XIV
Un escritor de alto entendimiento y generoso corazón, el señor Zozaya, ha supuesto que yo era enemigo de los pájaros. De ningún modo.
Unas cuantas libras de fruta averiada por su glotonería no es razón para malquistarse con los pájaros. Como unas cuantas pesetas «sableadas» por un amigo no es razón para reñir con él, si el amigo es simpático y sablea con gracia; que es el caso de los pájaros al picar en la fruta.
Nadie como yo les defiende de asechanzas de gentes y de muchachos. Para sazonarles la acidez de la fruta añado unas migajas de pan á su merienda.
De no haber sido gato en otra encarnación—en ésta lo soy por gracia de madrileño—ó ave de rapiña—menos probable, pues no me queda el menor instinto,—no me remuerde la conciencia por haber perseguido, maltratado, cazado, ó simplemente devorado, después de cazado por otro, al más insignificante pajarillo.
A predicarles, como San Francisco de Asís ó San Antonio de Padua, no he llegado. Pero versos de Rubén Darío, de Gabriel D'Annunzio y de Guerra Junqueiro sí han podido oirme recitar en mis soledades, á las horas de siesta canicular, en que todo se amodorra, como en la cantada por Zorrilla. Todo, menos los pájaros y yo, bien hallados á la sombra de un huerto, oasis en dorada llanura castellana.
Su piar y los versos por mí recitados son como escala de armonía infinita, ascendente, que va del abecedario, balbucido por labios infantiles, al libro todo sabiduría.
Por todo esto amo á los pájaros, sin pararme á considerar si son útiles para la agricultura.
Mis poetas tampoco le serán de gran utilidad.
Pero yo no quisiera creer que los pájaros cantores y yo, recitador de poetas, somos como un insulto á los campos de trabajo y de pena que nos rodean.
Tampoco debemos creer, como algunos pájaros y muchos poetas, que todo aquello no es más de apropiada decoración para nuestra escena poética.
Como el piar de los pájaros es preludio balbuciente de tanta música y tanta poesía, mi recitar de versos en el silencio de los campos abrasados acaso es también preludio de cosechas futuras. Los poetas no pueden haber sembrado en vano. Entre tanto, sería injusto preguntarles como á los pájaros: si son útiles para la agricultura.
Los niños son muchas veces víctimas de la vanidad de los padres. Los perros, de la vanidad de sus amos.
¿A qué otro sentimiento responde, en el primer caso, los concursos de belleza infantil, los disfraces de Carnaval, la exhibición de habilidades en los niños; en el segundo caso, las Exposiciones de perros? Los pobres animales, encerrados en jaulas mal acondicionadas, rodeados de personas extrañas, padecen, inocentes, el mal del siglo: el exhibicionismo. Cuando ya no tenemos más que exhibir, exhibimos al perro.
El perro, animal simbólico de la fidelidad, atributo de tumbas conyugales en otros tiempos, simboliza en estas Exposiciones la exhibición íntima de los hogares. Ya sabían ustedes cómo éramos todos en casa: la señora, las niñas, los criados; ahí va el perro. Que no se quede sin su fotografía.
El trabajo de los futuros historiadores no será, ciertamente, el de juntar documentos, sino el de aportarlos. ¡Bien documentada va la posteridad!
Ni siquiera tienen estas Exposiciones de perros la justificación de contribuir á la mejora ó propagación de las razas mejores. Sabido que no hay nadie tan egoísta como un poseedor de ejemplares de precio.
Es más difícil obtener la mano izquierda de uno de estos perritos de lujo que la derecha de una linajuda y bien dotada heredera.
Ahora que ha vuelto á reconstituirse la Sociedad Protectora de Animales, bajo la presidencia de una inteligente dama, debiera oponerse á estas Exposiciones tan opuestas al verdadero amor por los animales.
En algunas partes las Sociedades protectoras han llegado á oponerse al sostenimiento de las casas de fieras y jardines zoológicos.
Tratándose de animales feroces y salvajes, sin cesar perseguidos, yo no sé, ignorante de su concepto y su aprecio de la libertad, si ellos no pudieran preferir la cómoda y descansada vida de estos jardines y menageries á la azarosa vida de las selvas y de los desiertos.
Tratándose de animales domésticos, no hay duda. La protesta de las Sociedades protectoras estaría más justificada.
El jardín zoológico puede ser civilizador para las fieras. Todas las razas salvajes se han civilizado en jaulas, más ó menos holgadas.
El perro está ya bastante civilizado. Volverle á la jaula es un peligro. Podría volver á sentirse lobo. Tal vez de puro civilizado participe del sentimiento vanidoso de los hombres y goce con las exhibiciones. Pero hay que concederle alguna superioridad mental.
Aunque lleva mucho tiempo de ser el mejor amigo del hombre. Mucho más que Muley Hafid de ser el buen amigo de los franceses. Debe estar contagiado del todo. Muley Hafid parecía más fiero y hoy está hecho un falderillo. Dentro de poco también estará en París en su buena jaula y ¡tan contento!