XV
Voces de gesta ha aparecido en las librerías antes de ser representada en Madrid. Esto indica en cuánto más estima Valle-Inclán el juicio reposado del lector que la emoción arrancada al público, por sorpresa unas veces, con habilidades teatrales, que tienen más de lo artificioso que de lo artístico; otras, con los recursos del arte escénico: brillantez de la interpretación ó del decorado.
Son muy pocas las obras dramáticas que, como esta admirable tragedia de Valle-Inclán, pueden permitirse el lujo de su desnudez artística al presentarse sin engaños teatrales.
Al escribir estas líneas ignoro la opinión del público de teatro. Importa poco. Obras como Voces de gesta están sobre el público, y su probable fracaso demostraría, una vez más, que hay un nivel medio del que no conviene elevarse. Yo estoy seguro de que el público del estreno, en el teatro de la Princesa, alcanza ese nivel con holgura. No me atrevería á decir lo mismo del público en los días de abono aristocrático.
Voces de gesta es obra redentora. Ella sola se basta á redimir de muchos pecados teatrales. Es obra de esas que sirven para justificar á un empresario: «No dirán que no se hace Arte.» Y sirve para disculparle cuando no lo hace: «Pero, ya ven ustedes, el Arte no da dinero.»
Por desgracia, los empresarios tienen razón... mientras el público se obstine en dársela.
Hay que afrontar la verdad cara á cara. La Prensa periódica ha procurado, con alto patriotismo, realzar la tristeza de todos por la muerte de Menéndez y Pelayo.
En este caso, la actitud de tristeza no ha bastado á determinar el sentimiento, como afirma el psicólogo James.
Cierto que la persona de Menéndez y Pelayo ni su obra, por su índole misma, podían ser populares. Lo triste ha sido que, entre la misma gente culta, antes hemos advertido el revuelo alrededor de las muchas vacantes dejadas por el muerto glorioso que la emoción por su prematura pérdida.
En los mismos artículos necrológicos han podido advertirse más amplificaciones de fórmulas encomiásticas que estudio detenido de las obras de Menéndez y Pelayo. Sin duda el dolor embargaba las inteligencias.
Es muy de la tierra lo de contar por cada lector cien admiradores. Hablen los muchos que se decían admiradores de Costa, sin haber leído uno solo de sus libros; hablen muchos de los que se decían admiradores de Menéndez y Pelayo.
La fe y la admiración son muy amables formas de la pereza. Hay quien no cree y quien no admira por la misma causa.
Por todo esto, sucede que la fe, como la admiración, como sus contrarios, adolecen entre nosotros de una tibieza fundamental, por falta de fundamento, que en vano pretende mostrarse calurosa entre voces enfáticas y gestos exaltados.
Sólo parece al exterior, con luz del alma, lo que ha sido calor del alma interiormente.
Por eso al morir Menéndez y Pelayo hemos oído clamar su nombre; pero ese clamor sonaba como el eco de vacío aposento: un aposento que debieran haber llenado las obras del escritor, más admirado que conocido.