio en las localidades.
Yo creo que el Ayuntamiento debiera agradecer el desinterés del señor Madrazo y congratularse de que un teatro municipal sea, por fin, un teatro popular, por sus precios, al alcance de las clases menos acomodadas.
¿No es deber del Ayuntamiento procurar por todos los medios el abaratamiento de las subsistencias? ¿Quieren que el teatro español sea un teatro aristocrático? Entonces debieron empezar por no concedérselo al doctor Madrazo, tan conocido por sus ideas democráticas y republicanas.
Entonces, si un millonario generoso se ofreciera como empresario del teatro Español para obsequiar al público con funciones gratuitas, ¿no se le concedería el teatro?
Además, ¿cree el Ayuntamiento que es el precio de las localidades lo que da ó quita al teatro el decoro debido á sus prestigios?
No es al precio, sino á la calidad del espectáculo á lo que debiera atender el Ayuntamiento.
Bien está á peseta el chocolate de á peseta. El Ayuntamiento, en este caso, al contrario que en el sabido cuento, lo pide más caro, sabiendo que peor es imposible.