XI
Dice una antigua canción inglesa, parafraseada por Dante Gabriel Rossetti: «El mar no tiene más rey que Dios».
Los archimillonarios, reyes del mundo, pasajeros del Titanic, navegaban sobre el mar con toda confianza, seguros de haberle vencido. En un palacio, fortaleza flotante, con la garantía de haber pagado muchos miles de francos por el pasaje. La travesía, alegre: fiestas, bailes y músicas y amoríos viajeros de esos que no comprometen á nada. ¿Naufragar? ¿Hundirse? ¿Quién pensaba en eso? El barco poderoso, con toda su fuerza, con todas sus seguridades, era, en medio del mar, como un símbolo de un Estado social capitalista, defendido por cañones y escuadras pagados á buen precio, como el pasaje en el transatlántico de lujo.
Algunos de aquellos millonarios, grandes industriales, hombres de negocios, quizás buscaban en viaje de recreo descanso á sus preocupaciones, al malestar causado por una huelga obrera en sus fábricas, en sus industrias. Y las olas del mar les parecían de mansedumbre; no amenazadoras, como las olas proletarias. Era el mar un reposo y una caricia. ¿Cómo habían de imaginarse que pudiera ser el vengador?
Vencieron la huelga de los hambrientos y no contaban con el hambre vengativa del mar.
Ya no se ofrecen víctimas humanas en sacrificios religiosos. Pero hay una divinidad justiciera para ordenarlos. Y esta imprevista nivelación ante el dolor y la muerte es tal vez el único destello de justicia que resplandece sobre la tierra.
Víctimas expiatorias son estos millonarios. Con su muerte ponen inquietud sobre la soberbia de los poderosos y paz sobre el odio de los miserables.
¡También los grandes transatlánticos pueden hundirse en un momento!
Entre ellos y las pobres embarcaciones veleras, donde van á ganarse la vida pescadores y marineros de ventura, ya puede haber algo de simpatía. ¡El mar no tiene más rey que Dios! Más grande y más fuerte que la tierra, ni siquiera el dinero.
Y el mar no cuenta sus historias con ruinas, epitafios ni monumentos, como la tierra, vieja comadre, que nos va señalando á cada paso: «Aquí fué Troya», «Estas son las ruinas de Nínive», «Esta fué la Acrópolis de Atenas». En la mayor desolación hay siempre rastros visibles sobre la tierra, efemérides de su historia. En el mar no hay señales ni vestigios de ruinas ó grandezas. El mar no dice historias, sólo nos dice: ¡Eternidad!
Por eso en él se templan las almas mejor que en la tierra. Unos pobres músicos, los últimos tripulantes del barco, sin duda, que tal vez en el incendio de un teatro, en una catástrofe terrestre, hubieran sido los primeros en huir y en defender su existencia precaria de músicos jornaleros, ante el mar se agrandaron como héroes de epopeya y fué su pobre música destemplada un himno al espíritu: el salmo religioso en que acepta el Dios de misericordia la música de valses y rigodones que animó el danzar frívolo de los millonarios durante la alegre travesía de recreo.
Monsieur Le Bargy, el ex socio de la Comedia Francesa, en reciente entrevista con el travieso Duende de la Colegiata, ha juzgado con despectiva frase á los actores italianos.
Al decirle el inquieto duende que los actores italianos ensayan las obras con mayor prontitud que los franceses, el celebrado actor hubo de replicar: ¡Así las hacen!
¿Cree el aplaudido intérprete de El marqués de Priola que es tanta la diferencia y siempre en favor de los actores grandes actrices?
Ni por artistas, individualmente considerados, y por compañías, en su conjunto, mucho menos, creo, y conmigo el público madrileño, que la desventaja está de parte de los actores italianos.
Entre los actores franceses los hay excelentes ¡quién lo duda! Pero, sea por culpa suya ó de los autores que para ellos escriben, lo cierto es que su trabajo se limita á una especialidad. Ni Sarah, ni la Bartet, ni la Réjane han interpretado en toda su carrera artística la variedad de obras y de personajes distintos que nuestra María Guerrero ó cualquiera de nuestras actrices.
Ahora mismo, en el último retrato de Sarah, intérprete de la obra Isabel de Inglaterra, vemos á Sarah, la de siempre, vestida... como Sarah, no como la reina Isabel; peinada... como Sarah... La misma Sarah que se presentó rubia en Cleopatra y ha sido Sarah eternamente; como Guitry es Guitry siempre y Mounet Sully es Mounet Sully en cuantas obras interpreta.
Actor por actor, ni Sarah es la Duse, ni ninguno de los actores franceses que nos han visitado es comparable á Zacconi, á Novelli, á Emmanuel, á Ceresa, á Flavio Andó; ni las compañías francesas, la de Antoine inclusive, han presentado nunca un conjunto como cualquiera de las compañías italianas.
En arte escénico no hemos podido aprender nada de los franceses; de los italianos, sí.
Los actores franceses van demasiado poseídos de su superioridad por esos mundos. Ya es hora de que se vayan desengañando.
Y conste que soy el primero en admirar á los buenos actores franceses y, entre ellos, á M. Le Bargy, á quien es lástima que el público madrileño no haya podido admirar como galán joven cuando, al sustituir á M. Delonnay en la Comedia Francesa, era excelente intérprete de las comedias de Musset.
Hoy, como primer actor, grand premier sole, habría algunos reparos que ponerle. Pero no es cosa de complicar la cuestión de Marruecos.