XIII

Existen industrias por esos mundos de las que no tenemos aquí la menor idea. Una de ellas es la cría de mariposas. En Inglaterra, en el condado de Kent, Mr. Newman ha destinado una granja á esta novísima producción, recompensada con no despreciables rendimientos.

En Inglaterra son muchos los coleccionistas de mariposas. Son muchos también los Museos que tienen por proveedor á míster Newman. La moda también ha venido á favorecer su industria. Mesas y veladores se cubren con una tela de seda y sobre ella mariposas disecadas de varias especies y múltiples colores. Todo ello se cubre con un cristal y el efecto es muy vistoso, como de bordado japonés ó chinesco.

Para obtener alguna nueva especie de mariposas es preciso un procedimiento llamado «azucarar». Para azucarar se emplea una mezcla de azúcar, melaza, ron, cerveza y jugo de pera. Con esta mezcla se trazan rayas sobre la corteza de los árboles. Las rayas han de ser verticales, á un metro del suelo, y han de tener 45 centímetros de largo por dos de ancho. Entrada la noche, las mariposas acuden á golosear. Las mejores noches de caza son las noches tormentosas. Cuanto más cerrada la noche, más fructuosa recolección.

Para la caza hay que proveerse de una cajita, bien mullida de algodón en rama, y de una linterna: con la linterna se ilumina la raya azucarada; el cazador acerca la caja, cuya tapa sostiene abierta con un dedo; el cazador elige su presa, toca ligeramente en la cabeza á la mariposa, la mariposa cae en la caja, que se cierra de golpe. Desde allí pasa á las jaulas de cultivo, cuando no es condenada á inmediata muerte.

Míster Newman posee unas cien mil mariposas. Algunas de ellas, como la llamada «Rey de la selva» (Purple Emperor), se paga á cinco y seis francos. Aunque son muchas las pérdidas en tan frágil mercancía, las ganancias compensan lo suficiente.

Y ¡es una industria tan poética! Aquí no se concibe. Y eso que el procedimiento de «azucarar» es muy conocido. Es el medio empleado por los Gobiernos para obtener mayoría en todas las votaciones. Los caramelos repartidos con profusión en el Parlamento vienen á ser el símbolo tangible y chupable de otras más apetitosas golosinas. Todo es «azucarar».

Pero ¿quién ha de criar mariposas aquí, donde es preciso proteger á los pájaros y donde no quedará dentro de poco animalito con alas, pájaro, mariposa ó poeta?

Lo raro es no ver cazuelas de mariposas fritas como de pájaros. Entre la substancia de una mariposa y la de un pájaro... ¡Comida de ilusión! Por eso tan española, tan madrileña sobre todo. El pájaro frito viene á ser para los madrileños la gallina que Enrique IV de Francia deseaba para todo ciudadano francés, como garantía de paz y de ventura en sus Estados.

En estos de España no pueden pedir los gobernantes más de lo que asegura un pájaro frito.

Ahora se trata de proteger á los pájaros con detrimento de la popular alimentación.

El pájaro tiene una leyenda sentimental de beneficioso para la agricultura.

Yo sé de quien prohibió que se matara ni se hostigara á un solo pájaro en sus huertas y tierras de labranza, y ¡vaya si notó el beneficio! De la siembra dieron tan buena cuenta como administrador en «absentismo» del amo. Y de la fruta... como si se hubieran propuesto anunciar un remedio contra la obesidad: la dejaron toda en los huesos.

Por eso digo que lo de beneficiar á la agricultura debe ser leyenda que han hecho correr los pájaros en combinación con los naturalistas. Y es que la mayor parte de los naturalistas estudian á los animales... disecados. Como al pueblo la mayor parte de los sociólogos. Así hay tantas lamentables equivocaciones al legislar.


Dentro de pocos días tendremos en el teatro de la Comedia una compañía italiana con el repertorio del Gran Guignol, á imitación del tan celebrado de París.

Género teatral, á ratos también literario, muy á la moderna. Rápido, cinematográfico, violento, brutal en ocasiones, se apodera del espectador por los nervios. ¡La inteligencia y el corazón se defienden tanto! Los autores dramáticos, atentos á la psicología del público, han comprendido que el espectador moderno es más atacable por lo fisiológico. Se impone un teatro rascanervios. Como única emoción, el espanto; como único razonamiento, la sorpresa; como único sentimiento, la curiosidad.

El autor se entra por los nervios del espectador como un loco, como un criminal, como un violador. Le considera como á una mujer histérica, se impone á él como hipnotizador, como alienista, como juez de instrucción. Es un teatro para estudiar á los espectadores. Obtendrá un excelente éxito. Sobre todo con las señoras. ¡A las mujeres les gusta tanto asustarse en público!

Después, y visto el buen éxito, padeceremos las imitaciones consiguientes. Y aquí sí que puede decirse como de tantas otras cosas: ¡Bien vengas, Gran Guignol, si vienes solo!