XLV
El proyecto de erigir una estatua á Lagartijo ha escandalizado á muchos. No hay razón para ello.
Nunca tan bien empleado el arte de la escultura como al reproducir en bronce ó mármol la humana belleza en su más apreciable manifestación: la belleza del cuerpo.
Sabido es que, hasta la representación simbólica de abstracciones por medio de la escultura, no tiene otra forma de expresión que la más bella forma del cuerpo humano.
¿Es preciso buscar antecedentes, razón suprema de muchas sinrazones nacionales? En Grecia tuvieron más estatuas los atletas y corredores de sus juegos olímpicos, que los hombres de Estado, los filósofos y los poetas. No se diga en Roma y en Bizancio.
Un sabio, un escritor, cualquier intelectual, en suma, va mejor servido con la reproducción y estudio de sus obras, y si de perpetuar su memoria en efigie se trata, con un busto es suficiente. ¿A qué afligirnos con la contemplación antiestética de su abdomen, doblemente si se nos presenta enfundado en una levita?
Por mucho arte y mucha habilidad del escultor, no podrá evitarse que la estatua de un caballero moderno más nos recuerde las figuras de cera del Museo Grevin que las esculturas del Museo del Vaticano.
La prueba es, que los escultores modernos procuran desquitarse en grupos ó figuras alegóricas, del inconveniente buen señor, que viene, de este modo, á ser accesorio del monumento elevado á su gloria.
Lo que sí puede discutirse es si la figura del torero en general, y la de Lagartijo, en particular, se prestan á la representación escultórica.
El toreo es una habilidad. Sus apasionados y sus cultivadores aseguran que es un arte. Vaya por el arte. De toda suerte—y aquí bien puede decirse y en todas las suertes, es un arte cuya gracia está en el movimiento.—Fijad cualquiera actitud de un lidiador, como cualquiera actitud de una bailarina y habrá perdido toda su gracia en la inmovilidad. No hay más que ver las fotografías instantáneas obtenidas durante la ejecución de las más graciosas suertes del toreo.
Sin el ritmo y el garbo en la sucesión de movimientos, ni el lidiador ni la bailarina tienen valor artístico alguno. Es difícil, casi imposible, plantar en una sola actitud la gracia, resultado de varias armónicas actitudes. The moments monuments. La eternidad de un instante, que según Rossetti es el soneto, no puede serlo el arte de torear.
Particularmente en Lagartijo, el ritmo era su mayor encanto. Aquella dejadez señorial de sus pasos y de sus actitudes.
Este arte, de gracia dinámica, digámoslo así, tiene su mejor expresión en la música. Por eso vemos que el toreo, con ser cosa tan española, no ha inspirado grandes obras á los pintores ó los escultores españoles. En cambio, es mucha y excelente la música torera de nuestros más famosos compositores.
Y nótese, cómo un pasodoble brillante es más evocador de majezas taurinas, que puede serlo una página literaria, un cuadro ó una escultura.
Con ser figuras tan famosas y características, la pintura española no ha legado á la posteridad un buen retrato de Lagartijo, ni de Frascuelo, ni de Guerrita, ni del Espartero, ni de Reverte.
Los mejores cuadros inspirados por nuestra fiesta nacional, son los de Zuloaga. Y no son por cierto un himno á sus gallardías y sus proezas. Hay en ellos una sonrisa de amargura, más patriótica que las fanfarrias coloristas de los aduladores de multitudes incultas.
Hay más luz interior en los cuadros de Zuloaga que en todos los cuadros de esos pintores de la luz tan celebrados. Hay luz que debiera iluminar la conciencia española. Por eso ofende, irrita á muchos.
—¡Es una España de fantasía!—dicen.—No; la de fantasía es la otra.
Por eso me parece muy bien el proyecto de erigir una estatua á Lagartijo, y celebraría con toda el alma que se llegara á su realización.
Esa estatua pudiera, al levantarse, ser una forma visible del remordimiento, como la sombra de Banguo en el festín de Macbeth.
Hay conciencias tan dormidas que no necesitan menos para despertarse.
Ante la estatua de Lagartijo se caería en la cuenta: ó de las muchas que faltan, ó de que sobran todas.